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Fragmentos de una Utopía » Blog Archive » Miss & Mister Robotto (1ª parte)

Miss & Mister Robotto (1ª parte)

 

 

 

Vivimos en un bloque de viviendas -uno de tantos-, situado en la periferia de una pequeña ciudad. Hace escasos minutos que mi marido ha salido por la puerta para coger el tren. Tardará algo más de una hora en llegar a su lugar de trabajo.

Me he levantado media hora tarde, la segunda vez este mes. Ayer me quedé a ver un programa en la televisión hasta que se hizo demasiado tarde. Confieso que ni siquiera me interesaba, pero necesitaba sentir que había hecho algo más que no fuera trabajar.

Tenemos un hijo de once años. Sus profesores nos han dicho que tiene un talento natural para la música. Cada mañana le preparo con cariño un pequeño pero contundente almuerzo que luego devorará a media mañana. Está creciendo y necesita alimentarse bien para rendir en sus estudios. Dentro de un rato pasará a buscarle un amiguito suyo que vive en el vecindario y se irán juntos hacia el colegio.

He salido corriendo de casa. Aún así, he perdido el primer tren y el siguiente no llegará hasta dentro de otros treinta minutos. Voy a llegar tarde al trabajo. He decidido meterme en el metro. En horas punta, el transporte es una auténtica locura. Con las prisas, he entrado atropelladamente en el vagón y he pisado sin querer a una mujer. Le he pedido mil disculpas. No he podido evitarlo. Me han empujado. Creo que he debido de hacerle un daño tremendo.

Tengo un trabajo a media jornada en un hotel. Me dedico a limpiar las habitaciones de la planta que tengo asignada. En ocasiones, mis tareas son bastante desagradecidas. Mi marido preferiría que me quedara en casa ocupándome de las labores del hogar y de nuestro hijo, pero necesitamos el dinero para pagar las facturas y las clases de piano del niño. Si no, apenas llegaríamos a fin de mes. Hoy me han pisado en el metro, cuando me dirigía al trabajo. Un chico ha tropezado conmigo en el vagón y ha hundido el tacón de su zapato en mi pie derecho. Luego se ha disculpado, pero me ha hecho bastante daño. He aceptado amablemente sus disculpas, pero he decidido no decirle nada sobre mi pie dolorido. Parecía ya bastante apurado y, no se por qué, me ha dado algo de pena.

He llegado a la oficina veinte minutos después de mi hora de fichar. Mi supervisor me ha estado regañando durante cinco minutos, y yo he estado otros cinco pidiendo disculpas. Sudando a mares por el apuro, me he sentado en mi puesto. Todo el mundo parecía estar afanado en sus quehaceres diarios. Ha sido un día horrible. No he comido para recuperar el tiempo perdido por la mañana, pero el mal ya estaba hecho. Mi jefe no ha dejado de mirarme con reproche durante todo el resto del día.

Siempre utilizo guantes, pero aún así, tengo las manos algo irritadas por los productos de limpieza. Son más fuertes que los que utilizo habitualmente en mi casa. El médico me ha dicho que alguna de esas sustancias me provoca alergia. Y la cremas que me receta no me solucionan el problema. Es posible que tenga que dejar el trabajo. Aunque de momento, se trata de una opción del todo impensable para mí. Los gastos, las facturas, el niño… Cada vez es más difícil encontrar algo en estos tiempos tan difíciles que corren. Y la cosa se complica con personas sin formación específica, como yo.

El reloj que hay en la pared marca que ha llegado la hora de salir, pero casi todo el mundo suele quedarse más tiempo en su puesto haciendo horas extra. Todo esto me parece un poco inútil, llevamos horas trabajando y ya estamos que no podemos más. Pero el que se marcha antes acaba señalado ante los jefes. Así que me quedo un rato más. Moviendo rutinariamente el montón de papeles de una pila hasta otra situada justo a su lado…

Cuando llego a casa después de trabajar, ordeno la habitación de mi hijo y limpio un poco el resto de la casa. A mi marido y a mí nos gustaría poder viajar al extranjero, conocer otras culturas, pero no tenemos suficiente dinero, ni dominamos bien ningún otro idioma. No pierdo la esperanza. Todos los meses intento ahorrar un poquito y dar un día una sorpresa a mi marido.

