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Fragmentos de una Utopía » 2008 » Noviembre

Archivo de Noviembre, 2008

Sonrisas de Rock’n'Roll

Domingo, Noviembre 23rd, 2008

En mi ciudad, hay un lugar por el que afortunadamente no pasan los años, un garito de esos de mala muerte, en el que se respira el rock’n'roll de antaño por los cuatro costados, donde el olor de los cientos de vinilos se entremezcla con el aroma de la maría y de la cerveza amarga.

¿Recuerdas la primera vez que nos colamos allí? Cuántas noches se sucedieron después, hora tras hora una junto a la otra, cuando nos susurrábamos secretos al son de los Zeppelin o los Doors, nos reíamos a los cuatro vientos de las cosas estúpidas de esta vida mientras tarareábamos sin cesar a los Ramones y bailábamos (daba igual si sonaba la Credence, T.Rex, los Kinks o Eddie Cochran) hasta que las piernas ya no nos sostenían más en pie. Nos sentíamos libres de todo y de todos. Nuestras miradas (sobre todo la tuya), brillaban.

Quién hubiera pensado entonces que todo esto se nos acabaría alguna vez. Porque cuando todavía eres un proyecto inacabado de mujer, quieres creerte esa historia de que la gente no cambia, que tu mundo permanecerá inmutable así, tal y como lo conoces. Que tu amiga de la infancia y tú seréis uña y carne para siempre. Inseparables.

Cuando pienso en ti, me viene a la mente tu belleza triste, esa que tanto atraía a los hombres, pero que tan pocos se interesaban en descifrar. Porque detrás de la sonrisa de pintalabios y los ademanes de chica autosuficiente, se escondía la historia de una adolescente tímida y sensible, de un alma frágil que se esforzaba en no romperse más y más a cada paso.

Recibiste el primer golpe de esta vida cuando aún no habías nacido. Mientras aquel hombre que nunca fue tu padre, apalizaba a tu madre que ya estaba embarazada de ti. Por eso comprendía tu miedo cuando me agarrabas fuertemente de la mano y echábamos a correr las dos para ponerte a salvo, porque creías haberle visto a la salida del colegio entre la multitud de personas. A veces pensaba que íbamos a pasarnos toda la vida corriendo.

Nunca supe por qué guardabas como un tesoro aquella foto que le robaste a tu madre. O puede que sí. Una foto ya vieja y arrugada por el paso de los años que, seguro, mirabas a menudo entre fascinada y horrorizada, intentando no reconocerte en los rasgos de aquel rostro descolorido que tanto odiabas. Por el daño que te había hecho a ti sin conocerte. Por transformar a tu madre en un ser taciturno y miedoso, que apenas salía a la calle si no era para ir a trabajar. Y que tú te esforzabas en hacer sonreír con tus monerías y tus chaladuras, aunque muchas veces estuvieras llorando por dentro.

Tenías imaginación a raudales y quizás un brillante porvenir literario. Pero no quisiste siquiera intentarlo. Porque te sentías vencida incluso antes de empezar a luchar. Recuerdo cuando me pasabas tus escritos y me pedías que te corrigiese las faltas de ortografía. No eran demasiadas, pero nunca supe si eran de verdad o las cometías a propósito. Puede que sí. Porque a veces es más fácil desnudar el alma a través de un montón de palabras manuscritas. Porque el sonido de una voz es capaz de espantar de golpe todos los sentimientos.

Y así veía lo perdida y confusa que a menudo te sentías. Cómo añorabas tener una familia “como todo el mundo”. Cómo te obsesionabas cada vez más con la idea de conocer a aquel indeseable. Cómo a veces te echabas la culpa de la infelicidad que te rodeaba y soñabas con morirte.

Cuando estabas muy deprimida bebías más de la cuenta y luego te odiabas por ello. Si te daba por estar alegre, eras el alma de la fiesta y coqueteabas con todo el mundo. Si te daba el bajón, mejor no contarlo. Y se me rompía el alma cuando te veía tan mal. Porque quería ayudarte, pero no sabía cómo y tú no me ayudabas. Porque el proceso de la curación no comienza hasta que uno mismo no desea ser curado. Y así pasaste por los brazos de varios hombres que vieron en ti a la chica de sus sueños, pero que te abandonaban a la mínima cuando descubrían a esa muñeca rota y triste que necesitaba toneladas de cariño que no estaban dispuestos a regalar.

Un día dejaste de escribir, y esas tardes en las que me cepillabas el pelo mientras te corregía las faltas de ortografía, desaparecieron como si nunca hubiesen existido. También dejaste de ir al bar de siempre y te buscaste nuevas compañías. Y quisiste fabricarte un nuevo disfraz tapando las ojeras con doble capa de maquillaje.

Transcurrieron meses hasta que recibí tu llamada de teléfono. Me decías que no soportabas tu nueva vida, que la gente que te rodeaba era superficial y estúpida. Que seguías llorando por las noches. Que te sentías sola.

Pero la vida que construí lejos de ti no te gustaba. Demasiado tranquila, quizás. Ya no encajabas o no querías encajar en mi mundo. Y así fue como nos dijimos adiós.

Porque decidiste bajarte en la anterior parada (o quizás fui yo la que se bajó) y nos fuimos cada una por su camino, para ya nunca volvernos a ver. Miento. Porque volvimos a encontrarnos en una ocasión más, muchos años más tarde.

