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Fragmentos de una Utopía » Un mundo en mis zapatos

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Recuerdos de Chequia: Nemohu milovat nikoho jiného než tebe (…taková je láska)

Miércoles, Septiembre 2nd, 2009

 

 

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El mes pasado tuve el honor de asistir como invitada a una boda hispano-checa que se celebró en la bellísima ciudad de Praga. En términos generales, la sociedad checa es bastante descreída en cuanto a temas religiosos se refiere, hecho éste que sorprende bastante, teniendo en cuenta que el casco histórico de la ciudad se encuentra repleta de monumentos de carácter religioso por doquier.

Quizás sea ese escepticismo uno de los motivos por el que la mayor parte de las bodas que se celebran -al menos en Praga- sean de carácter civil y los palacetes, las mansiones señoriales o el ayuntamiento, se convierten en los escenarios idóneos para celebrar las ceremonias nupciales.

Una típica boda civil checa es similar a una española: rápida, sosa, impersonal. El funcionario de turno les suelta a los novios un breve discurso (lectura incluída del patrimonio económico de los contrayentes), a continuación se produce el intercambio de los anillos, seguido del beso de rigor y como colofón, los novios (ya convertidos en marido y mujer) brindan con champán a la salud de todos los asistentes.

En definitiva, la ceremonia resulta no ser gran cosa (lo verdaderamente interesante transcurre durante el banquete), aunque tengo que añadir que también hubo varias cosas encantadoras, como algún que otro momento divertido durante la traducción del checo al castellano, la exquisita ambientación musical -violines incluídos- y principalmente,  que se celebró en un lugar incomparable, Vrtbovská zahrada,  el jardín barroco más bello de Praga.

Vrtbovská es un monumento cultural registrado en la lista del patrimonio mundial de la UNESCO y uno de los rincones con más encanto, pero a su vez, más desconocidos, de la ciudad, por su limitado calendario de visitas. Como nota, decir que durante el mes de agosto tan sólo se celebraron 2 bodas en el recinto (incluída ésta a la que asistí).

En Chequia una boda dura todo el día, así que lo más recomendable es llevar un calzado que sea lo más cómodo posible. Por la mañana transcurre la ceremonia; la tarde se reserva al convite en el que se suele servir un entrante, sopa, un plato principal -tradicionalmente alguna variante de  cerdo o solomillo de res- con knedlíky y col, dulces y por último, el café.

(Tengo que quitarme el sombrero ante la abuela de la novia, que se encargó de preparar decenas de pasteles de Hlučín (típicos pasteles redondos que se sirven especialmente en bodas y demás celebraciones festivas). ¡Estaban deliciosos!)

Y ya entrada la noche, con carácter algo más informal, se celebran los bailes y se servirá el raut, una mesa-buffet donde cada uno se sirve a su gusto cochinillo asado, chlebícky (montaditos de rebanada de pan y embutido), jednochubky (canapés), okurky (pepinillos), alguna tabla con fiambres y quesos… entre otras cosas.

En toda boda checa que se precie, existen una serie de tradiciones nupciales que se mantienen y respetan, como estas dos que os relato a continuación.

Antes de entrar al lugar del convite, los recién casados son recibidos por un miembro del personal del restaurante quien les da la bienvenida y brindará junto con ellos. Acto seguido, dejará caer al suelo un plato de loza que sostenía en su mano, cuyos fragmentos deberán ser recogidos con un cepillo y un recogedor por los novios, barriendo él y sosteniendo la pala ella. Si hacen esto correctamente, significará que ambos serán capaces de trabajar juntos para resolver cualquier problema que surja en su vida de casados. Por último, la novia suele guardarse uno de los pedazos recogidos en una tela o servilleta a modo de recordatorio.

También es una tradición muy típica que los novios compartan un plato de sopa y la misma cuchara para tomarla, dándose de comer, alternativamente, el uno al otro. Si son capaces de hacer esto sin ningún tipo de problemas, significará que podrán cuidar uno del otro durante toda su vida.

Otra de las tradiciones checas más arraigadas, consiste en el “rapto” de la novia y posterior “rescate” por parte del novio. Pero en nuestro caso, lo que pudimos presenciar fue algo completamente diferente (en Chequia, las tradiciones suelen varíar sustancialmente de unas regiones a otras).

