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Fragmentos de una Utopía » Femenino singular

Archivo de ‘Femenino singular’ Category

Osoji (II)

Lunes, Diciembre 31st, 2012

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A lonely dancer

Martes, Febrero 14th, 2012
 
 
 
Viento infame, hoy aúllas en la estepa,
lobo solitario, bajo la luna llena persigues tus propios gritos de amargura.
La luna se marchita, observa sus bordes, se agrietan sobre la noche.
 
Tú, que te creíste con derecho a pasearte sin respeto por la tierra yerma,
siempre contemplando el presente desde tu espejo retrovisor,
indiferente a vencimientos y guerras baldías.
 
Díme ahora, espíritu solitario,
si ya lo has visto todo, qué sigues buscando todavía.
 
Tú, paseante eterno, que te abandonaste al vértigo cegador del abismo
que azotaste balandros como marionetas, sin importarte siquiera,
dejándolos chocar estrepitosamente contra el rostro arrugado de los viejos acantilados.
 
Si sobrevuelas impasible océanos oscuros y ciudades deshauciadas y sombríos campos invernales, ¿por qué te refugias ahora al abrigo de olvidadas melodías y aromas antiguos?
 
¿Recuerdas aún lo frágiles que eran?
 
(Como pétalos bañados por el rocío del alba,
como el dulzor cálido de los frutos madurados al sol del estío).
 
¿Recuerdas acaso cuando me levantabas la falda y te ensortijabas en mi pelo
y enrojecías mis mejillas y te arremolinabas alrededor de mi cintura?
 
Ahora sólo queda una casa deshabitada, un desierto sin arena, una tierra sin su horizonte.
 
Ahora tus dedos se pasean por mi espalda y sólo estallan los silencios,
como si estuvieras tocando un arpa de hielo.
 
Díme entonces, espíritu vencido,
tú que ya lo has visto todo,
díme cuándo te diste cuenta de que nunca fuiste capaz de amar.
 
 

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Unlucky Island

Domingo, Febrero 14th, 2010

 

 

Aromas del cumarú
desmayan la noche

..y sueña la isla
acunar el espejismo

 

 

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Foto: Teresa Zafón

 

One

Martes, Septiembre 29th, 2009

 

 

 

Aniversario (Del lat. anniversarĭus, que se repite cada año) : Día en que se cumplen años de algún suceso. 

 

A estas alturas de la noche, con unas siempre escasas horas por delante para intentar dormir un rato, despejarme un poco e irme luego a trabajar, no me queda nada lúcido en la mente, ni nada ocurrente que añadir en esta ocasión. La poca energía que me quedaba en este día la empleé en desvariar un poco en la entrada anterior ;)

Así que ahora podría relatar lo que sucedió hace exactamente un año, esa ilusión de preparar la primera entrada, los contratiempos que obstaculizaban que todo saliera de la mejor forma posible, las dificultades técnicas que no acertaba a comprender, el nerviosismo por un proyecto que sentía como algo muy mío. Podría también contar el motivo por el que me decidí a escribir un blog como éste, a todas luces solitario desde su nacimiento. Pero mi intención no es que se aburran con mis palabras…

Solamente quería dejar constancia en el blog de ese día que ya se nos fue (a veces los humanos no podemos evitar hacer cosas como éstas, c’est la vie) y añadir unas breves líneas con mi más sincero agradecimiento para todas aquellas personas que alguna vez cayeron despistadas en este lugar (gracias san google, gracias azar, gracias aburrimiento), a los que se pasearon por esta humilde casa y no volvieron más, a los que llegaron para quedarse y me acompañan siempre, dondequiera que se encuentren. A los amigos que me apoyan, aunque no me dejen ni un solo comentario. Y a todos los que -no importa ahora si me conocen o no-, me arropan con sus visitas, con sus palabras, con su amistad.

Gracias, un millón de gracias, a todos sin excepción, porque sin vosotros, sin ustedes, este blog que también es el suyo, sería una triste habitación llena de nada.

 

 Una canción algo teen para una persona especial:

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 Una canción que no me canso de escuchar,  dedicada a todos ustedes:

 

 

¿Se me olvida algo? Mmmm, vamos a ver, seguro que así es… tan sólo espero que no sea demasiado importante… a estas horas de la madrugada, una ya es esclava del cansancio.

 

(y así se va otro año más; uno que se me escapa sin darme apenas cuenta…)

 

El viejo álbum repleto de fotografías que nunca existieron

Domingo, Mayo 3rd, 2009

 

  

 

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A veces echo de menos el sabor de la tarta con fresas y nata -tu preferido- que servían en aquella cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen y techo con formas hexagonales, cerca de la Puerta del Sol.

