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Fragmentos de una Utopía » 2009 » Marzo

Archivo de Marzo, 2009

Invierno in memoriam

Viernes, Marzo 20th, 2009

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Rumor de lluvia-
tintineos del agua
tras los cristales

 

Níveo paisaje:
bajo un árbol, un cuervo,
hambriento y solo

 

Helor del viento,
sonrisas congeladas
sobre el asfalto

 

Fotografías de flickr

 

So far, so close…

Lunes, Marzo 9th, 2009

 

Antaño compuse melodías en la soledad de mi habitación y sus acordes eran crueles espejos que jugaban a reflejar los ecos anónimos de mi vida indiferente.

Antaño contemplé cómo los barcos se alejaban irremediablemente de la costa y deambulé a la deriva por el abandonado puerto, en busca de una brújula que fuera capaz de guiarme en este camino de rumbos inciertos. Observaba cómo los árboles caducos iban perdiendo una a una, inexorablemente, todas sus hojas, que caían como lluvia marchita sobre mis zapatos. Y tras el fundido a negro de los créditos finales de una vieja película muda, me dí cuenta de que el protagonista siempre era otro, ese que nunca alcanzaría a ser yo.

Pero eso ocurrió en otro tiempo, cuando las miradas de los demás jugaban al escondite con mis anhelos, intentando esquivar a manotazos el secreto lenguaje de un rostro cansado de buscar y no encontrarte.

Y súbitamente, la casualidad hizo que me hallara presente en el instante y en el lugar precisos. En aquel inolvidable momento en que de la nada más absoluta surgió un desconcertante oasis en mitad de todo este desierto, plagado de caótico ruido y de confusión.

Acaso sea ahora cuando dos humildes latidos aprendan a componer los retazos de una misma vida, paso por paso, a cuatro manos y con un solo corazón…

 

 

 
…Falling slowly sing your melody
I’ll sing along
 

 

Tokyo Rose

Domingo, Marzo 8th, 2009

 

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Iva Ikoku Toguri, nació el 4 de Julio de 1916 en Los Ángeles. Su historia de injusticia fue una más de las vergüenzas de los Estados Unidos a lo largo del siglo XX.

La historia de una vida destruida por gobiernos miserables.

Hija de unos inmigrantes japoneses, Iva era una persona integrada en la sociedad norteamericana. Fue girl scout y tocaba el piano. Decidió estudiar en la Universidad de California y se graduó en Ciencias en 1941.

Ese mismo año, sus padres recibieron la noticia de que un familiar en Japón -la tía Shizu- enfermó muy gravemente. Debido a que su madre padecía de diabetes, le tocó a ella representar a la familia en un viaje obligatorio a Japón cuando, según la tradición, algún familiar está cerca de la muerte.

Se embarcó rápidamente en un vapor con destino al país nipón (el viaje duraba entonces unos veinte días), pero sin el tiempo suficiente de solicitar y recibir un pasaporte convencional. Salió de los Estados Unidos tan sólo con un certificado de identificación donde se indicaba que era estudiante.

Tras tres meses de estancia en Japón y antes de que caducara su permiso para permanecer en el país, se dispone a regresar a Los Ángeles. Pero para las autoridades de inmigración japonesas, no existen suficientes indicios de su nacionalidad estadounidense (recordemos que no llevaba pasaporte, sólo un certificado) y no puede abandonar Japón. Iva queda entonces a la espera de resolverlo con la diplomacia de su propio país, pero en menos de un mes, se produce el ataque a Pearl Harbor. Estalla la guerra y ella -una ciudadana estadounidense- se encuentra atrapada en suelo nipón.

Intenta huir pero los burócratas americanos paralizan su petición y es olvidada en la última evacuación. Por otro lado, ante las autoridades japonesas se declara americana y pide ser internada en un campo de concentración junto a otros de sus conciudadanos detenidos, pero las autoridades deniegan su petición por ser mujer y también por su ascendencia japonesa.

Los vecinos de su familia ejercen una enorme presión a causa de sus costumbres extranjeras, su manera de pensar y de comportarse. Iva es denunciada y un día, la Kempeitai (policía secreta japonesa)  realiza un registro en su casa y al regresar, se encuentra con las maletas en la calle.

Ni siquiera puede optar a la comida racionada ya que es considerada una extranjera. Deambula por las calles y es víctima de una depresión, siendo más tarde internada en un hospital con un pronóstico de sufrir una grave desnutrición.

Iva no hablaba bien el japonés y empieza a trabajar para poder pagarse las clases. Fue mecanógrafa, dio clases de piano, trabajó de traductora en una agencia, donde transcribió noticias de los medios extranjeros y allí se entera de que sus padres habían sido trasladados a un campo de concentración. También, de la muerte de su madre, que no había soportado el traslado.

Finalmente, consigue otro trabajo de mecanógrafa/traductora en Radio Tokyo (NHK), en un programa producido por el Mayor Charles Cousens –antiguo locutor, prisionero de guerra y torturado hasta ser forzado a colaborar- titulado The Zero Hour, donde se obligaba a un grupo de prisioneros norteamericanos a conducir una emisora de radio destinada a los marines.

The Zero Hour tuvo un total de 340 emisiones en las se alternaba propaganda anti-americana y música popular de ese país. La intención de esos programas era desmoralizar a los marines hablándoles de sus casas, sus novias, sus familias y sus costumbres. Radio Tokyo se convirtió para los soldados estadounidenses en la radio enemiga cuyas locutoras despertaban en ellos sentimientos que iban desde el odio hasta la nostalgia.

