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Fragmentos de una Utopía » Con J de Japón

Archivo de ‘Con J de Japón’ Category

The Cove (shallow water, deep secret)

Viernes, Junio 11th, 2010

 

 

Hay ciertos lugares en este mundo, por muy hermosos que puedan parecer a simple vista, que no se merecen un solo amanecer más. Dime qué película has visto últimamente en la que hayas podido sentir un crescendo de sorpresa, incredulidad, indignación, asco, vergüenza. ¿Desesperanza? Tal vez, también. Dime si has pasado alguna vez cerca de una pequeña cala apartada en la que lo más terrible no es el secuestro de sus acantilados recortados con paciencia por el tiempo, ni sus cobardes recovecos o sus carteles heridos de obtusas prohibiciones, no, lo más horrible es cuan insignificantes son los humanos que han deshumanizado lo que tendría que haber sido otro rincón más de un apacible pueblo pesquero.

Hoy se estrena en los cines de España “The Cove”, una vez más the Oscar goes to para una obra que merece un alto en el camino. Olvídate de artificiosas piruetas en dudosas tres dimensiones y de minutos perdidos entre el tedio cada vez más familiar en la oscuridad de un cine. Ésta es la película que tienes que ver si no lo has hecho todavía.

Una narración de una masacre sin sentido en un lugar que no es sino la burda sinécdoque de mucho de lo que falla en nuestra sociedad. Te estrellarás, como sus protagonistas, contra el muro de la insensatez, de la indiferencia de quien hace de la crueldad su forma de vida. No valen excusas sobre herencias culturales que impulsan a los pescadores a cometer tan soberano acto de sinrazón, sobre economías haciendo equilibrios apurados sobre el delgado hilo que es la caza salvaje de seres inteligentes.

“The Cove” es un documental que tiene un propósito concreto, su principal objetivo es crear conciencia a nivel mundial, denunciar una masacre cruel, continua, a la que la poderosa industria pesquera japonesa somete a los delfines.

Porque en una minúscula ciudad costera de unos 3.500 habitantes que se adorna con símbolos de cetáceos, que se proyecta al exterior como un lugar turístico que ama a los delfines, se esconde una cala con un horrible secreto, una cala innaccesible para los forasteros, a costa de su encarcelamiento y la deportación.

Inaccesible, hasta ahora.

Antes de ese clímax repugnante que se nos muestra en el documental, comprobamos que la localidad se sustenta actualmente en un modo de vida: los pescadores dedican sus esfuerzos a atraer hasta sus costas cientos, miles de delfines, para suministrar especímenes a los acuarios de todo el mundo, actividad que les reporta pingües bebeficios por cada uno de los ejemplares considerados como “válidos”. La típica excusa esgrimida por las autoridades de la ciudad, alegando que la caza de estos cetáceos es una tradición centenaria y debe ser mantenida, cae por su propio peso.

Pero tras el proceso de selección, los rechazados (millares de delfines cada año) son víctimas de una matanza gratuíta, sin sentido, pues como bien se explica en el film, la carne de esos animales, que a menudo se camufla en el mercado como carne de ballena, tiene tan elevadas concentraciones de mercurio, que resulta altamente tóxica para el consumo humano.

En el documental se explican las consecuencias  para la salud en la población de la pequeña localidad japonesa de Minamata por vertidos continuados de la petroquímica Chisso Corporation. Este desastre que fue descubierto en la década de los 50, ha provocado hasta la actualidad que aproximadamente unas 3000 personas se vieran gravemente afectadas por el consumo de pescado y marisco contaminados con mercurio.

Con semejantes antecedentes, resulta del todo sorprendente que las autoridades japonesas quisieran implementar el consumo de carne de delfín de manera obligatoria en los comedores escolares de todo el país. Conocedores de la atrocidad que iba a cometerse y que comprometía la salud de los pequeños de todo Japón, dos concejales del ayuntamiento de Taiji, Junichiro Yamashita y Hisato Ryono, tuvieron la valentía suficiente de denunciar este hecho ante el mundo.

 

 

Pero “The Cove” no termina con los créditos finales, no nos confundamos. La película se disuelve en la censura de ciertos gobiernos que prefieren la alienación de sus votantes –qué lejos pensábamos que estábamos de los totalitarismos medievales-, y continúa en las voces perversas de políticos y empresarios, cuyas palabras podrían marcar la diferencia, pero deciden plegarse a otro tipo de intereses menos altruistas.

 

 

Pero tengamos cuidado, no señalemos con el dedo. Este rincón oscuro no es en exclusiva propiedad de un país del Pacífico, no confundamos su sociedad, la totalidad de sus habitantes, con sus políticos. De hecho, en el propio documental se muestra el estupor, la incredulidad de anónimos ciudadanos japoneses ante semejante barbarie.

 

 

Y repito de nuevo: no señalemos con el dedo. En todos los países tienen –tenemos- nuestro “the cove” particular. Llamémoslo como queramos, corrupción, comercio de humanos, tráfico de muerte en bolsas de plástico, fiestas en las que se celebra el sufrimiento…

Tú eliges un país y su pecado… no tendrás que buscar demasiado.

