Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-settings.php on line 472

Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-settings.php on line 487

Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-settings.php on line 494

Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-settings.php on line 530

Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-includes/cache.php on line 103

Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-includes/query.php on line 21

Deprecated: Assigning the return value of new by reference is deprecated in /srv/disk4/bichitosan/www/fragmentosdeunautopia.awardspace.com/wp-includes/theme.php on line 623
Fragmentos de una Utopía » 2008 » Diciembre

Archivo de Diciembre, 2008

Bye bye 2008

Miércoles, Diciembre 31st, 2008

  

Seamos felices. Disfrutemos como niños de los últimos segundos de este año.

Aunque las sombras que pueblan nuestros rincones sean hoy más grandes, más anchas, bajo los brillos de esta noche anciana iluminada por los miles de resplandores de la ciudad.

Porque fulgor y oscuridad cabalgan siempre de la mano. Como el día junto a la noche. Y el orden no cobra sentido sin ser antes caos. Ni las sonrisas tienen el mismo valor si nunca antes se ha derramado alguna lágrima.

Tú decides en qué lugar prefieres estar.

En la quietud, entre penumbras. O en el desorden, junto a la luz.

Por unas horas, pintemos una sonrisa en nuestros labios y enfrentemos la vida, que suficientes momentos amargos nos tocará vivir durante el siguiente año.

El futuro ya está aquí. Casi puedo tocarlo con las manos.

Y ante todo hoy, esta noche, seamos como niños…

…Felices.

 

 

Nos vemos el año que viene. Te estaré esperando con una sonrisa en los labios.

 

 

Te voy a enseñar a bailar

Martes, Diciembre 30th, 2008

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

  

Termina este 2008. Un año que unos tirarán directamente al contenedor de la basura. Que otros amarán durante toda una vida. Y que tendrá un cierto aroma descafeinado para el resto de la humanidad.

No temáis. No hablaré aquí ni ahora del reloj de la Puerta del Sol en Madrid, ni de los vestidos de lentejuelas, ni trataré de resumir de manera original las noticias más importantes de estos últimos doce meses.

Pero temblad, temblad, pobres criaturas. Porque en la entrada de hoy dedicaré unas pocas líneas :P a la que considero, en mi humilde opinión, la mejor exposición, muestra, evento cultural… que he tenido el placer de degustar en este 2008.

Es tiempo de hacer balance. Porque el año va tocando ya a su fin.

Fotografía urbana, mobiliario industrial, bonsais, pop art, tesoros de Egipto, juguetes de lata, filatelia, performance, joyería, maquetas, urbanismo, caricatura, vídeo-instalaciones, entomología, bicicletas, pintura figurativa, lámparas de cristal… todo esto, entre otras muchas cosas más, han contemplado mis ojos durante este año.

Hace escasísimas horas de la visita a mi última exposición del 2008. Poco convencional, ecléctica, transgresora, provocativa… son palabras creo que insuficientes para describir la filosofía de esta última muestra que acabo de visionar.

Y poco convencional. Ecléctica. Y transgresora. Provocativa. Y mucho más, son los adjetivos que definen la que cautivó este año, sin reservas, mi corazón.

Si tuviera que definirla con una sola palabra, la que sin duda elegiría sería

PASIÓN

Porque Blanca Li es ante todo eso. Y mucho más. Un estallido de creatividad, que mostró en Te voy a enseñar a bailar / I’ll Show You How To Dance, gran parte de su pasión por la danza, por la vida y por crear (son)risas.

Una exposición que se pudo contemplar (y disfrutar) desde enero hasta mayo de 2008 en el MUSAC de León.

 

 

Considero que parte del público que acude a las salas de exposiciones, tiene un enorme problema con el arte contemporáneo. A unos gusta, pero otros lo detestan profundamente. Está claro que ocurre con toda expresión artística en este mundo.

No me voy a convertir ahora en abanderada de esta causa, ya que, obviamente, algunas de sus manifestaciones las considero erróneas (y otras, auténticas payasadas con mayúsculas -y que me perdonen sus autores, pero ya está dicho-). Pero pienso que muchas personas sienten un prejuicio inicial bastante acusado cuando se acercan a una obra que huele a contemporáneo.

Quizás, sea porque rompe con los arquetipos de lo que se considera tradicional en cuestión de expresión artística. A menudo suele tratarse de obras difíciles de digerir. O de comprender (me autoincluyo en ambos casos). Otras veces, estas obras parecen venir envueltas con un halo de pseudointelectualismo destinado sólo a una élite capaz de desentrañar sus ocultos mecanismos. Y eso puede espantar incluso al más pintado (a quién no) ;)

Lo ideal respecto del arte (con independencia de su época) sería que nos expusiéramos a su influencia con una mente despejada y desnuda ante su contemplación. Sin tabúes ni remilgos de ningún tipo. Y a posteriori, esa misma mente se encargaría de procesar la corriente de emociones y decidir si aquello resulta de su agrado o lo acabará odiando hasta la muerte.

