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Fragmentos de una Utopía » Surrealismos

Archivo de ‘Surrealismos’ Category

Hurly-burly

Miércoles, Mayo 9th, 2012




Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.
Mario Benedetti



Ahora que el amanecer amenaza con decolorarse entre las manos y se derrite la lejanía al fatídico compás de un laberinto de paranoia, tan sólo sueñas -acaso deliras, ¡pobre ilusa!- con recomponer el esquivo puzzle de los deseos, mientras te paseas impasible entre las ruinas violentas, saladas, fragmentadas por la tormenta de silencios.

Y si la era del tiburón comienza su reinado, ¿será su acero capaz de aniquilar la cinética del sentimiento?



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Fotogramas: Un chien andalou



11/11/11

Viernes, Noviembre 11th, 2011

 

Onírica realidad, perspectiva demente que

nubla los sentidos, ¿eres tú quien reescribe su propia suerte? Tic tac… susurra burlón el cuco… tic tac.

Cara y cruz del destino, gatos negros, fábulas de martes y trece sombríos… superstición

encorsetando mil verdades -Alicia angustiada tras el espejo.

 

Desdibujas tu mirada en un fractal recursivo, perdido estás en ti mismo. Y abandonado al descontrol,

enturbias la visión del presente,

llanura laberíntica de desbocada probabilidad.

 

Obscura realidad, entelequias baldías se interponen entre los axiomas y el trébole.

Nevada la cumbre de la causa y sus efectos, sonríe estúpidamente ahora el cuco… tic tac, tic tac.

Cuentos y naderías y el mundo lleno de hipocresías. Enfermo imaginario, embrujado está tu corazón.

Es tiempo ya de iniciar la cuenta atrás, tic tac tic tac, al compás acelerado de tu propio desengaño.

 

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La vida en blanco

Jueves, Junio 3rd, 2010

 

 

En la quietud de la noche, el lejano brillo de una estrella parece vibrar al paso de la negrura.

Aprieto fuertemente tu brazo, los ojos cerrados, el paso vacilante. Y trato de no tropezarme con el abismo, de no caer en el vertedero de su egoísmo.

Pero cuando la belleza inesperada enmudece y me quedo a ciegas, sola, busco a tientas un profundo cielo estrellado al que poder aferrarme.

Y si al abrir los ojos, esa sensación de intemperie, de paredes desconchadas y ventanas desvencijadas, irrumpe de nuevo como una cascada de recuerdos hechos jirones, encendiendo los sentidos, desbaratando la perfecta caligrafía, no puedo evitar pensar en azares consentidos, invisibles telas de araña y segundos infantilmente desperdiciados.

Y la nada, ese vacío de blancura atronadora, se vuelve ahora más tangible que nunca.

 

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 Pintura: Kazimir Malévich

 

 

 

El mejor regalo

Miércoles, Enero 6th, 2010

 

- Creo que es el momento de que tengas una foto mía.

- ¿¿¿Eeehhh???

- Sí, sí… una foto… ¿Recuerdas? Hace meses te pedí una de las tuyas, solicitud que denegaste educadamente, así que he pensado que lo justo es que te regale en primer lugar una de las mías… para que puedas colocarla sobre la mesilla de tu habitación… (risita socarrona)

- (¿¿Cómo??… pero qué se habrá pensado éste…)

- …Lo malo es que no logro decidirme entre dos de las fotografías… Quizás sea mejor que seas tú misma la que finalmente elija cúal de ellas se queda contigo. Pero, primero, debo darte la máxima información, todos los datos posibles, explicarte la historia escondida detrás de cada una de las imágenes, para que así puedas escoger más fácilmente.

- (Medio intrigada/mosqueada) Grrrrr… mira que te pones pesadito con lo de las dichosas fotos… Si escucho atentamente lo que tienes que contar y te digo cuál de las dos me gusta más, ¿te olvidarás de este tema para siempre?

Asentiste en silencio con la cabeza y con los dedos cruzados tras la espalda.

- Entonces ok, pero no te enrolles demasiado… que te conozco… (te señalo con el dedo)

Tras varios minutos de pormenorizadas explicaciones -bastante interesantes, por cierto- me doy cuenta de una cosa.

- Oye… ¿pero no sería mejor que me explicaras todo esto con las fotos delante?

