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Fragmentos de una Utopía » 2009 » Enero

Archivo de Enero, 2009

Delirio espiroidal

Lunes, Enero 26th, 2009

 

 

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El silencio, asfixia, se derrama por mis manos, resbala pesadamente entre mis dedos. Perdida la noción del espaciotiempo, mis restos flotan errantes, naúfragos arrastrados hacia un infame desierto de abstractos sinsentidos.

Desciendo, sin prisas persigo las huellas que todavía no son, pequeños sorbos por la espiral de escalones. La trémula luz que bañaba débilmente mis pasos acaba de extinguirse por completo. Me encuentro ahora acorralada, rodeada por la negrura más absoluta. Y los segundos de tenue azabache yacen desdibujados en esta espesa niebla poblada de instantes infinitos.

Me siento tan completamente desorientada, tan confusa. Atrapada en este lienzo teñido de noche indefinida, indefinible. Con la mirada ahogada por la densa y negra atmósfera que me rodea. Y el hiriente golpeteo entrecortado de mis latidos que se clavan en la más tenebrosa y profunda de las incertidumbres.

Percibo el eco casi inaudible de unos sonidos moribundos, apenas si recuerdo que una vez fueron míos. El leve rumor comienza a habitar esta extraña quietud, mostrándome el camino que debo seguir para cruzar las oscuras y antiguas aguas que ocultan apagados reflejos de una memoria extenuada.

Mis ojos buscan desesperadamente acostumbrarse a esta repentina ceguera que me envenena, que me mantiene prisionera. Mis pies tantean con sumo cuidado el abismo que se retuerce amenazante ante mí, tratando de adivinar cuándo aparecerá el siguiente peldaño.

Tengo miedo de caer y lastimarme. El terror en mi boca sabe a verdad, se convierte en algo auténtico y desgarrador cuando, repentinamente, una oleada de temblores castiga sin compasión todo mi cuerpo.

Me aferro como puedo al pasamanos de la escalera de caracol mientras continúo avanzando. Pero un vacío exento de luz y cordura me impide distinguir los peligros que se ocultan allí delante, entre las tinieblas.

El descenso se vuelve más angosto, más sinuoso, a medida que voy llegando más y más lejos en este viaje que tanto me inquieta.

Por más que lo intento no consigo evitar tropezarme una y otra vez conmigo misma. Acabo rodando sin nada que me frene, mis manos agitándose en el aire componen inútiles plegarias a unos dioses indiferentes, mientras me torno marioneta de hilos desangelados. Los peldaños, unos fríos acantilados que prueban el filo de sus crueles aristas sobre mi espalda. Un revoltijo de brazos y piernas convertidos en avalancha desmedida que se estrella escaleras abajo… mi rostro castigado… y mi cuerpo (mi alma) severamente maltratado durante esta caída hacia el ocaso.

Toda una eternidad atrapada en una chispa insignificante de tiempo mientras continúo rodando, lo invisible más real que nunca mientras su áspero aliento no cesa de herirme. Mi maltrecho cuerpo choca al fin con lo que parece ser el fondo de aquel profundo pozo y me quedo allí tendida, petrificada, inservible como un juguete abandonado sin remordimiento alguno en el cubo de la basura por un niño que ha perdido la inocencia.

Sobre mi piel, manos invisibles han tejido un manto de dolor por el que penetra un frío atroz que me cala hasta los huesos. Creo que mis pies están desnudos sobre el duro y gélido pavimento, aunque no puedo asegurarlo. Es extraño, no recuerdo mis manos entonando el consabido mantra de desatar los zapatos y apartarlos a un lado. Quién sabe dónde estarán ahora, más en este instante, cuando tanto los hecho en falta. Puede que la caída los extraviara, atrapados sin remisión en la hélice interminable, o quizás yacen polvorientos y olvidados en cualquier otro lugar de mi pasado. Incluso puede que mi extraño viaje hubiera comenzado sin llevarlos puestos. ¿Será cierto lo que sospecho? Intento estrujar gotas de lucidez de mi cerebro cansado. Puede que mi mente esté comenzando a delirar. O tal vez esté aprendiendo de una forma imposible cómo engañar a la oscuridad y dirigirse al camino de la curación.