En un momento dado, un grupito de guapas muchachas ataviadas de rojo entra corriendo en la sala y se encarga de “secuestrar ” al novio. Entonces, ellas le atan el cuerpo con cintas, le colocan también una venda en los ojos y se lo llevan lejos de la novia, al fondo de la habitación, totalmente ciego y ajeno a lo que acontecerá a continuación. Aparece otro grupo, esta vez de muchachos, que escenifican un baile en torno a la novia, intentando seducirla, aunque por supuesto, todo es en vano.

Al no conseguir su objetivo, los buenos mozos conducen a la novia junto a su amado, cubriendo la cabeza de ella con una pañoleta (a semejanza de una anciana), para después enlazarlos -ahora a ambos- con las cintas que lo ataban antes solamente a él, mientras comienza a sonar una melodía romántica en el salón. Entonces, los chicos y chicas forman un corro a su alrededor, mientras los recién casados bailan el vals. Toda esta representación simboliza la fidelidad, el respeto y el amor eterno que se profesarán los recién casados durante el resto de sus vidas.

Y hasta aquí puedo contar…

Sólo quiero añadir una cosa más.

Expresaros, “S.” y “B.”, mi profundo agradecimiento por vuestra invitación, la gran oportunidad que me habéis brindado de disfrutar de algunas tradiciones de este país, de conocer esta encantadora ciudad que es Praga (que recomiendo visitar al menos una vez en la vida) y -dejo lo más importante para el final- por hacerme partícipe, al menos por unas horas, de estos hermosos momentos de vuestra felicidad.

 

Gracias eternas

 

Recuerdos de Chequia: Praha

Miércoles, Septiembre 2nd, 2009

 

 

¿Qué se puede contar de Praga que no se haya mencionado ya?

Dicen que una imagen vale más que mil palabras… no sé si esta afirmación se cumple en todos los casos, pero, por si fuera verdad, aquí os dejo con unas cuantas visiones más para que os sirvan de ayuda en la tarea de capturar parte del encanto, del ambiente, de la cautivadora belleza que posee Praga, una ciudad como pocas quedan en el mundo.

 

    

    

    

     

    

    

   

     

    

    

 

 

Os recomiendo una visita a la ciudad (aunque las ventanas no tengan persianas), ¡seguro que no os decepcionará!

Recuerdos de Chequia: Český Krumlov

Miércoles, Septiembre 2nd, 2009

 

 

Me enamoré de Český Krumlov hace ya unos años, aquel día en el que contemplé en un documental de un canal temático dedicado por entero a los viajes (una de mis grandes pasiones confesables), las imágenes llenas de magia de esta pequeña ciudad. Así que cuando supe que este agosto iba a pasar unos cuantos días en Praga, no lo pensé dos veces y me dije:

- Český Krumlov, espérame, que allá voy…

Y para allí que me fui ;)

Esta localidad se encuentra muy cerca de České Budějovice -la cuna de la mundialmente conocida cerveza  Budvar y lugar de fabricación de los renombrados lápices Koh-i-noor- y es conocida también como la Praga en miniatura, una pintoresca ciudad-museo en la región de Bohemia del Sur, verdadera joya entre el resto de poblaciones checas.

Český Krumlov fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1992. La zona denominada Stare Mesto o Ciudad Vieja, bañada por el serpenteante curso del río Vltava, concentra un exclusivo conjunto de casas de piedra, entre estrechas callejuelas adoquinadas, salpicada aquí y allá por locales de artesanía y edificios con fachadas históricas, mezcla de estilos barrocos y renacentistas, que ha conservado hasta nuestros días su encanto medieval, respirándose en toda ella una atmósfera única, mágica, como de ciudad de cuento.

    

Aquí se encuentra uno de los castillos más impresionantes de toda Bohemia y el segundo mayor del país, la fortaleza-residencia construída sobre el promontorio rocoso y rodeada por un foso defendido antiguamente por multitud de fieros osos, que perteneció a la familia Rozmberk (cuyo emblema, la rosa de los cinco pétalos, aparece por toda la región, luciendo también en el escudo de la ciudad).

Tanto la visita de los recintos exteriores e interiores del singular complejo palaciego de Krumlov -mención destacadísima a la desmesurada Carroza de Oro utilizada en un viaje hasta el Vaticano y al singular recinto utilizado para representaciones teatrales y musicales, la  Sala de Máscaras, decorada con trampantojos y espejos dotados de efectos ópticos ilusorios, con originales pinturas de estilo rococó obra de Josef Lederer- como del atractivo conjunto urbano, merece con creces el largo viaje (un auténtico palizón en autobús) desde Praga hasta este hermosísimo lugar…

…incluso aunque tuviéramos que soportar también al aguafiestas del guía en castellano “A.”  Poco más y le dejamos abandonado por la guía que comentaba en inglés (una sugerencia para los que están de cara al público y no les gusta su trabajo, lo mejor que puede hacer uno es dedicarse a otra cosa mariposa y dejar el puesto vacante para alguien más motivado. ¡Es que ni siquiera le gustaba el castellano! ¡Jolines!).

