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Fragmentos de una Utopía » 2008 » Octubre

Archivo de Octubre, 2008

Canción de invierno y de verano

Jueves, Octubre 16th, 2008

 

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Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el
puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo
en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la
superficie del Pacífico Sur
bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
- brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz -
es de noche en Valparaíso
- rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.
 
Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba - detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.
 
Pero jamás en el mismo día.

Poema de Ángel González

 

Hasta pronto, España. Buenos días, Japón…

 

El árbol de la sandía

Miércoles, Octubre 15th, 2008

 

No sé porqué, pero hoy me ha venido a la mente lo que mi madre me decía cuando, siendo yo aún muy niña, me tragaba sin querer las pequeñas pepitas de las frutas.

Ten cuidado, maeko. Si te comes las semillas, éstas crecerán dentro de tí y más tarde, te nacerá un árbol en la cabeza…

Como es de suponer, la visión de ver como una planta o un árbol te va creciendo en la cabeza, era un tanto aterradora para una niña de apenas cuatro o cinco años. Así que, obedeciendo la advertencia de mi madre, intenté por todos los medios que no volviera a suceder y me juré a mi misma no volver a tragar ninguna pepita más de ninguna de las frutas que volviera a comer en mi vida.

Pero claro, cuando te estás comiendo un trozo de sandía, por mucho empeño que le pongas al asunto y vayas a la caza de la pipa con una cucharilla de postre, alguna se escapa traviesa entre los dientes y acaba pasando del plato a tu garganta.

¡Ayyy, mamá!

¿Qué te ocurre?

Que me va a salir un árbol de la sandía en la cabezaaa… respondí asustada (ingenua de mí, creía por aquel entonces que las sandías crecían en los árboles; pobrecitos ellos)

A ver hija, no pasa nada. Díme lo grande que era esa pepita.

¡Así, así…!

Bah, no te preocupes, es demasiado pequeña como para que pudiera sobrevivir en tu barriga.

¿Entonces, no crecerá ningún árbol?

No, esta vez creo que no…

¿Pero seguro segurísimo?

Te lo aseguro, no te va a crecer ningún árbol de la sandía en la cabeza (claro, porque no existen…)

Menos mal…

Pero para otra vez, ten un poco más de cuidado, ¿vale?

¡¡¡Sííí!!!

No sé porqué, pero hoy recordé las palabras de mi madre y al olvidado árbol de la sandía en un rincón de mi mente. Extraña situación la de estar pensando en una misma viéndose de cría pensando en cosas tan “importantes” por aquel entonces como esas viejas pepitas y las sandías cayendo de su cabeza. Totalmente surrealista.

Bueno, ignoro si esta frase la emplean habitualmente las madres japonesas con sus hijos para evitar que se puedan ahogar con las pipas de las frutas. El caso es que en España no lo es ni les suena de casualidad; en alguna ocasión que conté esta historia, pude comprobar que mis interlocutores me miraban como si fuera una marciana ;)

Hace un tiempo pude ver este cortometraje de animación de Koji Yamamura, titulado Atama Yama (Mt. Head). Así que pensé:

¡No soy una marciana, no soy una marciana…!

¿…o quizás sí?

 

 

 Un consejo,  no os traguéis las pepitas de la sandía (o de lo que sea)… por si acaso ;)

Octubre jugando a ser haiku

Viernes, Octubre 10th, 2008

otoñal senda
oculta la hojarasca
castañas crudas

compás del viento
suspiros en el bosque
vendaval de hojas

cantar de pájaros
en gotas de rocío
amaneceres

maeko

Haiku te haces llamar

Imagen: Kana Ohtsuki

La geometría de una lágrima

Lunes, Octubre 6th, 2008

 

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El sonido del tiempo interrumpió nuestros sueños poco antes del alba. Tras la ventana, un mundo aún inacabado contemplaba con ojos perezosos las frágiles gotas de lluvia que caían como fina cortina de cristal sobre el pavimento…

Un aire húmedo comenzó a instalarse en el vacío de la estancia, instantes antes ocupada por la penumbra. Un aire tan extrañamente denso que acabó por ahogar el suave murmullo de una vida robada al desencanto. Guardé los frágiles ecos de sonrisas lejanas mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas con la pesada carga en los brazos.