Un dolor incesante lleva ya un rato jugando al escondite en mi cabeza, me siento mareada. Respiro tan profundamente como puedo y una bocanada de aire viciado inunda con desagrado mis pulmones. Mi corazón comienza a latir al son de una melodía descontrolada, y, a muy duras penas, consigo vencer el irrefrenable impulso de vomitar.

Pero ahora no puedo detenerme, ya no. Impensable volver hacia atrás. Mi decisión estaba tomada desde el preciso instante en que decidí emprender este íntimo descenso a mis infiernos. Creo que estoy consiguiendo lo que me había propuesto al dejarme arrastrar a este lugar, seducidos mis aletargados sentidos por los cánticos silenciosos de una noche que nunca parece acabar. Porque, sin importar dónde me encuentro ahora, mucho es lo que ha caído bajo el influjo del sacrificio para poder llegar hasta este lugar, hasta este momento. La única opción posible para poder avanzar era despojarme de todos mis absurdos miedos, inseguridades que brotaban de mi alma. Saltar a ciegas y permitir que el vacío me devorara. Aunque para ello haya tenido que sucumbir a la necesidad de hundirme en las oscuras profundidades de mi mente, dejándome arrastrar por un mar de pesadilla. Muriendo, en definitiva, para volver a nacer de nuevo.

El fondo de este lugar sin luz ha resultado ser una tierra más solitaria y sombría de lo que jamás hubiese imaginado. Porque aquí, aparte del vértigo helador del acantilado, del azote callado de las olas, del rumor de arena y sal, una cosa más se encontraba acechando, agazapada entre mis destartalados recuerdos, como una vieja alimaña tras los enmohecidos galeones hundidos con los tesoros de mi memoria. Algo inquietantemente familiar. Esperando pacientemente mi llegada. Dispuesto a que me enredara más y más en la sutil emboscada. Y deliberadamente me he abandonado al canto de las sirenas, dejándome atrapar por la tersura de la telaraña, sintiendo otra vez más el beso amargo de su mentira en mi piel.

Después de atravesar a tientas esta negrura tapizada de inmóviles brumas, tras esta agobiante e interminable travesía, puedo al fin deleitarme ondeando triunfante una bandera de esperanza entre los desfiladeros de mi sombra. Porque yo, que me sentía tan frágil, tan indefensa, he desentrañado el enigma que creía tan inalcanzable. Y aunque las sangrantes heridas sean fiel reflejo de lo vulnerable que continúa siendo aún esta humilde alma, mi espíritu ha vencido al esqueleto, desterrando sus cenizas de una vez por todas al más oscuro rincón del Olvido.

A partir de este instante he descansado como hace tiempo no recordaba. Me he soñado cubierta de aterciopelado ébano, de sueño y oro, inmersa bajo la tibieza de unas aguas dibujadas con trazos caóticos y apasionados.

Y aunque recuerdo haberme hundido irremediablemente hasta los confines más remotos de mi mente, franqueando esa delicada y frágil frontera que separa la demencia de lo que creemos que es cordura, finalmente, yo, he conseguido sobrevivir.

 

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Fotografías sacadas de google, ilustración de Stephenls.

 

Miss & Mister Robotto (1ª parte)

Martes, Enero 6th, 2009

 

 

 

Vivimos en un bloque de viviendas -uno de tantos-, situado en la periferia de una pequeña ciudad. Hace escasos minutos que mi marido ha salido por la puerta para coger el tren. Tardará algo más de una hora en llegar a su lugar de trabajo.

Me he levantado media hora tarde, la segunda vez este mes. Ayer me quedé a ver un programa en la televisión hasta que se hizo demasiado tarde. Confieso que ni siquiera me interesaba, pero necesitaba sentir que había hecho algo más que no fuera trabajar.

Tenemos un hijo de once años. Sus profesores nos han dicho que tiene un talento natural para la música. Cada mañana le preparo con cariño un pequeño pero contundente almuerzo que luego devorará a media mañana. Está creciendo y necesita alimentarse bien para rendir en sus estudios. Dentro de un rato pasará a buscarle un amiguito suyo que vive en el vecindario y se irán juntos hacia el colegio.

