Archivo de ‘Cinemateca’ Category

So far, so close…

Lunes, Marzo 9th, 2009

 

Antaño compuse melodías en la soledad de mi habitación y sus acordes eran crueles espejos que jugaban a reflejar los ecos anónimos de mi vida indiferente.

Antaño contemplé cómo los barcos se alejaban irremediablemente de la costa y deambulé a la deriva por el abandonado puerto, en busca de una brújula que fuera capaz de guiarme en este camino de rumbos inciertos. Observaba cómo los árboles caducos iban perdiendo una a una, inexorablemente, todas sus hojas, que caían como lluvia marchita sobre mis zapatos. Y tras el fundido a negro de los créditos finales de una vieja película muda, me dí cuenta de que el protagonista siempre era otro, ese que nunca alcanzaría a ser yo.

Pero eso ocurrió en otro tiempo, cuando las miradas de los demás jugaban al escondite con mis anhelos, intentando esquivar a manotazos el secreto lenguaje de un rostro cansado de buscar y no encontrarte.

Y súbitamente, la casualidad hizo que me hallara presente en el instante y en el lugar precisos. En aquel inolvidable momento en que de la nada más absoluta surgió un desconcertante oasis en mitad de todo este desierto, plagado de caótico ruido y de confusión.

Acaso sea ahora cuando dos humildes latidos aprendan a componer los retazos de una misma vida, paso por paso, a cuatro manos y con un solo corazón…

 

 

 
…Falling slowly sing your melody
I’ll sing along
 

 

Rompecabezas

Sábado, Febrero 28th, 2009

 

Nocturno desvelado,
leves crujidos pincelan un indicio.
Confuso, un croquis sobre cristales de agua.

Resuenan acertijos, agridulces
los decorados se desmoronan,
enredando vacíos
en el filo de una palabra.

Tras el laberinto invisible
-de anhelos y silencios,
de alambicados arabescos y susurros en tecnicolor-
los desnudos bocetos de un subjuntivo.

Y bajo alfombras plateadas,
agazapado,
el campo de tréboles.

 

 

 

La persistencia de la memoria

Miércoles, Febrero 25th, 2009

 

 

La madrugada del lunes me llevé una agradable sorpresa: dos producciones niponas resultaron vencedoras contra todo pronóstico en sendas categorías en la ceremonia de los Oscar de este año.

Apuntada queda en mi agenda “Okuribito” de Yojiro Takita, que a fecha de hoy, se encuentra pendiente de encontrar algún canal de distribución para su estreno en salas españolas, aunque seguro que la concesión del Oscar en el apartado de mejor película extranjera, facilitará bastante las cosas en este aspecto (cruzo los dedos para que así sea).

Únicamente conozco de esta cinta una breve y sugerente sinopsis -la historia de un músico que pierde su trabajo y decide volver a su ciudad natal, donde comienza a trabajar en una funeraria-. Tan sólo espero que su posterior desarrollo en la trama no resulte previsible y consiga alejarse de esos lugares comunes, tan habituales y trillados, que pueden observarse en el cine actualmente.

Aquí os dejo con “La maison en petits cubes” de Kunio Kato, ganadora del Oscar al mejor corto de animación de este año.

He leído varias opiniones acerca del significado de este cortometraje. Personalmente, mis sensaciones después del visionado se dirigen hacia el sentido más metafórico de la historia, que he intentado resumir de la manera más breve posible en el título de esta entrada.

Espero que lo disfrutéis.

 

La maison en petits cubes:

(Si no puedes verlo en el blog, pulsa aquí)

 

Se agradece que de tanto en cuanto se premien trabajos como éste que destacan, entre otras cosas, por su profunda sencillez.

Los premios y demás galardones a menudo no resultan ser unos termómetros fiables y contrastan con la calidad de determinados trabajos. No es el caso que nos ocupa, pero quizás éste u otro tipo de reconocimientos sean necesarios para animar al público más generalista a conocer y valorar esas otras producciones que suelen llevar colgada la etiqueta de “independiente” o “de culto” , o que tienen -desgraciadamente- poca o nula difusión a nivel comercial.

“La maison en petits cubes”, un pequeño guiño para todas aquellas personas que pensaban que en Japón sólo existía la animación basada en los típicos estereotipos del estilo manga.

Y aquí, otro ejemplo más para salir de la confusión.

