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Fragmentos de una Utopía » Universos antiparalelos

Archivo de ‘Universos antiparalelos’ Category

A lonely dancer

Martes, Febrero 14th, 2012
 
 
 
Viento infame, hoy aúllas en la estepa,
lobo solitario, bajo la luna llena persigues tus propios gritos de amargura.
La luna se marchita, observa sus bordes, se agrietan sobre la noche.
 
Tú, que te creíste con derecho a pasearte sin respeto por la tierra yerma,
siempre contemplando el presente desde tu espejo retrovisor,
indiferente a vencimientos y guerras baldías.
 
Díme ahora, espíritu solitario,
si ya lo has visto todo, qué sigues buscando todavía.
 
Tú, paseante eterno, que te abandonaste al vértigo cegador del abismo
que azotaste balandros como marionetas, sin importarte siquiera,
dejándolos chocar estrepitosamente contra el rostro arrugado de los viejos acantilados.
 
Si sobrevuelas impasible océanos oscuros y ciudades deshauciadas y sombríos campos invernales, ¿por qué te refugias ahora al abrigo de olvidadas melodías y aromas antiguos?
 
¿Recuerdas aún lo frágiles que eran?
 
(Como pétalos bañados por el rocío del alba,
como el dulzor cálido de los frutos madurados al sol del estío).
 
¿Recuerdas acaso cuando me levantabas la falda y te ensortijabas en mi pelo
y enrojecías mis mejillas y te arremolinabas alrededor de mi cintura?
 
Ahora sólo queda una casa deshabitada, un desierto sin arena, una tierra sin su horizonte.
 
Ahora tus dedos se pasean por mi espalda y sólo estallan los silencios,
como si estuvieras tocando un arpa de hielo.
 
Díme entonces, espíritu vencido,
tú que ya lo has visto todo,
díme cuándo te diste cuenta de que nunca fuiste capaz de amar.
 
 

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Antología del desencuentro

Lunes, Febrero 14th, 2011

 

Pasea insaciable la curiosidad por la asfixia de la memoria, absurdo paraíso de paisajes desenfocados.

Susurran viejas voces -borroso el rostro de una historia superlativa-, moviendo otra ficha en el tablero de los nombres propios.

Ya no hay utopías ni ingenuidades, tan sólo sonrisas como puñales, danzas y desencuentros, nefelibata desencantado, naúfrago, en el oscuro callejón de las frases inacabadas.

Y el eterno sinsentido del tiempo, de las realidades fragmentadas, de promesas que se atreven a derribar, silenciosas, las murallas del sentimiento.

Locura despiadada, flor amarga del desencanto, afortunado quien consiga descifrar el esquivo color del olvido.

 

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Sinsentido e insensibilidad

Domingo, Febrero 8th, 2009

 

Maeko y un compañero de su trabajo tuvieron un accidente con el coche. Ocurrió el mes pasado, pero no lo había contado hasta ahora porque ella me dijo que no lo hiciera. Mis papás me enseñaron que cuando una persona te cuenta algo muy pero que muy importante, como un secreto o algo así, y te pide que no se lo digas a nadie, hay que respetar esos deseos si no quieres que esa persona se ponga muy muy triste.

Ahora maeko está más alegre y me ha dado su permiso para contarlo. A veces he oído cómo decía que el tiempo todo lo cura, pero no sé a qué podía referirse con esto. Es un misterio para mí, porque no entiendo muy bien qué tiene que ver que llueva o salga el sol con ir al médico. Tampoco comprendo muy bien cuando ella me cuenta que a veces el tiempo parece que vuela en un avión y otras veces va andando con muletas. El año pasado me enseñaron en el colegio que todos los días tienen veinticuatro horas, una hora sesenta minutos y cada minuto, sesenta segundos, así que me siento un poco confusa con todo ello. Creo que mañana le preguntaré a mi profesora si existen los minutos que tengan menos o más de sesenta segundos, sí.