Pero si nuestra posición inicial es la de la negación por la negación, resulta tarea casi imposible que una obra de este tipo pueda llegar a tocar nunca los corazones.

Aclaro que soy amante de las artes figurativas al estilo clásico, aunque es de justicia añadir también aquí que existen infinidad de obras vulgares y de ínfima calidad. Totalmente kitsch. Y mucho y malo. Y que multitud de personas descalifican obras catalogadas de “raras” o “modernas”, en detrimento de obras más clasicistas totalmente apersonales. C’est la vie, mon ami! ;)

En fin, el rollo de esta entrada acaba aquí. Bueno todavía queda un poquito más.

Porque no quiero acabar este post, sin hacer otra mención a la exposición que antes os he comentado.

Estuve visitando la ciudad de León unos pocos días durante el mes de mayo y la verdad es que no tenía la intención de visitar ninguna exposición en especial. Así que entré en el MUSAC a ciegas y más concretamente en aquella la sala, sin saber muy bien lo que iba a encontrarme durante el recorrido de toda la muestra. Creo que fue precisamente ese el principal motivo por el que disfruté tantísimo.

Me dejé seducir la vista, el oído… los sentidos, por esta genial creadora-cineasta-coreógrafa-directoradepista-bailarina… que es Blanca Li

Creo que al final fueron unas dos (¿o quizás tres?) horas de absoluto divertimento. De sorpresa continua. Cortometrajes, danza clásica, objetos, ironía, flamenco, surrealismo, hip-hop, parodias, publicidad. Diferentes y numerosas las herramientas utilizadas por esta artista mediante las que despliega toda su creatividad. Disfruté muy mucho participando, observando, empapándome de todo, porque todo era una auténtica delicia para el espítitu.

Porque eso también. Me harté a reír una barbaridad. Y conseguir que una -o dos, o más- de tus creaciones arranquen de una manera tan natural las sonrisas del público que examina tus obras, es pura magia y de categoría superior.

Para finalizar, os dejo con unas palabras sacadas del catálogo del MUSAC sobre la exposición y su creadora:

“…una muestra en la que el movimiento y el baile quieren afirmar y construir la libertad de los cuerpos y del espectador. Blanca Li transforma nuestras rutinas y actos diarios, nuestros códigos sociales y de conducta, nuestra relación con los objetos cotidianos y con nuestros cuerpos, para proponer una atmósfera de comunicación y desinhibición…”

 

 

“…nos descubre la cercanía del cuerpo con lo cotidiano y con sus rituales y lo transforma en danza, una danza que se manifiesta como experiencia corporal lúdica. Nos descubre el mimetismo del gesto con relación a referentes perfectamente establecidos y asentados en nuestro entorno cotidiano y lo altera, modificando así nuestra percepción del cuerpo, de nuestros propios gestos y movimientos…”

“En definitiva, nos enseña a bailar, nos enseña a improvisar.”

 Sonando: Around the world  (Daft Punk - coreografía del vídeo: Blanca Li)

 

Vídeo-instalación Fitness at Home :

(Una familia obsesionada por la salud y el físico convertida mediante la ironía en juego autoparódico para provocar en nosotros la capacidad de reírnos de nosotros mismos)

 

 

Y no podía acabar esta entrada sin destacar esta mención al esfuerzo personal que me ha enviado mi querida Karmeta (no por mí, sino por ella, que es la que se lo merece de verdad).

Tengo que nombrar a alguien merecedor de este galardón. He decidido que este premio se lo dedico por entero a mis lectores. Porque quién mejor que vosotros que habéis llegado hasta aquí y leído pacientemente todas y cada una de estas líneas. Así que todo mi profundo agradecimiento es para con vosotros :)

 

¡Qué lo disfrutéis!

Moonlit tale: IV. Chaotica

Sábado, Diciembre 27th, 2008

No conseguía conciliar el sueño por las noches.

Todo comenzó con un insomnio autoinducido que, de manera involuntaria, fue escapándose de sus manos y acabó convirtiéndose en una insana costumbre que ya no acertaba a controlar.

