So far, so close…
Antaño compuse melodías en la soledad de mi habitación y sus acordes eran crueles espejos que jugaban a reflejar los ecos anónimos de mi vida indiferente.
Antaño contemplé cómo los barcos se alejaban irremediablemente de la costa y deambulé a la deriva por el abandonado puerto, en busca de una brújula que fuera capaz de guiarme en este camino de rumbos inciertos. Observaba cómo los árboles caducos iban perdiendo una a una, inexorablemente, todas sus hojas, que caían como lluvia marchita sobre mis zapatos. Y tras el fundido a negro de los créditos finales de una vieja película muda, me dí cuenta de que el protagonista siempre era otro, ese que nunca alcanzaría a ser yo.
Pero eso ocurrió en otro tiempo, cuando las miradas de los demás jugaban al escondite con mis anhelos, intentando esquivar a manotazos el secreto lenguaje de un rostro cansado de buscar y no encontrarte.
Y súbitamente, la casualidad hizo que me hallara presente en el instante y en el lugar precisos. En aquel inolvidable momento en que de la nada más absoluta surgió un desconcertante oasis en mitad de todo este desierto, plagado de caótico ruido y de confusión.
Acaso sea ahora cuando dos humildes latidos aprendan a componer los retazos de una misma vida, paso por paso, a cuatro manos y con un solo corazón…
I’ll sing along

Gracias, Karmeta
Marzo 10th, 2009 at 23:12
Siempre he pensado que Once es el triunfo de la sencillez traducida en imágenes. Además me transporta a mi niñez, cuando caminaba entre los músicos callejeros de Grafton St. En un par de ocasiones, incluso, yo también me puse a cantar allí (locuras de juventud). Aunque reconozco que el chico y la chica de la película lo hacen mucho mejor
Marzo 11th, 2009 at 1:50
Existen películas como Once que consiguen tocarte el alma de una forma que ya creías olvidada. ¿Cómo no enamorarse perdidamente de algo así?
Porque a veces resulta imposible sustraerse a historias como la de este chico y esta chica, contada con un puñado de imágenes sinceras, alejadas de todo artificio. Al sonido de una música repleta de sentimientos, a menudo cantada con desgarro, pero siempre dotada de una exquisita sencillez. Una música capaz de inundar nuestros espacios vacíos, que serenamente, casi de puntillas, consigue instalarse en el corazón y que éste sueñe, por una vez, que es posible acariciar las estrellas con la punta de los dedos.