- ¡Pues es verdad! (pausa) Las dejé preparadas encima de la mesa de la cocina, pero entre una cosa y otra… ay, se me olvidó traerlas. ¿Puedes hacerme el favor de ir a por ellas? (Me miras con cara de perrito abandonado)

- ¡Anda! Resulta que soy la invitada ¿¡y me tengo que levantar yo!?… Bueeeno, de acuerdo, así aprovecho y me bebo un vaso de agua, que estoy seca de tanto oirte hablar como una cotorra… (te guiño el ojo)

Me dirijo hacia la cocina -sin sospechar nada de nada- y antes de traspasar el umbral las veo, exquisitas, radiantes… esas doce hermosuras, allí,  -sin duda- esperándome.

- Aaahhh… (sorprendida) Pero… cómo… ¡no puede ser cierto!

- ¿Tus favoritas, verdad? (con dulzura) Son todas para ti, querida…

- Pero, pero… no me esperaba esto de ti… ¿Sabes lo difícil que es encontrar esta variedad de rosas… aquí…ahora?

(Claro que lo sabías…)

- Éste es el mejor regalo que alguien podía haberme hecho jamás (sonriendo)

- ¿Y sabes cúal es el mejor regalo que me podías haber hecho tú?

Abrazada al ramillete de rosas blanquecinas teñidas con un leve rubor rosáceo, mi mirada -entre sorprendida y emocionada- encuentra rápidamente la tuya.

- Verte sonreír

 

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Fotografía de Samudi en ojodigital.com

 

Diarios de un cometa

Lunes, Septiembre 28th, 2009

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Toda historia tiene un punto de partida, un número, una luz. Una luz para cada vida que ha sido, que será. Y como casi todas las vidas, los cometas esperan su momento. El momento de despertar. El comienzo del viaje, de la búsqueda, de la caída hacia el abismo. De la desolación.

Porque por unos segundos en la luz, daríamos la vida entera.

Soy uno de otros tantos cometas, vagabundo a la deriva en un universo hostil, virulento. Insignificante como una mota de polvo. Descendiente de restos de estrellas deslumbrantes, lejanas; moldeada con fragmentos de tóxicos planetas ardientes. Un carbón que, desde el comienzo, ha estado enfriándose -muriendo-, con un largo y sordo quejido, desde antes del dramático estallido de aquel  big bang, retorciéndose en la luminiscencia del cosmos.

Nuestro tiempo, el del cometa, es el de la derrota, el de la corriente de agua que se desliza inexorable ladera abajo, engullida por el oscuro océano, como luz de antorcha que se disipa agonizante en el más mortífero de los vacíos. 

Y mientras el rutilante astro va cayendo en pedazos, voy avanzando paso a paso en mi camino, adentrándome más y más en el vasto, oscuro infinito. Moviéndome a través de mi espacio. De mi tiempo. Cayendo hecha pedazos… cada vez más y más deprisa. Cada vez más liviana… Inmersa en este viaje hacia lo indefinido, deslizándome cadenciosa a través de los sueños en busca de nuevos mundos capaces de albergar esa luz tan ansiada. La vida.

En su recorrido, el cometa se cruzará con otros seres tan solitarios, tan silenciosos como él. Las huellas del camino lo llenarán de cicatrices, esparcirán sus deseos por el fango, esculpiran su superficie con recuerdos de quebrantos y  amarguras. Y de vez en cuando, se balanceará en el regazo de una luna dormida, acunado al son de una intensa melodía.

Entonces se remontará por encima de las nubes de ácido, del aire venenoso que puebla los desolados parajes. Y contemplará la magia en los confines del universo -polvo y gas en constante danza-, en ciclos infinitos de nacimiento y destrucción, aniquilando galaxias enteras, creando nuevas estrellas.

Y durante su largo viaje,  el cometa solitario descubrirá multitud de mundos, nebulosas difusas, inmensos racimos de estrellas, collares de luces de supernova. Mundos horadados por cientos de volcanes en erupción. Presenciará el horror, testigo absorto de la bella crudeza de un universo que, como él, se desmorona, deshaciéndose en pedazos, desprendiéndose de la metralla procedente de la apoteósis, de la gran explosión. Y el ser a la deriva, expuesto, minúsculo, vulnerable, pasará  de largo cientos de planetas muertos, fósiles vacíos, polvorientos desiertos incapaces de albergar una luz, en su búsqueda implacable por hallar una respuesta.

Pero, ¿apostarías tú por una insignificancia, tan sólo una gota de agua que se desliza tramposa a través de los remotos confines transparentes?

Porque este viaje, algún extraño día, acabará, quién sabe si derretido el congelado corazón del cometa por el arrebatado beso de una estrella. O, quizá asfixiado por su propio polvo, el cuerpo oscuro y sin alma vagará eternamente por el espaciotiempo.

Y en esta noche, mientras me contemplo desde el cielo, y el cielo me devuelve la mirada, quiero saber qué soy yo. Si éste es el principio del viaje. O estoy inmersa en el olvido.