De todas maneras, siempre habrá personas estrechas de miras que tras su visionado no tarden en arremeter en contra de la totalidad de los japoneses y tacharlos de… de lo que sea. Es inevitable. Otras que piensen que en el documental se da una visión partidista de un suceso, que no se trata más que de propaganda incendiaria, de un panfleto ecologista y tendencioso… Para opiniones, los colores, señoras y señores. El objetivo de documentales como el que nos ocupa es el de mostrar en imágenes esa otra verdad que se nos quiere ocultar, que encubren los medios, los gobiernos, tras los que hay miles y miles de yenes, dólares, euros, en juego. Aunque para conseguirlo tenga que mostrar esas imágenes tan duras, conmovedoras, de aguas teñidas de rojo sangre, mientras resuenan los agudos chillidos de las infelices criaturas antes de morir…

En eso cumple su función a la perfección.

Por esto y otras razones, “The Cove” es un documental que denuncia, de forma entretenida, a ratos emocionante, una tremenda realidad, y como bien se señala en esta reseña, cuenta con un guión bien estructurado combinando momentos de risa, otros de llanto, concienciación e incluso cultura animal.

Un film que fue dirigido por el antiguo fotógrafo de National Geographic Louie Psihoyos y grabado secretamente durante 2007 con la colaboración de un grupo de activistas liderados por Richard O´Barry, entrenador de los delfines de la archiconocida serie de televisión de los años 60 “Flipper”, quienes se juegan el tipo en una peligrosa misión encubierta para revelar al mundo lo que sucede en este lugar. Para tal fin, se emplearon aparatos de la más avanzada tecnología, micrófonos submarinos y cámaras de alta definición camufladas.

 

 

La película ha recibido numerosos galardones, entre otros, el premio del público en el Festival de Sundance y el Oscar al mejor documental del 2009.

Actualmente, su exhibición ha sido censurada en Japón.

 

 

Liberar delfines en cautiverio allá dondequiera que se encuentren. Exponer al mundo la oscura actividad que, año tras año y con el beneplácito de gobiernos y corporaciones, se da lugar en Taiji. Ésta es la cruzada de un hombre tratando de derribar una multimillonaria industria que él mismo ayudó a construir durante diez años.

Todo eso y más es “The Cove”. Yo que tú, no me lo perdería.

 

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(Podemos ser héroes, podemos apostar por la libertad, podemos salvarnos a nosotros mismos… y ser auténticos, sólo por un día… o por siempre… Para siempre)

 

 

 

Trailer en español

Extended Clip en japonés

 

Fotos y fotogramas: google, imdb, thecovemovie

 

 

Miss & Mister Robotto (2ª parte)

Jueves, Junio 4th, 2009

 

 

¿Cuánto es capaz de transmitirnos una fotografía, ese brevísimo instante que fugazmente arrebatamos al infinito?

No lo sé, pero a veces tengo serias dudas acerca de si todos contamos con la capacidad para ver lo que se esconde detrás de una simple imagen (quizás algunos estén irremediablemente dormidos para siempre) y captar esa realidad de personas que viven inmersos en otra cultura, a miles de kilómetros de nosotros, pero que, pese a contar con diferencias de todo tipo respecto a nosotros, resulta que se comportan y ven la vida como tú y como yo.

La realidad que nos ocultan a sabiendas los medios de comunicación no resulta tan atractiva, o tan morbosa, o no vende tan bien como todas esas luces de neón y demás fuegos de artificio que quieren que creamos que es todo Japón.

Porque Japón es sinónimo de sushi y señoritas de tez nívea ataviadas con lujosos kimonos; brillantes rascacielos con ascensores que te elevan silenciosamente hasta su última planta en menos tiempo de lo que tardas en dar un suspiro. También es un oficinista que se queda dormido en el vagón del metro y se despierta precisa e inexplicablemente cuando le llega el turno de apearse del vagón. Es una colegiala que se sube la falda por encima de las rodillas cuando sale de su última clase. Mujeres que se ríen tapándose la boca con la mano. O adolescentes que encuentran la diversión en los videojuegos o en ir disfrazados por la calle de un personaje de su manga favorito.

Japón no es sólo estas cosas, estas situaciones, estas personas que tantas veces hemos visto en los programas de televisión o que te explican en las guías de turismo. Pero, ¿acaso interesa conocer esos otros pequeños momentos, gestos cotidianos de la vida de personas anónimas como nosotros, que se ríen, que odian, que trabajan, que sueñan, que aman, que sufren… que sobreviven al día a día como lo hacemos tú y yo?