La primera vez que lo viste en aquel escaparate, no pudiste evitar pararte a contemplarlo. Y a mí se me hacía la boca agua ante semejante obra de arte culinaria. Los precios del establecimiento eran demasiado elevados para un bolsillo medio, pero aquel pastel enorme parecía estar hablándote desde el expositor, así que miraste el dinero que llevabas en el billetero, me tiraste de la mano y entraste con paso decidido en el local.

Le pediste al camarero que te sirviera una ración de aquella sabrosa tarta y que, si no le importaba, añadiera dos cubiertos en lugar de uno. Un vaso de agua -que era gratuito- completaba la consumición, pues el presupuesto del día no daba entonces para mucho más…

Regresar a la misma cafetería y admirar desde la calle aquella maravilla, se convirtió en nuestro pequeño ritual a lo largo de varios años de mi niñez cada vez que volvíamos por la misma zona de Madrid. Además de una delicia para los sentidos. De vez en cuando, entrábamos y nos pedíamos una única ración de tarta junto con un par de tenedores. Y un vaso de agua también. Faltaría más.

Hace unos cuantos días me reencontré con un pequeño grupo de fotografías extraviadas que se habían colado por descuido entre los libros y los dvd de una de las estanterías. Ojear de vez en cuando viejos álbumes repletos de viejas fotos ha sido algo que, en cierta medida, siempre me ha gustado, pero que a la vez me llena de una extraña melancolía por todo aquello que un día fue, por todas aquellas personas que hoy ya no están o que se encuentran demasiado lejos de aquí. Y de mí.

Esas fotografías recuperadas del olvido me hicieron pensar en las que acabaron perdiéndose irremediablemente no se sabe bien por qué motivo, o peor aún, en todas aquéllas que nunca jamás llegaron a hacerse y que merecieron haber existido. Para poder volverlas a ver, al menos, una, cien… mil veces más.

Un día como éste. O como otro cualquiera.

Porque me hubiera gustado verme, ver cómo era yo, en algunas situaciones de un pasado que atesoro con especial cariño. Porque a ti te recuerdo perfectamente tal y como eras. Tu impresión en mi memoria permanece imborrable.

Como cuando decidía cubrirme el rostro con uno de los cojines del sofá, el que tenía más a mano, tratando así de no ver las escenas más sangrientas de la película de turno, mientras me decías que me avisarías cuando hubieran acabado.

Yo siempre picaba como una tonta -asustada como estaba- y a tu indicación, me quitaba el cojín de la cara antes de que las escenas horribles hubieran terminado (aunque reconozco que tampoco eran tan tremendas, al fin y al cabo). Y entonces allí estabas tú, delante de mí, con las imágenes terroríficas de fondo, intentando componer una cara monstruosa con la que pegarme un susto tremendo. Pero al final, en lugar de llorar de miedo, lo hacía de risa, porque tu interpretación era un auténtico esperpento…

Supongo que ese es uno de los motivos por el que las películas de terror no me infunden tanto miedo, sino más bien todo lo contrario. En mitad de la escena más sobrecogedora, a veces no he podido evitar echarme a reír en la negritud de la sala del cine, así que es posible que algunas personas hayan llegado a pensar que estaba un poco chalada… aunque eso es algo que nunca me ha importado demasiado. 

Creo que darle el justo valor a las situaciones y a las personas, además de (son)reír son dos de las mejores cosas que me enseñaste a hacer en esta vida. También, te debo el impregnarme de esa cabezonería tuya (dicen que de tal palo, tal astilla), de ese espítitu de lucha y de tu enorme capacidad de sufrimiento, que me han servido durante todos estos años para intentar superar (con mayor o menor fortuna) los momentos más duros y difíciles de mi existencia. E intentar ver, siempre, el lado positivo en cada situación, aunque a menudo sea tan difícil encontrarlo y me sienta derrotada.

Hoy la vieja cafetería donde degustábamos la mejor tarta con fresas y nata de Madrid, ya no existe. En su lugar, desde hace años, las ruidosas máquinas de unos salones recreativos ocupan el espacio de aquellas mesas de estilo setentero en las que nos sentamos un puñado de veces.

Cuando paso por delante, no puedo evitar mirar de refilón dentro del local, por ver si consigo verte a ti, a las dos, entre fresas, tenedores y vasos de agua de grifo.

Porque aunque la cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen ya no exista, nadie podrá borrar jamás de mí esas imágenes, fotografías que nunca llegaron a plasmarse en un papel.