Porque, quizás,  casi nada o nadie pueda sobrevivir aquí. Ni tan siquiera, estos pedazos -fragmentos descompuestos de mi memoria- que, irremediablemente, se desintegran cada vez que me aproximo -una vez más- al abrazo eterno del sol. 

 

 

Imágenes de aquí

Caleidoscópico amanecer

Martes, Abril 14th, 2009

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-Soy capaz de cantar cualquier canción que me pidan… Díme cuál es tu favorita, la que tú prefieras, que yo la cantaré entonces para ti - me dijiste un buen día.

Me quedé sin palabras, atónita, sin saber qué responder ante tan insólito ofrecimiento.

Interpretaste mi silencio como una invitación a traspasar el umbral de la puerta y así comenzaste a narrarme, poco a poco, la extraña historia del muchacho que se dibujaba una sonrisa en la cara y dedicaba su vida a cantar canciones ajenas a quien se lo pidiera.

La gente solía pedirle al chico con relativa frecuencia que se aprendiera un montón de melodías (dificilísimas todas ellas, of course) y entonces él trataba de aprendérselas de memoria, imitando a la perfección las voces de todos y cada uno de los intérpretes. Todo por ver una pequeña chispa de felicidad en aquellos ojos desgastados. Quizás por sentir que podía convertirse en un ser especial para alguien, al menos tan sólo por un instante.

No sé si recuerdas que en ese punto comenzaste a darme la serenata, tarareándome las estrofas de algunas de las tonadas en voz alta y dejándome los tímpanos un tanto doloridos -todo hay que decirlo- por el volumen exagerado que salía de tu garganta.

En tono orgulloso comentabas que todos se quedaban epatados con la  prodigiosa voz de ese chico. Y que lo de imitar a cualquier intérprete era para él como un juego de niños.

Mientras, seguías intercalando una y otra estrofa entre los fragmentos de nuestra conversación y yo me preguntaba en secreto por el motivo de toda aquella singular representación. Si sólo lo hacías para impresionarme o tal vez estabas aburrido y no sabías de qué demonios hablar conmigo, porque apenas nos conocíamos.

Me pregunté igualmente cuál sería la razón que movía al muchacho a realizar aquel acto de forma tan desinteresada. Por qué cantaba sólo las canciones que le pedían los demás y no las suyas propias.  Por qué se escondía de su propia voz, ocultándola, disfrazándola siempre debajo de esas otras que trataba de imitar. Y por qué me ofrecía a mí que eligiera una entre un millón y en cambio, no se atrevía a cantar aquello que más le gustaba. Supongo que una cosa es hacer un trabajo por encargo, donde no es necesario poner toda la pasión ni el sentimiento y otra muy diferente, desnudar tu alma y tu corazón ante una cuasi-desconocida.

Una nueva oleada de cánticos consiguió que todos estos pensamientos se desvanecieran de mi mente y todas las preguntas que me formulaba se quedaran sin respuesta.

- No sé, no sé… dudé.

Que alguien se ofreciera como cantante por horas era algo sumamente extraño que no ocurría precisamente todos los días… pero también bastante arriesgado. Una canción puede revelar mucho de uno mismo, incluso cuando se intenta por todos los medios conseguir el efecto contrario.

Siquiera pensar en esa posibilidad hacía -no sé la razón- que me entrara la risa, así que intenté contenerla como pude mirando disimuladamente hacia el lado opuesto al que en ese momento te hallabas, pero no te diste ni cuenta de mis esfuerzos, enzarzado como estabas en mostrarme la capacidad de entonación de tus cuerdas vocales.

- De acuerdo - te dije de repente, quiero que me cantes ESTA canción…

…La más difícil para el tono de tu voz  que mi castigada mente acertó a pensar en una décima de segundo (aunque eso tú no lo supieras entonces porque me guardé esa información para mí solita en aquel instante).

- No la conozco.

- No te preocupes, mañana mismo te paso un cd para que te la puedas aprender.

Y así fue. Te pasé la canción y reconociste que era bastante complicada. Añadiste que quizás te iba a llevar más tiempo del que suponías el poder aprendértela y ofrecerme una actuación de esas que quedan grabadas en los anales de la historia.

Tengo que decir que me desilusioné un poco, aunque te confieso que en el fondo también saboreé el dulce aroma de la victoria.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Y yo te imaginaba ensayando bajo la ducha, canturreando mientras te lavabas los dientes, tarareando las estrofas en el coche y mientras pasabas las horas muertas en la oficina.