Parece que ha comenzado a nevar. Mi supervisor ha salido de su despacho y se ha despedido de nosotros. El pelota de turno le ha comentado en voz alta ‘¿por qué no vamos a tomar algo por ahí?’. Le ha parecido una buena idea. Teniendo en cuenta mi falta de puntualidad de hoy, no me ha quedado otra opción que sumarme al plan y he salido tras ellos como un corderito.

Una amiga mía se defiende bien con el inglés y ha descubierto en internet que se cuentan muchas historias erróneas sobre los japoneses. A veces me han entrado ganas de llorar cuando he escuchado algunas de esas cosas que afirman sobre nosotros. Si supiera cómo hacerlo, me gustaría contarles mi versión, que pudieran escuchar mi voz. Mi amiga me ha dicho que me calme, porque incluso si encontrara la forma de comunicarme con ellos, probablemente, ni me tendrían en cuenta…

He bebido demasiado -cosa que me sienta fatal-, pero no quería hacer un feo a uno de los medio-jefes que pagaba las rondas. Esto se ha prolongado más de la cuenta, hasta las diez y media de la noche. Cuando todo el mundo estaba tan borracho como para percatarse, he aprovechado la ocasión para escabullirme. Tengo que caminar despacio. La nieve en la acera y el alcohol en mis venas son una mala combinación cuando se llevan puestos unos zapatos con las suelas resbaladizas.

Sigue nevando copiosamente y recuerdo no haberle puesto las botas al crío esta mañana. Y mi hijo todavía no ha llegado a casa. Estoy un poco preocupada. Bajo hasta la calle con el pijama sin darme cuenta. Y me quedo más tranquila al ver que él y su amigo están tirándose bolas de nieve al otro lado de la calle.

Cuando por fin he llegado a casa, he recordado que la noche anterior había dejado el fregadero repleto de envases de comida precocinada. Me he sentado en el suelo del salón y he encendido la tele. Ponen algo que no me interesa en absoluto. Estaba a punto de echarme a llorar, pero entonces me he quedado dormido. Bueno, mañana será otro día. Y estoy totalmente convencido de que será mil veces mejor que éste.

El paisaje está cubierto por una gruesa capa nevada. El sol se asoma débilmente entre las nubes. Nos hemos puesto ropa de abrigo y hemos bajado los tres al parque que hay a unas manzanas de nuestro bloque de viviendas. Los chicos se lo han pasado en grande, han hecho hasta un muñeco de nieve y todo. Mientras me dedicaba a sacar unas fotografías del niño y de los árboles congelados, mi marido intentaba con un palo hacer ‘no se qué’ en el agua helada del estanque.

Me he levantado con un terrible dolor de cabeza esta mañana. He decidido bajar a la calle para ver si me despejaba un poco (y esta vez, con calzado a prueba de resbalones). También, porque necesito comprar algo de comida del konbini de la esquina. Me quedo parado en mitad de la carretera. No se divisa ningún coche en la lejanía, así que no hay riesgo de atropello. El sol brilla en todo lo alto. Cierro los párpados y dejo que sus rayos benéficos calienten serenamente mi pálido rostro. Cuando por fin me decido a abrir los ojos, descubro que una mujer un tanto risueña, con un gorro de lana entre sus manos, está observándome, divertida. Me da los buenos días y sigue su camino, entre sonrisas. No hay duda. Este día no podía haber comenzado mejor.