El compañero de maeko es un chico muy prudente al volante. Eso es lo que maeko me ha explicado y siempre suelo confíar en lo que ella me dice. Es de los que siempre respeta las señales en la ciudad y se para en los pasos de cebra para dejar pasar a los peatones. Nada más conocer esto, me ha caído muy simpático. Lo digo porque a veces me da miedo cruzar por ellos. Aunque el semáforo esté en verde para que pasemos nosotros (ese color de luz se parece a los ojos de mi amiga Anita y son super bonitos), hay muchos coches que se los saltan sin querer queriendo y tienes que poner mil ojos y pasar muy rápido por si acaso te pueden atropellar. Yo pienso que se llaman “de cebra” y no de otra manera, porque tienes que pasar corre que te corre muy rápido como ellas si no quieres que te muerdan los “leones-coche” en las piernas.

 

 

El día del accidente, el compañero de maeko se paró para dejar cruzar a unos peatones porque es muy majo. Además, siempre mira por los espejos para comprobar que no viene ningún otro coche demasiado rápido por detrás suyo. Eso es lo que me lo contó maeko. También, que aquel día miró y, como no venía nadie más, pues frenó frente al paso de cebra.

Cuando sea mayor y conduzca un coche, yo también haré esas mismas cosas.

Maeko me contó que ella estaba distraída mirando por el cristal, porque estaba escuchando una canción de la radio. Que de repente sonó un boomm tremendo y que salió disparada hacia delante. Uff, menos mal que llevaba el cinturón de seguridad puesto, si no, se habría hecho muchísimo más daño. El golpe fue tan fuerte, que hasta se le saltaron las gafas de la cara. Tuvo suerte, porque se le cayeron encima de las rodillas y no se le rompieron… menos mal.

Casi estuvieron a punto de pillar a la pareja que cruzaba pero, como de milagro, todavía no habían pasado por delante. Maeko me dijo que el señor peatón y la señora peatona se les quedaron mirando un rato con cara de enfado y luego se marcharon de allí pitando (jolines, cuando alguien habla de esto siempre me imagino a las personas como si fueran árbitros de fútbol, no puedo evitarlo). No fueron a preguntar cómo se encontraban ellos, o la niña pequeñita que viajaba en el coche de atrás, ni llamaron a una ambulancia, ni a la policía.

Actuaron como si fueran unas cebras perseguidas por los leones y se marcharon de allí corriendo corriendo.

A maeko y a su compañero les hicieron unas cuantas radiografías. Me estuvo contando que son como unas fotografías en blanco y negro de nosotros mismos, pero de los huesos que tenemos dentro. Creo que de pequeña me hicieron unas fotos de esas. Un día se me rompió una cosa que me gustaba mucho y como no se podía arreglar, pues me puse a correr hacia atrás para ver si podía volver otra vez al pasado y desestropearlo. Pero lo único que conseguí fue caerme porque no tengo ojos en el cogote y me rompí el brazo izquierdo.

 

 

Recuerdo que me quedé tumbada boca arriba en el suelo y la gente me estaba mirando como si fuera una extraterrestre. Yo me puse a llorar porque se me había caído un pendiente que me había regalado mi mamá, pero un señor muy simpático lo encontró y me lo devolvió.

Las radiografías son un poco rollo porque son tan grandes tan grandes, que no se pueden poner en un álbum de fotos. Pero cuando te rompes un hueso, te ponen una escayola y luego tus amigos te escriben dedicatorias y te hacen unos dibujitos muy chulos.

He oído decir a mis papás muy bajito que maeko estaba como un zombi estos días, aunque pensé que para eso había que estar muerto. A veces me pasa que no entiendo muy bien lo que significan las palabras de los mayores, porque dicen cosas demasiado complicadas para mí.

A maeko el doctor le ha recetado unas medicinas muy fuertes que le dejan K.O. (he tenido que preguntar cómo se escribía esto porque no lo sabía) y si se despierta antes de que se le pase el efecto de las pastillas, puede tener amnesia temporal, que no sé lo que es, pero suena fatal.

Me ha dicho que estas semanas no se ha conectado mucho a internet porque le dolía un montón la espalda y le costaba estar sentada. Que ha tenido la cabeza “en otro sitio” y que por eso tampoco ha escrito mensajes. Hmmm, lo del “otro sitio” me ha intrigado muchísimo, así que después he estado un buen rato dando unas vueltas a su alrededor para encontrar alguna cremallera en su cuello o en la cabeza, pero no he podido verle ninguna. No sé cómo ha podido separar la cabeza de su cuerpo. Debe ser algún tipo de magia que no conozco todavía. Qué rabia, se lo preguntaría a ella, pero ahora está un poco cansada. 

