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Fragmentos de una Utopía » Viajes en el tiempo

Archivo de ‘Viajes en el tiempo’ Category

El mejor regalo

Miércoles, Enero 6th, 2010

 

- Creo que es el momento de que tengas una foto mía.

- ¿¿¿Eeehhh???

- Sí, sí… una foto… ¿Recuerdas? Hace meses te pedí una de las tuyas, solicitud que denegaste educadamente, así que he pensado que lo justo es que te regale en primer lugar una de las mías… para que puedas colocarla sobre la mesilla de tu habitación… (risita socarrona)

- (¿¿Cómo??… pero qué se habrá pensado éste…)

- …Lo malo es que no logro decidirme entre dos de las fotografías… Quizás sea mejor que seas tú misma la que finalmente elija cúal de ellas se queda contigo. Pero, primero, debo darte la máxima información, todos los datos posibles, explicarte la historia escondida detrás de cada una de las imágenes, para que así puedas escoger más fácilmente.

- (Medio intrigada/mosqueada) Grrrrr… mira que te pones pesadito con lo de las dichosas fotos… Si escucho atentamente lo que tienes que contar y te digo cuál de las dos me gusta más, ¿te olvidarás de este tema para siempre?

Asentiste en silencio con la cabeza y con los dedos cruzados tras la espalda.

- Entonces ok, pero no te enrolles demasiado… que te conozco… (te señalo con el dedo)

Tras varios minutos de pormenorizadas explicaciones -bastante interesantes, por cierto- me doy cuenta de una cosa.

- Oye… ¿pero no sería mejor que me explicaras todo esto con las fotos delante?

- ¡Pues es verdad! (pausa) Las dejé preparadas encima de la mesa de la cocina, pero entre una cosa y otra… ay, se me olvidó traerlas. ¿Puedes hacerme el favor de ir a por ellas? (Me miras con cara de perrito abandonado)

- ¡Anda! Resulta que soy la invitada ¿¡y me tengo que levantar yo!?… Bueeeno, de acuerdo, así aprovecho y me bebo un vaso de agua, que estoy seca de tanto oirte hablar como una cotorra… (te guiño el ojo)

Me dirijo hacia la cocina -sin sospechar nada de nada- y antes de traspasar el umbral las veo, exquisitas, radiantes… esas doce hermosuras, allí,  -sin duda- esperándome.

- Aaahhh… (sorprendida) Pero… cómo… ¡no puede ser cierto!

- ¿Tus favoritas, verdad? (con dulzura) Son todas para ti, querida…

- Pero, pero… no me esperaba esto de ti… ¿Sabes lo difícil que es encontrar esta variedad de rosas… aquí…ahora?

(Claro que lo sabías…)

- Éste es el mejor regalo que alguien podía haberme hecho jamás (sonriendo)

- ¿Y sabes cúal es el mejor regalo que me podías haber hecho tú?

Abrazada al ramillete de rosas blanquecinas teñidas con un leve rubor rosáceo, mi mirada -entre sorprendida y emocionada- encuentra rápidamente la tuya.

- Verte sonreír

 

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Fotografía de Samudi en ojodigital.com

 

Recuerdos de Nihon

Sábado, Diciembre 20th, 2008

Uno de los episodios de mi infancia que recuerdo con mayor nitidez se produjo cuando contaba con menos de tres años de edad. Lo sé a ciencia cierta, porque por aquel entonces mi familia y yo todavía vivíamos en Tokyo.

Nos encontrábamos en la sala de la casa cuando, de repente, una vibración sostenida hizo que fijara la vista en la pantalla encendida del televisor. La imagen comenzó a dar saltos y a parpadear bruscamente. Entonces, mi hermana salió disparada de la habitación. Mi madre se levantó rápidamente del asiento, me cogió en brazos y se dirigió a la estancia de al lado tras ella. Allí la encontramos completamente llorosa, temblando asustada, tirada encima del futón. Recuerdo vagamente cómo unas láminas enmarcadas bailaban suavemente de un lado al otro de la pared, para quedarse completamente inmóviles instantes después. Y no volvieron a columpiarse más durante todo aquel día, porque parece ser que habíamos pasado ya lo más intenso del terremoto.