 

 Y hasta aquí llega el relato de mis vacaciones por Chequia del mes de agosto. Espero que alguna de las cosas que he relatado, las fotos que habéis visto,  os hayan resultado interesantes.

Dejo en el tintero una entrada que quería haber publicado antes de marcharme, pero que por falta de tiempo, deberá esperar hasta mi retorno. Hoy mismo parto en un nuevo viaje hacia tierras del este; una semana en la que conoceré otras tierras, otras gentes, otras vidas…

¡Nos vemos a la vuelta!

 

Beautiful night

Jueves, Julio 2nd, 2009

I was born

I was born to be with you

In this space and time…

I was born

I was born to sing for you…

 

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22:02 Intro

Resuenan los primeros acordes, la gente comienza a enloquecer. Se apagan las luces, respiramos hondo. La música empieza a extender sus dedos hacia nosotros, U2 nos envuelve, nos atraviesa. A nuestro alrededor cobra vida un oscuro universo elíptico, los flashes sus efímeras estrellas, quieren atrapar el infinito, pero el infinito los devora. Un universo tejido de sonidos nuevos y antiguos que nos transportan a otro tiempo, otro espacio sin líneas en el horizonte.

Las botas listas para bailar en esta noche magnífica. De repente, estalla la luz, y amanece un precioso día. Ante nuestros ojos, un viejo compañero de noches en las que la búsqueda sólo halla desencuentro, nos habla de reflejos de ángeles fallidos, que nunca supieron parar a tiempo pues nunca tuvieron bastante.

Y en un pequeño instante, el estadio se convierte en una gigantesca antena, al otro lado un interlocutor desconocido que se nos desvela entre un asombro electrizante. En esta ciudad de luces cegadoras, el vértigo nos lleva hacia el delirio mientras nuestros ojos miran al cielo, rasgado por el fuego inolvidable de una imposible estación espacial.

Locos por no poder alcanzar una mayor locura esta noche, 90.000 voces se han convertido hace un buen rato en una sola. El recuerdo de aquel Domingo sangriento y, en el nombre del amor y de MLK, hizo que los miles de seguidores corearan al unísono sus viejos acordes, rindiéndose al suave movimiento de un océano de notas y luces.

Seguimos caminando por calles sin nombre y voces que alzan gritos de paz, mientras una guitarra solitaria llora. La gente se emociona, grita, ríe, aplaude sin parar.

Somos uno, pero no el mismo. Somos uno, un amor, una vida. Hermanas, hermanos, cantando al unísono. Mientras un carrusel de rojos, verdes, ultravioletas…, nos inundan el alma.

Y entonces te digo, contigo o sin ti, éste es el momento de abandonarnos

 …

Dos horas y cuarto de catarsis única, algo así sólo se puede repetir en la memoria. Un escenario surrealista, coronado por una cúspide gaudiniana, un prodigio de la imaginación que Bono dedicó a la ciudad de Barcelona.

Salimos del estadio, los pobres incautos que intentan circular por la avenida asisten con más o menos impaciencia al maremoto humano que se les abalanza. 90.000 voces afónicas, 90.000 sonrisas.

Y poco a poco dejamos de ser uno.

Estos 135 minutos han pasado como un suspiro. Los pies doloridos, mi imaginación todavía en el estadio. Miro mi móvil para ver la hora, compruebo que tengo un mensaje. Es Karmeta. A las 22:02.

Me ofrecía un trueque pero… hoy no hay trato, guapa.

Gracias por tus deseos…

 

…It was a beautiful night!!!

 

 

Setlist 1er concierto U2 360º Tour

Fotos en u2.com y u2barcelona.com

 

Miss & Mister Robotto (2ª parte)

Jueves, Junio 4th, 2009

 

 

¿Cuánto es capaz de transmitirnos una fotografía, ese brevísimo instante que fugazmente arrebatamos al infinito?