 

 

Creo que lo que hicieron las dos personas que se marcharon fue muy pero que muy feo. En el mundo hay personas buenas y malas, ójala que a las malas les salieran todas las fotografías deformes en blanco y negro, como las radiografías cuando se te rompe un hueso.

Maeko me ha explicado que el mundo no es tan fácil de explicar ni de arreglar como yo pienso. Que es cierto que esos peatones actuaron de forma pésima, pero que no hay que desearle el mal a nadie. Que quien actúa así no tiene por qué ser una malísima persona para el resto de las cosas. Y que no me preocupe más por este asunto.

No he podido evitar pensar sobre todo lo que me ha dicho maeko. Me he tirado un rato bastante largo juntando en mi cabeza los datos sobre lo que ha ocurrido y he llegado a dos soluciones posibles: o bien, a la señora peatona se le había caído un pendiente y tenían los dos mucha prisa por marcharse porque lo estaban buscando, o puede que estuvieran tomando las mismas pastillas de amnesia que maeko y por eso andaban como unos zombis. También hay otra opción, que esos dos sean unos bichos malos requetemalos, pero… qué culpa tendrán de todo esto los pobrecitos bichos, ¿verdad?.

No sé, no sé… creo que lo mejor será que mañana le pregunte también esto a mi profesora, a ver qué opina sobre ello. Mi mamá dice de mi profe que es una santa, tampoco sé qué demonios querrá decir con estas palabras.

Pensaba que para ser santo, también había que estar muerto…

 

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Ilustraciones, llenas de sentido y sensibilidad, en depeapa

 

 

Espíritu navideño

Lunes, Diciembre 22nd, 2008

 

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Serían sobre las dos de la madrugada del domingo, cuando me encontraba de regreso a casita tras pasar una agradable velada con unos amigos que viven en un pueblecito situado a unos cuantos kilómetros de la ciudad.

 
Detesto atravesar las calles del centro cualquiera de las noches de los fines de semana (vehículos que circulan a demasiada velocidad o conductores borrachos que se saltan los semáforos), así que, para mi tranquilidad, prefiero rodear la ciudad y dirigirme por un desvío que, aunque me obligue a invertir unos diez minutos más en el trayecto -y consumir mayor cantidad de combustible-, se ha convertido en ruta tradicional para los sábados por la noche que salgo a las afueras. La carretera está prácticamente vacía y son pocos los coches con los que suelo cruzarme.
 
La circunvalación me deja al otro extremo de la ciudad y para llegar hasta la zona donde se encuentra mi barrio, tengo que atravesar en primer lugar las calles de un pequeño polígono industrial que suele estar totalmente desierto a esa horas.
 
Excepto la noche anterior, que no estaba tan solitario como de costumbre.
 
Antes de dejar atrás el polígono y tomar el camino hacia mi casa, tengo que girar a la izquierda y enfilar hacia una calle larguísima que tiene al fondo un semáforo que dura una eternidad. Os lo juro. Incluso por las noches.
 
Me fijé inmediatamente en aquel hombre y en su coche blanco (supuse automáticamente que debía de ser suyo). Era inevitable no hacerlo. Él se encontraba de pie, junto al automóvil aparcado en el arcén, de espaldas a la carretera. Pareció no darse cuenta de mi presencia cuando mi coche rebasó al suyo, porque no giró la cabeza ni me hizo seña alguna.
 
Pensé: la llamada de la naturaleza… y se ha bajado en el primer sitio que ha encontrado, al lado de la carretera, qué tío… ya podía haberse ido unos pasos más lejos…
 
Tuve que pararme en el semáforo. El otro coche se encontraría a menos de treinta metros del mío. Miré de reojo por el espejo retrovisor. Entonces ví que aquel hombre se estaba aproximando hacia mí con paso ligero. Y me sobresalté. No sé, lo primero que me vino a la mente es que era un loco de esos que venía a hacerme yo que sé qué…
 
Y el semáforo en rojo. Y las calles vacías. Y yo sola en el coche.
 