Porque Japón también es un hombre de mediana edad que le cede su asiento en el tren a tu amigo de aspecto occidental y luego permanece de pie, junto a él, entablando una simpática conversación con su escaso inglés y un japonés tan básico como una patata en el otro lado (lenguaje de signos incluído en ambos casos), hasta que se baja en su correspondiente parada hora y media más tarde, con los pies doloridos, pero con la sensación de haberle dejado una buena impresión de su país… Es una persona con la que casualmente te cruzas en un pasillo y que sin conocerte de nada, te regala una sonrisa y un puñado de preciosas figuritas de origami que no te caben entre las manos… Una dependienta que deja su puesto de trabajo para acompañarte hasta la cabina de teléfono más próxima, que está a más de cinco minutos de distancia… O un taxista que se salta todos los límites de velocidad porque ha ocurrido un accidente en la vía, has sufrido una larga retención en la carretera, y va a intentar por todos los medios que no pierdas ese avión, tratando de llevarte puntualmente, sano y salvo, hasta el aeropuerto…

Y Japón también es una persona a la que le pides el favor de hacerte una foto, recibes a cambio una respuesta maleducada y además, te quedas sin saber por qué… O esa otra que conduce en su coche un día de lluvia, aprovechando para acelerar cuando pasa por un charco enorme con un montón de personas transitando por la acera (como puedes imaginar, las deja a todas empapadas de arriba a abajo, con un frío horrible y mal rollo en todo el cuerpo)… O aquellas otras que se apartan o te dan la espalda en el vagón del metro porque tienes pinta de extranjero, aunque de vez en cuando te miran de reojo cuando piensan que tú no les ves y se aprietan el bolso más fuerte contra el regazo, pensando que así se encuentran más a salvo…

Todas estas experiencias que he relatado son verídicas, las he vivido en primera persona en este hermoso país. Un país fascinante lleno de contrastes enormes, habitado de buenas personas y de otras que no lo son tanto, pero del que me gustaría que se pudiera desterrar para siempre esos clichés y los prejuicios que la gente que nunca lo ha visitado tiene sobre él. Me gustaría incluir dentro de este grupo a todas aquellas personas que una vez fueron turistas en estas tierras, pero que no fueron capaces de arañar ni un milímetro su superficie y volvieron de allá desencantadas de lo que vieron. Porque para conocer de verdad un país, hay que mezclarse entre sus gentes, caminar pausadamente por sus calles, por sus caminos… y aprender a escuchar sus silencios.

 

 

Por ese motivo he querido que vieras todas estas imágenes de gente más o menos corriente que también habita en Japón, que no son tan kawaii como los que nos enseñan en otros blogs dedicados a Japón, o en la televisión. Porque detrás de cada fotografía, oculto, hay todo un mundo. Una pequeña historia que sin ser extraordinaria -quién sabe-, está entretejida por cientos de experiencias más o menos interesantes, pero valiosas por el mero hecho de pertenecer a la vida de alguien.

Si reflexionáramos tan sólo un instante, no nos resultaría demasiado complicado imaginar pedacitos de esas otras existencias, las emociones, los anhelos de cada una de estas personas atrapadas por unos segundos entre nuestras manos, gracias al parpadeo de una cámara. Bastaría con zambullirse en uno mismo y a continuación, ponerse un momento en su lugar para comprender y descifrar el enigma. Descubriremos con sorpresa que la tarea no resulta ser tan difícil como pensábamos en un principio. Porque, a fin de cuentas, todos somos muy similares. Somos seres humanos y la sangre que corre por nuestras venas es del mismo color en todas las partes de este planeta.

Así que ahora es tu turno de imaginar, observar las fotografías y ponerte en la piel de esas personas cazadas al azar por el objetivo de una humilde cámara.

Entonces, la historia (la suya… ¿acaso la tuya?), resultará más cercana, comenzando a cobrar ahora todo el sentido.

¿Te atreves a imaginar(te)?

 

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La même histoire

(”La misma historia” )

¿Cuál es
ese lazo entre nosotros,
esa cosa indefinible?
¿Dónde van estos destinos que se unen
para hacernos inseparables?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…

¿Qué es pues
lo que nos separa?
¿Quién por casualidad nos reúne?
¿Por qué tantas idas, tantas salidas
en esta ronda infinita?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…
La misma historia…

 

Para nora

Fotos tomadas en diversas localizaciones de Japón (2006/2008):
Takayama, Kyoto, Kobe, Odawara, Kamakura, Tokyo,
Kotohira, Takamatsu, Hiroshima, Miyayima, Osaka…

 

Algo más en Miss & Mister Robotto (1ª parte)

 

Laberintos de papel

Jueves, Abril 23rd, 2009

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La lengua japonesa es un paradójico campo de batalla en el que pugnan sin descanso dos filosofías diferentes de comunicación: por un lado, una sola palabra, unos breves sonidos efímeramente insuflados de vida, pueden contener una carga semántica, psicológica, simbólica, etc., imposible de captar en cualquier traducción a una lengua occidental. Es tal el grado de síntesis al que llega el japonés, que, en algunas ocasiones, unas pocas sílabas pueden condensar una cantidad ingente de información, agujeros negros-palabra que atrapan en su inmensa gravedad el contexto, los niveles sociales, económicos, intelectuales, etc., de quien habla y de quien escucha, estados de ánimo, humildad, orgullo…

Por otra parte, para expresar cosas de lo más sencillas para quien vive en occidente (un saludo o un adiós, una petición al dependiente, una conversación casual con un jefe o con un empleado) se emplean allí las formas más alambicadas y sinuosas, se deforman las frases hasta hacer irreconocibles sus etimologías. Las interminables fórmulas de cortesía se convierten, entonces, en algo intraducible, un despilfarro comunicativo sólo explicable si se conoce la esencia de su cultura. Y si no, pensemos cómo cuando uno se presenta por primera vez, no se conforma con decir a media voz un tímido Encantado sino, más bien, un ‘Yoroshiku onegai shimasu (ruego humildemente su favorable consideración).