No lo sé, pero a veces tengo serias dudas acerca de si todos contamos con la capacidad para ver lo que se esconde detrás de una simple imagen (quizás algunos estén irremediablemente dormidos para siempre) y captar esa realidad de personas que viven inmersos en otra cultura, a miles de kilómetros de nosotros, pero que, pese a contar con diferencias de todo tipo respecto a nosotros, resulta que se comportan y ven la vida como tú y como yo.

La realidad que nos ocultan a sabiendas los medios de comunicación no resulta tan atractiva, o tan morbosa, o no vende tan bien como todas esas luces de neón y demás fuegos de artificio que quieren que creamos que es todo Japón.

Porque Japón es sinónimo de sushi y señoritas de tez nívea ataviadas con lujosos kimonos; brillantes rascacielos con ascensores que te elevan silenciosamente hasta su última planta en menos tiempo de lo que tardas en dar un suspiro. También es un oficinista que se queda dormido en el vagón del metro y se despierta precisa e inexplicablemente cuando le llega el turno de apearse del vagón. Es una colegiala que se sube la falda por encima de las rodillas cuando sale de su última clase. Mujeres que se ríen tapándose la boca con la mano. O adolescentes que encuentran la diversión en los videojuegos o en ir disfrazados por la calle de un personaje de su manga favorito.

Japón no es sólo estas cosas, estas situaciones, estas personas que tantas veces hemos visto en los programas de televisión o que te explican en las guías de turismo. Pero, ¿acaso interesa conocer esos otros pequeños momentos, gestos cotidianos de la vida de personas anónimas como nosotros, que se ríen, que odian, que trabajan, que sueñan, que aman, que sufren… que sobreviven al día a día como lo hacemos tú y yo?

Porque Japón también es un hombre de mediana edad que le cede su asiento en el tren a tu amigo de aspecto occidental y luego permanece de pie, junto a él, entablando una simpática conversación con su escaso inglés y un japonés tan básico como una patata en el otro lado (lenguaje de signos incluído en ambos casos), hasta que se baja en su correspondiente parada hora y media más tarde, con los pies doloridos, pero con la sensación de haberle dejado una buena impresión de su país… Es una persona con la que casualmente te cruzas en un pasillo y que sin conocerte de nada, te regala una sonrisa y un puñado de preciosas figuritas de origami que no te caben entre las manos… Una dependienta que deja su puesto de trabajo para acompañarte hasta la cabina de teléfono más próxima, que está a más de cinco minutos de distancia… O un taxista que se salta todos los límites de velocidad porque ha ocurrido un accidente en la vía, has sufrido una larga retención en la carretera, y va a intentar por todos los medios que no pierdas ese avión, tratando de llevarte puntualmente, sano y salvo, hasta el aeropuerto…

Y Japón también es una persona a la que le pides el favor de hacerte una foto, recibes a cambio una respuesta maleducada y además, te quedas sin saber por qué… O esa otra que conduce en su coche un día de lluvia, aprovechando para acelerar cuando pasa por un charco enorme con un montón de personas transitando por la acera (como puedes imaginar, las deja a todas empapadas de arriba a abajo, con un frío horrible y mal rollo en todo el cuerpo)… O aquellas otras que se apartan o te dan la espalda en el vagón del metro porque tienes pinta de extranjero, aunque de vez en cuando te miran de reojo cuando piensan que tú no les ves y se aprietan el bolso más fuerte contra el regazo, pensando que así se encuentran más a salvo…

Todas estas experiencias que he relatado son verídicas, las he vivido en primera persona en este hermoso país. Un país fascinante lleno de contrastes enormes, habitado de buenas personas y de otras que no lo son tanto, pero del que me gustaría que se pudiera desterrar para siempre esos clichés y los prejuicios que la gente que nunca lo ha visitado tiene sobre él. Me gustaría incluir dentro de este grupo a todas aquellas personas que una vez fueron turistas en estas tierras, pero que no fueron capaces de arañar ni un milímetro su superficie y volvieron de allá desencantadas de lo que vieron. Porque para conocer de verdad un país, hay que mezclarse entre sus gentes, caminar pausadamente por sus calles, por sus caminos… y aprender a escuchar sus silencios.

 

 

Por ese motivo he querido que vieras todas estas imágenes de gente más o menos corriente que también habita en Japón, que no son tan kawaii como los que nos enseñan en otros blogs dedicados a Japón, o en la televisión. Porque detrás de cada fotografía, oculto, hay todo un mundo. Una pequeña historia que sin ser extraordinaria -quién sabe-, está entretejida por cientos de experiencias más o menos interesantes, pero valiosas por el mero hecho de pertenecer a la vida de alguien.