En ese programa trabajaron unas 20 locutoras (los japoneses supusieron que las voces femeninas eran mejores para sus propósitos), casi todas nacidas en los Estados Unidos, pero de ascendencia japonesa, que recibieron el sobrenombre primero de “Ann” por annoucer y después Orphan Ann. “Tokyo Rose” fue el sobrenombre con que los soldados norteamericanos rebautizaron a las 20 “Orphan Ann” que escuchaban cada noche desde sus barcos o submarinos.

Terminada la guerra, se produjo la ocupación norteamericana. Y con las tropas, llegaron los periodistas, muchos interesados en  ponerle cara a la voz de aquella Tokyo Rose que aparecía en cartas y relatos de los supervivientes. Alguien les dio el nombre de Iva. La localizaron y le ofrecieron dinero -unos 10 mil dólares- por la entrevista. Los periodistas le pusieron como condición que firmara una declaración diciendo que era “Tokyo Rose”. Por entonces, ella ya se había casado con Felipe d’Aquino -portugués con ancestros japoneses- y como el matrimonio no tenía recursos, aceptó la propuesta. Además, como todos sabían, “Tokyo Rose” no existía.

Un terrible error que le costaría demasiado caro.

Después de la entrevista, los periodistas se encargaron de entregar todo el material reunido a la policía militar. Iva fue inmediatamente detenida y encarcelada.

Las otras locutoras “Tokyo Rose” habían renunciado a la nacionalidad estadounidense, pero Iva no, y por ese motivo el fiscal encontró la forma de acusarla por traición a la patria. Se hizo una investigación a fondo y ni el ejército, ni el FBI, ni el Departamento de Justicia de EEUU, encontraron algo sólido para la acusación. El caso fue archivado y la pareja pensó que todo había acabado. Iva pidió el pasaporte para regresar con su familia y a su país.

Pero una caza de brujas por parte de la prensa norteamericana la tomó como objetivo;  diversas organizaciones conservadoras norteamericanas lanzaron campañas de protesta, mientras la prensa furibunda y racista se frotaba las manos con la ganancias que siempre reporta un chivo expiatorio.

Iva fue arrestada nuevamente en Japón y deportada a San Francisco, sin permitirle a su esposo que la acompañara. De hecho nunca le permitieron el ingreso en los Estados Unidos. En contra de su voluntad, la pareja se divorció en 1980 y d’Aquino murió en 1996.

Un tribunal federal la acusó de traición. Pero la prensa sensacionalista y el revanchismo no conseguían ninguna prueba. Sus propios compañeros en Radio Tokyo, prisioneros de guerra norteamericanos, declararon que no era una traidora. El mismo fiscal acabó reconociendo que había sido presionado para presentar el caso, y el jurado no era capaz de encontrar tampoco ningún motivo para una condena.

A los tres meses, este caso se había convertido en el juicio más caro de la historia de los EEUU (entre 9 y 10 millones de dólares). El juez apremió a dar un veredicto sin más dilaciones. El veredicto la declaró inocente en 7 de los cargos y culpable en uno. Era culpable por hablar “delante de un micrófono sobre acciones relacionadas con el hundimiento de barcos estadounidenses”. La pena mínima era 5 años y 5 mil dólares de multa. La pena máxima para casos de traición era la pena de muerte.

Finalmente, Iva fue condenada a cumplir una pena de 10 años y a pagar 10 mil dólares, además de ser despojada de la nacionalidad estadounidense.

Cumplió seis años de los diez y en 1956, fue liberada y deportada a Japón, donde se reunió con su esposo. El Departamento de Justicia reclamó el pago de los 10 mil dólares de multa y se lo cobró despojando a su padre de las tierras que le pertenecían cuando murió en 1972.

Ron Yates, un periodista del Chicago Tribune, interrogó a varios de los acusadores de Iva.  Estos le confesaron haber sufrido presiones por parte de los fiscales para mentir. Ya como decano de la Universidad de Illinois, retomó el caso “Tokyo Rose” como un ejemplo de injusticia.

Por fin, en 1977, al presidente Gerald Ford finalmente se le cayó la cara de vergüenza después de leer su historia en un periódico, perdonó de manera incondicional a Iva  y decidió darle una pensión por falso encarcelamiento, pidiéndole excusas en nombre de la Nación, y manifestando que estaba convencido de que fue falsamente acusada y condenada.

Iva pudo regresar a los EEUU y vivió los últimos años en un lugar de Chicago hasta 2006, año en que murió.

Descanse en paz.

 

 

Mi particular homenaje a una mujer que sufrió enormes injusticias y humillaciones en su vida por causa de su trabajo (que se vio abocada a realizar por la confluencia de una serie de desgraciados acontecimientos imposibles de controlar y que golpearon su vida para siempre).

Ójala llegue un tiempo en el que no haya que conmemorar nunca más en todo el mundo días como éste de hoy, que ya finaliza, porque se haya convertido en un hecho de lo más cotidiano. Lástima, porque creo que no lo verán mis ojos.

Sin embargo, tengo que añadir que me considero una gran afortunada de poder vivir en esta época de grandes avances sociales para la mujer. En este país. Aquí y ahora. Muchas mujeres de mi tiempo que viven en otros lugares del planeta no pueden decir lo mismo.

 

Fotografías: wikipedia y archivos fotográficos de la II Guerra Mundial