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Fragmentos de una Utopía » A-

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Adiós

Lunes, Julio 16th, 2012

 

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La vida en blanco

Jueves, Junio 3rd, 2010

 

 

En la quietud de la noche, el lejano brillo de una estrella parece vibrar al paso de la negrura.

Aprieto fuertemente tu brazo, los ojos cerrados, el paso vacilante. Y trato de no tropezarme con el abismo, de no caer en el vertedero de su egoísmo.

Pero cuando la belleza inesperada enmudece y me quedo a ciegas, sola, busco a tientas un profundo cielo estrellado al que poder aferrarme.

Y si al abrir los ojos, esa sensación de intemperie, de paredes desconchadas y ventanas desvencijadas, irrumpe de nuevo como una cascada de recuerdos hechos jirones, encendiendo los sentidos, desbaratando la perfecta caligrafía, no puedo evitar pensar en azares consentidos, invisibles telas de araña y segundos infantilmente desperdiciados.

Y la nada, ese vacío de blancura atronadora, se vuelve ahora más tangible que nunca.

 

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 Pintura: Kazimir Malévich

 

 

 

Delirio espiroidal

Lunes, Enero 26th, 2009

 

 

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El silencio, asfixia, se derrama por mis manos, resbala pesadamente entre mis dedos. Perdida la noción del espaciotiempo, mis restos flotan errantes, naúfragos arrastrados hacia un infame desierto de abstractos sinsentidos.

Desciendo, sin prisas persigo las huellas que todavía no son, pequeños sorbos por la espiral de escalones. La trémula luz que bañaba débilmente mis pasos acaba de extinguirse por completo. Me encuentro ahora acorralada, rodeada por la negrura más absoluta. Y los segundos de tenue azabache yacen desdibujados en esta espesa niebla poblada de instantes infinitos.

Me siento tan completamente desorientada, tan confusa. Atrapada en este lienzo teñido de noche indefinida, indefinible. Con la mirada ahogada por la densa y negra atmósfera que me rodea. Y el hiriente golpeteo entrecortado de mis latidos que se clavan en la más tenebrosa y profunda de las incertidumbres.

Percibo el eco casi inaudible de unos sonidos moribundos, apenas si recuerdo que una vez fueron míos. El leve rumor comienza a habitar esta extraña quietud, mostrándome el camino que debo seguir para cruzar las oscuras y antiguas aguas que ocultan apagados reflejos de una memoria extenuada.

Mis ojos buscan desesperadamente acostumbrarse a esta repentina ceguera que me envenena, que me mantiene prisionera. Mis pies tantean con sumo cuidado el abismo que se retuerce amenazante ante mí, tratando de adivinar cuándo aparecerá el siguiente peldaño.

Tengo miedo de caer y lastimarme. El terror en mi boca sabe a verdad, se convierte en algo auténtico y desgarrador cuando, repentinamente, una oleada de temblores castiga sin compasión todo mi cuerpo.

Me aferro como puedo al pasamanos de la escalera de caracol mientras continúo avanzando. Pero un vacío exento de luz y cordura me impide distinguir los peligros que se ocultan allí delante, entre las tinieblas.

El descenso se vuelve más angosto, más sinuoso, a medida que voy llegando más y más lejos en este viaje que tanto me inquieta.

Por más que lo intento no consigo evitar tropezarme una y otra vez conmigo misma. Acabo rodando sin nada que me frene, mis manos agitándose en el aire componen inútiles plegarias a unos dioses indiferentes, mientras me torno marioneta de hilos desangelados. Los peldaños, unos fríos acantilados que prueban el filo de sus crueles aristas sobre mi espalda. Un revoltijo de brazos y piernas convertidos en avalancha desmedida que se estrella escaleras abajo… mi rostro castigado… y mi cuerpo (mi alma) severamente maltratado durante esta caída hacia el ocaso.

Toda una eternidad atrapada en una chispa insignificante de tiempo mientras continúo rodando, lo invisible más real que nunca mientras su áspero aliento no cesa de herirme. Mi maltrecho cuerpo choca al fin con lo que parece ser el fondo de aquel profundo pozo y me quedo allí tendida, petrificada, inservible como un juguete abandonado sin remordimiento alguno en el cubo de la basura por un niño que ha perdido la inocencia.