Si reflexionáramos tan sólo un instante, no nos resultaría demasiado complicado imaginar pedacitos de esas otras existencias, las emociones, los anhelos de cada una de estas personas atrapadas por unos segundos entre nuestras manos, gracias al parpadeo de una cámara. Bastaría con zambullirse en uno mismo y a continuación, ponerse un momento en su lugar para comprender y descifrar el enigma. Descubriremos con sorpresa que la tarea no resulta ser tan difícil como pensábamos en un principio. Porque, a fin de cuentas, todos somos muy similares. Somos seres humanos y la sangre que corre por nuestras venas es del mismo color en todas las partes de este planeta.

Así que ahora es tu turno de imaginar, observar las fotografías y ponerte en la piel de esas personas cazadas al azar por el objetivo de una humilde cámara.

Entonces, la historia (la suya… ¿acaso la tuya?), resultará más cercana, comenzando a cobrar ahora todo el sentido.

¿Te atreves a imaginar(te)?

 

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La même histoire

(”La misma historia” )

¿Cuál es
ese lazo entre nosotros,
esa cosa indefinible?
¿Dónde van estos destinos que se unen
para hacernos inseparables?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…

¿Qué es pues
lo que nos separa?
¿Quién por casualidad nos reúne?
¿Por qué tantas idas, tantas salidas
en esta ronda infinita?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…
La misma historia…

 

Para nora

Fotos tomadas en diversas localizaciones de Japón (2006/2008):
Takayama, Kyoto, Kobe, Odawara, Kamakura, Tokyo,
Kotohira, Takamatsu, Hiroshima, Miyayima, Osaka…

 

Algo más en Miss & Mister Robotto (1ª parte)

 

Miss & Mister Robotto (1ª parte)

Martes, Enero 6th, 2009

 

 

 

Vivimos en un bloque de viviendas -uno de tantos-, situado en la periferia de una pequeña ciudad. Hace escasos minutos que mi marido ha salido por la puerta para coger el tren. Tardará algo más de una hora en llegar a su lugar de trabajo.

Me he levantado media hora tarde, la segunda vez este mes. Ayer me quedé a ver un programa en la televisión hasta que se hizo demasiado tarde. Confieso que ni siquiera me interesaba, pero necesitaba sentir que había hecho algo más que no fuera trabajar.

Tenemos un hijo de once años. Sus profesores nos han dicho que tiene un talento natural para la música. Cada mañana le preparo con cariño un pequeño pero contundente almuerzo que luego devorará a media mañana. Está creciendo y necesita alimentarse bien para rendir en sus estudios. Dentro de un rato pasará a buscarle un amiguito suyo que vive en el vecindario y se irán juntos hacia el colegio.

He salido corriendo de casa. Aún así, he perdido el primer tren y el siguiente no llegará hasta dentro de otros treinta minutos. Voy a llegar tarde al trabajo. He decidido meterme en el metro. En horas punta, el transporte es una auténtica locura. Con las prisas, he entrado atropelladamente en el vagón y he pisado sin querer a una mujer. Le he pedido mil disculpas. No he podido evitarlo. Me han empujado. Creo que he debido de hacerle un daño tremendo.

Tengo un trabajo a media jornada en un hotel. Me dedico a limpiar las habitaciones de la planta que tengo asignada. En ocasiones, mis tareas son bastante desagradecidas. Mi marido preferiría que me quedara en casa ocupándome de las labores del hogar y de nuestro hijo, pero necesitamos el dinero para pagar las facturas y las clases de piano del niño. Si no, apenas llegaríamos a fin de mes. Hoy me han pisado en el metro, cuando me dirigía al trabajo. Un chico ha tropezado conmigo en el vagón y ha hundido el tacón de su zapato en mi pie derecho. Luego se ha disculpado, pero me ha hecho bastante daño. He aceptado amablemente sus disculpas, pero he decidido no decirle nada sobre mi pie dolorido. Parecía ya bastante apurado y, no se por qué, me ha dado algo de pena.

He llegado a la oficina veinte minutos después de mi hora de fichar. Mi supervisor me ha estado regañando durante cinco minutos, y yo he estado otros cinco pidiendo disculpas. Sudando a mares por el apuro, me he sentado en mi puesto. Todo el mundo parecía estar afanado en sus quehaceres diarios. Ha sido un día horrible. No he comido para recuperar el tiempo perdido por la mañana, pero el mal ya estaba hecho. Mi jefe no ha dejado de mirarme con reproche durante todo el resto del día.

