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Fragmentos de una Utopía » 2009 » Abril

Archivo de Abril, 2009

Laberintos de papel

Jueves, Abril 23rd, 2009

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La lengua japonesa es un paradójico campo de batalla en el que pugnan sin descanso dos filosofías diferentes de comunicación: por un lado, una sola palabra, unos breves sonidos efímeramente insuflados de vida, pueden contener una carga semántica, psicológica, simbólica, etc., imposible de captar en cualquier traducción a una lengua occidental. Es tal el grado de síntesis al que llega el japonés, que, en algunas ocasiones, unas pocas sílabas pueden condensar una cantidad ingente de información, agujeros negros-palabra que atrapan en su inmensa gravedad el contexto, los niveles sociales, económicos, intelectuales, etc., de quien habla y de quien escucha, estados de ánimo, humildad, orgullo…

Por otra parte, para expresar cosas de lo más sencillas para quien vive en occidente (un saludo o un adiós, una petición al dependiente, una conversación casual con un jefe o con un empleado) se emplean allí las formas más alambicadas y sinuosas, se deforman las frases hasta hacer irreconocibles sus etimologías. Las interminables fórmulas de cortesía se convierten, entonces, en algo intraducible, un despilfarro comunicativo sólo explicable si se conoce la esencia de su cultura. Y si no, pensemos cómo cuando uno se presenta por primera vez, no se conforma con decir a media voz un tímido Encantado sino, más bien, un ‘Yoroshiku onegai shimasu (ruego humildemente su favorable consideración).

Pues bien, la literatura japonesa es un reflejo de esta (des)armonía de lenguajes opuestos.

A través de ineludibles pilares góticos y de endebles códigos davincianos, alzándose entre vientos y sombras, escurriéndose entre magos adolescentes y médicos medievales, empujando suavemente a herejes o alquimistas por igual, la literatura japonesa ha explosionado con un boom silencioso en el mundo editorial en lengua española de los últimos años.

Cuando alguien escoge a mediados de los años noventa al azar una novela de un tal Haruki Murakami (nombre tal vez complicado de memorizar, como lo es el extenso título del Pájaro-que-da-cuerda) y se descubre disfrutando de su narrativa, se pregunta cómo es que nunca había caído una novela japonesa en sus manos antes. ¿Será que no existen traducciones en castellano? Al empezar a indagar comprende sin problema que está en un error: el mundo literario japonés es –o más bien, era- un volcán dormido, enorme sin duda, pero oculto tras las nubes para los ojos del público general, que siempre tiende a consumir el best-seller del momento (y consumir no significa leer, a menudo tan sólo comprar). Los éxitos venden garantía de satisfacción (muchas veces esta máxima se revela como una gran mentira, la literatura mediocre y el marketing luminoso han ido demasiadas veces de la mano) y los lectores buscamos en ellos el deleite que un millón de personas antes han disfrutado. Es una cuestión de desgana ante el esfuerzo de probar suerte, de sumergirse en editoriales que se atreven a apostar por caminos poco recorridos.

Antes de Murakami, Yoshimoto, Kirino, Ogawa, Katayama, etc., ya había otros, Oe, Kawabata, Mishima, Natsume, Ibuse, Abe, Tanizaki, Basho.., Y antes que ellos, Genjis y Heikes varios habían inundado el mundo del negro sobre blanco con un modo de narrar diferente al que estamos acostumbrados. Olvidémonos en muchas ocasiones del comienzo-nudo-desenlace, vamos a rendirnos a la deliciosa locura de la desestructuración de los esquemas de la novela según su esquema clásico. Aparte, también se encuentran el manga, el anime, el metalenguaje fílmico –en el que la imagen sucumbe ante el paroxismo literario de su guión en apariencia inexistente. Pero nos estamos desviando del tema…

El problema de admitir a estos autores en nuestras estanterías, con su idiosincrasia formal y conceptual, radica en nuestro grado de conformismo a la hora de abrir un libro traducido del japonés. Cuando leemos cualquiera de estas obras trasladada al castellano nos queda esa inapelable impresión de que nos estamos perdiendo algo, de que el traductor ha introducido el sesgo de su propia sensibilidad literaria, puesto que se siente más libre de ataduras respecto al original que al traducir cualquier lengua occidental.

Cualquier libro necesita de esa íntima complicidad entre el narrador –que no el autor- y el lector, pues no es sino en el momento en el que comenzamos a leer cuando el libro termina de completarse. Escribir es la primera parte de una vida -la de una historia- que no madura hasta que es contemplada por ojos ajenos y, con suerte, llega a alcanzar una muerte dulce en alguna imaginación anónima. Por ello, la traducción (puente y muro en una sola realidad) nos niega la certeza de esa comunión de voluntades con el narrador. Incluso, aunque el traductor sea lo más bienintencionado y pulcro en su traslación de cada frase, la mejor de las fotocopias posibles seguirá siendo siempre una fotocopia, y, por fuerza, una criatura imperfecta que se aleja, difuminándose, del original del que ha nacido.

