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Fragmentos de una Utopía » Recuerdos de Nihon

Archivo de ‘Recuerdos de Nihon’ Category

Miss & Mister Robotto (2ª parte)

Jueves, Junio 4th, 2009

 

 

¿Cuánto es capaz de transmitirnos una fotografía, ese brevísimo instante que fugazmente arrebatamos al infinito?

No lo sé, pero a veces tengo serias dudas acerca de si todos contamos con la capacidad para ver lo que se esconde detrás de una simple imagen (quizás algunos estén irremediablemente dormidos para siempre) y captar esa realidad de personas que viven inmersos en otra cultura, a miles de kilómetros de nosotros, pero que, pese a contar con diferencias de todo tipo respecto a nosotros, resulta que se comportan y ven la vida como tú y como yo.

La realidad que nos ocultan a sabiendas los medios de comunicación no resulta tan atractiva, o tan morbosa, o no vende tan bien como todas esas luces de neón y demás fuegos de artificio que quieren que creamos que es todo Japón.

Porque Japón es sinónimo de sushi y señoritas de tez nívea ataviadas con lujosos kimonos; brillantes rascacielos con ascensores que te elevan silenciosamente hasta su última planta en menos tiempo de lo que tardas en dar un suspiro. También es un oficinista que se queda dormido en el vagón del metro y se despierta precisa e inexplicablemente cuando le llega el turno de apearse del vagón. Es una colegiala que se sube la falda por encima de las rodillas cuando sale de su última clase. Mujeres que se ríen tapándose la boca con la mano. O adolescentes que encuentran la diversión en los videojuegos o en ir disfrazados por la calle de un personaje de su manga favorito.

Japón no es sólo estas cosas, estas situaciones, estas personas que tantas veces hemos visto en los programas de televisión o que te explican en las guías de turismo. Pero, ¿acaso interesa conocer esos otros pequeños momentos, gestos cotidianos de la vida de personas anónimas como nosotros, que se ríen, que odian, que trabajan, que sueñan, que aman, que sufren… que sobreviven al día a día como lo hacemos tú y yo?

Porque Japón también es un hombre de mediana edad que le cede su asiento en el tren a tu amigo de aspecto occidental y luego permanece de pie, junto a él, entablando una simpática conversación con su escaso inglés y un japonés tan básico como una patata en el otro lado (lenguaje de signos incluído en ambos casos), hasta que se baja en su correspondiente parada hora y media más tarde, con los pies doloridos, pero con la sensación de haberle dejado una buena impresión de su país… Es una persona con la que casualmente te cruzas en un pasillo y que sin conocerte de nada, te regala una sonrisa y un puñado de preciosas figuritas de origami que no te caben entre las manos… Una dependienta que deja su puesto de trabajo para acompañarte hasta la cabina de teléfono más próxima, que está a más de cinco minutos de distancia… O un taxista que se salta todos los límites de velocidad porque ha ocurrido un accidente en la vía, has sufrido una larga retención en la carretera, y va a intentar por todos los medios que no pierdas ese avión, tratando de llevarte puntualmente, sano y salvo, hasta el aeropuerto…

Y Japón también es una persona a la que le pides el favor de hacerte una foto, recibes a cambio una respuesta maleducada y además, te quedas sin saber por qué… O esa otra que conduce en su coche un día de lluvia, aprovechando para acelerar cuando pasa por un charco enorme con un montón de personas transitando por la acera (como puedes imaginar, las deja a todas empapadas de arriba a abajo, con un frío horrible y mal rollo en todo el cuerpo)… O aquellas otras que se apartan o te dan la espalda en el vagón del metro porque tienes pinta de extranjero, aunque de vez en cuando te miran de reojo cuando piensan que tú no les ves y se aprietan el bolso más fuerte contra el regazo, pensando que así se encuentran más a salvo…

Todas estas experiencias que he relatado son verídicas, las he vivido en primera persona en este hermoso país. Un país fascinante lleno de contrastes enormes, habitado de buenas personas y de otras que no lo son tanto, pero del que me gustaría que se pudiera desterrar para siempre esos clichés y los prejuicios que la gente que nunca lo ha visitado tiene sobre él. Me gustaría incluir dentro de este grupo a todas aquellas personas que una vez fueron turistas en estas tierras, pero que no fueron capaces de arañar ni un milímetro su superficie y volvieron de allá desencantadas de lo que vieron. Porque para conocer de verdad un país, hay que mezclarse entre sus gentes, caminar pausadamente por sus calles, por sus caminos… y aprender a escuchar sus silencios.