Siempre utilizo guantes, pero aún así, tengo las manos algo irritadas por los productos de limpieza. Son más fuertes que los que utilizo habitualmente en mi casa. El médico me ha dicho que alguna de esas sustancias me provoca alergia. Y la cremas que me receta no me solucionan el problema. Es posible que tenga que dejar el trabajo. Aunque de momento, se trata de una opción del todo impensable para mí. Los gastos, las facturas, el niño… Cada vez es más difícil encontrar algo en estos tiempos tan difíciles que corren. Y la cosa se complica con personas sin formación específica, como yo.

El reloj que hay en la pared marca que ha llegado la hora de salir, pero casi todo el mundo suele quedarse más tiempo en su puesto haciendo horas extra. Todo esto me parece un poco inútil, llevamos horas trabajando y ya estamos que no podemos más. Pero el que se marcha antes acaba señalado ante los jefes. Así que me quedo un rato más. Moviendo rutinariamente el montón de papeles de una pila hasta otra situada justo a su lado…

Cuando llego a casa después de trabajar, ordeno la habitación de mi hijo y limpio un poco el resto de la casa. A mi marido y a mí nos gustaría poder viajar al extranjero, conocer otras culturas, pero no tenemos suficiente dinero, ni dominamos bien ningún otro idioma. No pierdo la esperanza. Todos los meses intento ahorrar un poquito y dar un día una sorpresa a mi marido.

Parece que ha comenzado a nevar. Mi supervisor ha salido de su despacho y se ha despedido de nosotros. El pelota de turno le ha comentado en voz alta ‘¿por qué no vamos a tomar algo por ahí?’. Le ha parecido una buena idea. Teniendo en cuenta mi falta de puntualidad de hoy, no me ha quedado otra opción que sumarme al plan y he salido tras ellos como un corderito.

Una amiga mía se defiende bien con el inglés y ha descubierto en internet que se cuentan muchas historias erróneas sobre los japoneses. A veces me han entrado ganas de llorar cuando he escuchado algunas de esas cosas que afirman sobre nosotros. Si supiera cómo hacerlo, me gustaría contarles mi versión, que pudieran escuchar mi voz. Mi amiga me ha dicho que me calme, porque incluso si encontrara la forma de comunicarme con ellos, probablemente, ni me tendrían en cuenta…

He bebido demasiado -cosa que me sienta fatal-, pero no quería hacer un feo a uno de los medio-jefes que pagaba las rondas. Esto se ha prolongado más de la cuenta, hasta las diez y media de la noche. Cuando todo el mundo estaba tan borracho como para percatarse, he aprovechado la ocasión para escabullirme. Tengo que caminar despacio. La nieve en la acera y el alcohol en mis venas son una mala combinación cuando se llevan puestos unos zapatos con las suelas resbaladizas.

Sigue nevando copiosamente y recuerdo no haberle puesto las botas al crío esta mañana. Y mi hijo todavía no ha llegado a casa. Estoy un poco preocupada. Bajo hasta la calle con el pijama sin darme cuenta. Y me quedo más tranquila al ver que él y su amigo están tirándose bolas de nieve al otro lado de la calle.

Cuando por fin he llegado a casa, he recordado que la noche anterior había dejado el fregadero repleto de envases de comida precocinada. Me he sentado en el suelo del salón y he encendido la tele. Ponen algo que no me interesa en absoluto. Estaba a punto de echarme a llorar, pero entonces me he quedado dormido. Bueno, mañana será otro día. Y estoy totalmente convencido de que será mil veces mejor que éste.

El paisaje está cubierto por una gruesa capa nevada. El sol se asoma débilmente entre las nubes. Nos hemos puesto ropa de abrigo y hemos bajado los tres al parque que hay a unas manzanas de nuestro bloque de viviendas. Los chicos se lo han pasado en grande, han hecho hasta un muñeco de nieve y todo. Mientras me dedicaba a sacar unas fotografías del niño y de los árboles congelados, mi marido intentaba con un palo hacer ‘no se qué’ en el agua helada del estanque.

