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Sinsentido e insensibilidad

 

Maeko y un compañero de su trabajo tuvieron un accidente con el coche. Ocurrió el mes pasado, pero no lo había contado hasta ahora porque ella me dijo que no lo hiciera. Mis papás me enseñaron que cuando una persona te cuenta algo muy pero que muy importante, como un secreto o algo así, y te pide que no se lo digas a nadie, hay que respetar esos deseos si no quieres que esa persona se ponga muy muy triste.

Ahora maeko está más alegre y me ha dado su permiso para contarlo. A veces he oído cómo decía que el tiempo todo lo cura, pero no sé a qué podía referirse con esto. Es un misterio para mí, porque no entiendo muy bien qué tiene que ver que llueva o salga el sol con ir al médico. Tampoco comprendo muy bien cuando ella me cuenta que a veces el tiempo parece que vuela en un avión y otras veces va andando con muletas. El año pasado me enseñaron en el colegio que todos los días tienen veinticuatro horas, una hora sesenta minutos y cada minuto, sesenta segundos, así que me siento un poco confusa con todo ello. Creo que mañana le preguntaré a mi profesora si existen los minutos que tengan menos o más de sesenta segundos, sí.

El compañero de maeko es un chico muy prudente al volante. Eso es lo que maeko me ha explicado y siempre suelo confíar en lo que ella me dice. Es de los que siempre respeta las señales en la ciudad y se para en los pasos de cebra para dejar pasar a los peatones. Nada más conocer esto, me ha caído muy simpático. Lo digo porque a veces me da miedo cruzar por ellos. Aunque el semáforo esté en verde para que pasemos nosotros (ese color de luz se parece a los ojos de mi amiga Anita y son super bonitos), hay muchos coches que se los saltan sin querer queriendo y tienes que poner mil ojos y pasar muy rápido por si acaso te pueden atropellar. Yo pienso que se llaman “de cebra” y no de otra manera, porque tienes que pasar corre que te corre muy rápido como ellas si no quieres que te muerdan los “leones-coche” en las piernas.

 

 

El día del accidente, el compañero de maeko se paró para dejar cruzar a unos peatones porque es muy majo. Además, siempre mira por los espejos para comprobar que no viene ningún otro coche demasiado rápido por detrás suyo. Eso es lo que me lo contó maeko. También, que aquel día miró y, como no venía nadie más, pues frenó frente al paso de cebra.

Cuando sea mayor y conduzca un coche, yo también haré esas mismas cosas.

Maeko me contó que ella estaba distraída mirando por el cristal, porque estaba escuchando una canción de la radio. Que de repente sonó un boomm tremendo y que salió disparada hacia delante. Uff, menos mal que llevaba el cinturón de seguridad puesto, si no, se habría hecho muchísimo más daño. El golpe fue tan fuerte, que hasta se le saltaron las gafas de la cara. Tuvo suerte, porque se le cayeron encima de las rodillas y no se le rompieron… menos mal.

Casi estuvieron a punto de pillar a la pareja que cruzaba pero, como de milagro, todavía no habían pasado por delante. Maeko me dijo que el señor peatón y la señora peatona se les quedaron mirando un rato con cara de enfado y luego se marcharon de allí pitando (jolines, cuando alguien habla de esto siempre me imagino a las personas como si fueran árbitros de fútbol, no puedo evitarlo). No fueron a preguntar cómo se encontraban ellos, o la niña pequeñita que viajaba en el coche de atrás, ni llamaron a una ambulancia, ni a la policía.

Actuaron como si fueran unas cebras perseguidas por los leones y se marcharon de allí corriendo corriendo.

A maeko y a su compañero les hicieron unas cuantas radiografías. Me estuvo contando que son como unas fotografías en blanco y negro de nosotros mismos, pero de los huesos que tenemos dentro. Creo que de pequeña me hicieron unas fotos de esas. Un día se me rompió una cosa que me gustaba mucho y como no se podía arreglar, pues me puse a correr hacia atrás para ver si podía volver otra vez al pasado y desestropearlo. Pero lo único que conseguí fue caerme porque no tengo ojos en el cogote y me rompí el brazo izquierdo.