Pero transcurría el tiempo y por más que yo esperaba y esperaba, aquella actuación prometida no llegaba nunca.

Un día apareciste con un libro.

- Toma, te lo regalo - me dijiste.

- Te lo agradezco, pero… ¿y mi canción?

- La canción es demasiado difícil para mi, lo he intentado con uñas y dientes, de veras que sí, pero ya no tengo la misma voz que tenía hace unos años. La he perdido. Y no quiero hacer el ridículo ni decepcionarte.

Me quedé un poco chafada al escuchar aquello… hasta me había comprado un vestido nuevo para una ocasión tan especial… En serio.

- Así que a cambio te regalo este libro, con todo mi cariño, espero que sepas comprenderlo.

Por supuesto que lo comprendí… cuando comencé a leer ese -complicadísimo- libro del me quedé enganchada/atascada poco más allá de la página 81.

- Qué puñetero- pensé, me la ha metido doblada el chico éste…

Y varias veces he intentado durante este largo tiempo retomar su lectura. E imagino que de igual manera, tú habrás intentado entonar nuevamente mi canción. ¿Sin éxito? Sólo yo lo sé. O acaso tan sólo tú conoces la respuesta.

Ha transcurrido ni sé cuánto desde aquello. Y tal y como sucede en el libro, tú, ella, yo y él, han acabado entremezclándose en este extraño juego en el que yo era tú y tú acababas siempre siendo yo.

Y como no podía ser de otra forma, todo ha terminado de la única manera posible para ambos.

Los dos… nos hemos echado a reír.

 

Una canción:

 

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… Y un libro

 

Delirio espiroidal

Lunes, Enero 26th, 2009

 

 

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El silencio, asfixia, se derrama por mis manos, resbala pesadamente entre mis dedos. Perdida la noción del espaciotiempo, mis restos flotan errantes, naúfragos arrastrados hacia un infame desierto de abstractos sinsentidos.

Desciendo, sin prisas persigo las huellas que todavía no son, pequeños sorbos por la espiral de escalones. La trémula luz que bañaba débilmente mis pasos acaba de extinguirse por completo. Me encuentro ahora acorralada, rodeada por la negrura más absoluta. Y los segundos de tenue azabache yacen desdibujados en esta espesa niebla poblada de instantes infinitos.

Me siento tan completamente desorientada, tan confusa. Atrapada en este lienzo teñido de noche indefinida, indefinible. Con la mirada ahogada por la densa y negra atmósfera que me rodea. Y el hiriente golpeteo entrecortado de mis latidos que se clavan en la más tenebrosa y profunda de las incertidumbres.

Percibo el eco casi inaudible de unos sonidos moribundos, apenas si recuerdo que una vez fueron míos. El leve rumor comienza a habitar esta extraña quietud, mostrándome el camino que debo seguir para cruzar las oscuras y antiguas aguas que ocultan apagados reflejos de una memoria extenuada.

Mis ojos buscan desesperadamente acostumbrarse a esta repentina ceguera que me envenena, que me mantiene prisionera. Mis pies tantean con sumo cuidado el abismo que se retuerce amenazante ante mí, tratando de adivinar cuándo aparecerá el siguiente peldaño.

Tengo miedo de caer y lastimarme. El terror en mi boca sabe a verdad, se convierte en algo auténtico y desgarrador cuando, repentinamente, una oleada de temblores castiga sin compasión todo mi cuerpo.

Me aferro como puedo al pasamanos de la escalera de caracol mientras continúo avanzando. Pero un vacío exento de luz y cordura me impide distinguir los peligros que se ocultan allí delante, entre las tinieblas.

El descenso se vuelve más angosto, más sinuoso, a medida que voy llegando más y más lejos en este viaje que tanto me inquieta.

Por más que lo intento no consigo evitar tropezarme una y otra vez conmigo misma. Acabo rodando sin nada que me frene, mis manos agitándose en el aire componen inútiles plegarias a unos dioses indiferentes, mientras me torno marioneta de hilos desangelados. Los peldaños, unos fríos acantilados que prueban el filo de sus crueles aristas sobre mi espalda. Un revoltijo de brazos y piernas convertidos en avalancha desmedida que se estrella escaleras abajo… mi rostro castigado… y mi cuerpo (mi alma) severamente maltratado durante esta caída hacia el ocaso.

Toda una eternidad atrapada en una chispa insignificante de tiempo mientras continúo rodando, lo invisible más real que nunca mientras su áspero aliento no cesa de herirme. Mi maltrecho cuerpo choca al fin con lo que parece ser el fondo de aquel profundo pozo y me quedo allí tendida, petrificada, inservible como un juguete abandonado sin remordimiento alguno en el cubo de la basura por un niño que ha perdido la inocencia.