Hace mucho frío y hemos decidido regresar a la casa. Cuando estábamos cerca de nuestro edificio, me he dado cuenta de que mi hijo no llevaba puesto su gorro de lana. Se lo ha ‘regalado’ al muñeco de nieve, me ha dicho, para que no se constipara durante la noche. Después de convencerle de que no iba a necesitarlo, he vuelto otra vez al parque a recuperar el gorrito. Y ahí estaba. La verdad es que el muñeco estaba muy gracioso con él. Me he acercado también hasta el estanque. Por simple curiosidad. Pensé que mi marido estaba intentando romper el hielo. Pero no. Y me he alejado del parque con una sonrisa. Dejando atrás el estanque. Con nuestros nombres grabados en la gruesa capa helada de su superficie.

Escenas de la vida cotidiana que pueden estar ocurriendo ahora mismo en Japón, o en cualquier otro lugar de este mundo. O si no son éstas, otras muy similares. Situaciones que no tienen por qué ser glamourosas o sublimes para hacernos felices.

Porque por muy duras o rutinarias que sean las circunstancias, los seres humanos intentamos sobreponernos a ellas y salir siempre adelante.

Porque lo realmente valioso de nuestras existencias son todos esos pequeños momentos que muchas veces no vemos por caminar tan apresuradamente.

 

 

Porque ante todo, por muy diferentes que sean nuestras culturas, nuestro nivel de educación, nuestra raza, sexo o edad, algo tenemos en común todos nosotros. Nuestro espíritu de supervivencia. Nuestras ansias por disfrutar de las cosas bellas que nos regala la vida. Nuestra capacidad de sentir. De llorar. De amar.

En Japón. O en cualquier otro lugar de este mundo.

 

5 comentarios para “Miss & Mister Robotto (1ª parte)”

  1. Belén dice:

    Pues tienes razón… siempre hay estampas muy parecidas de punta a punta del globo terráqueo…

    Besicos

  2. nora (una japonesa en Japón) dice:

    Cosas que pasan en cualquier lugar del mundo… también en Japón (aunque algunos no lo crean… :)
    Besitos**, maeko.

  3. Luan dice:

    En una lectura superficial, maeko, tu reflexión puede parecer muy evidente, pero, sin embargo, se trata de una cuestión que muchos suelen (solemos en algún momento) pasar por alto hasta que alguien nos la señala. Siempre parece que los sentimientos locales (llamémoslos nacionalismos, regionalismos, mibarrioismo) nos hacen atrincherarnos contra otras culturas mientras blandimos ante ellos armas que muchas veces empuñamos del revés -y si coges un cuchillo por el filo, ya sabemos todos lo que ocurre-. Estas armas son los tópicos, claro. A pesar de y, a la vez, debido a que hoy en día viajamos a la velocidad de la luz por la fibra óptica y podemos disponer de torrentes de información, las ideas preconcebidas sobre otras sociedades (que muchas veces pueden rayar en lo ridículo) no sólo no desaparecen sino que incluso pueden amplificarse. No soy un gran lector de blogs, pero cuando alguien me habla de algún artículo interesante que flote por la red, intento buscar un rato y leerlo. Asimilas lo que lees, lo contrastas para quedarte satisfecho, y es posible que hayas aprendido algo nuevo, sin hacer mucho ruido. Lo malo son todos esos establecimientos digitales en los que los dueños dedican a sus parroquianos profundas y categóricas reflexiones del tipo “todos los X hacen Y”. Lógicamente, sus clientes, que llevan alguna una copa de más, emborrachados de la furiosa dialéctica de su dios digital, irrumpen en su esquina de la blogsfera con sonoras felicitaciones. “Eres el mejor”, “lo mas grande, quillo”, “es que contigo me parto”.

    Al final podríamos ponernos serios y corregir de una vez por todas las Enciclopedias, que no dicen más que insensateces, y definir con despilfarro intelectual cada cultura que nos plazca -que podamos o situarla en un globo terráqueo no es obligatorio, para qué-. Exempla gratia (estoy inspirado hoy, no voy a escatimar):

    - Todos los japoneses (T-O-D-O-S) son grandes aficionados a los videojuegos y al manga, practican karate dos veces por semana y sólo comen pescado crudo. SÓLO (En el siglo nosecuanto unos marinos suizos intentaron introducir de contrabando cabras disfrazadas de atún, pero fueron expulsados). Ah, y los fines de semana asaltan el castillo de Takeshi con casco y rodilleras.