En otra ocasión, mi madre nos dejó al cuidado de una señora un tanto mayor, alguien de confianza del mismo vecindario. Al regresar mi madre de donde quiera que se hubiera marchado, se percató de que mi hermana había salido furtivamente de la casa. Había aprovechado que la buena mujer me estaba dando la merienda, para escurrirse por la puerta que daba al patio de muros grises de hormigón que conducía a la calle y que había en la parte trasera del edificio.

Recuerdo que en el patio de atrás había unas vallas metálicas bastante altas -o al menos así de grandes las percibía yo en aquel momento-, a través de las cuáles hablábamos a veces con la vecinita que vivía al otro lado (no sé por qué, siempre supuse que ella debía ser natural de Rusia, aunque por más que lo medito, nunca he sabido cuál fue la razón que hizo que se me metiera semejante pensamiento en la cabeza, pues no tenía ni la menor idea de dónde era aquella chiquilla. Supongo que porque tenía los ojos color del cielo y un pelo rubísimo siempre atado en un par de trenzas, le adjudiqué automáticamente esa nacionalidad. Pero podía ser igualmente suiza, holandesa, o qué sé yo de dónde… aunque yo tenía perfectamente claro que era rusa. Y así lo creía firmemente. A veces, los niños -y los no tan niños- nos formamos unas ideas bastante peregrinas sobre las cosas y las demás personas. En fin…)

Así que mi madre y la mujer salieron un tanto apuradas en busca de mi díscola hermanita y se la encontraron tranquilamente plantada en la acera de una calle adyacente (ajena al pequeño revuelo que había organizado), contemplando una comitiva animadísima de viandantes que caminaban vestidos con atuendos muy coloristas. Había hasta carrozas y todo. Estuvimos unos minutos contemplando el desfile y luego mi madre cogió a mi hermana de una mano, mientras con la otra me sostenía en brazos. Y nos fuimos para casa. Creo que ese fue el instante en el que presencié mi primer matsuri en Japón (o al menos, el primero de mi vida que soy capaz de recordar).

Un terremoto. Un matsuri. Dos de las primeras impresiones que mi cerebro fue capaz de procesar y transformar en destellos permanentes. Desconozco el motivo o motivos del porqué fueron estos acontecimientos y no otros los que decidieron quedarse instalados ahí de forma duradera. Y por ello ahora soy capaz de recordarlos después de tantos años. Antes de esto, los recuerdos no eran más que unas sutiles ráfagas, imágenes inconexas, que iban poco a poco diluyéndose y almacenándose por los brumosos rincones de mi mente. Aunque de vez en cuando, esas visiones inacabadas vuelvan a surgir de manera inesperada como si se trataran de espejismos o de extraños sueños de apenas pocos segundos. Como fantasmas abstractos de un pasado comatoso. Sin embargo, otros sucesos corrieron suerte diferente y acabaron tatuándose para siempre en mi memoria.

Los mecanismos que gobiernan nuestros recuerdos son sumamente curiosos. Por ejemplo, con tan sólo una simple imagen somos capaces de recuperar momentos impagables (y otros más sombríos) de nuestras existencias. Y no hablo únicamente de colores, de sonidos, de lugares físicos… sino que somos capaces de rescatar también nuestras emociones.

La mera contemplación de una fotografía con un significado especial para nosotros, es capaz de sumergirnos en una espiral de sensaciones y sonidos de momentos que creíamos perdidos para el olvido. Se trata de algo realmente mágico. Un viaje hacia atrás en el tiempo para el que no hace falta facturar equipajes ni esperar largas horas hasta llegar a nuestro destino.

Porque el destino somos nosotros mismos.

Será por eso que me encanta tomar un montón de fotografías en cada uno de mis viajes. Y jugar a ser dios e intentar atrapar la luz que ilumina cada instante.

