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Fragmentos de una Utopía » Blog Archive » Laberintos de papel

Laberintos de papel

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La lengua japonesa es un paradójico campo de batalla en el que pugnan sin descanso dos filosofías diferentes de comunicación: por un lado, una sola palabra, unos breves sonidos efímeramente insuflados de vida, pueden contener una carga semántica, psicológica, simbólica, etc., imposible de captar en cualquier traducción a una lengua occidental. Es tal el grado de síntesis al que llega el japonés, que, en algunas ocasiones, unas pocas sílabas pueden condensar una cantidad ingente de información, agujeros negros-palabra que atrapan en su inmensa gravedad el contexto, los niveles sociales, económicos, intelectuales, etc., de quien habla y de quien escucha, estados de ánimo, humildad, orgullo…

Por otra parte, para expresar cosas de lo más sencillas para quien vive en occidente (un saludo o un adiós, una petición al dependiente, una conversación casual con un jefe o con un empleado) se emplean allí las formas más alambicadas y sinuosas, se deforman las frases hasta hacer irreconocibles sus etimologías. Las interminables fórmulas de cortesía se convierten, entonces, en algo intraducible, un despilfarro comunicativo sólo explicable si se conoce la esencia de su cultura. Y si no, pensemos cómo cuando uno se presenta por primera vez, no se conforma con decir a media voz un tímido Encantado sino, más bien, un ‘Yoroshiku onegai shimasu (ruego humildemente su favorable consideración).

Pues bien, la literatura japonesa es un reflejo de esta (des)armonía de lenguajes opuestos.

A través de ineludibles pilares góticos y de endebles códigos davincianos, alzándose entre vientos y sombras, escurriéndose entre magos adolescentes y médicos medievales, empujando suavemente a herejes o alquimistas por igual, la literatura japonesa ha explosionado con un boom silencioso en el mundo editorial en lengua española de los últimos años.

Cuando alguien escoge a mediados de los años noventa al azar una novela de un tal Haruki Murakami (nombre tal vez complicado de memorizar, como lo es el extenso título del Pájaro-que-da-cuerda) y se descubre disfrutando de su narrativa, se pregunta cómo es que nunca había caído una novela japonesa en sus manos antes. ¿Será que no existen traducciones en castellano? Al empezar a indagar comprende sin problema que está en un error: el mundo literario japonés es –o más bien, era- un volcán dormido, enorme sin duda, pero oculto tras las nubes para los ojos del público general, que siempre tiende a consumir el best-seller del momento (y consumir no significa leer, a menudo tan sólo comprar). Los éxitos venden garantía de satisfacción (muchas veces esta máxima se revela como una gran mentira, la literatura mediocre y el marketing luminoso han ido demasiadas veces de la mano) y los lectores buscamos en ellos el deleite que un millón de personas antes han disfrutado. Es una cuestión de desgana ante el esfuerzo de probar suerte, de sumergirse en editoriales que se atreven a apostar por caminos poco recorridos.

Antes de Murakami, Yoshimoto, Kirino, Ogawa, Katayama, etc., ya había otros, Oe, Kawabata, Mishima, Natsume, Ibuse, Abe, Tanizaki, Basho.., Y antes que ellos, Genjis y Heikes varios habían inundado el mundo del negro sobre blanco con un modo de narrar diferente al que estamos acostumbrados. Olvidémonos en muchas ocasiones del comienzo-nudo-desenlace, vamos a rendirnos a la deliciosa locura de la desestructuración de los esquemas de la novela según su esquema clásico. Aparte, también se encuentran el manga, el anime, el metalenguaje fílmico –en el que la imagen sucumbe ante el paroxismo literario de su guión en apariencia inexistente. Pero nos estamos desviando del tema…

El problema de admitir a estos autores en nuestras estanterías, con su idiosincrasia formal y conceptual, radica en nuestro grado de conformismo a la hora de abrir un libro traducido del japonés. Cuando leemos cualquiera de estas obras trasladada al castellano nos queda esa inapelable impresión de que nos estamos perdiendo algo, de que el traductor ha introducido el sesgo de su propia sensibilidad literaria, puesto que se siente más libre de ataduras respecto al original que al traducir cualquier lengua occidental.