De noche, permanecía en vela. Descansaba apenas tres o cuatro horas, cuando vencida por el cansancio, se abandonaba ya sin fuerzas al olvido. Por las mañanas, preparaba bolsitas de infusión para bajar la hinchazón de los ojos y se ponía la máscara que tan hábilmente había aprendido a manejar, antes de salir a la calle. Y nadie se daba cuenta de nada. Porque nadie sabía cómo mirar ese profundo y oscuro pozo en el que se había convertido su mirada.

Apagaba la luz de la habitación y se acostaba en la cama con la vista clavada en el techo. Tremendamente exhausta, pero no lo suficiente aún como para cerrar sus fatigados ojos. Y así esperaba siempre, paciente, hasta que los habitantes de la casa hubieran caído ya rendidos en brazos de Morfeo.

Ni siquiera sabía cuánto tiempo permanecía en este estado, tumbada sobre la cama, con la mirada observando el vacío de la habitación, mientras su mente divagaba entre penumbras y amargos pensamientos. Por encima de su cabeza, observaba cómo flotaban lenta, cruelmente, sus recuerdos. Imágenes y más imágenes que surgían de las profundidades de su memoria, entremezcladas, salpicando de sentimientos las oscuras paredes.

Y de repente, en la quietud de la noche, comenzaba a sollozar.

Era tanto el tiempo que transcurría hasta que tenía la certeza de que nadie -absolutamente nadie- podía escucharla, que un río de lágrimas se apretujaba tras sus ojos. Y una tormenta de violencia inusitada estallaba entonces en aquella habitación. Hundía rápidamente su cara en la blanda almohada en un intento por acallar el sonido salado de sus sentimientos. Pero los ríos fueron convirtiéndose en lagos, y los lagos en un mar. Y ya no había almohada en este mundo capaz de frenar aquella marea.

A menudo tenía extraños pensamientos y creía, asustada, que hacía tiempo que había dejado de pertenecer a la raza humana. Porque el común de los mortales sería incapaz de llorar tanto como ella lo había hecho durante semanas. Durante meses incluso.

Un día decidió que no volvería a llorar nunca más. Se lo prometió a sí misma. Y desterró la almohada de su habitación.

Pero se trataba de un reto bastante difícil de llevar a cabo. Porque los ríos de lágrimas no paraban de fluir continuamente hacia ella. Y la vieja almohada capaz de frenar aquella inundación ya no existiría nunca más.

Poco a poco, se fue convirtiendo en profesional en tragarse los sentimientos. La primeras lágrimas que se quedó dentro morían en su garganta. Pero se clavaban como enormes cuchillos afilados, rasgando su alma y acrecentando las heridas en su corazón. Sentía una punzada inmensa cada vez que el menor lamento pretendía asomar por su boca. Pero se la apretaba como podía con ambas manos y así evitaba que saliera al exterior. Y noche tras noche, soportaba un infierno de dolor y angustia en vida.

Ya no se oirían más quejidos ni sollozos en la quietud maldita. Nunca. Aunque lo que no consiguió jamás fue dejar de llorar. Porque entonces, hubiera tenido que dejar de pertenecer a la raza humana. O acaso, desaparecer para siempre.

Sin embargo, aprendió a controlar aquella lluvia en un absoluto y doloroso silencio. Mientras las lágrimas seguían resbalando calientes, amargas, por su rostro. Mientras su cuerpo tembloroso y triste intentaba,  a duras penas, curarse.

Fue así como su torturada alma, descompuesta, abatida, iba marchitándose lentamente. Completamente sola, abandonada a su suerte.

Y ya no soñaba con hallar un pequeño milagro que mitigara aquellas heridas. Las provocadas por unos recuerdos de aquel pedazo de vida que un lejano día pudo acariciar entre sus manos.

(Moon Phase: New Moon 0% of full)

Fotografía de flickr

Entradas relacionadas:

Moonlit tale: I. Crush

Moonlit tale: II. Sea in flames

Moonlit tale: III. Running through magnetic fields

Cuento de Navidad

Miércoles, Diciembre 24th, 2008

 

Navidad. Tiempo de sonrisas. Luces y brillos por las calles. Regalos, ilusión, derroche…

Navidad. Tiempo de soledades. Añoranza por quienes no veremos. Amargura, dolor, tristezas…

Aquí os dejo con unas imágenes de la secuencia final de Smoke de Wayne Wang, con guión de Paul Auster. Entre lo mejorcito de este famoso escritor, con el que mantengo una especial relación de amor-odio desde hace ya varios años.

Una certera reflexión sobre lo que realmente significa (o debería significar) la Navidad. Su esencia. Algo que no deberíamos perder nunca. Y practicar no sólo ese día, porque no hace falta que lleguen días como los de hoy. O acaso todos deberían ser como la imaginada Navidad que refleja esta película (ingenua que es una). Porque de lo que os estoy hablando es de empatía, de demostrar humanidad. Y no digo nada más.