Sobre mi piel, manos invisibles han tejido un manto de dolor por el que penetra un frío atroz que me cala hasta los huesos. Creo que mis pies están desnudos sobre el duro y gélido pavimento, aunque no puedo asegurarlo. Es extraño, no recuerdo mis manos entonando el consabido mantra de desatar los zapatos y apartarlos a un lado. Quién sabe dónde estarán ahora, más en este instante, cuando tanto los hecho en falta. Puede que la caída los extraviara, atrapados sin remisión en la hélice interminable, o quizás yacen polvorientos y olvidados en cualquier otro lugar de mi pasado. Incluso puede que mi extraño viaje hubiera comenzado sin llevarlos puestos. ¿Será cierto lo que sospecho? Intento estrujar gotas de lucidez de mi cerebro cansado. Puede que mi mente esté comenzando a delirar. O tal vez esté aprendiendo de una forma imposible cómo engañar a la oscuridad y dirigirse al camino de la curación.

Un dolor incesante lleva ya un rato jugando al escondite en mi cabeza, me siento mareada. Respiro tan profundamente como puedo y una bocanada de aire viciado inunda con desagrado mis pulmones. Mi corazón comienza a latir al son de una melodía descontrolada, y, a muy duras penas, consigo vencer el irrefrenable impulso de vomitar.

Pero ahora no puedo detenerme, ya no. Impensable volver hacia atrás. Mi decisión estaba tomada desde el preciso instante en que decidí emprender este íntimo descenso a mis infiernos. Creo que estoy consiguiendo lo que me había propuesto al dejarme arrastrar a este lugar, seducidos mis aletargados sentidos por los cánticos silenciosos de una noche que nunca parece acabar. Porque, sin importar dónde me encuentro ahora, mucho es lo que ha caído bajo el influjo del sacrificio para poder llegar hasta este lugar, hasta este momento. La única opción posible para poder avanzar era despojarme de todos mis absurdos miedos, inseguridades que brotaban de mi alma. Saltar a ciegas y permitir que el vacío me devorara. Aunque para ello haya tenido que sucumbir a la necesidad de hundirme en las oscuras profundidades de mi mente, dejándome arrastrar por un mar de pesadilla. Muriendo, en definitiva, para volver a nacer de nuevo.

El fondo de este lugar sin luz ha resultado ser una tierra más solitaria y sombría de lo que jamás hubiese imaginado. Porque aquí, aparte del vértigo helador del acantilado, del azote callado de las olas, del rumor de arena y sal, una cosa más se encontraba acechando, agazapada entre mis destartalados recuerdos, como una vieja alimaña tras los enmohecidos galeones hundidos con los tesoros de mi memoria. Algo inquietantemente familiar. Esperando pacientemente mi llegada. Dispuesto a que me enredara más y más en la sutil emboscada. Y deliberadamente me he abandonado al canto de las sirenas, dejándome atrapar por la tersura de la telaraña, sintiendo otra vez más el beso amargo de su mentira en mi piel.

Después de atravesar a tientas esta negrura tapizada de inmóviles brumas, tras esta agobiante e interminable travesía, puedo al fin deleitarme ondeando triunfante una bandera de esperanza entre los desfiladeros de mi sombra. Porque yo, que me sentía tan frágil, tan indefensa, he desentrañado el enigma que creía tan inalcanzable. Y aunque las sangrantes heridas sean fiel reflejo de lo vulnerable que continúa siendo aún esta humilde alma, mi espíritu ha vencido al esqueleto, desterrando sus cenizas de una vez por todas al más oscuro rincón del Olvido.

A partir de este instante he descansado como hace tiempo no recordaba. Me he soñado cubierta de aterciopelado ébano, de sueño y oro, inmersa bajo la tibieza de unas aguas dibujadas con trazos caóticos y apasionados.

Y aunque recuerdo haberme hundido irremediablemente hasta los confines más remotos de mi mente, franqueando esa delicada y frágil frontera que separa la demencia de lo que creemos que es cordura, finalmente, yo, he conseguido sobrevivir.

 

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Fotografías sacadas de google, ilustración de Stephenls.