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Fragmentos de una Utopía » Moonlit tales

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Moonlit tale: V. Untitled song…

Lunes, Febrero 9th, 2009

 

Caminé sonámbula tras un espejismo,
intentando capturar un corazón helado con cucharillas de arena.

Me escondí tras la sombra del maremoto,
empeñada en hacer malabarismos con los descosidos de este alma.

Nunca aspiré a ser experta en juegos de manos,
una insoportable soledad se instaló cual herrumbre tras mis párpados salinos.

Y durante un millón de kilómetros caminé a la deriva con los pies desnudos,
mientras mis venas se marchitaban bajo la luz de siete lunas distantes.

Qué delgada es la línea que separa el infierno de la tierra si las heridas,
a cada paso, se alimentan con los filos acerados de un espíritu desgarrado.

Un amanecer me alcanzó inesperado liberándome del oscuro sueño,
su melodía disipó los fantasmas, los enterró bajo los océanos secos de Mercurio.

Las tiritas que cubrían el desconsuelo se desintegraron en mis ojos,
y derribé con mis manos el muro de sus vencidas promesas de hojalata.

Hoy puedo gritarle al viento que soy una superviviente,
al fin he recuperado las perdidas llaves de la derruida fortaleza.

Y qué delgada aparece la invisible línea entre la tierra y el paraíso,
ahora que mi sonrisa es eterna y se refleja cálida en el jaspe de tu mirada.

 

(Penumbral Lunar Eclipse)

 

Fotografía de flickr

 

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Sábado, Diciembre 27th, 2008

No conseguía conciliar el sueño por las noches.

Todo comenzó con un insomnio autoinducido que, de manera involuntaria, fue escapándose de sus manos y acabó convirtiéndose en una insana costumbre que ya no acertaba a controlar.

De noche, permanecía en vela. Descansaba apenas tres o cuatro horas, cuando vencida por el cansancio, se abandonaba ya sin fuerzas al olvido. Por las mañanas, preparaba bolsitas de infusión para bajar la hinchazón de los ojos y se ponía la máscara que tan hábilmente había aprendido a manejar, antes de salir a la calle. Y nadie se daba cuenta de nada. Porque nadie sabía cómo mirar ese profundo y oscuro pozo en el que se había convertido su mirada.

Apagaba la luz de la habitación y se acostaba en la cama con la vista clavada en el techo. Tremendamente exhausta, pero no lo suficiente aún como para cerrar sus fatigados ojos. Y así esperaba siempre, paciente, hasta que los habitantes de la casa hubieran caído ya rendidos en brazos de Morfeo.

Ni siquiera sabía cuánto tiempo permanecía en este estado, tumbada sobre la cama, con la mirada observando el vacío de la habitación, mientras su mente divagaba entre penumbras y amargos pensamientos. Por encima de su cabeza, observaba cómo flotaban lenta, cruelmente, sus recuerdos. Imágenes y más imágenes que surgían de las profundidades de su memoria, entremezcladas, salpicando de sentimientos las oscuras paredes.

Y de repente, en la quietud de la noche, comenzaba a sollozar.

Era tanto el tiempo que transcurría hasta que tenía la certeza de que nadie -absolutamente nadie- podía escucharla, que un río de lágrimas se apretujaba tras sus ojos. Y una tormenta de violencia inusitada estallaba entonces en aquella habitación. Hundía rápidamente su cara en la blanda almohada en un intento por acallar el sonido salado de sus sentimientos. Pero los ríos fueron convirtiéndose en lagos, y los lagos en un mar. Y ya no había almohada en este mundo capaz de frenar aquella marea.

A menudo tenía extraños pensamientos y creía, asustada, que hacía tiempo que había dejado de pertenecer a la raza humana. Porque el común de los mortales sería incapaz de llorar tanto como ella lo había hecho durante semanas. Durante meses incluso.

Un día decidió que no volvería a llorar nunca más. Se lo prometió a sí misma. Y desterró la almohada de su habitación.