 

 

Por ese motivo he querido que vieras todas estas imágenes de gente más o menos corriente que también habita en Japón, que no son tan kawaii como los que nos enseñan en otros blogs dedicados a Japón, o en la televisión. Porque detrás de cada fotografía, oculto, hay todo un mundo. Una pequeña historia que sin ser extraordinaria -quién sabe-, está entretejida por cientos de experiencias más o menos interesantes, pero valiosas por el mero hecho de pertenecer a la vida de alguien.

Si reflexionáramos tan sólo un instante, no nos resultaría demasiado complicado imaginar pedacitos de esas otras existencias, las emociones, los anhelos de cada una de estas personas atrapadas por unos segundos entre nuestras manos, gracias al parpadeo de una cámara. Bastaría con zambullirse en uno mismo y a continuación, ponerse un momento en su lugar para comprender y descifrar el enigma. Descubriremos con sorpresa que la tarea no resulta ser tan difícil como pensábamos en un principio. Porque, a fin de cuentas, todos somos muy similares. Somos seres humanos y la sangre que corre por nuestras venas es del mismo color en todas las partes de este planeta.

Así que ahora es tu turno de imaginar, observar las fotografías y ponerte en la piel de esas personas cazadas al azar por el objetivo de una humilde cámara.

Entonces, la historia (la suya… ¿acaso la tuya?), resultará más cercana, comenzando a cobrar ahora todo el sentido.

¿Te atreves a imaginar(te)?

 

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La même histoire

(”La misma historia” )

¿Cuál es
ese lazo entre nosotros,
esa cosa indefinible?
¿Dónde van estos destinos que se unen
para hacernos inseparables?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…

¿Qué es pues
lo que nos separa?
¿Quién por casualidad nos reúne?
¿Por qué tantas idas, tantas salidas
en esta ronda infinita?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…
La misma historia…

 

Para nora

Fotos tomadas en diversas localizaciones de Japón (2006/2008):
Takayama, Kyoto, Kobe, Odawara, Kamakura, Tokyo,
Kotohira, Takamatsu, Hiroshima, Miyayima, Osaka…

 

Algo más en Miss & Mister Robotto (1ª parte)

 

Recuerdos de Nihon

Sábado, Diciembre 20th, 2008

Uno de los episodios de mi infancia que recuerdo con mayor nitidez se produjo cuando contaba con menos de tres años de edad. Lo sé a ciencia cierta, porque por aquel entonces mi familia y yo todavía vivíamos en Tokyo.

Nos encontrábamos en la sala de la casa cuando, de repente, una vibración sostenida hizo que fijara la vista en la pantalla encendida del televisor. La imagen comenzó a dar saltos y a parpadear bruscamente. Entonces, mi hermana salió disparada de la habitación. Mi madre se levantó rápidamente del asiento, me cogió en brazos y se dirigió a la estancia de al lado tras ella. Allí la encontramos completamente llorosa, temblando asustada, tirada encima del futón. Recuerdo vagamente cómo unas láminas enmarcadas bailaban suavemente de un lado al otro de la pared, para quedarse completamente inmóviles instantes después. Y no volvieron a columpiarse más durante todo aquel día, porque parece ser que habíamos pasado ya lo más intenso del terremoto.

En otra ocasión, mi madre nos dejó al cuidado de una señora un tanto mayor, alguien de confianza del mismo vecindario. Al regresar mi madre de donde quiera que se hubiera marchado, se percató de que mi hermana había salido furtivamente de la casa. Había aprovechado que la buena mujer me estaba dando la merienda, para escurrirse por la puerta que daba al patio de muros grises de hormigón que conducía a la calle y que había en la parte trasera del edificio.