Pues bien, la literatura japonesa es un reflejo de esta (des)armonía de lenguajes opuestos.

A través de ineludibles pilares góticos y de endebles códigos davincianos, alzándose entre vientos y sombras, escurriéndose entre magos adolescentes y médicos medievales, empujando suavemente a herejes o alquimistas por igual, la literatura japonesa ha explosionado con un boom silencioso en el mundo editorial en lengua española de los últimos años.

Cuando alguien escoge a mediados de los años noventa al azar una novela de un tal Haruki Murakami (nombre tal vez complicado de memorizar, como lo es el extenso título del Pájaro-que-da-cuerda) y se descubre disfrutando de su narrativa, se pregunta cómo es que nunca había caído una novela japonesa en sus manos antes. ¿Será que no existen traducciones en castellano? Al empezar a indagar comprende sin problema que está en un error: el mundo literario japonés es –o más bien, era- un volcán dormido, enorme sin duda, pero oculto tras las nubes para los ojos del público general, que siempre tiende a consumir el best-seller del momento (y consumir no significa leer, a menudo tan sólo comprar). Los éxitos venden garantía de satisfacción (muchas veces esta máxima se revela como una gran mentira, la literatura mediocre y el marketing luminoso han ido demasiadas veces de la mano) y los lectores buscamos en ellos el deleite que un millón de personas antes han disfrutado. Es una cuestión de desgana ante el esfuerzo de probar suerte, de sumergirse en editoriales que se atreven a apostar por caminos poco recorridos.

Antes de Murakami, Yoshimoto, Kirino, Ogawa, Katayama, etc., ya había otros, Oe, Kawabata, Mishima, Natsume, Ibuse, Abe, Tanizaki, Basho.., Y antes que ellos, Genjis y Heikes varios habían inundado el mundo del negro sobre blanco con un modo de narrar diferente al que estamos acostumbrados. Olvidémonos en muchas ocasiones del comienzo-nudo-desenlace, vamos a rendirnos a la deliciosa locura de la desestructuración de los esquemas de la novela según su esquema clásico. Aparte, también se encuentran el manga, el anime, el metalenguaje fílmico –en el que la imagen sucumbe ante el paroxismo literario de su guión en apariencia inexistente. Pero nos estamos desviando del tema…

El problema de admitir a estos autores en nuestras estanterías, con su idiosincrasia formal y conceptual, radica en nuestro grado de conformismo a la hora de abrir un libro traducido del japonés. Cuando leemos cualquiera de estas obras trasladada al castellano nos queda esa inapelable impresión de que nos estamos perdiendo algo, de que el traductor ha introducido el sesgo de su propia sensibilidad literaria, puesto que se siente más libre de ataduras respecto al original que al traducir cualquier lengua occidental.

Cualquier libro necesita de esa íntima complicidad entre el narrador –que no el autor- y el lector, pues no es sino en el momento en el que comenzamos a leer cuando el libro termina de completarse. Escribir es la primera parte de una vida -la de una historia- que no madura hasta que es contemplada por ojos ajenos y, con suerte, llega a alcanzar una muerte dulce en alguna imaginación anónima. Por ello, la traducción (puente y muro en una sola realidad) nos niega la certeza de esa comunión de voluntades con el narrador. Incluso, aunque el traductor sea lo más bienintencionado y pulcro en su traslación de cada frase, la mejor de las fotocopias posibles seguirá siendo siempre una fotocopia, y, por fuerza, una criatura imperfecta que se aleja, difuminándose, del original del que ha nacido.

Si se compara una misma obra japonesa traducida al castellano y, por ejemplo, al inglés, las diferencias se vuelven obvias. Entonces, uno se pregunta ¿cuál es la verdadera forma del texto original? ¿Es tan lírico como en la traducción X o realmente tiene un estilo tan frío como en la Y?