Será por eso que puedo pasarme horas y horas absorta contemplando cientos de instantáneas sin agotarme. La mejor cámara que jamás se haya inventado es la que poseemos en nuestra propia mente. Y mis primeras fotografías, unas sobre terremotos y matsuris. A todo color. Un auténtico lujo.

 

 

Sonrisas de Rock’n'Roll

Domingo, Noviembre 23rd, 2008

En mi ciudad, hay un lugar por el que afortunadamente no pasan los años, un garito de esos de mala muerte, en el que se respira el rock’n'roll de antaño por los cuatro costados, donde el olor de los cientos de vinilos se entremezcla con el aroma de la maría y de la cerveza amarga.

¿Recuerdas la primera vez que nos colamos allí? Cuántas noches se sucedieron después, hora tras hora una junto a la otra, cuando nos susurrábamos secretos al son de los Zeppelin o los Doors, nos reíamos a los cuatro vientos de las cosas estúpidas de esta vida mientras tarareábamos sin cesar a los Ramones y bailábamos (daba igual si sonaba la Credence, T.Rex, los Kinks o Eddie Cochran) hasta que las piernas ya no nos sostenían más en pie. Nos sentíamos libres de todo y de todos. Nuestras miradas (sobre todo la tuya), brillaban.

Quién hubiera pensado entonces que todo esto se nos acabaría alguna vez. Porque cuando todavía eres un proyecto inacabado de mujer, quieres creerte esa historia de que la gente no cambia, que tu mundo permanecerá inmutable así, tal y como lo conoces. Que tu amiga de la infancia y tú seréis uña y carne para siempre. Inseparables.

Cuando pienso en ti, me viene a la mente tu belleza triste, esa que tanto atraía a los hombres, pero que tan pocos se interesaban en descifrar. Porque detrás de la sonrisa de pintalabios y los ademanes de chica autosuficiente, se escondía la historia de una adolescente tímida y sensible, de un alma frágil que se esforzaba en no romperse más y más a cada paso.

Recibiste el primer golpe de esta vida cuando aún no habías nacido. Mientras aquel hombre que nunca fue tu padre, apalizaba a tu madre que ya estaba embarazada de ti. Por eso comprendía tu miedo cuando me agarrabas fuertemente de la mano y echábamos a correr las dos para ponerte a salvo, porque creías haberle visto a la salida del colegio entre la multitud de personas. A veces pensaba que íbamos a pasarnos toda la vida corriendo.

Nunca supe por qué guardabas como un tesoro aquella foto que le robaste a tu madre. O puede que sí. Una foto ya vieja y arrugada por el paso de los años que, seguro, mirabas a menudo entre fascinada y horrorizada, intentando no reconocerte en los rasgos de aquel rostro descolorido que tanto odiabas. Por el daño que te había hecho a ti sin conocerte. Por transformar a tu madre en un ser taciturno y miedoso, que apenas salía a la calle si no era para ir a trabajar. Y que tú te esforzabas en hacer sonreír con tus monerías y tus chaladuras, aunque muchas veces estuvieras llorando por dentro.

Tenías imaginación a raudales y quizás un brillante porvenir literario. Pero no quisiste siquiera intentarlo. Porque te sentías vencida incluso antes de empezar a luchar. Recuerdo cuando me pasabas tus escritos y me pedías que te corrigiese las faltas de ortografía. No eran demasiadas, pero nunca supe si eran de verdad o las cometías a propósito. Puede que sí. Porque a veces es más fácil desnudar el alma a través de un montón de palabras manuscritas. Porque el sonido de una voz es capaz de espantar de golpe todos los sentimientos.

Y así veía lo perdida y confusa que a menudo te sentías. Cómo añorabas tener una familia “como todo el mundo”. Cómo te obsesionabas cada vez más con la idea de conocer a aquel indeseable. Cómo a veces te echabas la culpa de la infelicidad que te rodeaba y soñabas con morirte.

