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Fragmentos de una Utopía » Una vida contada en canciones

Archivo de ‘Una vida contada en canciones’ Category

El mejor regalo

Miércoles, Enero 6th, 2010

 

- Creo que es el momento de que tengas una foto mía.

- ¿¿¿Eeehhh???

- Sí, sí… una foto… ¿Recuerdas? Hace meses te pedí una de las tuyas, solicitud que denegaste educadamente, así que he pensado que lo justo es que te regale en primer lugar una de las mías… para que puedas colocarla sobre la mesilla de tu habitación… (risita socarrona)

- (¿¿Cómo??… pero qué se habrá pensado éste…)

- …Lo malo es que no logro decidirme entre dos de las fotografías… Quizás sea mejor que seas tú misma la que finalmente elija cúal de ellas se queda contigo. Pero, primero, debo darte la máxima información, todos los datos posibles, explicarte la historia escondida detrás de cada una de las imágenes, para que así puedas escoger más fácilmente.

- (Medio intrigada/mosqueada) Grrrrr… mira que te pones pesadito con lo de las dichosas fotos… Si escucho atentamente lo que tienes que contar y te digo cuál de las dos me gusta más, ¿te olvidarás de este tema para siempre?

Asentiste en silencio con la cabeza y con los dedos cruzados tras la espalda.

- Entonces ok, pero no te enrolles demasiado… que te conozco… (te señalo con el dedo)

Tras varios minutos de pormenorizadas explicaciones -bastante interesantes, por cierto- me doy cuenta de una cosa.

- Oye… ¿pero no sería mejor que me explicaras todo esto con las fotos delante?

- ¡Pues es verdad! (pausa) Las dejé preparadas encima de la mesa de la cocina, pero entre una cosa y otra… ay, se me olvidó traerlas. ¿Puedes hacerme el favor de ir a por ellas? (Me miras con cara de perrito abandonado)

- ¡Anda! Resulta que soy la invitada ¿¡y me tengo que levantar yo!?… Bueeeno, de acuerdo, así aprovecho y me bebo un vaso de agua, que estoy seca de tanto oirte hablar como una cotorra… (te guiño el ojo)

Me dirijo hacia la cocina -sin sospechar nada de nada- y antes de traspasar el umbral las veo, exquisitas, radiantes… esas doce hermosuras, allí,  -sin duda- esperándome.

- Aaahhh… (sorprendida) Pero… cómo… ¡no puede ser cierto!

- ¿Tus favoritas, verdad? (con dulzura) Son todas para ti, querida…

- Pero, pero… no me esperaba esto de ti… ¿Sabes lo difícil que es encontrar esta variedad de rosas… aquí…ahora?

(Claro que lo sabías…)

- Éste es el mejor regalo que alguien podía haberme hecho jamás (sonriendo)

- ¿Y sabes cúal es el mejor regalo que me podías haber hecho tú?

Abrazada al ramillete de rosas blanquecinas teñidas con un leve rubor rosáceo, mi mirada -entre sorprendida y emocionada- encuentra rápidamente la tuya.

- Verte sonreír

 

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Fotografía de Samudi en ojodigital.com

 

El viejo álbum repleto de fotografías que nunca existieron

Domingo, Mayo 3rd, 2009

 

  

 

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A veces echo de menos el sabor de la tarta con fresas y nata -tu preferido- que servían en aquella cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen y techo con formas hexagonales, cerca de la Puerta del Sol.

La primera vez que lo viste en aquel escaparate, no pudiste evitar pararte a contemplarlo. Y a mí se me hacía la boca agua ante semejante obra de arte culinaria. Los precios del establecimiento eran demasiado elevados para un bolsillo medio, pero aquel pastel enorme parecía estar hablándote desde el expositor, así que miraste el dinero que llevabas en el billetero, me tiraste de la mano y entraste con paso decidido en el local.