Mi consejo es, que si no habéis visto aún la película y os váis a disponer a dar el play en los vídeos, veáis el primero en su integridad, antes de pasar al segundo. Por favor. Me lo agradeceréis :)

Smoke. Para mí, una excelente película, que me sorprendió muy gratamente aquel otoño de 1995 en el que tuve la gran suerte de no encontrar entradas para otro film y al final, acabé sentada en otra sala sin poder apartar mi mirada de la pantalla durante el tiempo que duró toda la proyección.

No puedo evitar sentir ese algo ahí dentro cada vez que vuelvo a visionar estas imágenes. Profundamente conmovedoras. Aunque tan sólo es una opinión. La mía. Y para gustos, los colores.

Un gran hallazgo. Peliculón con mayúsculas. La magia del cine en estado puro.

Espero que lo disfrutéis.

Secuencia final de Smoke:

 

 

Segunda parte (suena de fondo “Innocent when you dream” del siempre genial Tom Waits): 

 

 

Va por todos vosotros, los pocos (pero valientes), que me leéis :)

Feliz Navidad

Moonlit tale: III. Running through magnetic fields

Miércoles, Diciembre 24th, 2008

 

 
Estamos los dos vestidos de oscuridad. Uno frente al otro.

Un silencio incómodo invade cada segundo. Y precisamente hoy, decides que nos sentemos en el helado suelo junto a la chimenea, otrora testigo de nuestro incombustible fuego. Aquel junto el que un día creímos en la vida… donde coloreamos una a nuestro antojo…  cuando aún soñabamos que seríamos capaces de cambiarlo todo. 

Tus manos barajan habilidosamente el mazo de cartas mientras me levanto a duras penas y apago la luz de la habitación.

-Creo que ya está- me respondes.

-Entonces… reparte- te susurro.

-¿A qué jugamos?- me preguntas.

Y un ahogado nolosé, un quejumbroso lamento levemente exhalado por mi boca, resuena en la quietud de la estancia.

Empiezas lentamente a repartir uno a uno los naipes, que chocan silenciosamente contra el suelo. Ese mismo suelo que un día compartimos, convertido hoy en singular acompañante del exiguo vacío que ahora mismo nos separa.

Creo contar nueve cartas al formar mi abanico. En cambio, tú, sólo puedes tomar siete entre tus manos.

-Soy un tramposo- me señalas divertido.

Pero tan sólo sigues las reglas de este maldito desafío que hoy te has empeñado en jugar.

-Tú comienzas…- el eco de mi voz desgarrando la penumbra.

Y mientras me replicas, tu primera carta cae pesadamente entre nosotros.

Reflexiono largamente mi jugada y mi turno se traduce en el tímido lanzamiento de uno de mis antiguos naipes. Resulta evidente que esta mano que no podemos ver ha caído de mi lado, por lo que no emites protesta alguna cuando recojo las dos cartas solitarias.

Mía es la primera victoria, aunque esta absurda competición no haya hecho más que comenzar…

-He pensado mucho en aquello que dijiste…- comentas en tono pretendidamente distraído mientras una de tus cartas se pone nuevamente en movimiento.

-Te he dicho muchas cosas. ¿A cuál de ellas te refieres?- te contesto fingiendo la voz despreocupada, de la misma manera que aparento elegir una nueva carta.

-Me refiero a aquello que me confiaste…- susurras en voz baja, inaudible casi, mientras recojes esta vez, triunfante, tu premio.

Y rápidamente, antes de que pueda articular palabra alguna, lanzas tu nueva jugada.

(Un montón de veces me he preguntado si en ese momento tu mirada estaba tratando de esquivar o no la mía, a pesar de hallarnos envueltos por la negrura…)

-Así que se trata de eso…- musito lastimada.

-Si hubiera sabido que te iba a causar tal desazón, no te hubiese contado nada- añadí.

Mis dedos titubearon por un instante ante la elección de una nueva carta, sin saber que la suerte ya estaba echada.

Un nuevo lance y los puntos cayeron de nuevo de tu lado. 

En la oscuridad, noté cómo tu sonrisa se volvía grave. Y también, la violencia con la que tiraste tus naipes al suelo. El resto de los míos fueron cayendo caóticos sobre mi regazo.

-Eres un tramposo- protesté enojada.

-Ya lo sé- dijiste, sin intentar defenderte.

Procedente de algún lugar umbrío, comenzó a sonar entonces una melodía desacompasada. Y una vez más, nos hallamos envueltos en medio de un perverso juego de voces y sombras.