    - Los mexicanos son conocidos por decir “ándale” en cuanto pueden, suelen llevar poncho y los hombres se dejan un largo bigote. Los domingos se visten de mariachis y se les puede ver por las calles acompañando a lozanas señoritas de larga trenza mientras les cantan “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores”. Sólo comen frijoles y guacamole, día y noche. El Chapulín Colorado es su héroe nacional.

    - A un español es fácil reconocerlo. Si es chico, torero, vestido de luces y con capote, si es chica, con traje de faralaes, cantando coplas con un par de claveles al pelo prendío. De comer, pues paella, claro. Y, de postre, turrón del duro, para tener energías en los encierros de Pamplona.

    - Los irlandeses, vestidos de verde, con un trébol bordado en la solapa y alternando su pipa con generosos tragos de una buena pinta de cerveza negra (y eso por la calle, en el pub siempre terminan a puñetazos como John Wayne y Lee Marvin en “La Taberna del Irlandés” -o, lo que es lo mismo, “Donovan’s Reef”-).

    No sigo más, que si no me voy a la cama mañana voy a levantarme tarde como Mr. Robotto. Ya sé que estos son los tópicos de risa, los de chiste mal contado. Pero existen leyendas urbanas, mitos, creencias generalizadas, sobre lo que ocurre en la vida diaria en otros países que provocan vergüenza ajena. Desde los más inocentes hasta los más groseros, os lo aseguro. Ya os habrá tocado responder a más de una pregunta absurda que alguien daba casi por supuesta.

    Sí, ya sé, es más vistoso contar lo particular, lo estrafalario, lo que se sale de lo común, que hablar de lo cotidiano. Cuando justamente es lo cotidiano de otra cultura lo que te permite conocerla, lo que te empuja a apreciarla y lo que te puede llevar a quererla. Echemos un vistazo a toda la literatura que ya cargamos a las espaldas: aunque muchas grandes obras vienen disfrazadas de sofisticación y originalidad, lo que al final destilan cuando los estudiosos las estrujan son los perfumes del tiempo que las vio nacer. Y es, en momentos como ese, cuando lo local se convierte en universal.

    Aprovechando la nieve de tu(s) relato(s), y ya que hoy también he visto nevar por la ventana, te dejo unas palabras de Gao Xingjian, que me transmiten esa sensación de bienestar que sólo te da el comprender que hay cosas inmutables que nos igualan sin juzgarnos:

    “Todo está en calma alrededor. Cae la nieve en silencio. Estoy sorprendido por esta calma. Una calma paradisíaca. Ninguna alegría. La alegría no existe más que en relación a la tristeza. Sólo cae la nieve”.

    He abusado mucho hoy de tus Fragmentos, lo siento. Pero, ya sabes, maeko bonita, me siento a gusto por aquí.

  4. maeko dice:

    Belén:
    Aunque se trate de una cuestión más que evidente, a veces se hace necesario recordar el hecho de que las diferencias entre ‘nosotros’ y ‘los demás’ no son tan abismales como a veces nos quieren hacer creer.

    Besos!

    nora:
    Ciertamente. Los japoneses son personas de carne y hueso y como tales actúan a diario en sus vidas. Desgraciadamente, hay muchos que piensan que en Japón la gente carece de personalidad, que la mayoría son como robots, que su sociedad es tan castrante y plagada de reglamentos que son incapaces ya hasta de expresar sus emociones, que son unos reprimidos.

    He leído auténticas barbaridades sobre los japoneses, creo que tú también. Muchas veces se trata de personas que se limitan a ver (que no observar) Japón a través de ojos occidentales y que no quieren intentar poner un poco de su parte por comprender una cultura diferente a la suya. Porque para eso hay que pensar y esforzarse. Y supongo que para estas personas, es preferible gastar las energías en otras tareas más interesantes.

    En fin, nora, en este mundo todos andamos un poco perdidos, pero parece ser que unos lo están más que otros.