Recuerdo que en el patio de atrás había unas vallas metálicas bastante altas -o al menos así de grandes las percibía yo en aquel momento-, a través de las cuáles hablábamos a veces con la vecinita que vivía al otro lado (no sé por qué, siempre supuse que ella debía ser natural de Rusia, aunque por más que lo medito, nunca he sabido cuál fue la razón que hizo que se me metiera semejante pensamiento en la cabeza, pues no tenía ni la menor idea de dónde era aquella chiquilla. Supongo que porque tenía los ojos color del cielo y un pelo rubísimo siempre atado en un par de trenzas, le adjudiqué automáticamente esa nacionalidad. Pero podía ser igualmente suiza, holandesa, o qué sé yo de dónde… aunque yo tenía perfectamente claro que era rusa. Y así lo creía firmemente. A veces, los niños -y los no tan niños- nos formamos unas ideas bastante peregrinas sobre las cosas y las demás personas. En fin…)

Así que mi madre y la mujer salieron un tanto apuradas en busca de mi díscola hermanita y se la encontraron tranquilamente plantada en la acera de una calle adyacente (ajena al pequeño revuelo que había organizado), contemplando una comitiva animadísima de viandantes que caminaban vestidos con atuendos muy coloristas. Había hasta carrozas y todo. Estuvimos unos minutos contemplando el desfile y luego mi madre cogió a mi hermana de una mano, mientras con la otra me sostenía en brazos. Y nos fuimos para casa. Creo que ese fue el instante en el que presencié mi primer matsuri en Japón (o al menos, el primero de mi vida que soy capaz de recordar).

Un terremoto. Un matsuri. Dos de las primeras impresiones que mi cerebro fue capaz de procesar y transformar en destellos permanentes. Desconozco el motivo o motivos del porqué fueron estos acontecimientos y no otros los que decidieron quedarse instalados ahí de forma duradera. Y por ello ahora soy capaz de recordarlos después de tantos años. Antes de esto, los recuerdos no eran más que unas sutiles ráfagas, imágenes inconexas, que iban poco a poco diluyéndose y almacenándose por los brumosos rincones de mi mente. Aunque de vez en cuando, esas visiones inacabadas vuelvan a surgir de manera inesperada como si se trataran de espejismos o de extraños sueños de apenas pocos segundos. Como fantasmas abstractos de un pasado comatoso. Sin embargo, otros sucesos corrieron suerte diferente y acabaron tatuándose para siempre en mi memoria.

Los mecanismos que gobiernan nuestros recuerdos son sumamente curiosos. Por ejemplo, con tan sólo una simple imagen somos capaces de recuperar momentos impagables (y otros más sombríos) de nuestras existencias. Y no hablo únicamente de colores, de sonidos, de lugares físicos… sino que somos capaces de rescatar también nuestras emociones.

La mera contemplación de una fotografía con un significado especial para nosotros, es capaz de sumergirnos en una espiral de sensaciones y sonidos de momentos que creíamos perdidos para el olvido. Se trata de algo realmente mágico. Un viaje hacia atrás en el tiempo para el que no hace falta facturar equipajes ni esperar largas horas hasta llegar a nuestro destino.

Porque el destino somos nosotros mismos.

Será por eso que me encanta tomar un montón de fotografías en cada uno de mis viajes. Y jugar a ser dios e intentar atrapar la luz que ilumina cada instante.

Será por eso que puedo pasarme horas y horas absorta contemplando cientos de instantáneas sin agotarme. La mejor cámara que jamás se haya inventado es la que poseemos en nuestra propia mente. Y mis primeras fotografías, unas sobre terremotos y matsuris. A todo color. Un auténtico lujo.