 

Cuento de Navidad

Miércoles, Diciembre 24th, 2008

 

Navidad. Tiempo de sonrisas. Luces y brillos por las calles. Regalos, ilusión, derroche…

Navidad. Tiempo de soledades. Añoranza por quienes no veremos. Amargura, dolor, tristezas…

Aquí os dejo con unas imágenes de la secuencia final de Smoke de Wayne Wang, con guión de Paul Auster. Entre lo mejorcito de este famoso escritor, con el que mantengo una especial relación de amor-odio desde hace ya varios años.

Una certera reflexión sobre lo que realmente significa (o debería significar) la Navidad. Su esencia. Algo que no deberíamos perder nunca. Y practicar no sólo ese día, porque no hace falta que lleguen días como los de hoy. O acaso todos deberían ser como la imaginada Navidad que refleja esta película (ingenua que es una). Porque de lo que os estoy hablando es de empatía, de demostrar humanidad. Y no digo nada más.

Mi consejo es, que si no habéis visto aún la película y os váis a disponer a dar el play en los vídeos, veáis el primero en su integridad, antes de pasar al segundo. Por favor. Me lo agradeceréis :)

Smoke. Para mí, una excelente película, que me sorprendió muy gratamente aquel otoño de 1995 en el que tuve la gran suerte de no encontrar entradas para otro film y al final, acabé sentada en otra sala sin poder apartar mi mirada de la pantalla durante el tiempo que duró toda la proyección.

No puedo evitar sentir ese algo ahí dentro cada vez que vuelvo a visionar estas imágenes. Profundamente conmovedoras. Aunque tan sólo es una opinión. La mía. Y para gustos, los colores.

Un gran hallazgo. Peliculón con mayúsculas. La magia del cine en estado puro.

Espero que lo disfrutéis.

Secuencia final de Smoke:

 

 

Segunda parte (suena de fondo “Innocent when you dream” del siempre genial Tom Waits): 

 

 

Va por todos vosotros, los pocos (pero valientes), que me leéis :)

Feliz Navidad

Moonlit tale: I. Crush

Miércoles, Diciembre 10th, 2008

 

… 

Descorrió levemente las cortinas de la habitación y escrutó el cielo en busca de algún indicio de tormenta. No tardó demasiado tiempo en decidir que no tomaría el autobús aquella tarde; prefería dar un largo paseo por la ciudad y recorrer a pie la distancia que separaba su casa de la apartada sala de proyección.

Se enfundó los guantes negros, enroscó la bufanda amarilla alrededor de su cuello y salió en tromba a la calle en busca de un soplo de aire fresco con que calmar la extraña inquietud que se había apoderado de su alma.

Nada más comenzaron a presentarles, ya tenían la curiosa sensación de haber compartido juntos un millón de experiencias en otras vidas. Porque a veces tan sólo nos bastan cinco minutos para sentir esa cercanía, ese vínculo especial con una determinada persona a la que acabamos de conocer hace apenas un breve instante.

Fue durante una de esas insignificantes conversaciones -de esas que alguna vez todos hemos mantenido en un bar-, rodeados de humo y empujones, cuando ambos comenzaron a darse cuenta de su mutua afición por el celuloide. Y por la música. Y por los bocadillos de calamares.

Así que el día que él apareció casualmente con un par de invitaciones del cineclub para la sesión del miércoles, a ella le fue imposible rechazar su ofrecimiento. Hasta entonces, él había acudido siempre solo a la sala de cine. Y había ido almacenando aquella otra entrada desparejada en el fondo del cajón de la cómoda, porque le apenaba el tener que tirarlas irremediablemente al cubo de la basura. Y poco a poco, sin darse cuenta, se había ido convirtiendo en un experto coleccionista de soledades.

Hacía ya unas horas que el sol se había ocultado tras los edificios y un viento helador barría del suelo las hojas que no habían quedado demasiado ajadas por la llovizna de la mañana. Las calles lucían completamente desiertas bajo la mirada de una luna indiferente.

La quietud de la noche se vio interrumpida por el ruido amortiguado de unos pasos sobre la hojarasca marchita. Un par de figuras se aproximaban apresuradamente desde el fondo de la calle, escasamente iluminada por la vacilante luz de un grupo de estiradas farolas.

