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Fragmentos de una Utopía » Blog Archive » Espíritu navideño

Espíritu navideño

 

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Serían sobre las dos de la madrugada del domingo, cuando me encontraba de regreso a casita tras pasar una agradable velada con unos amigos que viven en un pueblecito situado a unos cuantos kilómetros de la ciudad.

 
Detesto atravesar las calles del centro cualquiera de las noches de los fines de semana (vehículos que circulan a demasiada velocidad o conductores borrachos que se saltan los semáforos), así que, para mi tranquilidad, prefiero rodear la ciudad y dirigirme por un desvío que, aunque me obligue a invertir unos diez minutos más en el trayecto -y consumir mayor cantidad de combustible-, se ha convertido en ruta tradicional para los sábados por la noche que salgo a las afueras. La carretera está prácticamente vacía y son pocos los coches con los que suelo cruzarme.
 
La circunvalación me deja al otro extremo de la ciudad y para llegar hasta la zona donde se encuentra mi barrio, tengo que atravesar en primer lugar las calles de un pequeño polígono industrial que suele estar totalmente desierto a esa horas.
 
Excepto la noche anterior, que no estaba tan solitario como de costumbre.
 
Antes de dejar atrás el polígono y tomar el camino hacia mi casa, tengo que girar a la izquierda y enfilar hacia una calle larguísima que tiene al fondo un semáforo que dura una eternidad. Os lo juro. Incluso por las noches.
 
Me fijé inmediatamente en aquel hombre y en su coche blanco (supuse automáticamente que debía de ser suyo). Era inevitable no hacerlo. Él se encontraba de pie, junto al automóvil aparcado en el arcén, de espaldas a la carretera. Pareció no darse cuenta de mi presencia cuando mi coche rebasó al suyo, porque no giró la cabeza ni me hizo seña alguna.
 
Pensé: la llamada de la naturaleza… y se ha bajado en el primer sitio que ha encontrado, al lado de la carretera, qué tío… ya podía haberse ido unos pasos más lejos…
 
Tuve que pararme en el semáforo. El otro coche se encontraría a menos de treinta metros del mío. Miré de reojo por el espejo retrovisor. Entonces ví que aquel hombre se estaba aproximando hacia mí con paso ligero. Y me sobresalté. No sé, lo primero que me vino a la mente es que era un loco de esos que venía a hacerme yo que sé qué…
 
Y el semáforo en rojo. Y las calles vacías. Y yo sola en el coche.
 
Luego recapacité: qué cosas piensas, mujer… siempre poniéndote en lo peor de lo peor…
 
No tengo por costumbre saltarme los semáforos que están en rojo y mucho menos si la calle que tengo que cruzar seguidamente es una carretera nacional. Así que comprobé que el hombre no llevaba nada raro en las manos y esperé que se acercara hasta mi posición. Y yo con mi corazón a unos mil por hora, por lo menos. Apagué la radio y puse la mano en el cambio por si tenía que salir zumbando de allí.
 
Toc, toc. Su mano golpeando el cristal. A través de la ventanilla pude ver que me hacía señas para que bajara la ventanilla. Ni de coña. Tan sólo la bajé unos pocos centímetros, lo suficiente como para escuchar lo que tenía que decirme y que no pudiera meter ni un dedo de la mano. Como no se le oía demasiado bien, acercó su cara al cristal y así sus palabras entraron a borbotones dentro del habitáculo. Lo cierto es que era una situación un tanto esperpéntica.
 
Me contó una historia que sonaba a mentira por todos lados. Me dijo que le habían avisado esa noche que a su madre le había dado un infarto y que estaba ingresada de urgencia en un hospital (en una ciudad a hora y media de camino de la que estábamos). Que con las prisas, había salido corriendo de casa con lo puesto, olvidándose la cartera y el teléfono móvil. Que nada más salir de la ciudad, se le había quedado el depósito sin gasolina. Que llevaba allí tirado en medio de la nada, completamente solo, desde hacía ni se sabe, y que no había aparecido ningún coche hasta el momento (eso sí me lo creí).
 
Tan sólo yo. Qué consuelo.
 
Me pidió dinero para gasolina. Ayúdame… 20 euros, por favor…
 
En la nacional había una gasolinera de esas que están abiertas las 24 horas del día. Pero no me pidió que le llevara hasta ella. Quizás ya era demasiado pedir. Y yo era una chica que viajaba sola. Y ni siquiera había abierto la ventanilla lo suficiente como para que pudiera colar un solo dedo de la mano. Así que no le iba a dejar subirse en mi coche. Ni harta de vino. Segurísimo.
 
Y el semáforo en rojo.
  
Rebusqué en el bolso, pero sólo tenía un billete de 50 y un par de 5 euros. Con diez euros no llega ni queriendo… pero darle cincuenta… ¿Y si me dice la verdad? ¿Y si su pobre madre está agonizante en la cama de un hospital? Y yo aquí regatendo unos míseros euros, cuando una vida vale mucho más que todo lo que yo tengo.
 
Así que se lo dí. Todo. El hombre se quedó con cara de tonto. Me pidió el teléfono. Me dijó que me lo devolvería. Por supuesto, no se lo dí. Le dije que se lo regalaba y que se tomara un café en la gasolinera. Todavía le quedaría un trayecto largo hasta llegar a ver a su madre. Y antes, una buena caminata de ida y vuelta con la lata de gasolina. Y fuera, un frío que cogelaba hasta la sinrazón.
 