 

 

La geometría de una lágrima

Lunes, Octubre 6th, 2008

 

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El sonido del tiempo interrumpió nuestros sueños poco antes del alba. Tras la ventana, un mundo aún inacabado contemplaba con ojos perezosos las frágiles gotas de lluvia que caían como fina cortina de cristal sobre el pavimento…

Un aire húmedo comenzó a instalarse en el vacío de la estancia, instantes antes ocupada por la penumbra. Un aire tan extrañamente denso que acabó por ahogar el suave murmullo de una vida robada al desencanto. Guardé los frágiles ecos de sonrisas lejanas mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas con la pesada carga en los brazos.

Unos sencillos paraguas de plástico fueron rasgando a cada paso la negritud de aquella noche que se sabía ya herida. En un instante, desde aquel vagón de un tren atestado de gente contemplaríamos cómo la mañana iniciaba cadenciosa su lento despertar…

Una luz mortecina y lejana iba bañando el paisaje que transcurría distante a través de la ventanilla. Intenté fijar la mirada en un punto deseando no abandonarme a mis pensamientos, pero acabé mareada y deseosa de encontrarme en un planeta remoto. Todo en vano. Cerré los ojos. A mi alrededor, un puñado de salaryman ataviados de indiferencia, dormitaban algo apretujados entre los asientos.

Entonces, una amarga punzada acudió repentinamente a mi garganta. Desorientada, te busqué alarmada y acabé por no encontrarte. Hasta que me tropecé con una mirada tranquilizadora -la tuya-, que me abrigaba el alma desde el otro lado del compartimento.

Los minutos fueron cayendo con la pesadez del plomo, mientras la distancia comenzaba a exhalar ya su último aliento. El tren había llegado finalmente a su destino. A nuestros pies, Nara nos aguardaba silenciosa.

La ciudad amaneció bajo negros nubarrones, escenario perfecto para el triste devenir de aquel día. Un olor a soledad impregnaba la mañana gris, mientras el taxi recorría raudo las calles intentando esquivar inútilmente el aguacero. En el cielo, las nubes seguían llorando desconsoladas.

La entrada del templo se divisaba a lo lejos imponente, majestuosa. Sorteamos como pudimos la marea de gente que a temprana hora se agolpaba ya en las inmediaciones, mientras las manadas de ciervos nos observaban indolentes desde ambos lados del camino.

Advertía cómo mi corazón se aceleraba a cada paso. Y comenzaba a sentir la mirada inquietantemente borrosa. Entonces, tu mano se encontró con la mía. Y tuve la extraña sensación de que volábamos.

Ni siquiera reparé en los grupos de niños y niñas con sombreritos amarillos que nos cruzamos. Hasta la gigantesca figura de bronce que descansaba en el interior de la estancia principal me pasó desapercibida.

Abandonamos aquel recinto y recorrimos el angosto pasillo situado a mano izquierda. Y allí estaba. Ese momento tan esperado nos alcanzó. El tiempo pareció haberse congelado y las manecillas del reloj quedaron mudas por un instante. Vacilé unos segundos, pero tu mirada volvió a reconfortarme.

No restaba más que esperar obediente mi turno -una niña más- en la hilera de personas. Y entre tanto, intentaba desesperadamente silenciar la creciente agitación que prendía mi alma.

Tomaste con cuidado el libro, testigo de miles de kilómetros de este viaje. Y de su interior, una fotografía.

Acaricié aquella imagen entre mis manos emocionadas. Y reuní el poco valor que aún me quedaba, contemplando lo que cruelmente me había sido negado ya para siempre.

Alargé vacilante el brazo y pasé la foto hasta el otro extremo de la columna. La sorpresa (o el desconcierto) se asomó a los ojos de quienes el azar transformó en testigos imperfectos de un jeroglífico que no acertaban a descifrar.

El dolor de tu ausencia, el amargo aroma del adiós, hizo descender mi ánimo hasta una bruma de olvido…

Y mientras un taxi atravesaba fugaz la ciudad de Nara, volviste a estrechar suavemente mi mano entre las tuyas. Mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas, ya sin la pesada carga entre los brazos. En el cielo, las nubes continuaban llorando desconsoladas.

Sólo entonces, las lágrimas inundaron mi alma y la fina lluvia se fundió con mi rostro.

La mañana siguiente, un nuevo amanecer contemplaría nuestros últimos instantes en Japón…