Luego recapacité: qué cosas piensas, mujer… siempre poniéndote en lo peor de lo peor…
 
No tengo por costumbre saltarme los semáforos que están en rojo y mucho menos si la calle que tengo que cruzar seguidamente es una carretera nacional. Así que comprobé que el hombre no llevaba nada raro en las manos y esperé que se acercara hasta mi posición. Y yo con mi corazón a unos mil por hora, por lo menos. Apagué la radio y puse la mano en el cambio por si tenía que salir zumbando de allí.
 
Toc, toc. Su mano golpeando el cristal. A través de la ventanilla pude ver que me hacía señas para que bajara la ventanilla. Ni de coña. Tan sólo la bajé unos pocos centímetros, lo suficiente como para escuchar lo que tenía que decirme y que no pudiera meter ni un dedo de la mano. Como no se le oía demasiado bien, acercó su cara al cristal y así sus palabras entraron a borbotones dentro del habitáculo. Lo cierto es que era una situación un tanto esperpéntica.
 
Me contó una historia que sonaba a mentira por todos lados. Me dijo que le habían avisado esa noche que a su madre le había dado un infarto y que estaba ingresada de urgencia en un hospital (en una ciudad a hora y media de camino de la que estábamos). Que con las prisas, había salido corriendo de casa con lo puesto, olvidándose la cartera y el teléfono móvil. Que nada más salir de la ciudad, se le había quedado el depósito sin gasolina. Que llevaba allí tirado en medio de la nada, completamente solo, desde hacía ni se sabe, y que no había aparecido ningún coche hasta el momento (eso sí me lo creí).
 
Tan sólo yo. Qué consuelo.
 
Me pidió dinero para gasolina. Ayúdame… 20 euros, por favor…
 
En la nacional había una gasolinera de esas que están abiertas las 24 horas del día. Pero no me pidió que le llevara hasta ella. Quizás ya era demasiado pedir. Y yo era una chica que viajaba sola. Y ni siquiera había abierto la ventanilla lo suficiente como para que pudiera colar un solo dedo de la mano. Así que no le iba a dejar subirse en mi coche. Ni harta de vino. Segurísimo.
 
Y el semáforo en rojo.
  
Rebusqué en el bolso, pero sólo tenía un billete de 50 y un par de 5 euros. Con diez euros no llega ni queriendo… pero darle cincuenta… ¿Y si me dice la verdad? ¿Y si su pobre madre está agonizante en la cama de un hospital? Y yo aquí regatendo unos míseros euros, cuando una vida vale mucho más que todo lo que yo tengo.
 
Así que se lo dí. Todo. El hombre se quedó con cara de tonto. Me pidió el teléfono. Me dijó que me lo devolvería. Por supuesto, no se lo dí. Le dije que se lo regalaba y que se tomara un café en la gasolinera. Todavía le quedaría un trayecto largo hasta llegar a ver a su madre. Y antes, una buena caminata de ida y vuelta con la lata de gasolina. Y fuera, un frío que cogelaba hasta la sinrazón.
 
Sabía que todo era una mentira. Que era todo un cuento muy bien orquestado. Que aunque le hubiera pasado mi número, nunca más volvería a ver mi dinero… Pero decidí darle (o darme) un voto de confianza. Porque soy una idiota. O quizás es que necesitaba hacerlo. Por él. Por mí. Nada más que eso. Y nada menos.  
 
Porque sea verdad o sea mentira, a veces hay que confiar, tener esperanza en el género humano. Que existe la buena gente, que no todos son (o somos) unos productos defectuosos. Al menos de vez en cuando. Que si no, en esta vida estamos apañaos.

Y que la generosidad se comporta como un boomerang. Que retornará no se sabe ni cómo, ni cuándo, pero que algún buen día lo hará. Qué le voy a hacer. Soy una ilusa.

Y ya huele a Navidad.

Sonrisas de Rock’n'Roll

Domingo, Noviembre 23rd, 2008

En mi ciudad, hay un lugar por el que afortunadamente no pasan los años, un garito de esos de mala muerte, en el que se respira el rock’n'roll de antaño por los cuatro costados, donde el olor de los cientos de vinilos se entremezcla con el aroma de la maría y de la cerveza amarga.