Pero se trataba de un reto bastante difícil de llevar a cabo. Porque los ríos de lágrimas no paraban de fluir continuamente hacia ella. Y la vieja almohada capaz de frenar aquella inundación ya no existiría nunca más.

Poco a poco, se fue convirtiendo en profesional en tragarse los sentimientos. La primeras lágrimas que se quedó dentro morían en su garganta. Pero se clavaban como enormes cuchillos afilados, rasgando su alma y acrecentando las heridas en su corazón. Sentía una punzada inmensa cada vez que el menor lamento pretendía asomar por su boca. Pero se la apretaba como podía con ambas manos y así evitaba que saliera al exterior. Y noche tras noche, soportaba un infierno de dolor y angustia en vida.

Ya no se oirían más quejidos ni sollozos en la quietud maldita. Nunca. Aunque lo que no consiguió jamás fue dejar de llorar. Porque entonces, hubiera tenido que dejar de pertenecer a la raza humana. O acaso, desaparecer para siempre.

Sin embargo, aprendió a controlar aquella lluvia en un absoluto y doloroso silencio. Mientras las lágrimas seguían resbalando calientes, amargas, por su rostro. Mientras su cuerpo tembloroso y triste intentaba,  a duras penas, curarse.

Fue así como su torturada alma, descompuesta, abatida, iba marchitándose lentamente. Completamente sola, abandonada a su suerte.

Y ya no soñaba con hallar un pequeño milagro que mitigara aquellas heridas. Las provocadas por unos recuerdos de aquel pedazo de vida que un lejano día pudo acariciar entre sus manos.

(Moon Phase: New Moon 0% of full)

Fotografía de flickr

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Miércoles, Diciembre 24th, 2008

 

 
Estamos los dos vestidos de oscuridad. Uno frente al otro.

Un silencio incómodo invade cada segundo. Y precisamente hoy, decides que nos sentemos en el helado suelo junto a la chimenea, otrora testigo de nuestro incombustible fuego. Aquel junto el que un día creímos en la vida… donde coloreamos una a nuestro antojo…  cuando aún soñabamos que seríamos capaces de cambiarlo todo. 

Tus manos barajan habilidosamente el mazo de cartas mientras me levanto a duras penas y apago la luz de la habitación.

-Creo que ya está- me respondes.

-Entonces… reparte- te susurro.

-¿A qué jugamos?- me preguntas.

Y un ahogado nolosé, un quejumbroso lamento levemente exhalado por mi boca, resuena en la quietud de la estancia.

Empiezas lentamente a repartir uno a uno los naipes, que chocan silenciosamente contra el suelo. Ese mismo suelo que un día compartimos, convertido hoy en singular acompañante del exiguo vacío que ahora mismo nos separa.

Creo contar nueve cartas al formar mi abanico. En cambio, tú, sólo puedes tomar siete entre tus manos.

-Soy un tramposo- me señalas divertido.

Pero tan sólo sigues las reglas de este maldito desafío que hoy te has empeñado en jugar.

-Tú comienzas…- el eco de mi voz desgarrando la penumbra.

Y mientras me replicas, tu primera carta cae pesadamente entre nosotros.

Reflexiono largamente mi jugada y mi turno se traduce en el tímido lanzamiento de uno de mis antiguos naipes. Resulta evidente que esta mano que no podemos ver ha caído de mi lado, por lo que no emites protesta alguna cuando recojo las dos cartas solitarias.

Mía es la primera victoria, aunque esta absurda competición no haya hecho más que comenzar…

-He pensado mucho en aquello que dijiste…- comentas en tono pretendidamente distraído mientras una de tus cartas se pone nuevamente en movimiento.

-Te he dicho muchas cosas. ¿A cuál de ellas te refieres?- te contesto fingiendo la voz despreocupada, de la misma manera que aparento elegir una nueva carta.

-Me refiero a aquello que me confiaste…- susurras en voz baja, inaudible casi, mientras recojes esta vez, triunfante, tu premio.