Le pediste al camarero que te sirviera una ración de aquella sabrosa tarta y que, si no le importaba, añadiera dos cubiertos en lugar de uno. Un vaso de agua -que era gratuito- completaba la consumición, pues el presupuesto del día no daba entonces para mucho más…

Regresar a la misma cafetería y admirar desde la calle aquella maravilla, se convirtió en nuestro pequeño ritual a lo largo de varios años de mi niñez cada vez que volvíamos por la misma zona de Madrid. Además de una delicia para los sentidos. De vez en cuando, entrábamos y nos pedíamos una única ración de tarta junto con un par de tenedores. Y un vaso de agua también. Faltaría más.

Hace unos cuantos días me reencontré con un pequeño grupo de fotografías extraviadas que se habían colado por descuido entre los libros y los dvd de una de las estanterías. Ojear de vez en cuando viejos álbumes repletos de viejas fotos ha sido algo que, en cierta medida, siempre me ha gustado, pero que a la vez me llena de una extraña melancolía por todo aquello que un día fue, por todas aquellas personas que hoy ya no están o que se encuentran demasiado lejos de aquí. Y de mí.

Esas fotografías recuperadas del olvido me hicieron pensar en las que acabaron perdiéndose irremediablemente no se sabe bien por qué motivo, o peor aún, en todas aquéllas que nunca jamás llegaron a hacerse y que merecieron haber existido. Para poder volverlas a ver, al menos, una, cien… mil veces más.

Un día como éste. O como otro cualquiera.

Porque me hubiera gustado verme, ver cómo era yo, en algunas situaciones de un pasado que atesoro con especial cariño. Porque a ti te recuerdo perfectamente tal y como eras. Tu impresión en mi memoria permanece imborrable.

Como cuando decidía cubrirme el rostro con uno de los cojines del sofá, el que tenía más a mano, tratando así de no ver las escenas más sangrientas de la película de turno, mientras me decías que me avisarías cuando hubieran acabado.

Yo siempre picaba como una tonta -asustada como estaba- y a tu indicación, me quitaba el cojín de la cara antes de que las escenas horribles hubieran terminado (aunque reconozco que tampoco eran tan tremendas, al fin y al cabo). Y entonces allí estabas tú, delante de mí, con las imágenes terroríficas de fondo, intentando componer una cara monstruosa con la que pegarme un susto tremendo. Pero al final, en lugar de llorar de miedo, lo hacía de risa, porque tu interpretación era un auténtico esperpento…

Supongo que ese es uno de los motivos por el que las películas de terror no me infunden tanto miedo, sino más bien todo lo contrario. En mitad de la escena más sobrecogedora, a veces no he podido evitar echarme a reír en la negritud de la sala del cine, así que es posible que algunas personas hayan llegado a pensar que estaba un poco chalada… aunque eso es algo que nunca me ha importado demasiado. 

Creo que darle el justo valor a las situaciones y a las personas, además de (son)reír son dos de las mejores cosas que me enseñaste a hacer en esta vida. También, te debo el impregnarme de esa cabezonería tuya (dicen que de tal palo, tal astilla), de ese espítitu de lucha y de tu enorme capacidad de sufrimiento, que me han servido durante todos estos años para intentar superar (con mayor o menor fortuna) los momentos más duros y difíciles de mi existencia. E intentar ver, siempre, el lado positivo en cada situación, aunque a menudo sea tan difícil encontrarlo y me sienta derrotada.

Hoy la vieja cafetería donde degustábamos la mejor tarta con fresas y nata de Madrid, ya no existe. En su lugar, desde hace años, las ruidosas máquinas de unos salones recreativos ocupan el espacio de aquellas mesas de estilo setentero en las que nos sentamos un puñado de veces.

Cuando paso por delante, no puedo evitar mirar de refilón dentro del local, por ver si consigo verte a ti, a las dos, entre fresas, tenedores y vasos de agua de grifo.

Porque aunque la cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen ya no exista, nadie podrá borrar jamás de mí esas imágenes, fotografías que nunca llegaron a plasmarse en un papel.

Aquellas hermosas huellas de nuestro pasado. 