 

 

Recuerdo que me quedé tumbada boca arriba en el suelo y la gente me estaba mirando como si fuera una extraterrestre. Yo me puse a llorar porque se me había caído un pendiente que me había regalado mi mamá, pero un señor muy simpático lo encontró y me lo devolvió.

Las radiografías son un poco rollo porque son tan grandes tan grandes, que no se pueden poner en un álbum de fotos. Pero cuando te rompes un hueso, te ponen una escayola y luego tus amigos te escriben dedicatorias y te hacen unos dibujitos muy chulos.

He oído decir a mis papás muy bajito que maeko estaba como un zombi estos días, aunque pensé que para eso había que estar muerto. A veces me pasa que no entiendo muy bien lo que significan las palabras de los mayores, porque dicen cosas demasiado complicadas para mí.

A maeko el doctor le ha recetado unas medicinas muy fuertes que le dejan K.O. (he tenido que preguntar cómo se escribía esto porque no lo sabía) y si se despierta antes de que se le pase el efecto de las pastillas, puede tener amnesia temporal, que no sé lo que es, pero suena fatal.

Me ha dicho que estas semanas no se ha conectado mucho a internet porque le dolía un montón la espalda y le costaba estar sentada. Que ha tenido la cabeza “en otro sitio” y que por eso tampoco ha escrito mensajes. Hmmm, lo del “otro sitio” me ha intrigado muchísimo, así que después he estado un buen rato dando unas vueltas a su alrededor para encontrar alguna cremallera en su cuello o en la cabeza, pero no he podido verle ninguna. No sé cómo ha podido separar la cabeza de su cuerpo. Debe ser algún tipo de magia que no conozco todavía. Qué rabia, se lo preguntaría a ella, pero ahora está un poco cansada. 

 

 

Creo que lo que hicieron las dos personas que se marcharon fue muy pero que muy feo. En el mundo hay personas buenas y malas, ójala que a las malas les salieran todas las fotografías deformes en blanco y negro, como las radiografías cuando se te rompe un hueso.

Maeko me ha explicado que el mundo no es tan fácil de explicar ni de arreglar como yo pienso. Que es cierto que esos peatones actuaron de forma pésima, pero que no hay que desearle el mal a nadie. Que quien actúa así no tiene por qué ser una malísima persona para el resto de las cosas. Y que no me preocupe más por este asunto.

No he podido evitar pensar sobre todo lo que me ha dicho maeko. Me he tirado un rato bastante largo juntando en mi cabeza los datos sobre lo que ha ocurrido y he llegado a dos soluciones posibles: o bien, a la señora peatona se le había caído un pendiente y tenían los dos mucha prisa por marcharse porque lo estaban buscando, o puede que estuvieran tomando las mismas pastillas de amnesia que maeko y por eso andaban como unos zombis. También hay otra opción, que esos dos sean unos bichos malos requetemalos, pero… qué culpa tendrán de todo esto los pobrecitos bichos, ¿verdad?.

No sé, no sé… creo que lo mejor será que mañana le pregunte también esto a mi profesora, a ver qué opina sobre ello. Mi mamá dice de mi profe que es una santa, tampoco sé qué demonios querrá decir con estas palabras.

Pensaba que para ser santo, también había que estar muerto…

 

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Ilustraciones, llenas de sentido y sensibilidad, en depeapa

 

 

4 comentarios para “Sinsentido e insensibilidad”

  1. Luan dice:

    Pues vaya, menudo susto. Espero que maeko esté bien, dale un abrazo de mi parte.

  2. maeko dice:

    Pues maeko se encuentra mejor, pero creo que anda ocupada buscando un cuello nuevo y otro hombro izquierdo para ver si se los pueden reemplazar, a ser posible que esté todo a buen precio y sea de primera calidad ;)

    Otro abrazo para ti.

  3. Belén dice:

    Vaya, espero que vayas encontrándote mejor cada día…

    Besicos

  4. maeko dice:

    Pues poquito a poquito, las cosas ya van mejorando :)

    Muchas gracias por tus ánimos. Un beso, guapa.

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