Sobre mi piel, manos invisibles han tejido un manto de dolor por el que penetra un frío atroz que me cala hasta los huesos. Creo que mis pies están desnudos sobre el duro y gélido pavimento, aunque no puedo asegurarlo. Es extraño, no recuerdo mis manos entonando el consabido mantra de desatar los zapatos y apartarlos a un lado. Quién sabe dónde estarán ahora, más en este instante, cuando tanto los hecho en falta. Puede que la caída los extraviara, atrapados sin remisión en la hélice interminable, o quizás yacen polvorientos y olvidados en cualquier otro lugar de mi pasado. Incluso puede que mi extraño viaje hubiera comenzado sin llevarlos puestos. ¿Será cierto lo que sospecho? Intento estrujar gotas de lucidez de mi cerebro cansado. Puede que mi mente esté comenzando a delirar. O tal vez esté aprendiendo de una forma imposible cómo engañar a la oscuridad y dirigirse al camino de la curación.

Un dolor incesante lleva ya un rato jugando al escondite en mi cabeza, me siento mareada. Respiro tan profundamente como puedo y una bocanada de aire viciado inunda con desagrado mis pulmones. Mi corazón comienza a latir al son de una melodía descontrolada, y, a muy duras penas, consigo vencer el irrefrenable impulso de vomitar.

Pero ahora no puedo detenerme, ya no. Impensable volver hacia atrás. Mi decisión estaba tomada desde el preciso instante en que decidí emprender este íntimo descenso a mis infiernos. Creo que estoy consiguiendo lo que me había propuesto al dejarme arrastrar a este lugar, seducidos mis aletargados sentidos por los cánticos silenciosos de una noche que nunca parece acabar. Porque, sin importar dónde me encuentro ahora, mucho es lo que ha caído bajo el influjo del sacrificio para poder llegar hasta este lugar, hasta este momento. La única opción posible para poder avanzar era despojarme de todos mis absurdos miedos, inseguridades que brotaban de mi alma. Saltar a ciegas y permitir que el vacío me devorara. Aunque para ello haya tenido que sucumbir a la necesidad de hundirme en las oscuras profundidades de mi mente, dejándome arrastrar por un mar de pesadilla. Muriendo, en definitiva, para volver a nacer de nuevo.

El fondo de este lugar sin luz ha resultado ser una tierra más solitaria y sombría de lo que jamás hubiese imaginado. Porque aquí, aparte del vértigo helador del acantilado, del azote callado de las olas, del rumor de arena y sal, una cosa más se encontraba acechando, agazapada entre mis destartalados recuerdos, como una vieja alimaña tras los enmohecidos galeones hundidos con los tesoros de mi memoria. Algo inquietantemente familiar. Esperando pacientemente mi llegada. Dispuesto a que me enredara más y más en la sutil emboscada. Y deliberadamente me he abandonado al canto de las sirenas, dejándome atrapar por la tersura de la telaraña, sintiendo otra vez más el beso amargo de su mentira en mi piel.

Después de atravesar a tientas esta negrura tapizada de inmóviles brumas, tras esta agobiante e interminable travesía, puedo al fin deleitarme ondeando triunfante una bandera de esperanza entre los desfiladeros de mi sombra. Porque yo, que me sentía tan frágil, tan indefensa, he desentrañado el enigma que creía tan inalcanzable. Y aunque las sangrantes heridas sean fiel reflejo de lo vulnerable que continúa siendo aún esta humilde alma, mi espíritu ha vencido al esqueleto, desterrando sus cenizas de una vez por todas al más oscuro rincón del Olvido.

A partir de este instante he descansado como hace tiempo no recordaba. Me he soñado cubierta de aterciopelado ébano, de sueño y oro, inmersa bajo la tibieza de unas aguas dibujadas con trazos caóticos y apasionados.

Y aunque recuerdo haberme hundido irremediablemente hasta los confines más remotos de mi mente, franqueando esa delicada y frágil frontera que separa la demencia de lo que creemos que es cordura, finalmente, yo, he conseguido sobrevivir.

 

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Fotografías sacadas de google, ilustración de Stephenls.

 

Moonlit tale: III. Running through magnetic fields

Miércoles, Diciembre 24th, 2008

 

 
Estamos los dos vestidos de oscuridad. Uno frente al otro.

Un silencio incómodo invade cada segundo. Y precisamente hoy, decides que nos sentemos en el helado suelo junto a la chimenea, otrora testigo de nuestro incombustible fuego. Aquel junto el que un día creímos en la vida… donde coloreamos una a nuestro antojo…  cuando aún soñabamos que seríamos capaces de cambiarlo todo. 