¿Recuerdas la primera vez que nos colamos allí? Cuántas noches se sucedieron después, hora tras hora una junto a la otra, cuando nos susurrábamos secretos al son de los Zeppelin o los Doors, nos reíamos a los cuatro vientos de las cosas estúpidas de esta vida mientras tarareábamos sin cesar a los Ramones y bailábamos (daba igual si sonaba la Credence, T.Rex, los Kinks o Eddie Cochran) hasta que las piernas ya no nos sostenían más en pie. Nos sentíamos libres de todo y de todos. Nuestras miradas (sobre todo la tuya), brillaban.

Quién hubiera pensado entonces que todo esto se nos acabaría alguna vez. Porque cuando todavía eres un proyecto inacabado de mujer, quieres creerte esa historia de que la gente no cambia, que tu mundo permanecerá inmutable así, tal y como lo conoces. Que tu amiga de la infancia y tú seréis uña y carne para siempre. Inseparables.

Cuando pienso en ti, me viene a la mente tu belleza triste, esa que tanto atraía a los hombres, pero que tan pocos se interesaban en descifrar. Porque detrás de la sonrisa de pintalabios y los ademanes de chica autosuficiente, se escondía la historia de una adolescente tímida y sensible, de un alma frágil que se esforzaba en no romperse más y más a cada paso.

Recibiste el primer golpe de esta vida cuando aún no habías nacido. Mientras aquel hombre que nunca fue tu padre, apalizaba a tu madre que ya estaba embarazada de ti. Por eso comprendía tu miedo cuando me agarrabas fuertemente de la mano y echábamos a correr las dos para ponerte a salvo, porque creías haberle visto a la salida del colegio entre la multitud de personas. A veces pensaba que íbamos a pasarnos toda la vida corriendo.

Nunca supe por qué guardabas como un tesoro aquella foto que le robaste a tu madre. O puede que sí. Una foto ya vieja y arrugada por el paso de los años que, seguro, mirabas a menudo entre fascinada y horrorizada, intentando no reconocerte en los rasgos de aquel rostro descolorido que tanto odiabas. Por el daño que te había hecho a ti sin conocerte. Por transformar a tu madre en un ser taciturno y miedoso, que apenas salía a la calle si no era para ir a trabajar. Y que tú te esforzabas en hacer sonreír con tus monerías y tus chaladuras, aunque muchas veces estuvieras llorando por dentro.

Tenías imaginación a raudales y quizás un brillante porvenir literario. Pero no quisiste siquiera intentarlo. Porque te sentías vencida incluso antes de empezar a luchar. Recuerdo cuando me pasabas tus escritos y me pedías que te corrigiese las faltas de ortografía. No eran demasiadas, pero nunca supe si eran de verdad o las cometías a propósito. Puede que sí. Porque a veces es más fácil desnudar el alma a través de un montón de palabras manuscritas. Porque el sonido de una voz es capaz de espantar de golpe todos los sentimientos.

Y así veía lo perdida y confusa que a menudo te sentías. Cómo añorabas tener una familia “como todo el mundo”. Cómo te obsesionabas cada vez más con la idea de conocer a aquel indeseable. Cómo a veces te echabas la culpa de la infelicidad que te rodeaba y soñabas con morirte.

Cuando estabas muy deprimida bebías más de la cuenta y luego te odiabas por ello. Si te daba por estar alegre, eras el alma de la fiesta y coqueteabas con todo el mundo. Si te daba el bajón, mejor no contarlo. Y se me rompía el alma cuando te veía tan mal. Porque quería ayudarte, pero no sabía cómo y tú no me ayudabas. Porque el proceso de la curación no comienza hasta que uno mismo no desea ser curado. Y así pasaste por los brazos de varios hombres que vieron en ti a la chica de sus sueños, pero que te abandonaban a la mínima cuando descubrían a esa muñeca rota y triste que necesitaba toneladas de cariño que no estaban dispuestos a regalar.

Un día dejaste de escribir, y esas tardes en las que me cepillabas el pelo mientras te corregía las faltas de ortografía, desaparecieron como si nunca hubiesen existido. También dejaste de ir al bar de siempre y te buscaste nuevas compañías. Y quisiste fabricarte un nuevo disfraz tapando las ojeras con doble capa de maquillaje.