Vamos con una muestra escogida al azar entre las páginas de una historia traducida al castellano y al inglés desde un mismo original japonés, que he conseguido rescatar de entre las páginas de dos versiones que se colaron sin hacer ruido en mi salón:

Fragmento en castellano:

Pasado el mediodía, unas nubes oscuras empiezan a extenderse sobre mi cabeza. El cielo adquiere una tonalidad misteriosa. Sin tregua, empieza a caer una lluvia violenta: el tejado y los cristales de la ventana de la cabaña gimen doloridos. Al instante me desprendo de la ropa, salgo desnudo afuera. Me lavo el pelo con jabón, me lavo el cuerpo

Fragmento en inglés:

In the afternoon dark clouds suddenly colour the sky a mysterious shade an it starts raining hard, pounding the roof and windows of the cabin. I strip naked and run outside, washing my face with soap a scrubbing myself all over

(Aquí llega el contrasentido de esta humilde disgresión, puesto que me atrevo a traducir la traducción:

Por la tarde, nubes oscuras colorean, de repente, el cielo con una tonalidad misteriosa y comienza a llover fuerte, martilleando sobre tejado y las ventanas de la cabaña. Me desnudo y salgo corriendo, lavándome la cara con jabón y frotándome por todas partes)

Sí, la idea, el contenido, permanecen, pero la estructura es diferente. Son dos narraciones distintas. Y la cuestión no es cuál es peor ni cuál es mejor, sino cuál es la que más consigue invocar la sensación que tiene un lector japonés cuando lee el original del que ambas traducciones parten.

Sin embargo, asimilada la realidad de lo que se pierde y se distorsiona en la traducción lo que permanece inmutable es la narración en sí. La atracción que en muchos provocan estas novelas se debe a su carácter universal, puesto que son historias reconocibles sin necesidad de acudir a notas al pie de página, a pesar de que los artificios del artesano de la escritura sean tan diferentes en cada rincón del mundo. La empatía es la catalizadora de nuestras emociones al leer un buen libro, y la literatura japonesa pulsa sus teclas con maestría.

Tomemos, por ejemplo, tres personajes diferentes entre sí pero que tienen tanto en común: el Julian Sorel de Stendhal, el Raskolnikov de Dostoievski o el Mizoguchi de Mishima. Se trata de tres personajes de un entramado psicológico inabarcable, con los que el lector se debate en todo momento entre un dual desagrado y fascinación por sus motivaciones, por sus acciones (e inacciones, a veces tanto o más importantes). En los tres casos nos rendimos a la absorbente atracción que provocan los intrincados mecanismos de su pensamiento. Son personajes a los que sus obsesiones, su vacío interior y su ineptitud para comunicar sus verdaderos sentimientos los terminan convirtiendo en instrumentos nihilistas del caos. Consiguen modelar la realidad que los rodea a la medida de sus complejos y retorcidos códigos éticos. Todos ellos invocan nuestros más recónditos miedos, pues son el reflejo de nuestras oscuridades. La única diferencia es que triunfan donde, por fortuna, nosotros –seres tejidos de destrucción y entalpía, que sólo sabemos mantener nuestro orden interior trayendo el desorden a lo que nos rodea- no queremos o no nos atrevemos a llegar.

Sorel nos revela sus más íntimos anhelos en francés. Raskolnikov desnuda su alma en ruso. Mizoguchi tartamudea acomplejado en japonés. Los tres hablan diferentes lenguas, pero un único idioma. El de su dolorosa soledad.

Diferentes contextos, tanto temporales como culturales. Diferentes los autores y sus países de origen. Pero comparable su análisis y su capacidad por desgranar la (universal) complejidad del ser humano.

Quien sabe. Quizás, un día, el lenguaje deje de ser ese arma diferenciadora que algunos pretenden que sea y sirva realmente -tal y como a menudo ocurre con la literatura- para que comprendamos, nos comuniquemos y escapemos de nuestras caducas soledades culturales.

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Feliz día del libro

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La persistencia de la memoria

Miércoles, Febrero 25th, 2009

La madrugada del lunes me llevé una agradable sorpresa: dos producciones niponas resultaron vencedoras contra todo pronóstico en sendas categorías en la ceremonia de los Oscar de este año.

Apuntada queda en mi agenda “Okuribito” de Yojiro Takita, que a fecha de hoy, se encuentra pendiente de encontrar algún canal de distribución para su estreno en salas españolas, aunque seguro que la concesión del Oscar en el apartado de mejor película extranjera, facilitará bastante las cosas en este aspecto (cruzo los dedos para que así sea).

Únicamente conozco de esta cinta una breve y sugerente sinopsis -la historia de un músico que pierde su trabajo y decide volver a su ciudad natal, donde comienza a trabajar en una funeraria-. Tan sólo espero que su posterior desarrollo en la trama no resulte previsible y consiga alejarse de esos lugares comunes, tan habituales y trillados, que pueden observarse en el cine actualmente.

Aquí os dejo con “La maison en petits cubes” de Kunio Kato, ganadora del Oscar al mejor corto de animación de este año.

He leído varias opiniones acerca del significado de este cortometraje. Personalmente, mis sensaciones después del visionado se dirigen hacia el sentido más metafórico de la historia, que he intentado resumir de la manera más breve posible en el título de esta entrada.

Espero que lo disfrutéis.

La maison en petits cubes:

(Si no puedes verlo en el blog, pulsa aquí)

Se agradece que de tanto en cuanto se premien trabajos como éste que destacan, entre otras cosas, por su profunda sencillez.