Cuando estabas muy deprimida bebías más de la cuenta y luego te odiabas por ello. Si te daba por estar alegre, eras el alma de la fiesta y coqueteabas con todo el mundo. Si te daba el bajón, mejor no contarlo. Y se me rompía el alma cuando te veía tan mal. Porque quería ayudarte, pero no sabía cómo y tú no me ayudabas. Porque el proceso de la curación no comienza hasta que uno mismo no desea ser curado. Y así pasaste por los brazos de varios hombres que vieron en ti a la chica de sus sueños, pero que te abandonaban a la mínima cuando descubrían a esa muñeca rota y triste que necesitaba toneladas de cariño que no estaban dispuestos a regalar.

Un día dejaste de escribir, y esas tardes en las que me cepillabas el pelo mientras te corregía las faltas de ortografía, desaparecieron como si nunca hubiesen existido. También dejaste de ir al bar de siempre y te buscaste nuevas compañías. Y quisiste fabricarte un nuevo disfraz tapando las ojeras con doble capa de maquillaje.

Transcurrieron meses hasta que recibí tu llamada de teléfono. Me decías que no soportabas tu nueva vida, que la gente que te rodeaba era superficial y estúpida. Que seguías llorando por las noches. Que te sentías sola.

Pero la vida que construí lejos de ti no te gustaba. Demasiado tranquila, quizás. Ya no encajabas o no querías encajar en mi mundo. Y así fue como nos dijimos adiós.

Porque decidiste bajarte en la anterior parada (o quizás fui yo la que se bajó) y nos fuimos cada una por su camino, para ya nunca volvernos a ver. Miento. Porque volvimos a encontrarnos en una ocasión más, muchos años más tarde.

Ese día que yo brincaba en la puerta de la agencia de viajes con los billetes a París en la mano no cuenta. Porque yo te ví atravesar la calle desde la otra acera, pero no sé si tú reparaste en mí en aquella ocasión, o te hiciste la sueca. Tuve la impresión de que tenías la expresión algo triste, pero quizás tan sólo se trató de un equívoco por mi parte; me había convertido en la felicidad personificada por un instante y allí, desde mi nube, mi ánimo contrastaba con el del resto de las personas, que parecían transportar vidas más pesadas y grises que de costumbre.

El día que nos tropezamos en aquella escalera aparentabas estar tranquila. Me preguntaste por mi vida y me contaste lo feliz que estabas porque hacía unas semanas que te habían hecho el contrato indefinido en el trabajo. Me alegré por ti. En serio. Cruzamos unas cuantas palabras más y nos pasamos los teléfonos, con la promesa de volvernos a ver algún día de estos. Pero tuve la incómoda sensación de que todo se trataba de una absurda pantomima. Porque para mí, te habías convertido en una desconocida. Y supongo que a ti te había ocurrido lo mismo conmigo. Porque tampoco me llamaste.

El paso del tiempo nos va moldeando de forma imperceptible. Y cambiamos sin apenas darnos cuenta. Y vamos perdiendo pedazos de nosotros mismos y a cambio ganamos fragmentos nuevos con cada decisión que tomamos. Aquella persona que una vez fuimos ya no existirá jamás, salvo en nuestra mente. Porque los seres humanos no dejamos de cambiar en toda nuestra vida. Aunque muchas veces sólo sean pequeños matices los que nos diferencian de nuestro yo de la semana anterior. Y nuestra esencia sigue permaneciendo intacta por siempre… Pero a veces no.

Un día de un año cualquiera, me encontré casualmente con tu madre en el ascensor del hospital. Me contó mil cosas, que ibas a casarte, que habías conocido a un hombre que te hacía muy feliz. Y volví a alegrarme por ti. En serio.

Y hace unos cuantos meses, tu recuerdo volvió a visitarme. Escuché en las noticias que los dueños de la empresa en la que trabajabas habían dado el pelotazo y todos sus trabajadores se habían quedado en la calle. Y lo sentí por ti. De verdad. Quise llamarte por teléfono para apoyarte, pero no encontré tu número por ningún lado. Debió de perderse en algún rincón del camino, al igual que nuestra vieja amistad.

