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El viejo álbum repleto de fotografías que nunca existieron

 

  

 

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A veces echo de menos el sabor de la tarta con fresas y nata -tu preferido- que servían en aquella cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen y techo con formas hexagonales, cerca de la Puerta del Sol.

La primera vez que lo viste en aquel escaparate, no pudiste evitar pararte a contemplarlo. Y a mí se me hacía la boca agua ante semejante obra de arte culinaria. Los precios del establecimiento eran demasiado elevados para un bolsillo medio, pero aquel pastel enorme parecía estar hablándote desde el expositor, así que miraste el dinero que llevabas en el billetero, me tiraste de la mano y entraste con paso decidido en el local.

Le pediste al camarero que te sirviera una ración de aquella sabrosa tarta y que, si no le importaba, añadiera dos cubiertos en lugar de uno. Un vaso de agua -que era gratuito- completaba la consumición, pues el presupuesto del día no daba entonces para mucho más…

Regresar a la misma cafetería y admirar desde la calle aquella maravilla, se convirtió en nuestro pequeño ritual a lo largo de varios años de mi niñez cada vez que volvíamos por la misma zona de Madrid. Además de una delicia para los sentidos. De vez en cuando, entrábamos y nos pedíamos una única ración de tarta junto con un par de tenedores. Y un vaso de agua también. Faltaría más.

Hace unos cuantos días me reencontré con un pequeño grupo de fotografías extraviadas que se habían colado por descuido entre los libros y los dvd de una de las estanterías. Ojear de vez en cuando viejos álbumes repletos de viejas fotos ha sido algo que, en cierta medida, siempre me ha gustado, pero que a la vez me llena de una extraña melancolía por todo aquello que un día fue, por todas aquellas personas que hoy ya no están o que se encuentran demasiado lejos de aquí. Y de mí.

Esas fotografías recuperadas del olvido me hicieron pensar en las que acabaron perdiéndose irremediablemente no se sabe bien por qué motivo, o peor aún, en todas aquéllas que nunca jamás llegaron a hacerse y que merecieron haber existido. Para poder volverlas a ver, al menos, una, cien… mil veces más.

Un día como éste. O como otro cualquiera.

Porque me hubiera gustado verme, ver cómo era yo, en algunas situaciones de un pasado que atesoro con especial cariño. Porque a ti te recuerdo perfectamente tal y como eras. Tu impresión en mi memoria permanece imborrable.

Como cuando decidía cubrirme el rostro con uno de los cojines del sofá, el que tenía más a mano, tratando así de no ver las escenas más sangrientas de la película de turno, mientras me decías que me avisarías cuando hubieran acabado.

Yo siempre picaba como una tonta -asustada como estaba- y a tu indicación, me quitaba el cojín de la cara antes de que las escenas horribles hubieran terminado (aunque reconozco que tampoco eran tan tremendas, al fin y al cabo). Y entonces allí estabas tú, delante de mí, con las imágenes terroríficas de fondo, intentando componer una cara monstruosa con la que pegarme un susto tremendo. Pero al final, en lugar de llorar de miedo, lo hacía de risa, porque tu interpretación era un auténtico esperpento…

Supongo que ese es uno de los motivos por el que las películas de terror no me infunden tanto miedo, sino más bien todo lo contrario. En mitad de la escena más sobrecogedora, a veces no he podido evitar echarme a reír en la negritud de la sala del cine, así que es posible que algunas personas hayan llegado a pensar que estaba un poco chalada… aunque eso es algo que nunca me ha importado demasiado. 

Creo que darle el justo valor a las situaciones y a las personas, además de (son)reír son dos de las mejores cosas que me enseñaste a hacer en esta vida. También, te debo el impregnarme de esa cabezonería tuya (dicen que de tal palo, tal astilla), de ese espítitu de lucha y de tu enorme capacidad de sufrimiento, que me han servido durante todos estos años para intentar superar (con mayor o menor fortuna) los momentos más duros y difíciles de mi existencia. E intentar ver, siempre, el lado positivo en cada situación, aunque a menudo sea tan difícil encontrarlo y me sienta derrotada.