-Tengo miedo de que te vayas- te confieso.

-Ya lo sé…- respondes nuevamente.

-Pero son las reglas de este juego-

-Tengo miedo de que algún día pueda llegar a olvidarnos- lloré desconsolada.

-Maldita sea ¡Dejemos de jugar!-

Y me besaste.

La eternidad encerrada en un instante. En un único y sentido beso.

-Si tuviera cien vidas, una entera la dedicaría sólo para tí- sentenciaste.

-Si yo tuviera cien vidas, te entregaría todos y cada uno de mis segundos- te contesté suavemente.

Imaginé entonces tu sonrisa brillando en la oscuridad, mientras intentaba disimular lo amarga que había llegado a convertirse la mía. La que nunca jamás acertarías a imaginarte.

Las semanas siguientes la incertidumbre fue estableciéndose silenciosamente en nuestras existencias, mientras tu maleta aparecía y desaparecía continuamente del umbral de la casa. Y tras mis ventanales, la nieve fue poco a poco cubriendo serenamente este fúnebre paisaje, prisionero de una odiosa y cruel pesadilla.

En cambio, en tu corazón comenzó irremediablemete a instalarse un desierto árido e implacable que todo lo quemaría y lo arrasaría. Que incluso barrería cualquier rastro humano que aún permanecía intacto en tu interior. Y que se llevaría también consigo, los desnudos e indefensos pedazos de esta infortunada alma mía.

 

Femenino singular:

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

 

Axioma de la recurrencia y del eterno adiós: 

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

 

(Moon Phase: Waning Crescent 10% of full)

Fotografía de Vlad Gansovsky

 

Entradas relacionadas:

Moonlit tale: I. Crush

Moonlit tale: II. Sea in flames

 

 

Espíritu navideño

Lunes, Diciembre 22nd, 2008

 

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

 

Serían sobre las dos de la madrugada del domingo, cuando me encontraba de regreso a casita tras pasar una agradable velada con unos amigos que viven en un pueblecito situado a unos cuantos kilómetros de la ciudad.

 
Detesto atravesar las calles del centro cualquiera de las noches de los fines de semana (vehículos que circulan a demasiada velocidad o conductores borrachos que se saltan los semáforos), así que, para mi tranquilidad, prefiero rodear la ciudad y dirigirme por un desvío que, aunque me obligue a invertir unos diez minutos más en el trayecto -y consumir mayor cantidad de combustible-, se ha convertido en ruta tradicional para los sábados por la noche que salgo a las afueras. La carretera está prácticamente vacía y son pocos los coches con los que suelo cruzarme.
 
La circunvalación me deja al otro extremo de la ciudad y para llegar hasta la zona donde se encuentra mi barrio, tengo que atravesar en primer lugar las calles de un pequeño polígono industrial que suele estar totalmente desierto a esa horas.
 
Excepto la noche anterior, que no estaba tan solitario como de costumbre.
 
Antes de dejar atrás el polígono y tomar el camino hacia mi casa, tengo que girar a la izquierda y enfilar hacia una calle larguísima que tiene al fondo un semáforo que dura una eternidad. Os lo juro. Incluso por las noches.
 
Me fijé inmediatamente en aquel hombre y en su coche blanco (supuse automáticamente que debía de ser suyo). Era inevitable no hacerlo. Él se encontraba de pie, junto al automóvil aparcado en el arcén, de espaldas a la carretera. Pareció no darse cuenta de mi presencia cuando mi coche rebasó al suyo, porque no giró la cabeza ni me hizo seña alguna.
 
Pensé: la llamada de la naturaleza… y se ha bajado en el primer sitio que ha encontrado, al lado de la carretera, qué tío… ya podía haberse ido unos pasos más lejos…
 
Tuve que pararme en el semáforo. El otro coche se encontraría a menos de treinta metros del mío. Miré de reojo por el espejo retrovisor. Entonces ví que aquel hombre se estaba aproximando hacia mí con paso ligero. Y me sobresalté. No sé, lo primero que me vino a la mente es que era un loco de esos que venía a hacerme yo que sé qué…
 
Y el semáforo en rojo. Y las calles vacías. Y yo sola en el coche.
 
Luego recapacité: qué cosas piensas, mujer… siempre poniéndote en lo peor de lo peor…
 
No tengo por costumbre saltarme los semáforos que están en rojo y mucho menos si la calle que tengo que cruzar seguidamente es una carretera nacional. Así que comprobé que el hombre no llevaba nada raro en las manos y esperé que se acercara hasta mi posición. Y yo con mi corazón a unos mil por hora, por lo menos. Apagué la radio y puse la mano en el cambio por si tenía que salir zumbando de allí.
 