Si se compara una misma obra japonesa traducida al castellano y, por ejemplo, al inglés, las diferencias se vuelven obvias. Entonces, uno se pregunta ¿cuál es la verdadera forma del texto original? ¿Es tan lírico como en la traducción X o realmente tiene un estilo tan frío como en la Y?

Vamos con una muestra escogida al azar entre las páginas de una historia traducida al castellano y al inglés desde un mismo original japonés, que he conseguido rescatar de entre las páginas de dos versiones que se colaron sin hacer ruido en mi salón:

Fragmento en castellano:

Pasado el mediodía, unas nubes oscuras empiezan a extenderse sobre mi cabeza. El cielo adquiere una tonalidad misteriosa. Sin tregua, empieza a caer una lluvia violenta: el tejado y los cristales de la ventana de la cabaña gimen doloridos. Al instante me desprendo de la ropa, salgo desnudo afuera. Me lavo el pelo con jabón, me lavo el cuerpo

Fragmento en inglés:

In the afternoon dark clouds suddenly colour the sky a mysterious shade an it starts raining hard, pounding the roof and windows of the cabin. I strip naked and run outside, washing my face with soap a scrubbing myself all over

(Aquí llega el contrasentido de esta humilde disgresión, puesto que me atrevo a traducir la traducción:

Por la tarde, nubes oscuras colorean, de repente, el cielo con una tonalidad misteriosa y comienza a llover fuerte, martilleando sobre tejado y las ventanas de la cabaña. Me desnudo y salgo corriendo, lavándome la cara con jabón y frotándome por todas partes)

Sí, la idea, el contenido, permanecen, pero la estructura es diferente. Son dos narraciones distintas. Y la cuestión no es cuál es peor ni cuál es mejor, sino cuál es la que más consigue invocar la sensación que tiene un lector japonés cuando lee el original del que ambas traducciones parten.

Sin embargo, asimilada la realidad de lo que se pierde y se distorsiona en la traducción lo que permanece inmutable es la narración en sí. La atracción que en muchos provocan estas novelas se debe a su carácter universal, puesto que son historias reconocibles sin necesidad de acudir a notas al pie de página, a pesar de que los artificios del artesano de la escritura sean tan diferentes en cada rincón del mundo. La empatía es la catalizadora de nuestras emociones al leer un buen libro, y la literatura japonesa pulsa sus teclas con maestría.

Tomemos, por ejemplo, tres personajes diferentes entre sí pero que tienen tanto en común: el Julian Sorel de Stendhal, el Raskolnikov de Dostoievski o el Mizoguchi de Mishima. Se trata de tres personajes de un entramado psicológico inabarcable, con los que el lector se debate en todo momento entre un dual desagrado y fascinación por sus motivaciones, por sus acciones (e inacciones, a veces tanto o más importantes). En los tres casos nos rendimos a la absorbente atracción que provocan los intrincados mecanismos de su pensamiento. Son personajes a los que sus obsesiones, su vacío interior y su ineptitud para comunicar sus verdaderos sentimientos los terminan convirtiendo en instrumentos nihilistas del caos. Consiguen modelar la realidad que los rodea a la medida de sus complejos y retorcidos códigos éticos. Todos ellos invocan nuestros más recónditos miedos, pues son el reflejo de nuestras oscuridades. La única diferencia es que triunfan donde, por fortuna, nosotros –seres tejidos de destrucción y entalpía, que sólo sabemos mantener nuestro orden interior trayendo el desorden a lo que nos rodea- no queremos o no nos atrevemos a llegar.

Sorel nos revela sus más íntimos anhelos en francés. Raskolnikov desnuda su alma en ruso. Mizoguchi tartamudea acomplejado en japonés. Los tres hablan diferentes lenguas, pero un único idioma. El de su dolorosa soledad.

Diferentes contextos, tanto temporales como culturales. Diferentes los autores y sus países de origen. Pero comparable su análisis y su capacidad por desgranar la (universal) complejidad del ser humano.

Quien sabe. Quizás, un día, el lenguaje deje de ser ese arma diferenciadora que algunos pretenden que sea y sirva realmente -tal y como a menudo ocurre con la literatura- para que comprendamos, nos comuniquemos y escapemos de nuestras caducas soledades culturales.

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Feliz día del libro

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Caleidoscópico amanecer

Martes, Abril 14th, 2009

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-Soy capaz de cantar cualquier canción que me pidan… Díme cuál es tu favorita, la que tú prefieras, que yo la cantaré entonces para ti - me dijiste un buen día.

Me quedé sin palabras, atónita, sin saber qué responder ante tan insólito ofrecimiento.

Interpretaste mi silencio como una invitación a traspasar el umbral de la puerta y así comenzaste a narrarme, poco a poco, la extraña historia del muchacho que se dibujaba una sonrisa en la cara y dedicaba su vida a cantar canciones ajenas a quien se lo pidiera.