Luego lo pensé detenidamente y acabé por agradecerlo. Respiré aliviada. Porque nos hubiéramos sentido violentas (o tú, o yo, o las dos) por despertar los fantasmas ya dormidos de tu pasado. Porque hay recuerdos que es mejor no estropearlos. Y porque prefiero imaginarte eternamente sonriente y con ese brillo especial que tenías en la mirada cuando bailábamos en aquel viejo bar.

¿Recuerdas? Ese viejo bar que continúa como antaño, varado en el tiempo, y al que voy de vez en cuando a escuchar raciones de buena música. Un lugar donde aún resuenan los ecos de nuestras voces desgastadas; donde cada rincón se convertirá de nuevo en escenario de otras vidas, de chocar de botellas, de humo de cigarrillos, de confidencias susurradas al oído.

Y cada vez que escucho esta canción, no sé qué extraño mecanismo me transporta a aquella época en una centésima de segundo. Y no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ni quiero. Por los buenos tiempos.

 

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Ilustraciones de Chris Buzelli

El árbol de la sandía

Miércoles, Octubre 15th, 2008

 

No sé porqué, pero hoy me ha venido a la mente lo que mi madre me decía cuando, siendo yo aún muy niña, me tragaba sin querer las pequeñas pepitas de las frutas.

Ten cuidado, maeko. Si te comes las semillas, éstas crecerán dentro de tí y más tarde, te nacerá un árbol en la cabeza…

Como es de suponer, la visión de ver como una planta o un árbol te va creciendo en la cabeza, era un tanto aterradora para una niña de apenas cuatro o cinco años. Así que, obedeciendo la advertencia de mi madre, intenté por todos los medios que no volviera a suceder y me juré a mi misma no volver a tragar ninguna pepita más de ninguna de las frutas que volviera a comer en mi vida.

Pero claro, cuando te estás comiendo un trozo de sandía, por mucho empeño que le pongas al asunto y vayas a la caza de la pipa con una cucharilla de postre, alguna se escapa traviesa entre los dientes y acaba pasando del plato a tu garganta.

¡Ayyy, mamá!

¿Qué te ocurre?

Que me va a salir un árbol de la sandía en la cabezaaa… respondí asustada (ingenua de mí, creía por aquel entonces que las sandías crecían en los árboles; pobrecitos ellos)

A ver hija, no pasa nada. Díme lo grande que era esa pepita.

¡Así, así…!

Bah, no te preocupes, es demasiado pequeña como para que pudiera sobrevivir en tu barriga.

¿Entonces, no crecerá ningún árbol?

No, esta vez creo que no…

¿Pero seguro segurísimo?

Te lo aseguro, no te va a crecer ningún árbol de la sandía en la cabeza (claro, porque no existen…)

Menos mal…

Pero para otra vez, ten un poco más de cuidado, ¿vale?

¡¡¡Sííí!!!

No sé porqué, pero hoy recordé las palabras de mi madre y al olvidado árbol de la sandía en un rincón de mi mente. Extraña situación la de estar pensando en una misma viéndose de cría pensando en cosas tan “importantes” por aquel entonces como esas viejas pepitas y las sandías cayendo de su cabeza. Totalmente surrealista.

Bueno, ignoro si esta frase la emplean habitualmente las madres japonesas con sus hijos para evitar que se puedan ahogar con las pipas de las frutas. El caso es que en España no lo es ni les suena de casualidad; en alguna ocasión que conté esta historia, pude comprobar que mis interlocutores me miraban como si fuera una marciana ;)

Hace un tiempo pude ver este cortometraje de animación de Koji Yamamura, titulado Atama Yama (Mt. Head). Así que pensé:

¡No soy una marciana, no soy una marciana…!

¿…o quizás sí?

 

 

 Un consejo,  no os traguéis las pepitas de la sandía (o de lo que sea)… por si acaso ;)