Sabía que todo era una mentira. Que era todo un cuento muy bien orquestado. Que aunque le hubiera pasado mi número, nunca más volvería a ver mi dinero… Pero decidí darle (o darme) un voto de confianza. Porque soy una idiota. O quizás es que necesitaba hacerlo. Por él. Por mí. Nada más que eso. Y nada menos.  
 
Porque sea verdad o sea mentira, a veces hay que confiar, tener esperanza en el género humano. Que existe la buena gente, que no todos son (o somos) unos productos defectuosos. Al menos de vez en cuando. Que si no, en esta vida estamos apañaos.

Y que la generosidad se comporta como un boomerang. Que retornará no se sabe ni cómo, ni cuándo, pero que algún buen día lo hará. Qué le voy a hacer. Soy una ilusa.

Y ya huele a Navidad.

8 comentarios para “Espíritu navideño”

  1. Luan dice:

    Como diría Earl Hickey “es el karma, tío”.

    Bromas aparte, con estas situaciones uno nunca sabe qué hacer. Hay ocasiones en las que hay que pensarse mucho si parar o no cuando hay un accidente, muchos desalmados han simulado estar heridos para robar y…, bueno, y de todo. En ese caso, abusan porque saben que la ley obliga a parar en estos casos (en España, y supongo que en otros países, es delito grave no prestar ayuda).

    En la situación que tú cuentas, maeko, no sé, no sé. Me parece muy sospechoso lo de ese individuo. Pero mejor perder el dinero y esperar que fuera bien empleado que no arriesgarte a que realmente fuera un estafador que te rayara el coche o algo.

    En una entrevista que vi hace unos años, Fernando Savater (el escritor y filósofo) contaba que un maleante lo atracó con una navaja y le exigió que le diera todo el dinero. Savater, con tranquilidad sacó dos billetes de mil pesetas (mira que no hace tiempo ya de las pobres pesetas) y le dijo:

    “Mira, muchacho, esto es lo que llevó. Así que, si te parece, te doy mil a ti y las otras mil me las quedó yo”. Y le dio el billete de mil.

    El ladrón le espetó “dámelo todo”.

    Y ni corto ni perezoso, Savater le quitó el billete que le había dado y le dijo: “encima que te doy la mitad de lo que llevo encima me exiges más. Pues ahora no te doy nada, por egoista”. Y se marchó, con el ladronzuelo de tres al cuarto con la boca abierta.

    Aunque creo que tuvo suerte. Tal y como está últimamente el mundo, como para intentar razonar con un ladrón.

    En fin, espero que tu dinero fuera bien empleado.

    Y sí, ya huele a Navidad. Un abrazo.

  2. Belén dice:

    Oye quien sabe?

    Quizá era verdad…

    Besicos

  3. Karmeta dice:

    Me niego a leer en diagonal este relato con tan buena pinta, así que esta noche robaré de nuevo 10 minutos a mi “tiempo” para disfrutar plácidamente de estas palabras. Mientras, te informo que tienes un premio en mi Blosss, ponte bien guapa para recogerlo y traeté a una keka. Besines

  4. maeko dice:

    Luan:
    Curiosa anécdota la de Savater, gracias por contarla. La verdad es que uno tiene que estar muy seguro de si mismo para hacer algo como lo que él hizo. Hmmm, o un poco para allá, no sé.

    Yo también espero que el dinero fuera usado para un buen fin.

    Belén:
    Como dice la canción, quizás… quizás… quizás

    Karmeta:
    ¿Un premio? ¿Para la moi? :o Y yo con estos pelos… pero si no he hecho nada para merecerlo (falsa modestia) :P

    Mi querida nora me dio una vez un premio de estos ciberespaciales cuando todavía no tenía ni siquiera pensado escribir un blog ni nada parecido. Me tocó el corazón que se acordara de mí ^______^

    Muchas gracias, guapa, si no te importa que lo recoja en bata y zapatillas, ahora me pasooo :D

  5. nora (una japonesa en Japón) dice:

    Te mereces muchísimos premios más, mi querida maeko :)
    Besos**

  6. Karmeta dice:

    Qué lástima, te había esrito aquí una retaila y los de timofónica me dejan sin conexión al mandar el commnet… bueno pues ahora te lo digo pero sucinto. Quería regañarte si es cierto.. no sabes lo que he sufrido.. y el semáforo en rojo.. podiosss Maeko!! se me salía el corazón … si es cierto.. la próxima te saltas el semáforo, mejor eso a que te rebanen cual salchichón de cantinpalo.. no te imaginas lo que hay ahí fuera.. en serio!!! ainsss qué zuztooo, he disfrutao leyendo pero siempre en la certeza de que nada era cierto jajaja bien ser ingenua y bondadosa.. pero no temeraria.. ainsss qué miedoooo

  7. maeko dice:

    nora:
    Nooo, tantos no, que me falta espacio en casa donde ponerlos, jaja ;)

    Karmeta:
    Ay, ay, si eso de que por este mundo hay mucha gente mala, lo sé… pero a veces no sabes cómo y zas!, te metes en un lío así. La verdad es que hubo un momento (cuando ví que el tío venía hacia el coche) en el que estaba bastante asustadilla… En fin, que ya pasó y no llegó la sangre al río.
    Uff, si algún día de estos me da por escribir la vez en la que sí que llegué a temer de verdad por mi vida, seguro que te dejo temblando pero que muy mucho. Menos mal que en aquel momento no me encontraba sola, que si no, igual igual no estaba aquí para contarlo…

  8. Karmeta dice:

    Más gente “mala” de la que piensas, te lo aseguro. No me cuentes la “otra vez” porque me dará una angina de pecho leyéndola jajajaja Besikos!

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