 

 

 Fotografías sacadas de google

 

Caleidoscópico amanecer

Martes, Abril 14th, 2009

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-Soy capaz de cantar cualquier canción que me pidan… Díme cuál es tu favorita, la que tú prefieras, que yo la cantaré entonces para ti - me dijiste un buen día.

Me quedé sin palabras, atónita, sin saber qué responder ante tan insólito ofrecimiento.

Interpretaste mi silencio como una invitación a traspasar el umbral de la puerta y así comenzaste a narrarme, poco a poco, la extraña historia del muchacho que se dibujaba una sonrisa en la cara y dedicaba su vida a cantar canciones ajenas a quien se lo pidiera.

La gente solía pedirle al chico con relativa frecuencia que se aprendiera un montón de melodías (dificilísimas todas ellas, of course) y entonces él trataba de aprendérselas de memoria, imitando a la perfección las voces de todos y cada uno de los intérpretes. Todo por ver una pequeña chispa de felicidad en aquellos ojos desgastados. Quizás por sentir que podía convertirse en un ser especial para alguien, al menos tan sólo por un instante.

No sé si recuerdas que en ese punto comenzaste a darme la serenata, tarareándome las estrofas de algunas de las tonadas en voz alta y dejándome los tímpanos un tanto doloridos -todo hay que decirlo- por el volumen exagerado que salía de tu garganta.

En tono orgulloso comentabas que todos se quedaban epatados con la  prodigiosa voz de ese chico. Y que lo de imitar a cualquier intérprete era para él como un juego de niños.

Mientras, seguías intercalando una y otra estrofa entre los fragmentos de nuestra conversación y yo me preguntaba en secreto por el motivo de toda aquella singular representación. Si sólo lo hacías para impresionarme o tal vez estabas aburrido y no sabías de qué demonios hablar conmigo, porque apenas nos conocíamos.

Me pregunté igualmente cuál sería la razón que movía al muchacho a realizar aquel acto de forma tan desinteresada. Por qué cantaba sólo las canciones que le pedían los demás y no las suyas propias.  Por qué se escondía de su propia voz, ocultándola, disfrazándola siempre debajo de esas otras que trataba de imitar. Y por qué me ofrecía a mí que eligiera una entre un millón y en cambio, no se atrevía a cantar aquello que más le gustaba. Supongo que una cosa es hacer un trabajo por encargo, donde no es necesario poner toda la pasión ni el sentimiento y otra muy diferente, desnudar tu alma y tu corazón ante una cuasi-desconocida.

Una nueva oleada de cánticos consiguió que todos estos pensamientos se desvanecieran de mi mente y todas las preguntas que me formulaba se quedaran sin respuesta.

- No sé, no sé… dudé.

Que alguien se ofreciera como cantante por horas era algo sumamente extraño que no ocurría precisamente todos los días… pero también bastante arriesgado. Una canción puede revelar mucho de uno mismo, incluso cuando se intenta por todos los medios conseguir el efecto contrario.

Siquiera pensar en esa posibilidad hacía -no sé la razón- que me entrara la risa, así que intenté contenerla como pude mirando disimuladamente hacia el lado opuesto al que en ese momento te hallabas, pero no te diste ni cuenta de mis esfuerzos, enzarzado como estabas en mostrarme la capacidad de entonación de tus cuerdas vocales.

- De acuerdo - te dije de repente, quiero que me cantes ESTA canción…

…La más difícil para el tono de tu voz  que mi castigada mente acertó a pensar en una décima de segundo (aunque eso tú no lo supieras entonces porque me guardé esa información para mí solita en aquel instante).

- No la conozco.

- No te preocupes, mañana mismo te paso un cd para que te la puedas aprender.

Y así fue. Te pasé la canción y reconociste que era bastante complicada. Añadiste que quizás te iba a llevar más tiempo del que suponías el poder aprendértela y ofrecerme una actuación de esas que quedan grabadas en los anales de la historia.

Tengo que decir que me desilusioné un poco, aunque te confieso que en el fondo también saboreé el dulce aroma de la victoria.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Y yo te imaginaba ensayando bajo la ducha, canturreando mientras te lavabas los dientes, tarareando las estrofas en el coche y mientras pasabas las horas muertas en la oficina.