Toc, toc. Su mano golpeando el cristal. A través de la ventanilla pude ver que me hacía señas para que bajara la ventanilla. Ni de coña. Tan sólo la bajé unos pocos centímetros, lo suficiente como para escuchar lo que tenía que decirme y que no pudiera meter ni un dedo de la mano. Como no se le oía demasiado bien, acercó su cara al cristal y así sus palabras entraron a borbotones dentro del habitáculo. Lo cierto es que era una situación un tanto esperpéntica.
 
Me contó una historia que sonaba a mentira por todos lados. Me dijo que le habían avisado esa noche que a su madre le había dado un infarto y que estaba ingresada de urgencia en un hospital (en una ciudad a hora y media de camino de la que estábamos). Que con las prisas, había salido corriendo de casa con lo puesto, olvidándose la cartera y el teléfono móvil. Que nada más salir de la ciudad, se le había quedado el depósito sin gasolina. Que llevaba allí tirado en medio de la nada, completamente solo, desde hacía ni se sabe, y que no había aparecido ningún coche hasta el momento (eso sí me lo creí).
 
Tan sólo yo. Qué consuelo.
 
Me pidió dinero para gasolina. Ayúdame… 20 euros, por favor…
 
En la nacional había una gasolinera de esas que están abiertas las 24 horas del día. Pero no me pidió que le llevara hasta ella. Quizás ya era demasiado pedir. Y yo era una chica que viajaba sola. Y ni siquiera había abierto la ventanilla lo suficiente como para que pudiera colar un solo dedo de la mano. Así que no le iba a dejar subirse en mi coche. Ni harta de vino. Segurísimo.
 
Y el semáforo en rojo.
  
Rebusqué en el bolso, pero sólo tenía un billete de 50 y un par de 5 euros. Con diez euros no llega ni queriendo… pero darle cincuenta… ¿Y si me dice la verdad? ¿Y si su pobre madre está agonizante en la cama de un hospital? Y yo aquí regatendo unos míseros euros, cuando una vida vale mucho más que todo lo que yo tengo.
 
Así que se lo dí. Todo. El hombre se quedó con cara de tonto. Me pidió el teléfono. Me dijó que me lo devolvería. Por supuesto, no se lo dí. Le dije que se lo regalaba y que se tomara un café en la gasolinera. Todavía le quedaría un trayecto largo hasta llegar a ver a su madre. Y antes, una buena caminata de ida y vuelta con la lata de gasolina. Y fuera, un frío que cogelaba hasta la sinrazón.
 
Sabía que todo era una mentira. Que era todo un cuento muy bien orquestado. Que aunque le hubiera pasado mi número, nunca más volvería a ver mi dinero… Pero decidí darle (o darme) un voto de confianza. Porque soy una idiota. O quizás es que necesitaba hacerlo. Por él. Por mí. Nada más que eso. Y nada menos.  
 
Porque sea verdad o sea mentira, a veces hay que confiar, tener esperanza en el género humano. Que existe la buena gente, que no todos son (o somos) unos productos defectuosos. Al menos de vez en cuando. Que si no, en esta vida estamos apañaos.

Y que la generosidad se comporta como un boomerang. Que retornará no se sabe ni cómo, ni cuándo, pero que algún buen día lo hará. Qué le voy a hacer. Soy una ilusa.

Y ya huele a Navidad.

Recuerdos de Nihon

Sábado, Diciembre 20th, 2008

Uno de los episodios de mi infancia que recuerdo con mayor nitidez se produjo cuando contaba con menos de tres años de edad. Lo sé a ciencia cierta, porque por aquel entonces mi familia y yo todavía vivíamos en Tokyo.

Nos encontrábamos en la sala de la casa cuando, de repente, una vibración sostenida hizo que fijara la vista en la pantalla encendida del televisor. La imagen comenzó a dar saltos y a parpadear bruscamente. Entonces, mi hermana salió disparada de la habitación. Mi madre se levantó rápidamente del asiento, me cogió en brazos y se dirigió a la estancia de al lado tras ella. Allí la encontramos completamente llorosa, temblando asustada, tirada encima del futón. Recuerdo vagamente cómo unas láminas enmarcadas bailaban suavemente de un lado al otro de la pared, para quedarse completamente inmóviles instantes después. Y no volvieron a columpiarse más durante todo aquel día, porque parece ser que habíamos pasado ya lo más intenso del terremoto.