La gente solía pedirle al chico con relativa frecuencia que se aprendiera un montón de melodías (dificilísimas todas ellas, of course) y entonces él trataba de aprendérselas de memoria, imitando a la perfección las voces de todos y cada uno de los intérpretes. Todo por ver una pequeña chispa de felicidad en aquellos ojos desgastados. Quizás por sentir que podía convertirse en un ser especial para alguien, al menos tan sólo por un instante.

No sé si recuerdas que en ese punto comenzaste a darme la serenata, tarareándome las estrofas de algunas de las tonadas en voz alta y dejándome los tímpanos un tanto doloridos -todo hay que decirlo- por el volumen exagerado que salía de tu garganta.

En tono orgulloso comentabas que todos se quedaban epatados con la  prodigiosa voz de ese chico. Y que lo de imitar a cualquier intérprete era para él como un juego de niños.

Mientras, seguías intercalando una y otra estrofa entre los fragmentos de nuestra conversación y yo me preguntaba en secreto por el motivo de toda aquella singular representación. Si sólo lo hacías para impresionarme o tal vez estabas aburrido y no sabías de qué demonios hablar conmigo, porque apenas nos conocíamos.

Me pregunté igualmente cuál sería la razón que movía al muchacho a realizar aquel acto de forma tan desinteresada. Por qué cantaba sólo las canciones que le pedían los demás y no las suyas propias.  Por qué se escondía de su propia voz, ocultándola, disfrazándola siempre debajo de esas otras que trataba de imitar. Y por qué me ofrecía a mí que eligiera una entre un millón y en cambio, no se atrevía a cantar aquello que más le gustaba. Supongo que una cosa es hacer un trabajo por encargo, donde no es necesario poner toda la pasión ni el sentimiento y otra muy diferente, desnudar tu alma y tu corazón ante una cuasi-desconocida.

Una nueva oleada de cánticos consiguió que todos estos pensamientos se desvanecieran de mi mente y todas las preguntas que me formulaba se quedaran sin respuesta.

- No sé, no sé… dudé.

Que alguien se ofreciera como cantante por horas era algo sumamente extraño que no ocurría precisamente todos los días… pero también bastante arriesgado. Una canción puede revelar mucho de uno mismo, incluso cuando se intenta por todos los medios conseguir el efecto contrario.

Siquiera pensar en esa posibilidad hacía -no sé la razón- que me entrara la risa, así que intenté contenerla como pude mirando disimuladamente hacia el lado opuesto al que en ese momento te hallabas, pero no te diste ni cuenta de mis esfuerzos, enzarzado como estabas en mostrarme la capacidad de entonación de tus cuerdas vocales.

- De acuerdo - te dije de repente, quiero que me cantes ESTA canción…

…La más difícil para el tono de tu voz  que mi castigada mente acertó a pensar en una décima de segundo (aunque eso tú no lo supieras entonces porque me guardé esa información para mí solita en aquel instante).

- No la conozco.

- No te preocupes, mañana mismo te paso un cd para que te la puedas aprender.

Y así fue. Te pasé la canción y reconociste que era bastante complicada. Añadiste que quizás te iba a llevar más tiempo del que suponías el poder aprendértela y ofrecerme una actuación de esas que quedan grabadas en los anales de la historia.

Tengo que decir que me desilusioné un poco, aunque te confieso que en el fondo también saboreé el dulce aroma de la victoria.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Y yo te imaginaba ensayando bajo la ducha, canturreando mientras te lavabas los dientes, tarareando las estrofas en el coche y mientras pasabas las horas muertas en la oficina.

Pero transcurría el tiempo y por más que yo esperaba y esperaba, aquella actuación prometida no llegaba nunca.

Un día apareciste con un libro.

- Toma, te lo regalo - me dijiste.

- Te lo agradezco, pero… ¿y mi canción?

- La canción es demasiado difícil para mi, lo he intentado con uñas y dientes, de veras que sí, pero ya no tengo la misma voz que tenía hace unos años. La he perdido. Y no quiero hacer el ridículo ni decepcionarte.

Me quedé un poco chafada al escuchar aquello… hasta me había comprado un vestido nuevo para una ocasión tan especial… En serio.

- Así que a cambio te regalo este libro, con todo mi cariño, espero que sepas comprenderlo.

Por supuesto que lo comprendí… cuando comencé a leer ese -complicadísimo- libro del me quedé enganchada/atascada poco más allá de la página 81.

- Qué puñetero- pensé, me la ha metido doblada el chico éste…

Y varias veces he intentado durante este largo tiempo retomar su lectura. E imagino que de igual manera, tú habrás intentado entonar nuevamente mi canción. ¿Sin éxito? Sólo yo lo sé. O acaso tan sólo tú conoces la respuesta.

Ha transcurrido ni sé cuánto desde aquello. Y tal y como sucede en el libro, tú, ella, yo y él, han acabado entremezclándose en este extraño juego en el que yo era tú y tú acababas siempre siendo yo.

Y como no podía ser de otra forma, todo ha terminado de la única manera posible para ambos.

Los dos… nos hemos echado a reír.

 

Una canción:

 

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… Y un libro