Pero transcurría el tiempo y por más que yo esperaba y esperaba, aquella actuación prometida no llegaba nunca.

Un día apareciste con un libro.

- Toma, te lo regalo - me dijiste.

- Te lo agradezco, pero… ¿y mi canción?

- La canción es demasiado difícil para mi, lo he intentado con uñas y dientes, de veras que sí, pero ya no tengo la misma voz que tenía hace unos años. La he perdido. Y no quiero hacer el ridículo ni decepcionarte.

Me quedé un poco chafada al escuchar aquello… hasta me había comprado un vestido nuevo para una ocasión tan especial… En serio.

- Así que a cambio te regalo este libro, con todo mi cariño, espero que sepas comprenderlo.

Por supuesto que lo comprendí… cuando comencé a leer ese -complicadísimo- libro del me quedé enganchada/atascada poco más allá de la página 81.

- Qué puñetero- pensé, me la ha metido doblada el chico éste…

Y varias veces he intentado durante este largo tiempo retomar su lectura. E imagino que de igual manera, tú habrás intentado entonar nuevamente mi canción. ¿Sin éxito? Sólo yo lo sé. O acaso tan sólo tú conoces la respuesta.

Ha transcurrido ni sé cuánto desde aquello. Y tal y como sucede en el libro, tú, ella, yo y él, han acabado entremezclándose en este extraño juego en el que yo era tú y tú acababas siempre siendo yo.

Y como no podía ser de otra forma, todo ha terminado de la única manera posible para ambos.

Los dos… nos hemos echado a reír.

 

Una canción:

 

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… Y un libro

 

So far, so close…

Lunes, Marzo 9th, 2009

 

Antaño compuse melodías en la soledad de mi habitación y sus acordes eran crueles espejos que jugaban a reflejar los ecos anónimos de mi vida indiferente.

Antaño contemplé cómo los barcos se alejaban irremediablemente de la costa y deambulé a la deriva por el abandonado puerto, en busca de una brújula que fuera capaz de guiarme en este camino de rumbos inciertos. Observaba cómo los árboles caducos iban perdiendo una a una, inexorablemente, todas sus hojas, que caían como lluvia marchita sobre mis zapatos. Y tras el fundido a negro de los créditos finales de una vieja película muda, me dí cuenta de que el protagonista siempre era otro, ese que nunca alcanzaría a ser yo.

Pero eso ocurrió en otro tiempo, cuando las miradas de los demás jugaban al escondite con mis anhelos, intentando esquivar a manotazos el secreto lenguaje de un rostro cansado de buscar y no encontrarte.

Y súbitamente, la casualidad hizo que me hallara presente en el instante y en el lugar precisos. En aquel inolvidable momento en que de la nada más absoluta surgió un desconcertante oasis en mitad de todo este desierto, plagado de caótico ruido y de confusión.

Acaso sea ahora cuando dos humildes latidos aprendan a componer los retazos de una misma vida, paso por paso, a cuatro manos y con un solo corazón…

 

 

 
…Falling slowly sing your melody
I’ll sing along
 

 

Moonlit tale: IV. Chaotica

Sábado, Diciembre 27th, 2008

No conseguía conciliar el sueño por las noches.

Todo comenzó con un insomnio autoinducido que, de manera involuntaria, fue escapándose de sus manos y acabó convirtiéndose en una insana costumbre que ya no acertaba a controlar.

De noche, permanecía en vela. Descansaba apenas tres o cuatro horas, cuando vencida por el cansancio, se abandonaba ya sin fuerzas al olvido. Por las mañanas, preparaba bolsitas de infusión para bajar la hinchazón de los ojos y se ponía la máscara que tan hábilmente había aprendido a manejar, antes de salir a la calle. Y nadie se daba cuenta de nada. Porque nadie sabía cómo mirar ese profundo y oscuro pozo en el que se había convertido su mirada.