Aquellas hermosas huellas de nuestro pasado. 

 

 

 Fotografías sacadas de google

 

Tokyo Rose

Domingo, Marzo 8th, 2009

 

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Iva Ikoku Toguri, nació el 4 de Julio de 1916 en Los Ángeles. Su historia de injusticia fue una más de las vergüenzas de los Estados Unidos a lo largo del siglo XX.

La historia de una vida destruida por gobiernos miserables.

Hija de unos inmigrantes japoneses, Iva era una persona integrada en la sociedad norteamericana. Fue girl scout y tocaba el piano. Decidió estudiar en la Universidad de California y se graduó en Ciencias en 1941.

Ese mismo año, sus padres recibieron la noticia de que un familiar en Japón -la tía Shizu- enfermó muy gravemente. Debido a que su madre padecía de diabetes, le tocó a ella representar a la familia en un viaje obligatorio a Japón cuando, según la tradición, algún familiar está cerca de la muerte.

Se embarcó rápidamente en un vapor con destino al país nipón (el viaje duraba entonces unos veinte días), pero sin el tiempo suficiente de solicitar y recibir un pasaporte convencional. Salió de los Estados Unidos tan sólo con un certificado de identificación donde se indicaba que era estudiante.

Tras tres meses de estancia en Japón y antes de que caducara su permiso para permanecer en el país, se dispone a regresar a Los Ángeles. Pero para las autoridades de inmigración japonesas, no existen suficientes indicios de su nacionalidad estadounidense (recordemos que no llevaba pasaporte, sólo un certificado) y no puede abandonar Japón. Iva queda entonces a la espera de resolverlo con la diplomacia de su propio país, pero en menos de un mes, se produce el ataque a Pearl Harbor. Estalla la guerra y ella -una ciudadana estadounidense- se encuentra atrapada en suelo nipón.

Intenta huir pero los burócratas americanos paralizan su petición y es olvidada en la última evacuación. Por otro lado, ante las autoridades japonesas se declara americana y pide ser internada en un campo de concentración junto a otros de sus conciudadanos detenidos, pero las autoridades deniegan su petición por ser mujer y también por su ascendencia japonesa.

Los vecinos de su familia ejercen una enorme presión a causa de sus costumbres extranjeras, su manera de pensar y de comportarse. Iva es denunciada y un día, la Kempeitai (policía secreta japonesa)  realiza un registro en su casa y al regresar, se encuentra con las maletas en la calle.

Ni siquiera puede optar a la comida racionada ya que es considerada una extranjera. Deambula por las calles y es víctima de una depresión, siendo más tarde internada en un hospital con un pronóstico de sufrir una grave desnutrición.

Iva no hablaba bien el japonés y empieza a trabajar para poder pagarse las clases. Fue mecanógrafa, dio clases de piano, trabajó de traductora en una agencia, donde transcribió noticias de los medios extranjeros y allí se entera de que sus padres habían sido trasladados a un campo de concentración. También, de la muerte de su madre, que no había soportado el traslado.

Finalmente, consigue otro trabajo de mecanógrafa/traductora en Radio Tokyo (NHK), en un programa producido por el Mayor Charles Cousens –antiguo locutor, prisionero de guerra y torturado hasta ser forzado a colaborar- titulado The Zero Hour, donde se obligaba a un grupo de prisioneros norteamericanos a conducir una emisora de radio destinada a los marines.

The Zero Hour tuvo un total de 340 emisiones en las se alternaba propaganda anti-americana y música popular de ese país. La intención de esos programas era desmoralizar a los marines hablándoles de sus casas, sus novias, sus familias y sus costumbres. Radio Tokyo se convirtió para los soldados estadounidenses en la radio enemiga cuyas locutoras despertaban en ellos sentimientos que iban desde el odio hasta la nostalgia.

En ese programa trabajaron unas 20 locutoras (los japoneses supusieron que las voces femeninas eran mejores para sus propósitos), casi todas nacidas en los Estados Unidos, pero de ascendencia japonesa, que recibieron el sobrenombre primero de “Ann” por annoucer y después Orphan Ann. “Tokyo Rose” fue el sobrenombre con que los soldados norteamericanos rebautizaron a las 20 “Orphan Ann” que escuchaban cada noche desde sus barcos o submarinos.