Y rápidamente, antes de que pueda articular palabra alguna, lanzas tu nueva jugada.

(Un montón de veces me he preguntado si en ese momento tu mirada estaba tratando de esquivar o no la mía, a pesar de hallarnos envueltos por la negrura…)

-Así que se trata de eso…- musito lastimada.

-Si hubiera sabido que te iba a causar tal desazón, no te hubiese contado nada- añadí.

Mis dedos titubearon por un instante ante la elección de una nueva carta, sin saber que la suerte ya estaba echada.

Un nuevo lance y los puntos cayeron de nuevo de tu lado. 

En la oscuridad, noté cómo tu sonrisa se volvía grave. Y también, la violencia con la que tiraste tus naipes al suelo. El resto de los míos fueron cayendo caóticos sobre mi regazo.

-Eres un tramposo- protesté enojada.

-Ya lo sé- dijiste, sin intentar defenderte.

Procedente de algún lugar umbrío, comenzó a sonar entonces una melodía desacompasada. Y una vez más, nos hallamos envueltos en medio de un perverso juego de voces y sombras.

-Tengo miedo de que te vayas- te confieso.

-Ya lo sé…- respondes nuevamente.

-Pero son las reglas de este juego-

-Tengo miedo de que algún día pueda llegar a olvidarnos- lloré desconsolada.

-Maldita sea ¡Dejemos de jugar!-

Y me besaste.

La eternidad encerrada en un instante. En un único y sentido beso.

-Si tuviera cien vidas, una entera la dedicaría sólo para tí- sentenciaste.

-Si yo tuviera cien vidas, te entregaría todos y cada uno de mis segundos- te contesté suavemente.

Imaginé entonces tu sonrisa brillando en la oscuridad, mientras intentaba disimular lo amarga que había llegado a convertirse la mía. La que nunca jamás acertarías a imaginarte.

Las semanas siguientes la incertidumbre fue estableciéndose silenciosamente en nuestras existencias, mientras tu maleta aparecía y desaparecía continuamente del umbral de la casa. Y tras mis ventanales, la nieve fue poco a poco cubriendo serenamente este fúnebre paisaje, prisionero de una odiosa y cruel pesadilla.

En cambio, en tu corazón comenzó irremediablemete a instalarse un desierto árido e implacable que todo lo quemaría y lo arrasaría. Que incluso barrería cualquier rastro humano que aún permanecía intacto en tu interior. Y que se llevaría también consigo, los desnudos e indefensos pedazos de esta infortunada alma mía.

 

Femenino singular:

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Axioma de la recurrencia y del eterno adiós: 

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(Moon Phase: Waning Crescent 10% of full)

Fotografía de Vlad Gansovsky

 

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Moonlit tale: II. Sea in flames.

Viernes, Diciembre 12th, 2008

 

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Somos seres de agua. Marea desbocada. Oleadas de suspiros resbalando por la comisura de unos labios. Mientras tus manos van componiendo melodías, mis ojos saborean la belleza de un amanecer. Tu cálido aliento inunda los segundos. Y mi sonrisa se pierde en el almíbar de tu boca.
 
Me muestras el camino a ese océano de anhelos, donde toda distancia acaba por convertirse en cero. Sorbiendo el delicioso aroma de las velas encendidas. Deleitándonos con el tibio sabor del dulce licor de un verano.

Qué poco importa ahora ganar o perder batallas, si a cada paso escribimos poemas sobre el dorso de esta luna llena. Qué poco importa ganar o perder una guerra, si esta noche decidimos secuestrar el tiempo y las estrellas son las dueñas del deseo.

Sintiendo. Viviendo. Soñando… dulzuras.

Tan sólo somos unos seres de agua suspirando por playas imaginadas. Balanceándonos al ritmo del oleaje, acortando los espacios, estrellándonos con violencia contra las rocas.

Y un efímero escalofrío. Una locura divina. Un único latido componiendo la banda sonora de un abismo.