Los premios y demás galardones a menudo no resultan ser unos termómetros fiables y contrastan con la calidad de determinados trabajos. No es el caso que nos ocupa, pero quizás éste u otro tipo de reconocimientos sean necesarios para animar al público más generalista a conocer y valorar esas otras producciones que suelen llevar colgada la etiqueta de “independiente” o “de culto” , o que tienen -desgraciadamente- poca o nula difusión a nivel comercial.

“La maison en petits cubes”, un pequeño guiño para todas aquellas personas que pensaban que en Japón sólo existía la animación basada en los típicos estereotipos del estilo manga.

Y aquí, otro ejemplo más para salir de la confusión.

Bizcocholateando

Viernes, Febrero 13th, 2009

En Japón, es costumbre que las mujeres regalen chocolate (en forma de bombones, tabletas, etc…) a los hombres con motivo de la festividad del día 14 de febrero, San Valentín.

Resulta un hecho un tanto chocante porque, tratándose de un país en el que la proporción de personas que profesan la religión cristiana constituye una minoría entre sus habitantes, esta tradición es tremendamente popular y lleva festejándose desde el año 1936 (si no me he equivocado en mis indagaciones). La celebración del día de este santo en Japón es, por tanto, relativamente reciente en su historia y, cómo no, ligada a los intereses comerciales de una empresa chocolatera.

Lo que comenzó como una campaña de marketing de la compañía japonesa Morozoff para aumentar las ventas de sus productos, acabó convirtiéndose en una moda un tanto absurda, una excusa para la compra compulsiva de mi amado cocholate. Lo reconozco sin reparos, soy chocoadicta y no me arrepiento por ello.

En este día, el chocolate se suele regalar a la pareja, los amigos, la familia, los compañeros del trabajo o de estudios, y los escaparates de los establecimientos se llenan durante estas fechas de multitud de variedades de bombones y otras delicias chocolatosas.

Una pequeña puntualización: si estos dulces están elaborados artesanalmente, por uno mismo en casa, entonces encierran un mensaje con mayor carga sentimental y, en consecuencia, suelen regalarse a las personas más queridas o a aquellas con las que nos unen vínculos emocionales especiales. Para el resto de personas, el presente consistirá en un regalo de cortesía, por regla general, paquetitos de bombones manufacturados comprados en uno de los miles de stands preparados al efecto en los comercios para tan romántico y prefabricado día.

La particularidad del asunto en Japón, es que los hombres que recibieron su chocolate en San Valentín a su vez devolverán un regalo en contrapartida, pero justo un mes después. El 14 de marzo, conocido allí con el nombre de “White Day“, se llama así porque ellos correspondían regalándoles chocolate blanco a ellas (de ahí lo de white), entre otras cosas.

Pero desde hace varios años, el Día Blanco ha ido degenerando y se ha convertido en el día del pagodelchantajedesanvalentín, puesto que se trata de una devolución cargadita con unos intereses en proporción mucho más elevados que los correspondientes a una señora hipoteca.

Aunque, por supuesto, sobra decir que esto no es algo que haga TODO el mundo a rajatabla en Japón (vamos, lo mismito que ocurre aquí en España con este dichoso día y los regalos de sancortinglés; hay gente que regala y otros que pasan del asunto, pues opinan que el día de los enamorados es tan sólo otra forma que se han inventado para sacarnos los cuartos).

Y con lo del White Day, idem de idem, están los que no regalan nada de nada, los que ofrecen un sencillo detallito y los pobrecitos resignados que acaban gastándose auténticos dinerales. Hay alguna aprovechada y listilla suelta que por una caja de bombones de 500 yenes quiere (prácticamente exige) que se le regale a cambio un bolsito de Xhanel de triquicientos mil :P Pero la gran mayoría de las japonesas no actúan de esta manera, que quede claro.

Pues aprovechando que mañana es San Valentín y que el Manzanares pasa por Madrid, he hecho un riquísimo bizcocho de chocolate para llevar al trabajo e invitar hoy a mis compañeros (tanto a los chicos como a las chicas). Sobre todo, porque mañana es sábado y no me toca trabajar ¡yupi! :)

Durante el almuerzo, algunos solemos reunirnos en una salita habilitada en mi empresa a tal efecto y  de vez en cuando llevamos algo especial de casa para compartir con el resto (galletas, tortilla de patata, pastelitos varios…). Mientras nos lo comemos, charlamos de todo un poco, intentamos arreglar el mundo y cosas por el estilo. Aunque, pensándolo más detenidamente, creo que la conversación acaba degenerando (como lo hizo en su día el espíritu del día blanco) hacia un mismo temita, el de siempre, el que algunos en mi empresa dicen medio en broma que se trata del ÚNICO realmente interesante para el ser humano, jajaja.

También creo que aprovecharé esta ocasión y llevaré una de las tabletas de chocolate con regaliz que aún me quedan y que me traje de Helsinki el año pasado. A mí me encantan, pero reconozco que no a todo el mundo le gusta el sabor amargo del regaliz.