Tus manos barajan habilidosamente el mazo de cartas mientras me levanto a duras penas y apago la luz de la habitación.

-Creo que ya está- me respondes.

-Entonces… reparte- te susurro.

-¿A qué jugamos?- me preguntas.

Y un ahogado nolosé, un quejumbroso lamento levemente exhalado por mi boca, resuena en la quietud de la estancia.

Empiezas lentamente a repartir uno a uno los naipes, que chocan silenciosamente contra el suelo. Ese mismo suelo que un día compartimos, convertido hoy en singular acompañante del exiguo vacío que ahora mismo nos separa.

Creo contar nueve cartas al formar mi abanico. En cambio, tú, sólo puedes tomar siete entre tus manos.

-Soy un tramposo- me señalas divertido.

Pero tan sólo sigues las reglas de este maldito desafío que hoy te has empeñado en jugar.

-Tú comienzas…- el eco de mi voz desgarrando la penumbra.

Y mientras me replicas, tu primera carta cae pesadamente entre nosotros.

Reflexiono largamente mi jugada y mi turno se traduce en el tímido lanzamiento de uno de mis antiguos naipes. Resulta evidente que esta mano que no podemos ver ha caído de mi lado, por lo que no emites protesta alguna cuando recojo las dos cartas solitarias.

Mía es la primera victoria, aunque esta absurda competición no haya hecho más que comenzar…

-He pensado mucho en aquello que dijiste…- comentas en tono pretendidamente distraído mientras una de tus cartas se pone nuevamente en movimiento.

-Te he dicho muchas cosas. ¿A cuál de ellas te refieres?- te contesto fingiendo la voz despreocupada, de la misma manera que aparento elegir una nueva carta.

-Me refiero a aquello que me confiaste…- susurras en voz baja, inaudible casi, mientras recojes esta vez, triunfante, tu premio.

Y rápidamente, antes de que pueda articular palabra alguna, lanzas tu nueva jugada.

(Un montón de veces me he preguntado si en ese momento tu mirada estaba tratando de esquivar o no la mía, a pesar de hallarnos envueltos por la negrura…)

-Así que se trata de eso…- musito lastimada.

-Si hubiera sabido que te iba a causar tal desazón, no te hubiese contado nada- añadí.

Mis dedos titubearon por un instante ante la elección de una nueva carta, sin saber que la suerte ya estaba echada.

Un nuevo lance y los puntos cayeron de nuevo de tu lado. 

En la oscuridad, noté cómo tu sonrisa se volvía grave. Y también, la violencia con la que tiraste tus naipes al suelo. El resto de los míos fueron cayendo caóticos sobre mi regazo.

-Eres un tramposo- protesté enojada.

-Ya lo sé- dijiste, sin intentar defenderte.

Procedente de algún lugar umbrío, comenzó a sonar entonces una melodía desacompasada. Y una vez más, nos hallamos envueltos en medio de un perverso juego de voces y sombras.

-Tengo miedo de que te vayas- te confieso.

-Ya lo sé…- respondes nuevamente.

-Pero son las reglas de este juego-

-Tengo miedo de que algún día pueda llegar a olvidarnos- lloré desconsolada.

-Maldita sea ¡Dejemos de jugar!-

Y me besaste.

La eternidad encerrada en un instante. En un único y sentido beso.

-Si tuviera cien vidas, una entera la dedicaría sólo para tí- sentenciaste.

-Si yo tuviera cien vidas, te entregaría todos y cada uno de mis segundos- te contesté suavemente.

Imaginé entonces tu sonrisa brillando en la oscuridad, mientras intentaba disimular lo amarga que había llegado a convertirse la mía. La que nunca jamás acertarías a imaginarte.

Las semanas siguientes la incertidumbre fue estableciéndose silenciosamente en nuestras existencias, mientras tu maleta aparecía y desaparecía continuamente del umbral de la casa. Y tras mis ventanales, la nieve fue poco a poco cubriendo serenamente este fúnebre paisaje, prisionero de una odiosa y cruel pesadilla.

En cambio, en tu corazón comenzó irremediablemete a instalarse un desierto árido e implacable que todo lo quemaría y lo arrasaría. Que incluso barrería cualquier rastro humano que aún permanecía intacto en tu interior. Y que se llevaría también consigo, los desnudos e indefensos pedazos de esta infortunada alma mía.