Terminada la guerra, se produjo la ocupación norteamericana. Y con las tropas, llegaron los periodistas, muchos interesados en  ponerle cara a la voz de aquella Tokyo Rose que aparecía en cartas y relatos de los supervivientes. Alguien les dio el nombre de Iva. La localizaron y le ofrecieron dinero -unos 10 mil dólares- por la entrevista. Los periodistas le pusieron como condición que firmara una declaración diciendo que era “Tokyo Rose”. Por entonces, ella ya se había casado con Felipe d’Aquino -portugués con ancestros japoneses- y como el matrimonio no tenía recursos, aceptó la propuesta. Además, como todos sabían, “Tokyo Rose” no existía.

Un terrible error que le costaría demasiado caro.

Después de la entrevista, los periodistas se encargaron de entregar todo el material reunido a la policía militar. Iva fue inmediatamente detenida y encarcelada.

Las otras locutoras “Tokyo Rose” habían renunciado a la nacionalidad estadounidense, pero Iva no, y por ese motivo el fiscal encontró la forma de acusarla por traición a la patria. Se hizo una investigación a fondo y ni el ejército, ni el FBI, ni el Departamento de Justicia de EEUU, encontraron algo sólido para la acusación. El caso fue archivado y la pareja pensó que todo había acabado. Iva pidió el pasaporte para regresar con su familia y a su país.

Pero una caza de brujas por parte de la prensa norteamericana la tomó como objetivo;  diversas organizaciones conservadoras norteamericanas lanzaron campañas de protesta, mientras la prensa furibunda y racista se frotaba las manos con la ganancias que siempre reporta un chivo expiatorio.

Iva fue arrestada nuevamente en Japón y deportada a San Francisco, sin permitirle a su esposo que la acompañara. De hecho nunca le permitieron el ingreso en los Estados Unidos. En contra de su voluntad, la pareja se divorció en 1980 y d’Aquino murió en 1996.

Un tribunal federal la acusó de traición. Pero la prensa sensacionalista y el revanchismo no conseguían ninguna prueba. Sus propios compañeros en Radio Tokyo, prisioneros de guerra norteamericanos, declararon que no era una traidora. El mismo fiscal acabó reconociendo que había sido presionado para presentar el caso, y el jurado no era capaz de encontrar tampoco ningún motivo para una condena.

A los tres meses, este caso se había convertido en el juicio más caro de la historia de los EEUU (entre 9 y 10 millones de dólares). El juez apremió a dar un veredicto sin más dilaciones. El veredicto la declaró inocente en 7 de los cargos y culpable en uno. Era culpable por hablar “delante de un micrófono sobre acciones relacionadas con el hundimiento de barcos estadounidenses”. La pena mínima era 5 años y 5 mil dólares de multa. La pena máxima para casos de traición era la pena de muerte.

Finalmente, Iva fue condenada a cumplir una pena de 10 años y a pagar 10 mil dólares, además de ser despojada de la nacionalidad estadounidense.

Cumplió seis años de los diez y en 1956, fue liberada y deportada a Japón, donde se reunió con su esposo. El Departamento de Justicia reclamó el pago de los 10 mil dólares de multa y se lo cobró despojando a su padre de las tierras que le pertenecían cuando murió en 1972.

Ron Yates, un periodista del Chicago Tribune, interrogó a varios de los acusadores de Iva.  Estos le confesaron haber sufrido presiones por parte de los fiscales para mentir. Ya como decano de la Universidad de Illinois, retomó el caso “Tokyo Rose” como un ejemplo de injusticia.

Por fin, en 1977, al presidente Gerald Ford finalmente se le cayó la cara de vergüenza después de leer su historia en un periódico, perdonó de manera incondicional a Iva  y decidió darle una pensión por falso encarcelamiento, pidiéndole excusas en nombre de la Nación, y manifestando que estaba convencido de que fue falsamente acusada y condenada.

Iva pudo regresar a los EEUU y vivió los últimos años en un lugar de Chicago hasta 2006, año en que murió.

Descanse en paz.

 

 

Mi particular homenaje a una mujer que sufrió enormes injusticias y humillaciones en su vida por causa de su trabajo (que se vio abocada a realizar por la confluencia de una serie de desgraciados acontecimientos imposibles de controlar y que golpearon su vida para siempre).

Ójala llegue un tiempo en el que no haya que conmemorar nunca más en todo el mundo días como éste de hoy, que ya finaliza, porque se haya convertido en un hecho de lo más cotidiano. Lástima, porque creo que no lo verán mis ojos.

Sin embargo, tengo que añadir que me considero una gran afortunada de poder vivir en esta época de grandes avances sociales para la mujer. En este país. Aquí y ahora. Muchas mujeres de mi tiempo que viven en otros lugares del planeta no pueden decir lo mismo.

 

Fotografías: wikipedia y archivos fotográficos de la II Guerra Mundial