Apagaba la luz de la habitación y se acostaba en la cama con la vista clavada en el techo. Tremendamente exhausta, pero no lo suficiente aún como para cerrar sus fatigados ojos. Y así esperaba siempre, paciente, hasta que los habitantes de la casa hubieran caído ya rendidos en brazos de Morfeo.

Ni siquiera sabía cuánto tiempo permanecía en este estado, tumbada sobre la cama, con la mirada observando el vacío de la habitación, mientras su mente divagaba entre penumbras y amargos pensamientos. Por encima de su cabeza, observaba cómo flotaban lenta, cruelmente, sus recuerdos. Imágenes y más imágenes que surgían de las profundidades de su memoria, entremezcladas, salpicando de sentimientos las oscuras paredes.

Y de repente, en la quietud de la noche, comenzaba a sollozar.

Era tanto el tiempo que transcurría hasta que tenía la certeza de que nadie -absolutamente nadie- podía escucharla, que un río de lágrimas se apretujaba tras sus ojos. Y una tormenta de violencia inusitada estallaba entonces en aquella habitación. Hundía rápidamente su cara en la blanda almohada en un intento por acallar el sonido salado de sus sentimientos. Pero los ríos fueron convirtiéndose en lagos, y los lagos en un mar. Y ya no había almohada en este mundo capaz de frenar aquella marea.

A menudo tenía extraños pensamientos y creía, asustada, que hacía tiempo que había dejado de pertenecer a la raza humana. Porque el común de los mortales sería incapaz de llorar tanto como ella lo había hecho durante semanas. Durante meses incluso.

Un día decidió que no volvería a llorar nunca más. Se lo prometió a sí misma. Y desterró la almohada de su habitación.

Pero se trataba de un reto bastante difícil de llevar a cabo. Porque los ríos de lágrimas no paraban de fluir continuamente hacia ella. Y la vieja almohada capaz de frenar aquella inundación ya no existiría nunca más.

Poco a poco, se fue convirtiendo en profesional en tragarse los sentimientos. La primeras lágrimas que se quedó dentro morían en su garganta. Pero se clavaban como enormes cuchillos afilados, rasgando su alma y acrecentando las heridas en su corazón. Sentía una punzada inmensa cada vez que el menor lamento pretendía asomar por su boca. Pero se la apretaba como podía con ambas manos y así evitaba que saliera al exterior. Y noche tras noche, soportaba un infierno de dolor y angustia en vida.

Ya no se oirían más quejidos ni sollozos en la quietud maldita. Nunca. Aunque lo que no consiguió jamás fue dejar de llorar. Porque entonces, hubiera tenido que dejar de pertenecer a la raza humana. O acaso, desaparecer para siempre.

Sin embargo, aprendió a controlar aquella lluvia en un absoluto y doloroso silencio. Mientras las lágrimas seguían resbalando calientes, amargas, por su rostro. Mientras su cuerpo tembloroso y triste intentaba,  a duras penas, curarse.

Fue así como su torturada alma, descompuesta, abatida, iba marchitándose lentamente. Completamente sola, abandonada a su suerte.

Y ya no soñaba con hallar un pequeño milagro que mitigara aquellas heridas. Las provocadas por unos recuerdos de aquel pedazo de vida que un lejano día pudo acariciar entre sus manos.

(Moon Phase: New Moon 0% of full)

Fotografía de flickr

Entradas relacionadas:

Moonlit tale: I. Crush

Moonlit tale: II. Sea in flames

Moonlit tale: III. Running through magnetic fields

Sonrisas de Rock’n'Roll

Domingo, Noviembre 23rd, 2008

En mi ciudad, hay un lugar por el que afortunadamente no pasan los años, un garito de esos de mala muerte, en el que se respira el rock’n'roll de antaño por los cuatro costados, donde el olor de los cientos de vinilos se entremezcla con el aroma de la maría y de la cerveza amarga.

¿Recuerdas la primera vez que nos colamos allí? Cuántas noches se sucedieron después, hora tras hora una junto a la otra, cuando nos susurrábamos secretos al son de los Zeppelin o los Doors, nos reíamos a los cuatro vientos de las cosas estúpidas de esta vida mientras tarareábamos sin cesar a los Ramones y bailábamos (daba igual si sonaba la Credence, T.Rex, los Kinks o Eddie Cochran) hasta que las piernas ya no nos sostenían más en pie. Nos sentíamos libres de todo y de todos. Nuestras miradas (sobre todo la tuya), brillaban.