Ese día que yo brincaba en la puerta de la agencia de viajes con los billetes a París en la mano no cuenta. Porque yo te ví atravesar la calle desde la otra acera, pero no sé si tú reparaste en mí en aquella ocasión, o te hiciste la sueca. Tuve la impresión de que tenías la expresión algo triste, pero quizás tan sólo se trató de un equívoco por mi parte; me había convertido en la felicidad personificada por un instante y allí, desde mi nube, mi ánimo contrastaba con el del resto de las personas, que parecían transportar vidas más pesadas y grises que de costumbre.

El día que nos tropezamos en aquella escalera aparentabas estar tranquila. Me preguntaste por mi vida y me contaste lo feliz que estabas porque hacía unas semanas que te habían hecho el contrato indefinido en el trabajo. Me alegré por ti. En serio. Cruzamos unas cuantas palabras más y nos pasamos los teléfonos, con la promesa de volvernos a ver algún día de estos. Pero tuve la incómoda sensación de que todo se trataba de una absurda pantomima. Porque para mí, te habías convertido en una desconocida. Y supongo que a ti te había ocurrido lo mismo conmigo. Porque tampoco me llamaste.

El paso del tiempo nos va moldeando de forma imperceptible. Y cambiamos sin apenas darnos cuenta. Y vamos perdiendo pedazos de nosotros mismos y a cambio ganamos fragmentos nuevos con cada decisión que tomamos. Aquella persona que una vez fuimos ya no existirá jamás, salvo en nuestra mente. Porque los seres humanos no dejamos de cambiar en toda nuestra vida. Aunque muchas veces sólo sean pequeños matices los que nos diferencian de nuestro yo de la semana anterior. Y nuestra esencia sigue permaneciendo intacta por siempre… Pero a veces no.

Un día de un año cualquiera, me encontré casualmente con tu madre en el ascensor del hospital. Me contó mil cosas, que ibas a casarte, que habías conocido a un hombre que te hacía muy feliz. Y volví a alegrarme por ti. En serio.

Y hace unos cuantos meses, tu recuerdo volvió a visitarme. Escuché en las noticias que los dueños de la empresa en la que trabajabas habían dado el pelotazo y todos sus trabajadores se habían quedado en la calle. Y lo sentí por ti. De verdad. Quise llamarte por teléfono para apoyarte, pero no encontré tu número por ningún lado. Debió de perderse en algún rincón del camino, al igual que nuestra vieja amistad.

Luego lo pensé detenidamente y acabé por agradecerlo. Respiré aliviada. Porque nos hubiéramos sentido violentas (o tú, o yo, o las dos) por despertar los fantasmas ya dormidos de tu pasado. Porque hay recuerdos que es mejor no estropearlos. Y porque prefiero imaginarte eternamente sonriente y con ese brillo especial que tenías en la mirada cuando bailábamos en aquel viejo bar.

¿Recuerdas? Ese viejo bar que continúa como antaño, varado en el tiempo, y al que voy de vez en cuando a escuchar raciones de buena música. Un lugar donde aún resuenan los ecos de nuestras voces desgastadas; donde cada rincón se convertirá de nuevo en escenario de otras vidas, de chocar de botellas, de humo de cigarrillos, de confidencias susurradas al oído.

Y cada vez que escucho esta canción, no sé qué extraño mecanismo me transporta a aquella época en una centésima de segundo. Y no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ni quiero. Por los buenos tiempos.

 

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Ilustraciones de Chris Buzelli

Luna de otoño

Domingo, Noviembre 9th, 2008

 

 

 

El reloj señaló indiferente las doce y media de la madrugada de un domingo de noviembre. Un escenario desolador de frío y asfalto mojado me rodeaba por doquier.
Las calles desiertas y débilmente iluminadas contemplaron como arrastraba a duras penas una maleta cargada con casi el doble del peso de hace dos semanas. Una auténtica locura. Lo sé. Fui repasando con la mirada cada escaparate, cada edificio, cada rincón de esta ciudad dormida y descubrí, tras cada esquina, detalles nuevos que me pasaron desapercibidos días, semanas atrás…

 

La misma historia que se repite una y otra vez. Porque sucede siempre tras regresar de un largo viaje. El reencuentro me produce un sinfín de extrañas sensaciones que difícilmente puedo explicar. Como si me convirtiera en forastera de mi propio hogar. Como si al marcharme lejos, muy lejos de casa por un tiempo, recobrara la capacidad de volver a percibir los auténticos colores y sonidos de la ciudad. Sus latidos. Su alma. Su voz.

Tan sólo han transcurrido siete días desde que regresé de mis vacaciones por Japón, pero parece que todo aquello formara parte de un pasado remoto. Tarea inútil tratar de buscar el motivo del porqué a veces el tiempo juega a ser etéreo y otras veces eterno. Quizás sea que este frío casi invernal ha aletargado mis sentidos y embotado un tanto mi perspectiva temporal. O quizás no. Quien sabe. Lo que si sé con seguridad, es que en cada viaje que hago, voy dejándome pequeños pedazos de alma allí por donde paso. Y al final del trayecto contemplo como un vacío un tanto amargo se instala en mi corazón. Porque resulta doloroso abandonar un lugar tan hermoso del que es inevitable no quedar prendado para siempre.

Lo peor del viaje fue tener que regresar. Y la incertidumbre del hasta cuándo la maleta permanecerá de nuevo en el trastero. Y la fastidiosa tarea de poner tropecientas lavadoras para que una maldita camiseta infame no destiñera el resto de la colada (de los errores a veces se aprende, querido mío).

Ahora me paso los días tratando de recoser las cicatrices de mi alma, mientras observo una a una los cientos de fotografías, mientras una luna cuasi llena ilumina los recuerdos de un dulce sueño, disfrazando este otoño de primavera.