He salido corriendo de casa. Aún así, he perdido el primer tren y el siguiente no llegará hasta dentro de otros treinta minutos. Voy a llegar tarde al trabajo. He decidido meterme en el metro. En horas punta, el transporte es una auténtica locura. Con las prisas, he entrado atropelladamente en el vagón y he pisado sin querer a una mujer. Le he pedido mil disculpas. No he podido evitarlo. Me han empujado. Creo que he debido de hacerle un daño tremendo.

Tengo un trabajo a media jornada en un hotel. Me dedico a limpiar las habitaciones de la planta que tengo asignada. En ocasiones, mis tareas son bastante desagradecidas. Mi marido preferiría que me quedara en casa ocupándome de las labores del hogar y de nuestro hijo, pero necesitamos el dinero para pagar las facturas y las clases de piano del niño. Si no, apenas llegaríamos a fin de mes. Hoy me han pisado en el metro, cuando me dirigía al trabajo. Un chico ha tropezado conmigo en el vagón y ha hundido el tacón de su zapato en mi pie derecho. Luego se ha disculpado, pero me ha hecho bastante daño. He aceptado amablemente sus disculpas, pero he decidido no decirle nada sobre mi pie dolorido. Parecía ya bastante apurado y, no se por qué, me ha dado algo de pena.

He llegado a la oficina veinte minutos después de mi hora de fichar. Mi supervisor me ha estado regañando durante cinco minutos, y yo he estado otros cinco pidiendo disculpas. Sudando a mares por el apuro, me he sentado en mi puesto. Todo el mundo parecía estar afanado en sus quehaceres diarios. Ha sido un día horrible. No he comido para recuperar el tiempo perdido por la mañana, pero el mal ya estaba hecho. Mi jefe no ha dejado de mirarme con reproche durante todo el resto del día.

Siempre utilizo guantes, pero aún así, tengo las manos algo irritadas por los productos de limpieza. Son más fuertes que los que utilizo habitualmente en mi casa. El médico me ha dicho que alguna de esas sustancias me provoca alergia. Y la cremas que me receta no me solucionan el problema. Es posible que tenga que dejar el trabajo. Aunque de momento, se trata de una opción del todo impensable para mí. Los gastos, las facturas, el niño… Cada vez es más difícil encontrar algo en estos tiempos tan difíciles que corren. Y la cosa se complica con personas sin formación específica, como yo.

El reloj que hay en la pared marca que ha llegado la hora de salir, pero casi todo el mundo suele quedarse más tiempo en su puesto haciendo horas extra. Todo esto me parece un poco inútil, llevamos horas trabajando y ya estamos que no podemos más. Pero el que se marcha antes acaba señalado ante los jefes. Así que me quedo un rato más. Moviendo rutinariamente el montón de papeles de una pila hasta otra situada justo a su lado…

Cuando llego a casa después de trabajar, ordeno la habitación de mi hijo y limpio un poco el resto de la casa. A mi marido y a mí nos gustaría poder viajar al extranjero, conocer otras culturas, pero no tenemos suficiente dinero, ni dominamos bien ningún otro idioma. No pierdo la esperanza. Todos los meses intento ahorrar un poquito y dar un día una sorpresa a mi marido.

Parece que ha comenzado a nevar. Mi supervisor ha salido de su despacho y se ha despedido de nosotros. El pelota de turno le ha comentado en voz alta ‘¿por qué no vamos a tomar algo por ahí?’. Le ha parecido una buena idea. Teniendo en cuenta mi falta de puntualidad de hoy, no me ha quedado otra opción que sumarme al plan y he salido tras ellos como un corderito.

Una amiga mía se defiende bien con el inglés y ha descubierto en internet que se cuentan muchas historias erróneas sobre los japoneses. A veces me han entrado ganas de llorar cuando he escuchado algunas de esas cosas que afirman sobre nosotros. Si supiera cómo hacerlo, me gustaría contarles mi versión, que pudieran escuchar mi voz. Mi amiga me ha dicho que me calme, porque incluso si encontrara la forma de comunicarme con ellos, probablemente, ni me tendrían en cuenta…

He bebido demasiado -cosa que me sienta fatal-, pero no quería hacer un feo a uno de los medio-jefes que pagaba las rondas. Esto se ha prolongado más de la cuenta, hasta las diez y media de la noche. Cuando todo el mundo estaba tan borracho como para percatarse, he aprovechado la ocasión para escabullirme. Tengo que caminar despacio. La nieve en la acera y el alcohol en mis venas son una mala combinación cuando se llevan puestos unos zapatos con las suelas resbaladizas.