Cualquier libro necesita de esa íntima complicidad entre el narrador –que no el autor- y el lector, pues no es sino en el momento en el que comenzamos a leer cuando el libro termina de completarse. Escribir es la primera parte de una vida -la de una historia- que no madura hasta que es contemplada por ojos ajenos y, con suerte, llega a alcanzar una muerte dulce en alguna imaginación anónima. Por ello, la traducción (puente y muro en una sola realidad) nos niega la certeza de esa comunión de voluntades con el narrador. Incluso, aunque el traductor sea lo más bienintencionado y pulcro en su traslación de cada frase, la mejor de las fotocopias posibles seguirá siendo siempre una fotocopia, y, por fuerza, una criatura imperfecta que se aleja, difuminándose, del original del que ha nacido.

Si se compara una misma obra japonesa traducida al castellano y, por ejemplo, al inglés, las diferencias se vuelven obvias. Entonces, uno se pregunta ¿cuál es la verdadera forma del texto original? ¿Es tan lírico como en la traducción X o realmente tiene un estilo tan frío como en la Y?

Vamos con una muestra escogida al azar entre las páginas de una historia traducida al castellano y al inglés desde un mismo original japonés, que he conseguido rescatar de entre las páginas de dos versiones que se colaron sin hacer ruido en mi salón:

Fragmento en castellano:

Pasado el mediodía, unas nubes oscuras empiezan a extenderse sobre mi cabeza. El cielo adquiere una tonalidad misteriosa. Sin tregua, empieza a caer una lluvia violenta: el tejado y los cristales de la ventana de la cabaña gimen doloridos. Al instante me desprendo de la ropa, salgo desnudo afuera. Me lavo el pelo con jabón, me lavo el cuerpo

Fragmento en inglés:

In the afternoon dark clouds suddenly colour the sky a mysterious shade an it starts raining hard, pounding the roof and windows of the cabin. I strip naked and run outside, washing my face with soap a scrubbing myself all over

(Aquí llega el contrasentido de esta humilde disgresión, puesto que me atrevo a traducir la traducción:

Por la tarde, nubes oscuras colorean, de repente, el cielo con una tonalidad misteriosa y comienza a llover fuerte, martilleando sobre tejado y las ventanas de la cabaña. Me desnudo y salgo corriendo, lavándome la cara con jabón y frotándome por todas partes)

Sí, la idea, el contenido, permanecen, pero la estructura es diferente. Son dos narraciones distintas. Y la cuestión no es cuál es peor ni cuál es mejor, sino cuál es la que más consigue invocar la sensación que tiene un lector japonés cuando lee el original del que ambas traducciones parten.

Sin embargo, asimilada la realidad de lo que se pierde y se distorsiona en la traducción lo que permanece inmutable es la narración en sí. La atracción que en muchos provocan estas novelas se debe a su carácter universal, puesto que son historias reconocibles sin necesidad de acudir a notas al pie de página, a pesar de que los artificios del artesano de la escritura sean tan diferentes en cada rincón del mundo. La empatía es la catalizadora de nuestras emociones al leer un buen libro, y la literatura japonesa pulsa sus teclas con maestría.

Tomemos, por ejemplo, tres personajes diferentes entre sí pero que tienen tanto en común: el Julian Sorel de Stendhal, el Raskolnikov de Dostoievski o el Mizoguchi de Mishima. Se trata de tres personajes de un entramado psicológico inabarcable, con los que el lector se debate en todo momento entre un dual desagrado y fascinación por sus motivaciones, por sus acciones (e inacciones, a veces tanto o más importantes). En los tres casos nos rendimos a la absorbente atracción que provocan los intrincados mecanismos de su pensamiento. Son personajes a los que sus obsesiones, su vacío interior y su ineptitud para comunicar sus verdaderos sentimientos los terminan convirtiendo en instrumentos nihilistas del caos. Consiguen modelar la realidad que los rodea a la medida de sus complejos y retorcidos códigos éticos. Todos ellos invocan nuestros más recónditos miedos, pues son el reflejo de nuestras oscuridades. La única diferencia es que triunfan donde, por fortuna, nosotros –seres tejidos de destrucción y entalpía, que sólo sabemos mantener nuestro orden interior trayendo el desorden a lo que nos rodea- no queremos o no nos atrevemos a llegar.

Sorel nos revela sus más íntimos anhelos en francés. Raskolnikov desnuda su alma en ruso. Mizoguchi tartamudea acomplejado en japonés. Los tres hablan diferentes lenguas, pero un único idioma. El de su dolorosa soledad.

