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Recuerdos de Nihon

Uno de los episodios de mi infancia que recuerdo con mayor nitidez se produjo cuando contaba con menos de tres años de edad. Lo sé a ciencia cierta, porque por aquel entonces mi familia y yo todavía vivíamos en Tokyo.

Nos encontrábamos en la sala de la casa cuando, de repente, una vibración sostenida hizo que fijara la vista en la pantalla encendida del televisor. La imagen comenzó a dar saltos y a parpadear bruscamente. Entonces, mi hermana salió disparada de la habitación. Mi madre se levantó rápidamente del asiento, me cogió en brazos y se dirigió a la estancia de al lado tras ella. Allí la encontramos completamente llorosa, temblando asustada, tirada encima del futón. Recuerdo vagamente cómo unas láminas enmarcadas bailaban suavemente de un lado al otro de la pared, para quedarse completamente inmóviles instantes después. Y no volvieron a columpiarse más durante todo aquel día, porque parece ser que habíamos pasado ya lo más intenso del terremoto.

En otra ocasión, mi madre nos dejó al cuidado de una señora un tanto mayor, alguien de confianza del mismo vecindario. Al regresar mi madre de donde quiera que se hubiera marchado, se percató de que mi hermana había salido furtivamente de la casa. Había aprovechado que la buena mujer me estaba dando la merienda, para escurrirse por la puerta que daba al patio de muros grises de hormigón que conducía a la calle y que había en la parte trasera del edificio.

Recuerdo que en el patio de atrás había unas vallas metálicas bastante altas -o al menos así de grandes las percibía yo en aquel momento-, a través de las cuáles hablábamos a veces con la vecinita que vivía al otro lado (no sé por qué, siempre supuse que ella debía ser natural de Rusia, aunque por más que lo medito, nunca he sabido cuál fue la razón que hizo que se me metiera semejante pensamiento en la cabeza, pues no tenía ni la menor idea de dónde era aquella chiquilla. Supongo que porque tenía los ojos color del cielo y un pelo rubísimo siempre atado en un par de trenzas, le adjudiqué automáticamente esa nacionalidad. Pero podía ser igualmente suiza, holandesa, o qué sé yo de dónde… aunque yo tenía perfectamente claro que era rusa. Y así lo creía firmemente. A veces, los niños -y los no tan niños- nos formamos unas ideas bastante peregrinas sobre las cosas y las demás personas. En fin…)

Así que mi madre y la mujer salieron un tanto apuradas en busca de mi díscola hermanita y se la encontraron tranquilamente plantada en la acera de una calle adyacente (ajena al pequeño revuelo que había organizado), contemplando una comitiva animadísima de viandantes que caminaban vestidos con atuendos muy coloristas. Había hasta carrozas y todo. Estuvimos unos minutos contemplando el desfile y luego mi madre cogió a mi hermana de una mano, mientras con la otra me sostenía en brazos. Y nos fuimos para casa. Creo que ese fue el instante en el que presencié mi primer matsuri en Japón (o al menos, el primero de mi vida que soy capaz de recordar).

Un terremoto. Un matsuri. Dos de las primeras impresiones que mi cerebro fue capaz de procesar y transformar en destellos permanentes. Desconozco el motivo o motivos del porqué fueron estos acontecimientos y no otros los que decidieron quedarse instalados ahí de forma duradera. Y por ello ahora soy capaz de recordarlos después de tantos años. Antes de esto, los recuerdos no eran más que unas sutiles ráfagas, imágenes inconexas, que iban poco a poco diluyéndose y almacenándose por los brumosos rincones de mi mente. Aunque de vez en cuando, esas visiones inacabadas vuelvan a surgir de manera inesperada como si se trataran de espejismos o de extraños sueños de apenas pocos segundos. Como fantasmas abstractos de un pasado comatoso. Sin embargo, otros sucesos corrieron suerte diferente y acabaron tatuándose para siempre en mi memoria.

Los mecanismos que gobiernan nuestros recuerdos son sumamente curiosos. Por ejemplo, con tan sólo una simple imagen somos capaces de recuperar momentos impagables (y otros más sombríos) de nuestras existencias. Y no hablo únicamente de colores, de sonidos, de lugares físicos… sino que somos capaces de rescatar también nuestras emociones.

La mera contemplación de una fotografía con un significado especial para nosotros, es capaz de sumergirnos en una espiral de sensaciones y sonidos de momentos que creíamos perdidos para el olvido. Se trata de algo realmente mágico. Un viaje hacia atrás en el tiempo para el que no hace falta facturar equipajes ni esperar largas horas hasta llegar a nuestro destino.

Porque el destino somos nosotros mismos.

Será por eso que me encanta tomar un montón de fotografías en cada uno de mis viajes. Y jugar a ser dios e intentar atrapar la luz que ilumina cada instante.

Será por eso que puedo pasarme horas y horas absorta contemplando cientos de instantáneas sin agotarme. La mejor cámara que jamás se haya inventado es la que poseemos en nuestra propia mente. Y mis primeras fotografías, unas sobre terremotos y matsuris. A todo color. Un auténtico lujo.

