Recuerdos de Nihon
Sábado, Diciembre 20th, 2008

Uno de los episodios de mi infancia que recuerdo con mayor nitidez se produjo cuando contaba con menos de tres años de edad. Lo sé a ciencia cierta, porque por aquel entonces mi familia y yo todavía vivíamos en Tokyo.
Nos encontrábamos en la sala de la casa cuando, de repente, una vibración sostenida hizo que fijara la vista en la pantalla encendida del televisor. La imagen comenzó a dar saltos y a parpadear bruscamente. Entonces, mi hermana salió disparada de la habitación. Mi madre se levantó rápidamente del asiento, me cogió en brazos y se dirigió a la estancia de al lado tras ella. Allí la encontramos completamente llorosa, temblando asustada, tirada encima del futón. Recuerdo vagamente cómo unas láminas enmarcadas bailaban suavemente de un lado al otro de la pared, para quedarse completamente inmóviles instantes después. Y no volvieron a columpiarse más durante todo aquel día, porque parece ser que habíamos pasado ya lo más intenso del terremoto.
En otra ocasión, mi madre nos dejó al cuidado de una señora un tanto mayor, alguien de confianza del mismo vecindario. Al regresar mi madre de donde quiera que se hubiera marchado, se percató de que mi hermana había salido furtivamente de la casa. Había aprovechado que la buena mujer me estaba dando la merienda, para escurrirse por la puerta que daba al patio de muros grises de hormigón que conducía a la calle y que había en la parte trasera del edificio.
Recuerdo que en el patio de atrás había unas vallas metálicas bastante altas -o al menos así de grandes las percibía yo en aquel momento-, a través de las cuáles hablábamos a veces con la vecinita que vivía al otro lado (no sé por qué, siempre supuse que ella debía ser natural de Rusia, aunque por más que lo medito, nunca he sabido cuál fue la razón que hizo que se me metiera semejante pensamiento en la cabeza, pues no tenía ni la menor idea de dónde era aquella chiquilla. Supongo que porque tenía los ojos color del cielo y un pelo rubísimo siempre atado en un par de trenzas, le adjudiqué automáticamente esa nacionalidad. Pero podía ser igualmente suiza, holandesa, o qué sé yo de dónde… aunque yo tenía perfectamente claro que era rusa. Y así lo creía firmemente. A veces, los niños -y los no tan niños- nos formamos unas ideas bastante peregrinas sobre las cosas y las demás personas. En fin…)
Así que mi madre y la mujer salieron un tanto apuradas en busca de mi díscola hermanita y se la encontraron tranquilamente plantada en la acera de una calle adyacente (ajena al pequeño revuelo que había organizado), contemplando una comitiva animadísima de viandantes que caminaban vestidos con atuendos muy coloristas. Había hasta carrozas y todo. Estuvimos unos minutos contemplando el desfile y luego mi madre cogió a mi hermana de una mano, mientras con la otra me sostenía en brazos. Y nos fuimos para casa. Creo que ese fue el instante en el que presencié mi primer matsuri en Japón (o al menos, el primero de mi vida que soy capaz de recordar).
Un terremoto. Un matsuri. Dos de las primeras impresiones que mi cerebro fue capaz de procesar y transformar en destellos permanentes. Desconozco el motivo o motivos del porqué fueron estos acontecimientos y no otros los que decidieron quedarse instalados ahí de forma duradera. Y por ello ahora soy capaz de recordarlos después de tantos años. Antes de esto, los recuerdos no eran más que unas sutiles ráfagas, imágenes inconexas, que iban poco a poco diluyéndose y almacenándose por los brumosos rincones de mi mente. Aunque de vez en cuando, esas visiones inacabadas vuelvan a surgir de manera inesperada como si se trataran de espejismos o de extraños sueños de apenas pocos segundos. Como fantasmas abstractos de un pasado comatoso. Sin embargo, otros sucesos corrieron suerte diferente y acabaron tatuándose para siempre en mi memoria.
Los mecanismos que gobiernan nuestros recuerdos son sumamente curiosos. Por ejemplo, con tan sólo una simple imagen somos capaces de recuperar momentos impagables (y otros más sombríos) de nuestras existencias. Y no hablo únicamente de colores, de sonidos, de lugares físicos… sino que somos capaces de rescatar también nuestras emociones.
La mera contemplación de una fotografía con un significado especial para nosotros, es capaz de sumergirnos en una espiral de sensaciones y sonidos de momentos que creíamos perdidos para el olvido. Se trata de algo realmente mágico. Un viaje hacia atrás en el tiempo para el que no hace falta facturar equipajes ni esperar largas horas hasta llegar a nuestro destino.
Porque el destino somos nosotros mismos.
Será por eso que me encanta tomar un montón de fotografías en cada uno de mis viajes. Y jugar a ser dios e intentar atrapar la luz que ilumina cada instante.
Será por eso que puedo pasarme horas y horas absorta contemplando cientos de instantáneas sin agotarme. La mejor cámara que jamás se haya inventado es la que poseemos en nuestra propia mente. Y mis primeras fotografías, unas sobre terremotos y matsuris. A todo color. Un auténtico lujo.







Gracias, Karmeta