Diferentes contextos, tanto temporales como culturales. Diferentes los autores y sus países de origen. Pero comparable su análisis y su capacidad por desgranar la (universal) complejidad del ser humano.

Quien sabe. Quizás, un día, el lenguaje deje de ser ese arma diferenciadora que algunos pretenden que sea y sirva realmente -tal y como a menudo ocurre con la literatura- para que comprendamos, nos comuniquemos y escapemos de nuestras caducas soledades culturales.

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Feliz día del libro

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13 comentarios para “Laberintos de papel”

  1. Luan dice:

    ¡Qué envidia, vaya cantidad de libros! Me gusta mucho esa idea final de tu entrada. Feliz día del libro para ti también.

  2. Yelahí dice:

    ¿Qué libros de autores japoneses me recomendarias para empezar a sumergirme en su literatura, maeko?

  3. maeko dice:

    Luan:
    No te quejes, seguro que tienes más tú que yo. Un día los cuentas y me dices cuántos tienes entre tus estanterías. Bueno, espero que hayas pasado un feliz día en compañía de algún buen libro :)

    Yelahí:
    La verdad es que no me atrevo demasiado a hacer ningún tipo de recomendación, pues los gustos de cada persona son un mundo, y lo que a uno le puede parecer una maravilla, al otro, algo sin la suficiente calidad literaria.

    De todas formas te voy a enumerar tres títulos que a mí me parecen interesantes:

    - Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Murakami Haruki. Este autor cuenta con un estilo que es fácil de leer y una prosa moderna que se acerca bastante al estilo de narrar occidental.

    - Lo bello y lo triste de Kawabata Yasunari, un texto que te puede ayudar a comprender la lucha entre la modernidad y la tradición.

    - Lluvia negra de Ibuse Masuji, un escalofriante relato sobre los sucesos acontecidos en Hiroshima tras el bombardeo en la 2º Guerra mundial. Un libro de lectura necesaria, porque nunca debemos dejar caer en el olvido lo que ocurrió ni a aquellos que ya no tienen voz.

    Estas son tan sólo unas sugerencias, espero que si te decides a leer alguno de estos libros, te entretengas con su lectura :)

  4. carme dice:

    Es interesantísimo lo que explicas, además tomo buena nota de los libros recomendados. Supongo que sabrás -pq lo sabes toditorrrr jajaja- que en Catalunya es un día muy especial, además de libros a diestro y siniestro, grandes chiringos por las avenidas y autores firmando sus obras, tenemos las Ramblas y cualquier callejuela repleto de rosas rojas .. es nuestro día de los enamorados, un día muy especial, concursos de literatura infantiles, los peques escriben meses antes su prosa o poesía con mucha ilusión… sin duda lo mejor que hizo en aquel momento Sant Jordi fue transmitirnos esa fuerza con algo tan frágil y bonito como una rosa, me encanta ese día… lástima que hay qye ir a trabajar … mi´rando con envidia desde la ventana del despacho como los demás pasean entre las rosas y los libros.. bueno pues al acabar mi jornada, me dirigí como cada año con mi troller lleno de libros “leídos” esta vez llevaba 76 creo.. también infantiles pá mi prole.. jejeje.. allí cada uno lleva los que quiere y se lleva el mismo número MÁS UNO, al ser de las últimas la señora me dijo..”està a punt d’ acabar el dia de Sant Jordi Reina…pots agafar TOTS els que vulguis”.. es decir que la señora no ten´`ia ganas de recuentos y al llegar al final de todo me pude llevar los que quería.. menos mal que no me entraban más en la maleta.. casi me siento encima para cerrarla jajajaja… espero poder llevarlos todos todos y todos.. el 23 de abril de 2010, un beso enorme guapa y perdona por el coment testamento, tenía muchas ganas de pasar por aquí, ya sabes que es mi rincón de desconexión favorito.

  5. Luan dice:

    ¿Contar todos los libros? Es complicado, en cuanto lo intento, algunos, los más traviesos, se esconden unas veces, y no entran en la cuenta. En otras, se mueven, y los cuento dos y hasta tres veces. Así que es difícil saberlo. No sé, cerca de trescientos supongo. Novelas, biografías, tratados de historia, libros de mi época de estudiante, volúmenes que se vienen de mi trabajo para alargarme las noches,… Un poco de todo.