Y la vida. Y el infinito. Atrapados en tu mirada.

 

 

 
 
 
 
(Moon Phase: Full Moon 100% of full)

 
 
 
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Miércoles, Diciembre 10th, 2008

 

… 

Descorrió levemente las cortinas de la habitación y escrutó el cielo en busca de algún indicio de tormenta. No tardó demasiado tiempo en decidir que no tomaría el autobús aquella tarde; prefería dar un largo paseo por la ciudad y recorrer a pie la distancia que separaba su casa de la apartada sala de proyección.

Se enfundó los guantes negros, enroscó la bufanda amarilla alrededor de su cuello y salió en tromba a la calle en busca de un soplo de aire fresco con que calmar la extraña inquietud que se había apoderado de su alma.

Nada más comenzaron a presentarles, ya tenían la curiosa sensación de haber compartido juntos un millón de experiencias en otras vidas. Porque a veces tan sólo nos bastan cinco minutos para sentir esa cercanía, ese vínculo especial con una determinada persona a la que acabamos de conocer hace apenas un breve instante.

Fue durante una de esas insignificantes conversaciones -de esas que alguna vez todos hemos mantenido en un bar-, rodeados de humo y empujones, cuando ambos comenzaron a darse cuenta de su mutua afición por el celuloide. Y por la música. Y por los bocadillos de calamares.

Así que el día que él apareció casualmente con un par de invitaciones del cineclub para la sesión del miércoles, a ella le fue imposible rechazar su ofrecimiento. Hasta entonces, él había acudido siempre solo a la sala de cine. Y había ido almacenando aquella otra entrada desparejada en el fondo del cajón de la cómoda, porque le apenaba el tener que tirarlas irremediablemente al cubo de la basura. Y poco a poco, sin darse cuenta, se había ido convirtiendo en un experto coleccionista de soledades.

Hacía ya unas horas que el sol se había ocultado tras los edificios y un viento helador barría del suelo las hojas que no habían quedado demasiado ajadas por la llovizna de la mañana. Las calles lucían completamente desiertas bajo la mirada de una luna indiferente.

La quietud de la noche se vio interrumpida por el ruido amortiguado de unos pasos sobre la hojarasca marchita. Un par de figuras se aproximaban apresuradamente desde el fondo de la calle, escasamente iluminada por la vacilante luz de un grupo de estiradas farolas.

Las sombras sortearon hábilmente las decenas de charcos y dejaron atrás la zona descubierta del aparcamiento. El murmullo apagado de sus voces se fue convirtiendo en palabras a medida que se acercaban al abrigo de los edificios. Decidieron entonces pararse un instante frente al escaparate de una frutería. Las ráfagas de aire habían castigado con dureza las mejillas de la muchacha, que tenía las manos completamente ateridas de frío. Él se quitó los guantes de lana y se los ofreció educadamente a ella. Y así permanecieron inmóviles durante largo rato, contemplando silenciosamente las cajas de frutas que se amontonaban al otro lado del cristal.

De pronto, una pregunta inesperada salió de sus labios amoratados:

-¿Cuántos cigarros había en el cenicero?-  dijo él sin apartar la vista del escaparate.

-Mmm…- respondió ella.

-…Así que tú también te fijaste en aquella escena sin importancia…-  añadió.

-Sí- contestó él expectante.

Ella le sonrío y le dio la cifra exacta mientras miraba los ojos de él reflejados en el cristal de la frutería.

-No sé por qué, pero tenía la seguridad de que sabrías la respuesta…- Y sonrió.

Un brillo como de luz de mil soles surgió repentinamente de sus ojos. Y un río de sentimientos comenzaría a desbordarse a partir de entonces, anegando los campos, rompiendo diques, arrastrando a su paso los amargos restos de existencias anónimas. De espejos rotos. De corazones afónicos. De mil vidas repletas de inmerecida soledad.

 …

(Moon Phase: Waxing Gibbous 90% of full)

 

 

 

Fotograma de “House of Games” de David Mamet.