    Un beso.

    Luan:
    Ahí le has dado. Los tópicos se comportan como un tóxico que envenena nuestras mentes. Es curioso como ciertas ideas son difíciles de asimilar o comprender, pero los tópicos parece que actúan siempre de manera acelerada y se instalan muy rápidamente en el cerebro.

    Bueno, creo que es inevitable que todos caigamos alguna que otra vez en ellos, porque no podemos tener todos los conocimientos del mundo en nuestra cabeza (o nos volveríamos un poco locos, me temo).

    Como bien dices, lo correcto sería tratar de contrastar aquellas informaciones que leemos o escuchamos, pero muchas veces nos quedamos a medio camino por falta de tiempo, por dejadez o simplemente, porque te lo dice no sé quién y te lo comes tal cual.

    Los tópicos que relatas sólo demuestran la ignorancia del que se los llega a creer. Existen algunos más malvados basados en temas bastante espinosos, como la raza o la sexualidad.

    Sobre lo que cuentas de los españoles, he leído varias veces -esto dicho por españolas y españoles- que no les molesta en absoluto y que les resulta incluso simpático. Y hasta cierto punto es entendible, pues se trata de una caricatura en la que sólo se habla de vestimentas, alimentación y fiestas populares.

    Pero si se tratara de un tópico malintencionado, más dañino, estoy convencida de que el chiste ya no resultaría ser tan gracioso.

    A continuación, un ejemplo grosero, ofensivo y de bastante mal gusto (y que conste que se trata SÓLO de un ejemplo estúpido y que NO es en absoluto mi opinión):

    - las españolas son todas como monos, unas marimachos con bigotones que se pasan horas enteras afeitándose los matojos de pelos que tienen en(tre) las piernas.

    - los españoles son mentirosos y rufianes, no te fíes de ellos y ándate con ojo, porque son asesinos en potencia, lo llevan escrito en su sangre.

    Obviamente, esto último no son más que SANDECES, aunque se basen en hechos como que las mujeres mediterráneas suelen poseer más cantidad de vello corporal. Y también se hace referencia a la picaresca española. Y se habla de la herencia árabe en nuestros genes. Pero en un tono tremendamente RACISTA, tergiversándolo todo con la idea de hacer daño porque sí y menospreciar e insultar, sin motivo.

    No me extenderé más sobre los tópicos, porque el tema daría para hacer mil tesis doctorales y no acabar jamás.

    Y sí, me han preguntado muchas chorradas en mi vida.

    Una última cosa. Para peli de irlandeses me quedo con ‘El hombre tranquilo’, en la que, casualmente, sale John Wayne y también se reparte algún que otro cachiporrazo. Una delicia de película.

    Y gracias por dejar por aquí tus palabras. Gracias por tu comentario :)

  5. Luan dice:

    Je, je. Me ha hecho gracia lo de los matojos. En cuanto a lo de los rufianes, pues bueno. Yo, a veces, soy un poco rufián, pero sólo en el sentido cariñoso.

    La gente confunde las cosas. Ay. Como hemos sido invadidos a lo largo de los siglos por todos los que pasaban por la península, nuestra genética habla muchos idiomas, es un tipo de riqueza de valor incalculable. Pues bien, esto es lo que somos. El que no sepa apreciarlo como debe hacerlo que se quede en su mundo pequeñito, mirándose los dedos de los pies en blanco y negro mientras la vida se proyecta en color tras él, ¿no crees?

    Hace unos años se armó revuelo porque el diccionario integrado del Microsoft Word de entonces proponía unos sinónimos sin desperdicio (haciendo uso y abuso de mi maltrecha memoria, para un “gitano” proponía algo así como “maleante” o “ladrón”, para “indio” proponía “salvaje”, y otras perlas de brillo semejante). Gente con carreras y masters, jugando al “Sinónimo más ofensivo”.

    Por último, un solemne llamamiento: por favor, que en alguna película de piratas salga algún español bueno. Que uno tiene su corazoncito…

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