Quién hubiera pensado entonces que todo esto se nos acabaría alguna vez. Porque cuando todavía eres un proyecto inacabado de mujer, quieres creerte esa historia de que la gente no cambia, que tu mundo permanecerá inmutable así, tal y como lo conoces. Que tu amiga de la infancia y tú seréis uña y carne para siempre. Inseparables.

Cuando pienso en ti, me viene a la mente tu belleza triste, esa que tanto atraía a los hombres, pero que tan pocos se interesaban en descifrar. Porque detrás de la sonrisa de pintalabios y los ademanes de chica autosuficiente, se escondía la historia de una adolescente tímida y sensible, de un alma frágil que se esforzaba en no romperse más y más a cada paso.

Recibiste el primer golpe de esta vida cuando aún no habías nacido. Mientras aquel hombre que nunca fue tu padre, apalizaba a tu madre que ya estaba embarazada de ti. Por eso comprendía tu miedo cuando me agarrabas fuertemente de la mano y echábamos a correr las dos para ponerte a salvo, porque creías haberle visto a la salida del colegio entre la multitud de personas. A veces pensaba que íbamos a pasarnos toda la vida corriendo.

Nunca supe por qué guardabas como un tesoro aquella foto que le robaste a tu madre. O puede que sí. Una foto ya vieja y arrugada por el paso de los años que, seguro, mirabas a menudo entre fascinada y horrorizada, intentando no reconocerte en los rasgos de aquel rostro descolorido que tanto odiabas. Por el daño que te había hecho a ti sin conocerte. Por transformar a tu madre en un ser taciturno y miedoso, que apenas salía a la calle si no era para ir a trabajar. Y que tú te esforzabas en hacer sonreír con tus monerías y tus chaladuras, aunque muchas veces estuvieras llorando por dentro.

Tenías imaginación a raudales y quizás un brillante porvenir literario. Pero no quisiste siquiera intentarlo. Porque te sentías vencida incluso antes de empezar a luchar. Recuerdo cuando me pasabas tus escritos y me pedías que te corrigiese las faltas de ortografía. No eran demasiadas, pero nunca supe si eran de verdad o las cometías a propósito. Puede que sí. Porque a veces es más fácil desnudar el alma a través de un montón de palabras manuscritas. Porque el sonido de una voz es capaz de espantar de golpe todos los sentimientos.

Y así veía lo perdida y confusa que a menudo te sentías. Cómo añorabas tener una familia “como todo el mundo”. Cómo te obsesionabas cada vez más con la idea de conocer a aquel indeseable. Cómo a veces te echabas la culpa de la infelicidad que te rodeaba y soñabas con morirte.

Cuando estabas muy deprimida bebías más de la cuenta y luego te odiabas por ello. Si te daba por estar alegre, eras el alma de la fiesta y coqueteabas con todo el mundo. Si te daba el bajón, mejor no contarlo. Y se me rompía el alma cuando te veía tan mal. Porque quería ayudarte, pero no sabía cómo y tú no me ayudabas. Porque el proceso de la curación no comienza hasta que uno mismo no desea ser curado. Y así pasaste por los brazos de varios hombres que vieron en ti a la chica de sus sueños, pero que te abandonaban a la mínima cuando descubrían a esa muñeca rota y triste que necesitaba toneladas de cariño que no estaban dispuestos a regalar.

Un día dejaste de escribir, y esas tardes en las que me cepillabas el pelo mientras te corregía las faltas de ortografía, desaparecieron como si nunca hubiesen existido. También dejaste de ir al bar de siempre y te buscaste nuevas compañías. Y quisiste fabricarte un nuevo disfraz tapando las ojeras con doble capa de maquillaje.

