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Fragmentos de una Utopía » Blog Archive » La geometría de una lágrima

La geometría de una lágrima

 

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El sonido del tiempo interrumpió nuestros sueños poco antes del alba. Tras la ventana, un mundo aún inacabado contemplaba con ojos perezosos las frágiles gotas de lluvia que caían como fina cortina de cristal sobre el pavimento…

Un aire húmedo comenzó a instalarse en el vacío de la estancia, instantes antes ocupada por la penumbra. Un aire tan extrañamente denso que acabó por ahogar el suave murmullo de una vida robada al desencanto. Guardé los frágiles ecos de sonrisas lejanas mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas con la pesada carga en los brazos.

Unos sencillos paraguas de plástico fueron rasgando a cada paso la negritud de aquella noche que se sabía ya herida. En un instante, desde aquel vagón de un tren atestado de gente contemplaríamos cómo la mañana iniciaba cadenciosa su lento despertar…

Una luz mortecina y lejana iba bañando el paisaje que transcurría distante a través de la ventanilla. Intenté fijar la mirada en un punto deseando no abandonarme a mis pensamientos, pero acabé mareada y deseosa de encontrarme en un planeta remoto. Todo en vano. Cerré los ojos. A mi alrededor, un puñado de salaryman ataviados de indiferencia, dormitaban algo apretujados entre los asientos.

Entonces, una amarga punzada acudió repentinamente a mi garganta. Desorientada, te busqué alarmada y acabé por no encontrarte. Hasta que me tropecé con una mirada tranquilizadora -la tuya-, que me abrigaba el alma desde el otro lado del compartimento.

Los minutos fueron cayendo con la pesadez del plomo, mientras la distancia comenzaba a exhalar ya su último aliento. El tren había llegado finalmente a su destino. A nuestros pies, Nara nos aguardaba silenciosa.

La ciudad amaneció bajo negros nubarrones, escenario perfecto para el triste devenir de aquel día. Un olor a soledad impregnaba la mañana gris, mientras el taxi recorría raudo las calles intentando esquivar inútilmente el aguacero. En el cielo, las nubes seguían llorando desconsoladas.

La entrada del templo se divisaba a lo lejos imponente, majestuosa. Sorteamos como pudimos la marea de gente que a temprana hora se agolpaba ya en las inmediaciones, mientras las manadas de ciervos nos observaban indolentes desde ambos lados del camino.

Advertía cómo mi corazón se aceleraba a cada paso. Y comenzaba a sentir la mirada inquietantemente borrosa. Entonces, tu mano se encontró con la mía. Y tuve la extraña sensación de que volábamos.

Ni siquiera reparé en los grupos de niños y niñas con sombreritos amarillos que nos cruzamos. Hasta la gigantesca figura de bronce que descansaba en el interior de la estancia principal me pasó desapercibida.

Abandonamos aquel recinto y recorrimos el angosto pasillo situado a mano izquierda. Y allí estaba. Ese momento tan esperado nos alcanzó. El tiempo pareció haberse congelado y las manecillas del reloj quedaron mudas por un instante. Vacilé unos segundos, pero tu mirada volvió a reconfortarme.

No restaba más que esperar obediente mi turno -una niña más- en la hilera de personas. Y entre tanto, intentaba desesperadamente silenciar la creciente agitación que prendía mi alma.

Tomaste con cuidado el libro, testigo de miles de kilómetros de este viaje. Y de su interior, una fotografía.

Acaricié aquella imagen entre mis manos emocionadas. Y reuní el poco valor que aún me quedaba, contemplando lo que cruelmente me había sido negado ya para siempre.

Alargé vacilante el brazo y pasé la foto hasta el otro extremo de la columna. La sorpresa (o el desconcierto) se asomó a los ojos de quienes el azar transformó en testigos imperfectos de un jeroglífico que no acertaban a descifrar.

El dolor de tu ausencia, el amargo aroma del adiós, hizo descender mi ánimo hasta una bruma de olvido…

Y mientras un taxi atravesaba fugaz la ciudad de Nara, volviste a estrechar suavemente mi mano entre las tuyas. Mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas, ya sin la pesada carga entre los brazos. En el cielo, las nubes continuaban llorando desconsoladas.

Sólo entonces, las lágrimas inundaron mi alma y la fina lluvia se fundió con mi rostro.

La mañana siguiente, un nuevo amanecer contemplaría nuestros últimos instantes en Japón…

8 comentarios para “La geometría de una lágrima”

  1. nora (una japonesa en Japón) dice:

    ¡Felicidades por el blog!
    Me puse a pensar después de leer la entrada… en quién sería esa persona, si sería la persona que imagino o es tan solo una fantasía…
    Besos y SUERTE :)

  2. maeko dice:

    Esta entrada está dedicada a la memoria de “alguien” muy querido, el texto es un recordatorio de un 6 de octubre de hace dos años.

    Nora, muchísimas gracias por pasarte por aquí y por tus ánimos :D

    Un beso.

  3. Nuria dice:

    Felicidades por el blog!!!!
    Ya te dije que por los comentarios que me dejabas o los que podía leer en otros blogs, tenías mucho que contar. Y no me equivoqué!!!
    Por aquí me tendrás, guapa!
    Un abrazo!!

  4. maeko dice:

    ¡Bienvenida Núria! Te agradezco un montón que te hayas pasado por este rincón perdido de la blogosfera y gracias mil también por haberme enlazado en tu blog :D

    Besos!!

  5. Luan dice:

    Fue un hermoso amanecer sobre la isla que pensó que era nube y que aprendió entonces a volar sobre el mar.

  6. maeko dice:

    Hermoso y también agridulce, por el sabor de la despedida.

  7. KARMETA dice:

    Me estoy “enganchando” apacible y serenamente a este Blog, Maeko, eres increíble!! te voy a mandar 4 o 5 negris Nancys para que nunca dejes de escribir.

  8. maeko dice:

    Jaja, no me digas eso, que me va a dar un soponcio ;)
    Bueno, me alegra que te entretengas con la lectura de las cositas que escribo. Uff, ando un poco liada ahora, espero buscar un poco de tiempo para alguna otra entrada este finde. Chao!

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