Por cierto, el bizcocho lo tengo ya terminado (no como en mi pésima foto del encabezado, pero es que la neurona no daba para más). Le faltaba el recubrimiento exterior de chocolate y tres capas de relleno en su interior, dos de dulce de leche y otra más de cacao… El resultado, una pequeña obra de chocoarte ;) Espero que les guste a mis compañeros, en directo tiene una pinta estupenda y parece que está delicioso (confirmado: lo está) :D

Bueno, tampoco importa demasiado, porque aunque supiera a rayos, seguro que se lo iban a zampar todo enterito. Son una gente estupenda. Y mientras, estaremos intentando arreglar este mundo y el de pasado mañana también y acabaremos, cómo no, hablando del dichoso monotema…

En definitiva, como siempre…

Miss & Mister Robotto (1ª parte)

Martes, Enero 6th, 2009

 

 

 

Vivimos en un bloque de viviendas -uno de tantos-, situado en la periferia de una pequeña ciudad. Hace escasos minutos que mi marido ha salido por la puerta para coger el tren. Tardará algo más de una hora en llegar a su lugar de trabajo.

Me he levantado media hora tarde, la segunda vez este mes. Ayer me quedé a ver un programa en la televisión hasta que se hizo demasiado tarde. Confieso que ni siquiera me interesaba, pero necesitaba sentir que había hecho algo más que no fuera trabajar.

Tenemos un hijo de once años. Sus profesores nos han dicho que tiene un talento natural para la música. Cada mañana le preparo con cariño un pequeño pero contundente almuerzo que luego devorará a media mañana. Está creciendo y necesita alimentarse bien para rendir en sus estudios. Dentro de un rato pasará a buscarle un amiguito suyo que vive en el vecindario y se irán juntos hacia el colegio.

He salido corriendo de casa. Aún así, he perdido el primer tren y el siguiente no llegará hasta dentro de otros treinta minutos. Voy a llegar tarde al trabajo. He decidido meterme en el metro. En horas punta, el transporte es una auténtica locura. Con las prisas, he entrado atropelladamente en el vagón y he pisado sin querer a una mujer. Le he pedido mil disculpas. No he podido evitarlo. Me han empujado. Creo que he debido de hacerle un daño tremendo.

Tengo un trabajo a media jornada en un hotel. Me dedico a limpiar las habitaciones de la planta que tengo asignada. En ocasiones, mis tareas son bastante desagradecidas. Mi marido preferiría que me quedara en casa ocupándome de las labores del hogar y de nuestro hijo, pero necesitamos el dinero para pagar las facturas y las clases de piano del niño. Si no, apenas llegaríamos a fin de mes. Hoy me han pisado en el metro, cuando me dirigía al trabajo. Un chico ha tropezado conmigo en el vagón y ha hundido el tacón de su zapato en mi pie derecho. Luego se ha disculpado, pero me ha hecho bastante daño. He aceptado amablemente sus disculpas, pero he decidido no decirle nada sobre mi pie dolorido. Parecía ya bastante apurado y, no se por qué, me ha dado algo de pena.

He llegado a la oficina veinte minutos después de mi hora de fichar. Mi supervisor me ha estado regañando durante cinco minutos, y yo he estado otros cinco pidiendo disculpas. Sudando a mares por el apuro, me he sentado en mi puesto. Todo el mundo parecía estar afanado en sus quehaceres diarios. Ha sido un día horrible. No he comido para recuperar el tiempo perdido por la mañana, pero el mal ya estaba hecho. Mi jefe no ha dejado de mirarme con reproche durante todo el resto del día.

Siempre utilizo guantes, pero aún así, tengo las manos algo irritadas por los productos de limpieza. Son más fuertes que los que utilizo habitualmente en mi casa. El médico me ha dicho que alguna de esas sustancias me provoca alergia. Y la cremas que me receta no me solucionan el problema. Es posible que tenga que dejar el trabajo. Aunque de momento, se trata de una opción del todo impensable para mí. Los gastos, las facturas, el niño… Cada vez es más difícil encontrar algo en estos tiempos tan difíciles que corren. Y la cosa se complica con personas sin formación específica, como yo.

El reloj que hay en la pared marca que ha llegado la hora de salir, pero casi todo el mundo suele quedarse más tiempo en su puesto haciendo horas extra. Todo esto me parece un poco inútil, llevamos horas trabajando y ya estamos que no podemos más. Pero el que se marcha antes acaba señalado ante los jefes. Así que me quedo un rato más. Moviendo rutinariamente el montón de papeles de una pila hasta otra situada justo a su lado…

Cuando llego a casa después de trabajar, ordeno la habitación de mi hijo y limpio un poco el resto de la casa. A mi marido y a mí nos gustaría poder viajar al extranjero, conocer otras culturas, pero no tenemos suficiente dinero, ni dominamos bien ningún otro idioma. No pierdo la esperanza. Todos los meses intento ahorrar un poquito y dar un día una sorpresa a mi marido.