 

 

6 comentarios para “Recuerdos de Nihon”

  1. Belén dice:

    Me has recordado a una amiga mía de la carrera, que se fue cuando terminamos a Chiapas, y vivió un terremeto… no le gustó nadita eso de que la tierra se moviera debajo de sus pies… ni a mi creo que me gustara…

    Besicos

  2. maeko dice:

    Bueno, tuve suerte porque los terremotos que viví fueron de poca intensidad.

    Estoy contigo, tampoco me gustaría encontrarme en un determinado lugar cuando allí sucediera una catástrofe de este tipo. Y mucho menos si se tratara de una de dimensiones desastrosas (léase aquí con pérdida de vidas y todo).

    Supongo que al ser yo muy pequeña, todavía no estaba demasiado familiarizada con lo que era el peligro, así que tan sólo observé esta situación con curiosidad, sin entender muy bien por qué mi madre corría y mi hermana estaba tan nerviosa. Fue años más tarde, cuando por fin pude darle el sentido que le faltaba a las imágenes de mi cabeza.

    Muchas gracias por la visita, guapa. Besos!

  3. Luan dice:

    No hay nada más entretenido que hacer un cálculo dinámico de estructuras sometidas a terremotos (si un día quieres, te cuento algo sobre espectros de aceleraciones y su influencia en la capacidad de amortiguación de vibraciones dinámicas en estructuras de hormigón armado. ¿No?, bueno tú te lo pierdes :) ). Pero no me gustaría nada tener que vivir uno.

    Menos mal que los tiempos avanzan muchísimo y cada vez los diseños son más eficientes (que se lo digan al aeropuerto de Kansai, en la bahía de Ôsaka. En el año 95 Kobe fue arrasado por un terremoto mientras que el aeropuerto no sufrió ni un sólo desperfecto -creo que se agrietó un poco un cristal, sólamente-).

    Me ha gustado el sabor de esas imágenes que viven en tu memoria, maeko. Me está haciendo rememorar algunas imágenes mías que ya daba por olvidadas. Un día, si quieres, te las cuento (mejor que el cálculo de estructuras, ¿verdad?)

    Un abrazo, niña linda.

  4. maeko dice:

    ¿Mande? Tú te has tomado algo chungo hoy, ¿no? ;)

    Jajajajaja, eso eso, mejor lo dejas para otro día…

    Chaooo

  5. 759 dice:

    Yo de mi primera infancia, a los tres años, la verdad es que no tengo recuerdos muy nítidos, nada de matsuri ni terremotos, o no sé si no recuerdo o no tuve acontecimientos muy impresionantes para mí a esa edad. Del lugar en que vivía entonces, solo recuerdo el camino no pavimentado entre mi casa y la estación de tren, quizá…
    De todas maneras, lo cierto es que también hay recuerdos que normalmente están bien guardados con llave en un rincón más olvidado de mi cerebro, pero que a veces, de súbito y por no sé qué razón, salen de ahí para ponerme a recordar y pensar en mi pasado. Y sí, son imágenes que pueden ser mucho más nítidas que las mejores fotos.

  6. maeko dice:

    Bueno, el hecho de que las personas no conserven recuerdos de las experiencias que vivieron a edades muy tempranas, pienso -desde mi postura desconocedora del tema- que puede deberse a que en esa época, los niños aún no tienen desarrollada la capacidad de almacenar recuerdos como tales en el cerebro.

    Quizás sea debido a que cuando somos muy pequeñitos, nos encontramos en una época de adaptación velocísima al medio desconocido que nos rodea y es posible que en esa etapa de nuestra vida, empleemos nuestras energías en optimizar todos nuestros esfuerzos, redirigiéndolos más hacia el lado del aprendizaje inmediato, instintivo, que al propio recuerdo en sí. No sé, tal vez se trate de un mecanismo de autoprotección que tenemos los seres humanos para ayudarnos a superar rápidamente los miedos y el fracaso y favorecer el correcto desarrollo mental y emocional en los niños.

    No soy una entendida en la materia, así que estos pensamientos son tan sólo divagaciones mías, por supuesto. Supongo que el tema estará más que estudiado y analizado por los especialistas de turno en esta materia. En fin, me queda la duda de cómo funciona el mecanismo que gobierna nuestros recuerdos y decide que tengamos unos más presentes que otros en nuestra memoria…

    Coincido contigo en pensar que lo de los recuerdos “enterrados” en un rincón olvidado de nuestra mente es algo realmente misterioso; en cualquier momento pueden saltar de la manera más inesperada que nos podamos imaginar y en un instante tenerlos muy vivamente presentes (como si estuviéramos viéndolos reflejados en una pantalla de televisión o en una fotografía).

    A mí a veces me sucede un hecho bastante curioso con las fotografías. Y es que, cuando las veo, soy capaz de recordar toda la escena que allí está como paralizada en el tiempo, sus detalles, incluso los sonidos y algunas palabras. En cambio, existen experiencias que por más que intento recordar, soy totalmente incapaz de traer al presente de la misma forma. Pero tampoco sería plan de pasarse el tiempo haciendo constantemente fotos de todas las actividades de una vida para poder luego recordarlas con nitidez. A veces es también bueno olvidar según qué cosas.

    759, muchas gracias por tu comentario y bienvenido al blog! :)

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