Me he levantado con un terrible dolor de cabeza esta mañana. He decidido bajar a la calle para ver si me despejaba un poco (y esta vez, con calzado a prueba de resbalones). También, porque necesito comprar algo de comida del konbini de la esquina. Me quedo parado en mitad de la carretera. No se divisa ningún coche en la lejanía, así que no hay riesgo de atropello. El sol brilla en todo lo alto. Cierro los párpados y dejo que sus rayos benéficos calienten serenamente mi pálido rostro. Cuando por fin me decido a abrir los ojos, descubro que una mujer un tanto risueña, con un gorro de lana entre sus manos, está observándome, divertida. Me da los buenos días y sigue su camino, entre sonrisas. No hay duda. Este día no podía haber comenzado mejor.

Hace mucho frío y hemos decidido regresar a la casa. Cuando estábamos cerca de nuestro edificio, me he dado cuenta de que mi hijo no llevaba puesto su gorro de lana. Se lo ha ‘regalado’ al muñeco de nieve, me ha dicho, para que no se constipara durante la noche. Después de convencerle de que no iba a necesitarlo, he vuelto otra vez al parque a recuperar el gorrito. Y ahí estaba. La verdad es que el muñeco estaba muy gracioso con él. Me he acercado también hasta el estanque. Por simple curiosidad. Pensé que mi marido estaba intentando romper el hielo. Pero no. Y me he alejado del parque con una sonrisa. Dejando atrás el estanque. Con nuestros nombres grabados en la gruesa capa helada de su superficie.

Escenas de la vida cotidiana que pueden estar ocurriendo ahora mismo en Japón, o en cualquier otro lugar de este mundo. O si no son éstas, otras muy similares. Situaciones que no tienen por qué ser glamourosas o sublimes para hacernos felices.

Porque por muy duras o rutinarias que sean las circunstancias, los seres humanos intentamos sobreponernos a ellas y salir siempre adelante.

Porque lo realmente valioso de nuestras existencias son todos esos pequeños momentos que muchas veces no vemos por caminar tan apresuradamente.

 

 

Porque ante todo, por muy diferentes que sean nuestras culturas, nuestro nivel de educación, nuestra raza, sexo o edad, algo tenemos en común todos nosotros. Nuestro espíritu de supervivencia. Nuestras ansias por disfrutar de las cosas bellas que nos regala la vida. Nuestra capacidad de sentir. De llorar. De amar.

En Japón. O en cualquier otro lugar de este mundo.

 

Luna de otoño

Domingo, Noviembre 9th, 2008

 

 

 

El reloj señaló indiferente las doce y media de la madrugada de un domingo de noviembre. Un escenario desolador de frío y asfalto mojado me rodeaba por doquier.
Las calles desiertas y débilmente iluminadas contemplaron como arrastraba a duras penas una maleta cargada con casi el doble del peso de hace dos semanas. Una auténtica locura. Lo sé. Fui repasando con la mirada cada escaparate, cada edificio, cada rincón de esta ciudad dormida y descubrí, tras cada esquina, detalles nuevos que me pasaron desapercibidos días, semanas atrás…

 

La misma historia que se repite una y otra vez. Porque sucede siempre tras regresar de un largo viaje. El reencuentro me produce un sinfín de extrañas sensaciones que difícilmente puedo explicar. Como si me convirtiera en forastera de mi propio hogar. Como si al marcharme lejos, muy lejos de casa por un tiempo, recobrara la capacidad de volver a percibir los auténticos colores y sonidos de la ciudad. Sus latidos. Su alma. Su voz.

Tan sólo han transcurrido siete días desde que regresé de mis vacaciones por Japón, pero parece que todo aquello formara parte de un pasado remoto. Tarea inútil tratar de buscar el motivo del porqué a veces el tiempo juega a ser etéreo y otras veces eterno. Quizás sea que este frío casi invernal ha aletargado mis sentidos y embotado un tanto mi perspectiva temporal. O quizás no. Quien sabe. Lo que si sé con seguridad, es que en cada viaje que hago, voy dejándome pequeños pedazos de alma allí por donde paso. Y al final del trayecto contemplo como un vacío un tanto amargo se instala en mi corazón. Porque resulta doloroso abandonar un lugar tan hermoso del que es inevitable no quedar prendado para siempre.

Lo peor del viaje fue tener que regresar. Y la incertidumbre del hasta cuándo la maleta permanecerá de nuevo en el trastero. Y la fastidiosa tarea de poner tropecientas lavadoras para que una maldita camiseta infame no destiñera el resto de la colada (de los errores a veces se aprende, querido mío).

Ahora me paso los días tratando de recoser las cicatrices de mi alma, mientras observo una a una los cientos de fotografías, mientras una luna cuasi llena ilumina los recuerdos de un dulce sueño, disfrazando este otoño de primavera.