 

Femenino singular:

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Axioma de la recurrencia y del eterno adiós: 

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(Moon Phase: Waning Crescent 10% of full)

Fotografía de Vlad Gansovsky

 

Entradas relacionadas:

Moonlit tale: I. Crush

Moonlit tale: II. Sea in flames

 

 

Espíritu navideño

Lunes, Diciembre 22nd, 2008

 

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Serían sobre las dos de la madrugada del domingo, cuando me encontraba de regreso a casita tras pasar una agradable velada con unos amigos que viven en un pueblecito situado a unos cuantos kilómetros de la ciudad.

 
Detesto atravesar las calles del centro cualquiera de las noches de los fines de semana (vehículos que circulan a demasiada velocidad o conductores borrachos que se saltan los semáforos), así que, para mi tranquilidad, prefiero rodear la ciudad y dirigirme por un desvío que, aunque me obligue a invertir unos diez minutos más en el trayecto -y consumir mayor cantidad de combustible-, se ha convertido en ruta tradicional para los sábados por la noche que salgo a las afueras. La carretera está prácticamente vacía y son pocos los coches con los que suelo cruzarme.
 
La circunvalación me deja al otro extremo de la ciudad y para llegar hasta la zona donde se encuentra mi barrio, tengo que atravesar en primer lugar las calles de un pequeño polígono industrial que suele estar totalmente desierto a esa horas.
 
Excepto la noche anterior, que no estaba tan solitario como de costumbre.
 
Antes de dejar atrás el polígono y tomar el camino hacia mi casa, tengo que girar a la izquierda y enfilar hacia una calle larguísima que tiene al fondo un semáforo que dura una eternidad. Os lo juro. Incluso por las noches.
 
Me fijé inmediatamente en aquel hombre y en su coche blanco (supuse automáticamente que debía de ser suyo). Era inevitable no hacerlo. Él se encontraba de pie, junto al automóvil aparcado en el arcén, de espaldas a la carretera. Pareció no darse cuenta de mi presencia cuando mi coche rebasó al suyo, porque no giró la cabeza ni me hizo seña alguna.
 
Pensé: la llamada de la naturaleza… y se ha bajado en el primer sitio que ha encontrado, al lado de la carretera, qué tío… ya podía haberse ido unos pasos más lejos…
 
Tuve que pararme en el semáforo. El otro coche se encontraría a menos de treinta metros del mío. Miré de reojo por el espejo retrovisor. Entonces ví que aquel hombre se estaba aproximando hacia mí con paso ligero. Y me sobresalté. No sé, lo primero que me vino a la mente es que era un loco de esos que venía a hacerme yo que sé qué…
 
Y el semáforo en rojo. Y las calles vacías. Y yo sola en el coche.
 
Luego recapacité: qué cosas piensas, mujer… siempre poniéndote en lo peor de lo peor…
 
No tengo por costumbre saltarme los semáforos que están en rojo y mucho menos si la calle que tengo que cruzar seguidamente es una carretera nacional. Así que comprobé que el hombre no llevaba nada raro en las manos y esperé que se acercara hasta mi posición. Y yo con mi corazón a unos mil por hora, por lo menos. Apagué la radio y puse la mano en el cambio por si tenía que salir zumbando de allí.
 
Toc, toc. Su mano golpeando el cristal. A través de la ventanilla pude ver que me hacía señas para que bajara la ventanilla. Ni de coña. Tan sólo la bajé unos pocos centímetros, lo suficiente como para escuchar lo que tenía que decirme y que no pudiera meter ni un dedo de la mano. Como no se le oía demasiado bien, acercó su cara al cristal y así sus palabras entraron a borbotones dentro del habitáculo. Lo cierto es que era una situación un tanto esperpéntica.
 
Me contó una historia que sonaba a mentira por todos lados. Me dijo que le habían avisado esa noche que a su madre le había dado un infarto y que estaba ingresada de urgencia en un hospital (en una ciudad a hora y media de camino de la que estábamos). Que con las prisas, había salido corriendo de casa con lo puesto, olvidándose la cartera y el teléfono móvil. Que nada más salir de la ciudad, se le había quedado el depósito sin gasolina. Que llevaba allí tirado en medio de la nada, completamente solo, desde hacía ni se sabe, y que no había aparecido ningún coche hasta el momento (eso sí me lo creí).
 
Tan sólo yo. Qué consuelo.
 
Me pidió dinero para gasolina. Ayúdame… 20 euros, por favor…
 
En la nacional había una gasolinera de esas que están abiertas las 24 horas del día. Pero no me pidió que le llevara hasta ella. Quizás ya era demasiado pedir. Y yo era una chica que viajaba sola. Y ni siquiera había abierto la ventanilla lo suficiente como para que pudiera colar un solo dedo de la mano. Así que no le iba a dejar subirse en mi coche. Ni harta de vino. Segurísimo.
 