Unos sencillos paraguas de plástico fueron rasgando a cada paso la negritud de aquella noche que se sabía ya herida. En un instante, desde aquel vagón de un tren atestado de gente contemplaríamos cómo la mañana iniciaba cadenciosa su lento despertar…

Una luz mortecina y lejana iba bañando el paisaje que transcurría distante a través de la ventanilla. Intenté fijar la mirada en un punto deseando no abandonarme a mis pensamientos, pero acabé mareada y deseosa de encontrarme en un planeta remoto. Todo en vano. Cerré los ojos. A mi alrededor, un puñado de salaryman ataviados de indiferencia, dormitaban algo apretujados entre los asientos.

Entonces, una amarga punzada acudió repentinamente a mi garganta. Desorientada, te busqué alarmada y acabé por no encontrarte. Hasta que me tropecé con una mirada tranquilizadora -la tuya-, que me abrigaba el alma desde el otro lado del compartimento.

Los minutos fueron cayendo con la pesadez del plomo, mientras la distancia comenzaba a exhalar ya su último aliento. El tren había llegado finalmente a su destino. A nuestros pies, Nara nos aguardaba silenciosa.

La ciudad amaneció bajo negros nubarrones, escenario perfecto para el triste devenir de aquel día. Un olor a soledad impregnaba la mañana gris, mientras el taxi recorría raudo las calles intentando esquivar inútilmente el aguacero. En el cielo, las nubes seguían llorando desconsoladas.

La entrada del templo se divisaba a lo lejos imponente, majestuosa. Sorteamos como pudimos la marea de gente que a temprana hora se agolpaba ya en las inmediaciones, mientras las manadas de ciervos nos observaban indolentes desde ambos lados del camino.

Advertía cómo mi corazón se aceleraba a cada paso. Y comenzaba a sentir la mirada inquietantemente borrosa. Entonces, tu mano se encontró con la mía. Y tuve la extraña sensación de que volábamos.

Ni siquiera reparé en los grupos de niños y niñas con sombreritos amarillos que nos cruzamos. Hasta la gigantesca figura de bronce que descansaba en el interior de la estancia principal me pasó desapercibida.

Abandonamos aquel recinto y recorrimos el angosto pasillo situado a mano izquierda. Y allí estaba. Ese momento tan esperado nos alcanzó. El tiempo pareció haberse congelado y las manecillas del reloj quedaron mudas por un instante. Vacilé unos segundos, pero tu mirada volvió a reconfortarme.

No restaba más que esperar obediente mi turno -una niña más- en la hilera de personas. Y entre tanto, intentaba desesperadamente silenciar la creciente agitación que prendía mi alma.

Tomaste con cuidado el libro, testigo de miles de kilómetros de este viaje. Y de su interior, una fotografía.

Acaricié aquella imagen entre mis manos emocionadas. Y reuní el poco valor que aún me quedaba, contemplando lo que cruelmente me había sido negado ya para siempre.

Alargé vacilante el brazo y pasé la foto hasta el otro extremo de la columna. La sorpresa (o el desconcierto) se asomó a los ojos de quienes el azar transformó en testigos imperfectos de un jeroglífico que no acertaban a descifrar.

El dolor de tu ausencia, el amargo aroma del adiós, hizo descender mi ánimo hasta una bruma de olvido…

Y mientras un taxi atravesaba fugaz la ciudad de Nara, volviste a estrechar suavemente mi mano entre las tuyas. Mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas, ya sin la pesada carga entre los brazos. En el cielo, las nubes continuaban llorando desconsoladas.

Sólo entonces, las lágrimas inundaron mi alma y la fina lluvia se fundió con mi rostro.

La mañana siguiente, un nuevo amanecer contemplaría nuestros últimos instantes en Japón…

Cronología de un big bang

Viernes, Octubre 3rd, 2008

Hubo vida antes del big bang. Encerrada en mis ojos conservo la prueba, los frágiles restos de una memoria que se niega a descomponerse, a abandonarse irremediablemente en el océano del espaciotiempo.

Una colección de palabras desgastadas, destellos de un pasado en blanco y negro que conservo grabado en el corazón. Tiempos pretéritos reflejados en la imagen de lo que hoy somos y en lo que nos convertiremos.

Hubo una vida antes del big bang…

Y tú lo sabías ya, pues en este mundo todo fue, todo es y todo será fuego eternamente vivo.

La foto de aquí