
Estamos los dos vestidos de oscuridad. Uno frente al otro.
Un silencio incómodo invade cada segundo. Y precisamente hoy, decides que nos sentemos en el helado suelo junto a la chimenea, otrora testigo de nuestro incombustible fuego. Aquel junto el que un día creímos en la vida… donde coloreamos una a nuestro antojo… cuando aún soñabamos que seríamos capaces de cambiarlo todo.
Tus manos barajan habilidosamente el mazo de cartas mientras me levanto a duras penas y apago la luz de la habitación.
-Creo que ya está- me respondes.
-Entonces… reparte- te susurro.
-¿A qué jugamos?- me preguntas.
Y un ahogado nolosé, un quejumbroso lamento levemente exhalado por mi boca, resuena en la quietud de la estancia.
Empiezas lentamente a repartir uno a uno los naipes, que chocan silenciosamente contra el suelo. Ese mismo suelo que un día compartimos, convertido hoy en singular acompañante del exiguo vacío que ahora mismo nos separa.
Creo contar nueve cartas al formar mi abanico. En cambio, tú, sólo puedes tomar siete entre tus manos.
-Soy un tramposo- me señalas divertido.
Pero tan sólo sigues las reglas de este maldito desafío que hoy te has empeñado en jugar.
-Tú comienzas…- el eco de mi voz desgarrando la penumbra.
Y mientras me replicas, tu primera carta cae pesadamente entre nosotros.
Reflexiono largamente mi jugada y mi turno se traduce en el tímido lanzamiento de uno de mis antiguos naipes. Resulta evidente que esta mano que no podemos ver ha caído de mi lado, por lo que no emites protesta alguna cuando recojo las dos cartas solitarias.
Mía es la primera victoria, aunque esta absurda competición no haya hecho más que comenzar…
-He pensado mucho en aquello que dijiste…- comentas en tono pretendidamente distraído mientras una de tus cartas se pone nuevamente en movimiento.
-Te he dicho muchas cosas. ¿A cuál de ellas te refieres?- te contesto fingiendo la voz despreocupada, de la misma manera que aparento elegir una nueva carta.
-Me refiero a aquello que me confiaste…- susurras en voz baja, inaudible casi, mientras recojes esta vez, triunfante, tu premio.
Y rápidamente, antes de que pueda articular palabra alguna, lanzas tu nueva jugada.
(Un montón de veces me he preguntado si en ese momento tu mirada estaba tratando de esquivar o no la mía, a pesar de hallarnos envueltos por la negrura…)
-Así que se trata de eso…- musito lastimada.
-Si hubiera sabido que te iba a causar tal desazón, no te hubiese contado nada- añadí.
Mis dedos titubearon por un instante ante la elección de una nueva carta, sin saber que la suerte ya estaba echada.
Un nuevo lance y los puntos cayeron de nuevo de tu lado.
En la oscuridad, noté cómo tu sonrisa se volvía grave. Y también, la violencia con la que tiraste tus naipes al suelo. El resto de los míos fueron cayendo caóticos sobre mi regazo.
-Eres un tramposo- protesté enojada.
-Ya lo sé- dijiste, sin intentar defenderte.
Procedente de algún lugar umbrío, comenzó a sonar entonces una melodía desacompasada. Y una vez más, nos hallamos envueltos en medio de un perverso juego de voces y sombras.
-Tengo miedo de que te vayas- te confieso.
-Ya lo sé…- respondes nuevamente.
-Pero son las reglas de este juego-
-Tengo miedo de que algún día pueda llegar a olvidarnos- lloré desconsolada.
-Maldita sea ¡Dejemos de jugar!-
Y me besaste.
La eternidad encerrada en un instante. En un único y sentido beso.
-Si tuviera cien vidas, una entera la dedicaría sólo para tí- sentenciaste.
-Si yo tuviera cien vidas, te entregaría todos y cada uno de mis segundos- te contesté suavemente.
Imaginé entonces tu sonrisa brillando en la oscuridad, mientras intentaba disimular lo amarga que había llegado a convertirse la mía. La que nunca jamás acertarías a imaginarte.
Las semanas siguientes la incertidumbre fue estableciéndose silenciosamente en nuestras existencias, mientras tu maleta aparecía y desaparecía continuamente del umbral de la casa. Y tras mis ventanales, la nieve fue poco a poco cubriendo serenamente este fúnebre paisaje, prisionero de una odiosa y cruel pesadilla.
En cambio, en tu corazón comenzó irremediablemete a instalarse un desierto árido e implacable que todo lo quemaría y lo arrasaría. Que incluso barrería cualquier rastro humano que aún permanecía intacto en tu interior. Y que se llevaría también consigo, los desnudos e indefensos pedazos de esta infortunada alma mía.
Femenino singular:
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Axioma de la recurrencia y del eterno adiós:
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(Moon Phase: Waning Crescent 10% of full)
Fotografía de Vlad Gansovsky
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