Y el semáforo en rojo.
  
Rebusqué en el bolso, pero sólo tenía un billete de 50 y un par de 5 euros. Con diez euros no llega ni queriendo… pero darle cincuenta… ¿Y si me dice la verdad? ¿Y si su pobre madre está agonizante en la cama de un hospital? Y yo aquí regatendo unos míseros euros, cuando una vida vale mucho más que todo lo que yo tengo.
 
Así que se lo dí. Todo. El hombre se quedó con cara de tonto. Me pidió el teléfono. Me dijó que me lo devolvería. Por supuesto, no se lo dí. Le dije que se lo regalaba y que se tomara un café en la gasolinera. Todavía le quedaría un trayecto largo hasta llegar a ver a su madre. Y antes, una buena caminata de ida y vuelta con la lata de gasolina. Y fuera, un frío que cogelaba hasta la sinrazón.
 
Sabía que todo era una mentira. Que era todo un cuento muy bien orquestado. Que aunque le hubiera pasado mi número, nunca más volvería a ver mi dinero… Pero decidí darle (o darme) un voto de confianza. Porque soy una idiota. O quizás es que necesitaba hacerlo. Por él. Por mí. Nada más que eso. Y nada menos.  
 
Porque sea verdad o sea mentira, a veces hay que confiar, tener esperanza en el género humano. Que existe la buena gente, que no todos son (o somos) unos productos defectuosos. Al menos de vez en cuando. Que si no, en esta vida estamos apañaos.

Y que la generosidad se comporta como un boomerang. Que retornará no se sabe ni cómo, ni cuándo, pero que algún buen día lo hará. Qué le voy a hacer. Soy una ilusa.

Y ya huele a Navidad.

El árbol de la sandía

Miércoles, Octubre 15th, 2008

 

No sé porqué, pero hoy me ha venido a la mente lo que mi madre me decía cuando, siendo yo aún muy niña, me tragaba sin querer las pequeñas pepitas de las frutas.

Ten cuidado, maeko. Si te comes las semillas, éstas crecerán dentro de tí y más tarde, te nacerá un árbol en la cabeza…

Como es de suponer, la visión de ver como una planta o un árbol te va creciendo en la cabeza, era un tanto aterradora para una niña de apenas cuatro o cinco años. Así que, obedeciendo la advertencia de mi madre, intenté por todos los medios que no volviera a suceder y me juré a mi misma no volver a tragar ninguna pepita más de ninguna de las frutas que volviera a comer en mi vida.

Pero claro, cuando te estás comiendo un trozo de sandía, por mucho empeño que le pongas al asunto y vayas a la caza de la pipa con una cucharilla de postre, alguna se escapa traviesa entre los dientes y acaba pasando del plato a tu garganta.

¡Ayyy, mamá!

¿Qué te ocurre?

Que me va a salir un árbol de la sandía en la cabezaaa… respondí asustada (ingenua de mí, creía por aquel entonces que las sandías crecían en los árboles; pobrecitos ellos)

A ver hija, no pasa nada. Díme lo grande que era esa pepita.

¡Así, así…!

Bah, no te preocupes, es demasiado pequeña como para que pudiera sobrevivir en tu barriga.

¿Entonces, no crecerá ningún árbol?

No, esta vez creo que no…

¿Pero seguro segurísimo?

Te lo aseguro, no te va a crecer ningún árbol de la sandía en la cabeza (claro, porque no existen…)

Menos mal…

Pero para otra vez, ten un poco más de cuidado, ¿vale?

¡¡¡Sííí!!!

No sé porqué, pero hoy recordé las palabras de mi madre y al olvidado árbol de la sandía en un rincón de mi mente. Extraña situación la de estar pensando en una misma viéndose de cría pensando en cosas tan “importantes” por aquel entonces como esas viejas pepitas y las sandías cayendo de su cabeza. Totalmente surrealista.

Bueno, ignoro si esta frase la emplean habitualmente las madres japonesas con sus hijos para evitar que se puedan ahogar con las pipas de las frutas. El caso es que en España no lo es ni les suena de casualidad; en alguna ocasión que conté esta historia, pude comprobar que mis interlocutores me miraban como si fuera una marciana ;)

Hace un tiempo pude ver este cortometraje de animación de Koji Yamamura, titulado Atama Yama (Mt. Head). Así que pensé:

¡No soy una marciana, no soy una marciana…!

¿…o quizás sí?

 

 

 Un consejo,  no os traguéis las pepitas de la sandía (o de lo que sea)… por si acaso ;)