En otra ocasión, mi madre nos dejó al cuidado de una señora un tanto mayor, alguien de confianza del mismo vecindario. Al regresar mi madre de donde quiera que se hubiera marchado, se percató de que mi hermana había salido furtivamente de la casa. Había aprovechado que la buena mujer me estaba dando la merienda, para escurrirse por la puerta que daba al patio de muros grises de hormigón que conducía a la calle y que había en la parte trasera del edificio.

Recuerdo que en el patio de atrás había unas vallas metálicas bastante altas -o al menos así de grandes las percibía yo en aquel momento-, a través de las cuáles hablábamos a veces con la vecinita que vivía al otro lado (no sé por qué, siempre supuse que ella debía ser natural de Rusia, aunque por más que lo medito, nunca he sabido cuál fue la razón que hizo que se me metiera semejante pensamiento en la cabeza, pues no tenía ni la menor idea de dónde era aquella chiquilla. Supongo que porque tenía los ojos color del cielo y un pelo rubísimo siempre atado en un par de trenzas, le adjudiqué automáticamente esa nacionalidad. Pero podía ser igualmente suiza, holandesa, o qué sé yo de dónde… aunque yo tenía perfectamente claro que era rusa. Y así lo creía firmemente. A veces, los niños -y los no tan niños- nos formamos unas ideas bastante peregrinas sobre las cosas y las demás personas. En fin…)

Así que mi madre y la mujer salieron un tanto apuradas en busca de mi díscola hermanita y se la encontraron tranquilamente plantada en la acera de una calle adyacente (ajena al pequeño revuelo que había organizado), contemplando una comitiva animadísima de viandantes que caminaban vestidos con atuendos muy coloristas. Había hasta carrozas y todo. Estuvimos unos minutos contemplando el desfile y luego mi madre cogió a mi hermana de una mano, mientras con la otra me sostenía en brazos. Y nos fuimos para casa. Creo que ese fue el instante en el que presencié mi primer matsuri en Japón (o al menos, el primero de mi vida que soy capaz de recordar).

Un terremoto. Un matsuri. Dos de las primeras impresiones que mi cerebro fue capaz de procesar y transformar en destellos permanentes. Desconozco el motivo o motivos del porqué fueron estos acontecimientos y no otros los que decidieron quedarse instalados ahí de forma duradera. Y por ello ahora soy capaz de recordarlos después de tantos años. Antes de esto, los recuerdos no eran más que unas sutiles ráfagas, imágenes inconexas, que iban poco a poco diluyéndose y almacenándose por los brumosos rincones de mi mente. Aunque de vez en cuando, esas visiones inacabadas vuelvan a surgir de manera inesperada como si se trataran de espejismos o de extraños sueños de apenas pocos segundos. Como fantasmas abstractos de un pasado comatoso. Sin embargo, otros sucesos corrieron suerte diferente y acabaron tatuándose para siempre en mi memoria.

Los mecanismos que gobiernan nuestros recuerdos son sumamente curiosos. Por ejemplo, con tan sólo una simple imagen somos capaces de recuperar momentos impagables (y otros más sombríos) de nuestras existencias. Y no hablo únicamente de colores, de sonidos, de lugares físicos… sino que somos capaces de rescatar también nuestras emociones.

La mera contemplación de una fotografía con un significado especial para nosotros, es capaz de sumergirnos en una espiral de sensaciones y sonidos de momentos que creíamos perdidos para el olvido. Se trata de algo realmente mágico. Un viaje hacia atrás en el tiempo para el que no hace falta facturar equipajes ni esperar largas horas hasta llegar a nuestro destino.

Porque el destino somos nosotros mismos.

Será por eso que me encanta tomar un montón de fotografías en cada uno de mis viajes. Y jugar a ser dios e intentar atrapar la luz que ilumina cada instante.

Será por eso que puedo pasarme horas y horas absorta contemplando cientos de instantáneas sin agotarme. La mejor cámara que jamás se haya inventado es la que poseemos en nuestra propia mente. Y mis primeras fotografías, unas sobre terremotos y matsuris. A todo color. Un auténtico lujo.

 

 

Moonlit tale: II. Sea in flames.

Viernes, Diciembre 12th, 2008

 

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

 

Somos seres de agua. Marea desbocada. Oleadas de suspiros resbalando por la comisura de unos labios. Mientras tus manos van componiendo melodías, mis ojos saborean la belleza de un amanecer. Tu cálido aliento inunda los segundos. Y mi sonrisa se pierde en el almíbar de tu boca.
 
Me muestras el camino a ese océano de anhelos, donde toda distancia acaba por convertirse en cero. Sorbiendo el delicioso aroma de las velas encendidas. Deleitándonos con el tibio sabor del dulce licor de un verano.