La geometría de una lágrima

Lunes, Octubre 6th, 2008

 

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El sonido del tiempo interrumpió nuestros sueños poco antes del alba. Tras la ventana, un mundo aún inacabado contemplaba con ojos perezosos las frágiles gotas de lluvia que caían como fina cortina de cristal sobre el pavimento…

Un aire húmedo comenzó a instalarse en el vacío de la estancia, instantes antes ocupada por la penumbra. Un aire tan extrañamente denso que acabó por ahogar el suave murmullo de una vida robada al desencanto. Guardé los frágiles ecos de sonrisas lejanas mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas con la pesada carga en los brazos.

Unos sencillos paraguas de plástico fueron rasgando a cada paso la negritud de aquella noche que se sabía ya herida. En un instante, desde aquel vagón de un tren atestado de gente contemplaríamos cómo la mañana iniciaba cadenciosa su lento despertar…

Una luz mortecina y lejana iba bañando el paisaje que transcurría distante a través de la ventanilla. Intenté fijar la mirada en un punto deseando no abandonarme a mis pensamientos, pero acabé mareada y deseosa de encontrarme en un planeta remoto. Todo en vano. Cerré los ojos. A mi alrededor, un puñado de salaryman ataviados de indiferencia, dormitaban algo apretujados entre los asientos.

Entonces, una amarga punzada acudió repentinamente a mi garganta. Desorientada, te busqué alarmada y acabé por no encontrarte. Hasta que me tropecé con una mirada tranquilizadora -la tuya-, que me abrigaba el alma desde el otro lado del compartimento.

Los minutos fueron cayendo con la pesadez del plomo, mientras la distancia comenzaba a exhalar ya su último aliento. El tren había llegado finalmente a su destino. A nuestros pies, Nara nos aguardaba silenciosa.

La ciudad amaneció bajo negros nubarrones, escenario perfecto para el triste devenir de aquel día. Un olor a soledad impregnaba la mañana gris, mientras el taxi recorría raudo las calles intentando esquivar inútilmente el aguacero. En el cielo, las nubes seguían llorando desconsoladas.

La entrada del templo se divisaba a lo lejos imponente, majestuosa. Sorteamos como pudimos la marea de gente que a temprana hora se agolpaba ya en las inmediaciones, mientras las manadas de ciervos nos observaban indolentes desde ambos lados del camino.

Advertía cómo mi corazón se aceleraba a cada paso. Y comenzaba a sentir la mirada inquietantemente borrosa. Entonces, tu mano se encontró con la mía. Y tuve la extraña sensación de que volábamos.

Ni siquiera reparé en los grupos de niños y niñas con sombreritos amarillos que nos cruzamos. Hasta la gigantesca figura de bronce que descansaba en el interior de la estancia principal me pasó desapercibida.

Abandonamos aquel recinto y recorrimos el angosto pasillo situado a mano izquierda. Y allí estaba. Ese momento tan esperado nos alcanzó. El tiempo pareció haberse congelado y las manecillas del reloj quedaron mudas por un instante. Vacilé unos segundos, pero tu mirada volvió a reconfortarme.

No restaba más que esperar obediente mi turno -una niña más- en la hilera de personas. Y entre tanto, intentaba desesperadamente silenciar la creciente agitación que prendía mi alma.

Tomaste con cuidado el libro, testigo de miles de kilómetros de este viaje. Y de su interior, una fotografía.

Acaricié aquella imagen entre mis manos emocionadas. Y reuní el poco valor que aún me quedaba, contemplando lo que cruelmente me había sido negado ya para siempre.

Alargé vacilante el brazo y pasé la foto hasta el otro extremo de la columna. La sorpresa (o el desconcierto) se asomó a los ojos de quienes el azar transformó en testigos imperfectos de un jeroglífico que no acertaban a descifrar.

El dolor de tu ausencia, el amargo aroma del adiós, hizo descender mi ánimo hasta una bruma de olvido…

Y mientras un taxi atravesaba fugaz la ciudad de Nara, volviste a estrechar suavemente mi mano entre las tuyas. Mientras recorríamos apresuradamente calles y avenidas, ya sin la pesada carga entre los brazos. En el cielo, las nubes continuaban llorando desconsoladas.

Sólo entonces, las lágrimas inundaron mi alma y la fina lluvia se fundió con mi rostro.

La mañana siguiente, un nuevo amanecer contemplaría nuestros últimos instantes en Japón…