    Y sí, para celebrar el día del libro, recorrí los “Cien años de soledad”, un libro fundamental pero que llevaba muchos años dándome esquinazo. Al fin, nos dimos una tregua, y pude visitar Macondo con tranquilidad. Ahora habrá que buscar otras latitudes… Creo que dejaré el calor sudamericano por el frío nórdico.

  6. carme dice:

    Genial aún estoy haciendo esquemas para entender a la familia Buendía jeje

  7. maeko dice:

    carme:
    La de San Jordi me parece una tradición preciosa, además, las rosas son una de mis flores preferidas :) Aunque no tenía ni idea de la existencia de esa costumbre del trueque, muy curioso lo de llevarse el mismo número de libros que se entregan más uno.

    Espero que tú y tus hijos disfrutéis muchísimo de todos y cada uno de ellos… así que una maleta llena que te llevaste… pues entonces imagino que debía de pesarte un montón.

    Jaja, a los Buendía lo que les faltaba era un poco más de variedad en la elección de los nombres, pero bueno, todo tiene su aquel en esta novela.

    Un beso, guapa, mis felicitaciones por el pedazo de trabajo de tu post histórico-nancyero, creo que me lo he leído más de tres veces entero por lo menos, aunque todavía estoy con la boca abierta y alucinando. Lo tenías que haber sacado a la venta por fascículos y te hubieras forrado ;)

    Bueno, estos días he estado fuera y un tanto liada con otras cosas mías también, así que mil perdones por no haber contestado antes y no haberme pasado por tu blog. Espero que lo tuyo (sea lo que sea) vaya arreglándose del todo. Muaaa!

    Luan:
    Pues si que pasaste el día en buena compañía, nada menos que con García Márquez, todo un lujo.

    Besos!

  8. Luan dice:

    Si lo que queréis es variedad de nombres y unos cuantos centenares de personajes, os recomiendo que probéis con “El arcoiris de gravedad” de Pynchon. (Me he ganado enemistades irreconciliables recomendando este libro)

  9. Yelahí dice:

    Anoto las sugerencias, muchas gracias, maeko.

  10. nora (una japonesa en Japón) dice:

    ¡Qué envidia! … los libros, digo :)
    Me gustaría saber esa obra japonesa para poder hacer “mi traducción” al castellano. Una palabra “mal traducida” puede cambiar el contenido de la frase, del capítulo, del libro…
    Supongo que te puedes imaginar lo que me cuesta escribir en los dos idiomas, para dos públicos totalmente diferentes ;)
    Besos**
    PD: voy a ver si puedo “recorrer” los “Cien años de soledad” que yo también llevo varios años … igual que Luan :)

  11. maeko dice:

    Luan:
    Pues si te creas enemigos con ese libro, no deberías recomendarlo tan fervientemente… ;)

    Yelahí:
    Las gracias son para tí :)

    nora:
    Bueno, no te quejarás de libros, seguro que tienes más que yo en tus estanterías :)

    Sería muy interesante conocer el sentido real del texto original japonés para así poder establecer si la labor del traductor de la editorial española es realmente bueno o deja volar demasiado su imaginación.

    El fragmento en cuestión se encuentra en el capítulo 15 del libro “Kafka en la orilla” de Murakami Haruki (ya sabes, este escritor se ha convertido en el escritor japonés de relativo éxito en los últimos años aquí en España).

    La elección de lo que iba a traducir fue totalmente aleatoria, pues el libro se abrió por esa página al azar y el párrafo elegido (que es el que aparece también traducido directamente del inglés del libro correspondiente “Kafka on the shore”) se encuentra en ella.

    Uff, me imagino la dificultad de escribir en dos idiomas tan diferentes y conseguir que el sentido de lo que quieres transmitir permanezca en ambos… mucho, pero que mucho esfuerzo.

    Un beso, nora, espero que también (seguro) estés en la buena compañía de alguno de tus libros :) , García Márquez es toda una joya.

  12. carme dice:

    Mucho mejor lo mío, soy beatilla y recé mucho, afortunadamente mejor, imposible jejeje, toy feliz! y por eso he venido a relajarme en tu blosss . Sí eso de los fascículos , libros etc ya me lo dicen las compis, pos eso si alguien se anima, yo firmo y que se done todorrr a una ONG o fundación o lo que sea. Mi venia concedida. Besitos guapetona!, ya me contarás de qué época son tus kekas, aunq intuyo que debes tener de todas jejeje

  13. carme dice:

    ah! Maeko y la maleta era una Troller enorme jejeje que desde que se inventó la rueda puedo con todo jejeje

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