Qué poco importa ahora ganar o perder batallas, si a cada paso escribimos poemas sobre el dorso de esta luna llena. Qué poco importa ganar o perder una guerra, si esta noche decidimos secuestrar el tiempo y las estrellas son las dueñas del deseo.

Sintiendo. Viviendo. Soñando… dulzuras.

Tan sólo somos unos seres de agua suspirando por playas imaginadas. Balanceándonos al ritmo del oleaje, acortando los espacios, estrellándonos con violencia contra las rocas.

Y un efímero escalofrío. Una locura divina. Un único latido componiendo la banda sonora de un abismo.

Y la vida. Y el infinito. Atrapados en tu mirada.

 

 

 
 
 
 
(Moon Phase: Full Moon 100% of full)

 
 
 
Entradas relacionadas: Moonlit tale: I. Crush.

Moonlit tale: I. Crush

Miércoles, Diciembre 10th, 2008

 

… 

Descorrió levemente las cortinas de la habitación y escrutó el cielo en busca de algún indicio de tormenta. No tardó demasiado tiempo en decidir que no tomaría el autobús aquella tarde; prefería dar un largo paseo por la ciudad y recorrer a pie la distancia que separaba su casa de la apartada sala de proyección.

Se enfundó los guantes negros, enroscó la bufanda amarilla alrededor de su cuello y salió en tromba a la calle en busca de un soplo de aire fresco con que calmar la extraña inquietud que se había apoderado de su alma.

Nada más comenzaron a presentarles, ya tenían la curiosa sensación de haber compartido juntos un millón de experiencias en otras vidas. Porque a veces tan sólo nos bastan cinco minutos para sentir esa cercanía, ese vínculo especial con una determinada persona a la que acabamos de conocer hace apenas un breve instante.

Fue durante una de esas insignificantes conversaciones -de esas que alguna vez todos hemos mantenido en un bar-, rodeados de humo y empujones, cuando ambos comenzaron a darse cuenta de su mutua afición por el celuloide. Y por la música. Y por los bocadillos de calamares.

Así que el día que él apareció casualmente con un par de invitaciones del cineclub para la sesión del miércoles, a ella le fue imposible rechazar su ofrecimiento. Hasta entonces, él había acudido siempre solo a la sala de cine. Y había ido almacenando aquella otra entrada desparejada en el fondo del cajón de la cómoda, porque le apenaba el tener que tirarlas irremediablemente al cubo de la basura. Y poco a poco, sin darse cuenta, se había ido convirtiendo en un experto coleccionista de soledades.

Hacía ya unas horas que el sol se había ocultado tras los edificios y un viento helador barría del suelo las hojas que no habían quedado demasiado ajadas por la llovizna de la mañana. Las calles lucían completamente desiertas bajo la mirada de una luna indiferente.

La quietud de la noche se vio interrumpida por el ruido amortiguado de unos pasos sobre la hojarasca marchita. Un par de figuras se aproximaban apresuradamente desde el fondo de la calle, escasamente iluminada por la vacilante luz de un grupo de estiradas farolas.

Las sombras sortearon hábilmente las decenas de charcos y dejaron atrás la zona descubierta del aparcamiento. El murmullo apagado de sus voces se fue convirtiendo en palabras a medida que se acercaban al abrigo de los edificios. Decidieron entonces pararse un instante frente al escaparate de una frutería. Las ráfagas de aire habían castigado con dureza las mejillas de la muchacha, que tenía las manos completamente ateridas de frío. Él se quitó los guantes de lana y se los ofreció educadamente a ella. Y así permanecieron inmóviles durante largo rato, contemplando silenciosamente las cajas de frutas que se amontonaban al otro lado del cristal.

De pronto, una pregunta inesperada salió de sus labios amoratados:

-¿Cuántos cigarros había en el cenicero?-  dijo él sin apartar la vista del escaparate.

-Mmm…- respondió ella.

-…Así que tú también te fijaste en aquella escena sin importancia…-  añadió.

-Sí- contestó él expectante.

Ella le sonrío y le dio la cifra exacta mientras miraba los ojos de él reflejados en el cristal de la frutería.

-No sé por qué, pero tenía la seguridad de que sabrías la respuesta…- Y sonrió.

Un brillo como de luz de mil soles surgió repentinamente de sus ojos. Y un río de sentimientos comenzaría a desbordarse a partir de entonces, anegando los campos, rompiendo diques, arrastrando a su paso los amargos restos de existencias anónimas. De espejos rotos. De corazones afónicos. De mil vidas repletas de inmerecida soledad.

 …

(Moon Phase: Waxing Gibbous 90% of full)

 

 

 

Fotograma de “House of Games” de David Mamet.