Transcurrieron meses hasta que recibí tu llamada de teléfono. Me decías que no soportabas tu nueva vida, que la gente que te rodeaba era superficial y estúpida. Que seguías llorando por las noches. Que te sentías sola.

Pero la vida que construí lejos de ti no te gustaba. Demasiado tranquila, quizás. Ya no encajabas o no querías encajar en mi mundo. Y así fue como nos dijimos adiós.

Porque decidiste bajarte en la anterior parada (o quizás fui yo la que se bajó) y nos fuimos cada una por su camino, para ya nunca volvernos a ver. Miento. Porque volvimos a encontrarnos en una ocasión más, muchos años más tarde.

Ese día que yo brincaba en la puerta de la agencia de viajes con los billetes a París en la mano no cuenta. Porque yo te ví atravesar la calle desde la otra acera, pero no sé si tú reparaste en mí en aquella ocasión, o te hiciste la sueca. Tuve la impresión de que tenías la expresión algo triste, pero quizás tan sólo se trató de un equívoco por mi parte; me había convertido en la felicidad personificada por un instante y allí, desde mi nube, mi ánimo contrastaba con el del resto de las personas, que parecían transportar vidas más pesadas y grises que de costumbre.

El día que nos tropezamos en aquella escalera aparentabas estar tranquila. Me preguntaste por mi vida y me contaste lo feliz que estabas porque hacía unas semanas que te habían hecho el contrato indefinido en el trabajo. Me alegré por ti. En serio. Cruzamos unas cuantas palabras más y nos pasamos los teléfonos, con la promesa de volvernos a ver algún día de estos. Pero tuve la incómoda sensación de que todo se trataba de una absurda pantomima. Porque para mí, te habías convertido en una desconocida. Y supongo que a ti te había ocurrido lo mismo conmigo. Porque tampoco me llamaste.

El paso del tiempo nos va moldeando de forma imperceptible. Y cambiamos sin apenas darnos cuenta. Y vamos perdiendo pedazos de nosotros mismos y a cambio ganamos fragmentos nuevos con cada decisión que tomamos. Aquella persona que una vez fuimos ya no existirá jamás, salvo en nuestra mente. Porque los seres humanos no dejamos de cambiar en toda nuestra vida. Aunque muchas veces sólo sean pequeños matices los que nos diferencian de nuestro yo de la semana anterior. Y nuestra esencia sigue permaneciendo intacta por siempre… Pero a veces no.

Un día de un año cualquiera, me encontré casualmente con tu madre en el ascensor del hospital. Me contó mil cosas, que ibas a casarte, que habías conocido a un hombre que te hacía muy feliz. Y volví a alegrarme por ti. En serio.

Y hace unos cuantos meses, tu recuerdo volvió a visitarme. Escuché en las noticias que los dueños de la empresa en la que trabajabas habían dado el pelotazo y todos sus trabajadores se habían quedado en la calle. Y lo sentí por ti. De verdad. Quise llamarte por teléfono para apoyarte, pero no encontré tu número por ningún lado. Debió de perderse en algún rincón del camino, al igual que nuestra vieja amistad.

Luego lo pensé detenidamente y acabé por agradecerlo. Respiré aliviada. Porque nos hubiéramos sentido violentas (o tú, o yo, o las dos) por despertar los fantasmas ya dormidos de tu pasado. Porque hay recuerdos que es mejor no estropearlos. Y porque prefiero imaginarte eternamente sonriente y con ese brillo especial que tenías en la mirada cuando bailábamos en aquel viejo bar.

¿Recuerdas? Ese viejo bar que continúa como antaño, varado en el tiempo, y al que voy de vez en cuando a escuchar raciones de buena música. Un lugar donde aún resuenan los ecos de nuestras voces desgastadas; donde cada rincón se convertirá de nuevo en escenario de otras vidas, de chocar de botellas, de humo de cigarrillos, de confidencias susurradas al oído.

Y cada vez que escucho esta canción, no sé qué extraño mecanismo me transporta a aquella época en una centésima de segundo. Y no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ni quiero. Por los buenos tiempos.

 

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Ilustraciones de Chris Buzelli