Sigue nevando copiosamente y recuerdo no haberle puesto las botas al crío esta mañana. Y mi hijo todavía no ha llegado a casa. Estoy un poco preocupada. Bajo hasta la calle con el pijama sin darme cuenta. Y me quedo más tranquila al ver que él y su amigo están tirándose bolas de nieve al otro lado de la calle.

Cuando por fin he llegado a casa, he recordado que la noche anterior había dejado el fregadero repleto de envases de comida precocinada. Me he sentado en el suelo del salón y he encendido la tele. Ponen algo que no me interesa en absoluto. Estaba a punto de echarme a llorar, pero entonces me he quedado dormido. Bueno, mañana será otro día. Y estoy totalmente convencido de que será mil veces mejor que éste.

El paisaje está cubierto por una gruesa capa nevada. El sol se asoma débilmente entre las nubes. Nos hemos puesto ropa de abrigo y hemos bajado los tres al parque que hay a unas manzanas de nuestro bloque de viviendas. Los chicos se lo han pasado en grande, han hecho hasta un muñeco de nieve y todo. Mientras me dedicaba a sacar unas fotografías del niño y de los árboles congelados, mi marido intentaba con un palo hacer ‘no se qué’ en el agua helada del estanque.

Me he levantado con un terrible dolor de cabeza esta mañana. He decidido bajar a la calle para ver si me despejaba un poco (y esta vez, con calzado a prueba de resbalones). También, porque necesito comprar algo de comida del konbini de la esquina. Me quedo parado en mitad de la carretera. No se divisa ningún coche en la lejanía, así que no hay riesgo de atropello. El sol brilla en todo lo alto. Cierro los párpados y dejo que sus rayos benéficos calienten serenamente mi pálido rostro. Cuando por fin me decido a abrir los ojos, descubro que una mujer un tanto risueña, con un gorro de lana entre sus manos, está observándome, divertida. Me da los buenos días y sigue su camino, entre sonrisas. No hay duda. Este día no podía haber comenzado mejor.

Hace mucho frío y hemos decidido regresar a la casa. Cuando estábamos cerca de nuestro edificio, me he dado cuenta de que mi hijo no llevaba puesto su gorro de lana. Se lo ha ‘regalado’ al muñeco de nieve, me ha dicho, para que no se constipara durante la noche. Después de convencerle de que no iba a necesitarlo, he vuelto otra vez al parque a recuperar el gorrito. Y ahí estaba. La verdad es que el muñeco estaba muy gracioso con él. Me he acercado también hasta el estanque. Por simple curiosidad. Pensé que mi marido estaba intentando romper el hielo. Pero no. Y me he alejado del parque con una sonrisa. Dejando atrás el estanque. Con nuestros nombres grabados en la gruesa capa helada de su superficie.

Escenas de la vida cotidiana que pueden estar ocurriendo ahora mismo en Japón, o en cualquier otro lugar de este mundo. O si no son éstas, otras muy similares. Situaciones que no tienen por qué ser glamourosas o sublimes para hacernos felices.

Porque por muy duras o rutinarias que sean las circunstancias, los seres humanos intentamos sobreponernos a ellas y salir siempre adelante.

Porque lo realmente valioso de nuestras existencias son todos esos pequeños momentos que muchas veces no vemos por caminar tan apresuradamente.

 

 

Porque ante todo, por muy diferentes que sean nuestras culturas, nuestro nivel de educación, nuestra raza, sexo o edad, algo tenemos en común todos nosotros. Nuestro espíritu de supervivencia. Nuestras ansias por disfrutar de las cosas bellas que nos regala la vida. Nuestra capacidad de sentir. De llorar. De amar.

En Japón. O en cualquier otro lugar de este mundo.