Hoy la vieja cafetería donde degustábamos la mejor tarta con fresas y nata de Madrid, ya no existe. En su lugar, desde hace años, las ruidosas máquinas de unos salones recreativos ocupan el espacio de aquellas mesas de estilo setentero en las que nos sentamos un puñado de veces.

Cuando paso por delante, no puedo evitar mirar de refilón dentro del local, por ver si consigo verte a ti, a las dos, entre fresas, tenedores y vasos de agua de grifo.

Porque aunque la cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen ya no exista, nadie podrá borrar jamás de mí esas imágenes, fotografías que nunca llegaron a plasmarse en un papel.

Aquellas hermosas huellas de nuestro pasado. 

 

 

 Fotografías sacadas de google

 

5 comentarios para “El viejo álbum repleto de fotografías que nunca existieron”

  1. Yelahí dice:

    Siempre me siento transportada al ver viejas fotografías, ya sea con los ojos o con la memoria. Quizás me sumerja yo también en algún album olvidado.

  2. 759 dice:

    Antes creo que solíamos tomar más fotos en ocasiones especiales o eventos, y no como ahora que todo el mundo anda con su cámara digital o celular para sacando cualquier foto en cualquier momento. Y entonces cada una de las fotos, antes, tenía mucho más significado y traía recuerdos más especiales que las fotos digitales de hoy… pero ocurre que hubo escenas que en su momento parecían cualesquiera y nada “especiales”, que no fotografiamos, sin imaginar lo mucho que añoraríamos esos recuerdos que no guardamos sino en nuestra mente…
    Bueno, no sé si de ahora en 10 ó 20 años, sentiré lo mismo… a pesar de las tantas fotos que ahora ando tomando, desde el día en que compré mi primera cámara digital.

  3. maeko dice:

    Yelahí:
    Espero que también recuperes unas bonitas fotografías en tus álbumes o en tu memoria :)

    759:
    Podría decirse que lo de la cámara digital es a la vez tanto un castigo, como una bendición. Ellas nos evitan aquel enorme disgusto de perder unas determinadas fotos porque se nos velaba el carrete, o porque salíamos con los ojos cerrados o desenfocados… pero a la vez, pienso que también se ha ido para siempre esa emoción, esa magia que rodeaba el momento de recoger las fotos en la tienda y mirarlas con toda nuestra ilusión (como si fuera la primera vez que las vemos) sobreimpresionadas en un papel.

    Ahora tenemos al instante en una pantalla esas imágenes que queríamos inmortalizar y generalmente no sólo una, sino, por si acaso, repetidas un montón de veces, bien porque no nos gusta el encuadre de una, la otra ha salido algo girada o la de más allá demasiado oscura… Me declaro culpable de esto, pues debo de tener cientos de fotos de este estilo, un tanto inútiles, almacenadas en el ordenador y que no he borrado todavía por pereza. Quizás se trate del signo de los tiempos que nos ha tocado vivir, de esta cultura de la inmediatez, de las prisas, del usar y tirar… no sé.

    Sólo pienso que ójala que la vida que vivimos hoy fuese más sencilla. Que los eventos, nuestros viajes y todas esas ocasiones que nos apeteciera inmortalizar, se pudieran resumir en las 12, 24 o 36 fotos que tenía uno de esos antiguos carretes, para que como tú bien dices, fueran de verdad las más especiales, las que más nos emocionaran, las que más nos hicieran recordar un determinado momento dentro de muchos años después, en nuestro futuro.

    Un saludo, muchas gracias por comentar.

  4. Nagore dice:

    Los recuerdos, son mi mejor álbum de fotos, aunque la memoria tambien pueda perderse… como el papel.
    Me has emocionado muchísimo con ésta historia.

  5. maeko dice:

    Tienes razón, tarde o temprano, todo acabará perdiéndose en el olvido, por mucho que queramos grabarlo a fuego en la memoria. No sé, quizás, una de las principales razones por las que me decidí a escribir este blog, fue para que estos pequeños recuerdos que conservo en mi corazón, no se esfumaran para siempre.

    Bienvenida al blog, Nagore, muchísimas gracias por pasarte por aquí :)

    Un beso.

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