Las sombras sortearon hábilmente las decenas de charcos y dejaron atrás la zona descubierta del aparcamiento. El murmullo apagado de sus voces se fue convirtiendo en palabras a medida que se acercaban al abrigo de los edificios. Decidieron entonces pararse un instante frente al escaparate de una frutería. Las ráfagas de aire habían castigado con dureza las mejillas de la muchacha, que tenía las manos completamente ateridas de frío. Él se quitó los guantes de lana y se los ofreció educadamente a ella. Y así permanecieron inmóviles durante largo rato, contemplando silenciosamente las cajas de frutas que se amontonaban al otro lado del cristal.

De pronto, una pregunta inesperada salió de sus labios amoratados:

-¿Cuántos cigarros había en el cenicero?-  dijo él sin apartar la vista del escaparate.

-Mmm…- respondió ella.

-…Así que tú también te fijaste en aquella escena sin importancia…-  añadió.

-Sí- contestó él expectante.

Ella le sonrío y le dio la cifra exacta mientras miraba los ojos de él reflejados en el cristal de la frutería.

-No sé por qué, pero tenía la seguridad de que sabrías la respuesta…- Y sonrió.

Un brillo como de luz de mil soles surgió repentinamente de sus ojos. Y un río de sentimientos comenzaría a desbordarse a partir de entonces, anegando los campos, rompiendo diques, arrastrando a su paso los amargos restos de existencias anónimas. De espejos rotos. De corazones afónicos. De mil vidas repletas de inmerecida soledad.

 …

(Moon Phase: Waxing Gibbous 90% of full)

 

 

 

Fotograma de “House of Games” de David Mamet.

 

 

El árbol de la sandía

Miércoles, Octubre 15th, 2008

 

No sé porqué, pero hoy me ha venido a la mente lo que mi madre me decía cuando, siendo yo aún muy niña, me tragaba sin querer las pequeñas pepitas de las frutas.

Ten cuidado, maeko. Si te comes las semillas, éstas crecerán dentro de tí y más tarde, te nacerá un árbol en la cabeza…

Como es de suponer, la visión de ver como una planta o un árbol te va creciendo en la cabeza, era un tanto aterradora para una niña de apenas cuatro o cinco años. Así que, obedeciendo la advertencia de mi madre, intenté por todos los medios que no volviera a suceder y me juré a mi misma no volver a tragar ninguna pepita más de ninguna de las frutas que volviera a comer en mi vida.

Pero claro, cuando te estás comiendo un trozo de sandía, por mucho empeño que le pongas al asunto y vayas a la caza de la pipa con una cucharilla de postre, alguna se escapa traviesa entre los dientes y acaba pasando del plato a tu garganta.

¡Ayyy, mamá!

¿Qué te ocurre?

Que me va a salir un árbol de la sandía en la cabezaaa… respondí asustada (ingenua de mí, creía por aquel entonces que las sandías crecían en los árboles; pobrecitos ellos)

A ver hija, no pasa nada. Díme lo grande que era esa pepita.

¡Así, así…!

Bah, no te preocupes, es demasiado pequeña como para que pudiera sobrevivir en tu barriga.

¿Entonces, no crecerá ningún árbol?

No, esta vez creo que no…

¿Pero seguro segurísimo?

Te lo aseguro, no te va a crecer ningún árbol de la sandía en la cabeza (claro, porque no existen…)

Menos mal…

Pero para otra vez, ten un poco más de cuidado, ¿vale?

¡¡¡Sííí!!!

No sé porqué, pero hoy recordé las palabras de mi madre y al olvidado árbol de la sandía en un rincón de mi mente. Extraña situación la de estar pensando en una misma viéndose de cría pensando en cosas tan “importantes” por aquel entonces como esas viejas pepitas y las sandías cayendo de su cabeza. Totalmente surrealista.

Bueno, ignoro si esta frase la emplean habitualmente las madres japonesas con sus hijos para evitar que se puedan ahogar con las pipas de las frutas. El caso es que en España no lo es ni les suena de casualidad; en alguna ocasión que conté esta historia, pude comprobar que mis interlocutores me miraban como si fuera una marciana ;)

Hace un tiempo pude ver este cortometraje de animación de Koji Yamamura, titulado Atama Yama (Mt. Head). Así que pensé:

¡No soy una marciana, no soy una marciana…!

¿…o quizás sí?

 

 

 Un consejo,  no os traguéis las pepitas de la sandía (o de lo que sea)… por si acaso ;)