Parece que ha comenzado a nevar. Mi supervisor ha salido de su despacho y se ha despedido de nosotros. El pelota de turno le ha comentado en voz alta ‘¿por qué no vamos a tomar algo por ahí?’. Le ha parecido una buena idea. Teniendo en cuenta mi falta de puntualidad de hoy, no me ha quedado otra opción que sumarme al plan y he salido tras ellos como un corderito.

Una amiga mía se defiende bien con el inglés y ha descubierto en internet que se cuentan muchas historias erróneas sobre los japoneses. A veces me han entrado ganas de llorar cuando he escuchado algunas de esas cosas que afirman sobre nosotros. Si supiera cómo hacerlo, me gustaría contarles mi versión, que pudieran escuchar mi voz. Mi amiga me ha dicho que me calme, porque incluso si encontrara la forma de comunicarme con ellos, probablemente, ni me tendrían en cuenta…

He bebido demasiado -cosa que me sienta fatal-, pero no quería hacer un feo a uno de los medio-jefes que pagaba las rondas. Esto se ha prolongado más de la cuenta, hasta las diez y media de la noche. Cuando todo el mundo estaba tan borracho como para percatarse, he aprovechado la ocasión para escabullirme. Tengo que caminar despacio. La nieve en la acera y el alcohol en mis venas son una mala combinación cuando se llevan puestos unos zapatos con las suelas resbaladizas.

Sigue nevando copiosamente y recuerdo no haberle puesto las botas al crío esta mañana. Y mi hijo todavía no ha llegado a casa. Estoy un poco preocupada. Bajo hasta la calle con el pijama sin darme cuenta. Y me quedo más tranquila al ver que él y su amigo están tirándose bolas de nieve al otro lado de la calle.

Cuando por fin he llegado a casa, he recordado que la noche anterior había dejado el fregadero repleto de envases de comida precocinada. Me he sentado en el suelo del salón y he encendido la tele. Ponen algo que no me interesa en absoluto. Estaba a punto de echarme a llorar, pero entonces me he quedado dormido. Bueno, mañana será otro día. Y estoy totalmente convencido de que será mil veces mejor que éste.

El paisaje está cubierto por una gruesa capa nevada. El sol se asoma débilmente entre las nubes. Nos hemos puesto ropa de abrigo y hemos bajado los tres al parque que hay a unas manzanas de nuestro bloque de viviendas. Los chicos se lo han pasado en grande, han hecho hasta un muñeco de nieve y todo. Mientras me dedicaba a sacar unas fotografías del niño y de los árboles congelados, mi marido intentaba con un palo hacer ‘no se qué’ en el agua helada del estanque.

Me he levantado con un terrible dolor de cabeza esta mañana. He decidido bajar a la calle para ver si me despejaba un poco (y esta vez, con calzado a prueba de resbalones). También, porque necesito comprar algo de comida del konbini de la esquina. Me quedo parado en mitad de la carretera. No se divisa ningún coche en la lejanía, así que no hay riesgo de atropello. El sol brilla en todo lo alto. Cierro los párpados y dejo que sus rayos benéficos calienten serenamente mi pálido rostro. Cuando por fin me decido a abrir los ojos, descubro que una mujer un tanto risueña, con un gorro de lana entre sus manos, está observándome, divertida. Me da los buenos días y sigue su camino, entre sonrisas. No hay duda. Este día no podía haber comenzado mejor.

Hace mucho frío y hemos decidido regresar a la casa. Cuando estábamos cerca de nuestro edificio, me he dado cuenta de que mi hijo no llevaba puesto su gorro de lana. Se lo ha ‘regalado’ al muñeco de nieve, me ha dicho, para que no se constipara durante la noche. Después de convencerle de que no iba a necesitarlo, he vuelto otra vez al parque a recuperar el gorrito. Y ahí estaba. La verdad es que el muñeco estaba muy gracioso con él. Me he acercado también hasta el estanque. Por simple curiosidad. Pensé que mi marido estaba intentando romper el hielo. Pero no. Y me he alejado del parque con una sonrisa. Dejando atrás el estanque. Con nuestros nombres grabados en la gruesa capa helada de su superficie.

Escenas de la vida cotidiana que pueden estar ocurriendo ahora mismo en Japón, o en cualquier otro lugar de este mundo. O si no son éstas, otras muy similares. Situaciones que no tienen por qué ser glamourosas o sublimes para hacernos felices.

Porque por muy duras o rutinarias que sean las circunstancias, los seres humanos intentamos sobreponernos a ellas y salir siempre adelante.

Porque lo realmente valioso de nuestras existencias son todos esos pequeños momentos que muchas veces no vemos por caminar tan apresuradamente.

 

 

Porque ante todo, por muy diferentes que sean nuestras culturas, nuestro nivel de educación, nuestra raza, sexo o edad, algo tenemos en común todos nosotros. Nuestro espíritu de supervivencia. Nuestras ansias por disfrutar de las cosas bellas que nos regala la vida. Nuestra capacidad de sentir. De llorar. De amar.

En Japón. O en cualquier otro lugar de este mundo.