Transcurrieron meses hasta que recibí tu llamada de teléfono. Me decías que no soportabas tu nueva vida, que la gente que te rodeaba era superficial y estúpida. Que seguías llorando por las noches. Que te sentías sola.

Pero la vida que construí lejos de ti no te gustaba. Demasiado tranquila, quizás. Ya no encajabas o no querías encajar en mi mundo. Y así fue como nos dijimos adiós.

Porque decidiste bajarte en la anterior parada (o quizás fui yo la que se bajó) y nos fuimos cada una por su camino, para ya nunca volvernos a ver. Miento. Porque volvimos a encontrarnos en una ocasión más, muchos años más tarde.

Ese día que yo brincaba en la puerta de la agencia de viajes con los billetes a París en la mano no cuenta. Porque yo te ví atravesar la calle desde la otra acera, pero no sé si tú reparaste en mí en aquella ocasión, o te hiciste la sueca. Tuve la impresión de que tenías la expresión algo triste, pero quizás tan sólo se trató de un equívoco por mi parte; me había convertido en la felicidad personificada por un instante y allí, desde mi nube, mi ánimo contrastaba con el del resto de las personas, que parecían transportar vidas más pesadas y grises que de costumbre.

El día que nos tropezamos en aquella escalera aparentabas estar tranquila. Me preguntaste por mi vida y me contaste lo feliz que estabas porque hacía unas semanas que te habían hecho el contrato indefinido en el trabajo. Me alegré por ti. En serio. Cruzamos unas cuantas palabras más y nos pasamos los teléfonos, con la promesa de volvernos a ver algún día de estos. Pero tuve la incómoda sensación de que todo se trataba de una absurda pantomima. Porque para mí, te habías convertido en una desconocida. Y supongo que a ti te había ocurrido lo mismo conmigo. Porque tampoco me llamaste.

El paso del tiempo nos va moldeando de forma imperceptible. Y cambiamos sin apenas darnos cuenta. Y vamos perdiendo pedazos de nosotros mismos y a cambio ganamos fragmentos nuevos con cada decisión que tomamos. Aquella persona que una vez fuimos ya no existirá jamás, salvo en nuestra mente. Porque los seres humanos no dejamos de cambiar en toda nuestra vida. Aunque muchas veces sólo sean pequeños matices los que nos diferencian de nuestro yo de la semana anterior. Y nuestra esencia sigue permaneciendo intacta por siempre… Pero a veces no.

Un día de un año cualquiera, me encontré casualmente con tu madre en el ascensor del hospital. Me contó mil cosas, que ibas a casarte, que habías conocido a un hombre que te hacía muy feliz. Y volví a alegrarme por ti. En serio.

Y hace unos cuantos meses, tu recuerdo volvió a visitarme. Escuché en las noticias que los dueños de la empresa en la que trabajabas habían dado el pelotazo y todos sus trabajadores se habían quedado en la calle. Y lo sentí por ti. De verdad. Quise llamarte por teléfono para apoyarte, pero no encontré tu número por ningún lado. Debió de perderse en algún rincón del camino, al igual que nuestra vieja amistad.

Luego lo pensé detenidamente y acabé por agradecerlo. Respiré aliviada. Porque nos hubiéramos sentido violentas (o tú, o yo, o las dos) por despertar los fantasmas ya dormidos de tu pasado. Porque hay recuerdos que es mejor no estropearlos. Y porque prefiero imaginarte eternamente sonriente y con ese brillo especial que tenías en la mirada cuando bailábamos en aquel viejo bar.

¿Recuerdas? Ese viejo bar que continúa como antaño, varado en el tiempo, y al que voy de vez en cuando a escuchar raciones de buena música. Un lugar donde aún resuenan los ecos de nuestras voces desgastadas; donde cada rincón se convertirá de nuevo en escenario de otras vidas, de chocar de botellas, de humo de cigarrillos, de confidencias susurradas al oído.

Y cada vez que escucho esta canción, no sé qué extraño mecanismo me transporta a aquella época en una centésima de segundo. Y no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ni quiero. Por los buenos tiempos.

 

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Ilustraciones de Chris Buzelli