Beautiful night

Julio 2nd, 2009

I was born

I was born to be with you

In this space and time…

I was born

I was born to sing for you…

 

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22:02 Intro

Resuenan los primeros acordes, la gente comienza a enloquecer. Se apagan las luces, respiramos hondo. La música empieza a extender sus dedos hacia nosotros, U2 nos envuelve, nos atraviesa. A nuestro alrededor cobra vida un oscuro universo elíptico, los flashes sus efímeras estrellas, quieren atrapar el infinito, pero el infinito los devora. Un universo tejido de sonidos nuevos y antiguos que nos transportan a otro tiempo, otro espacio sin líneas en el horizonte.

Las botas listas para bailar en esta noche magnífica. De repente, estalla la luz, y amanece un precioso día. Ante nuestros ojos, un viejo compañero de noches en las que la búsqueda sólo halla desencuentro, nos habla de reflejos de ángeles fallidos, que nunca supieron parar a tiempo pues nunca tuvieron bastante.

Y en un pequeño instante, el estadio se convierte en una gigantesca antena, al otro lado un interlocutor desconocido que se nos desvela entre un asombro electrizante. En esta ciudad de luces cegadoras, el vértigo nos lleva hacia el delirio mientras nuestros ojos miran al cielo, rasgado por el fuego inolvidable de una imposible estación espacial.

Locos por no poder alcanzar una mayor locura esta noche, 90.000 voces se han convertido hace un buen rato en una sola. El recuerdo de aquel Domingo sangriento y, en el nombre del amor y de MLK, hizo que los miles de seguidores corearan al unísono sus viejos acordes, rindiéndose al suave movimiento de un océano de notas y luces.

Seguimos caminando por calles sin nombre y voces que alzan gritos de paz, mientras una guitarra solitaria llora. La gente se emociona, grita, ríe, aplaude sin parar.

Somos uno, pero no el mismo. Somos uno, un amor, una vida. Hermanas, hermanos, cantando al unísono. Mientras un carrusel de rojos, verdes, ultravioletas…, nos inundan el alma.

Y entonces te digo, contigo o sin ti, éste es el momento de abandonarnos

 …

Dos horas y cuarto de catarsis única, algo así sólo se puede repetir en la memoria. Un escenario surrealista, coronado por una cúspide gaudiniana, un prodigio de la imaginación que Bono dedicó a la ciudad de Barcelona.

Salimos del estadio, los pobres incautos que intentan circular por la avenida asisten con más o menos impaciencia al maremoto humano que se les abalanza. 90.000 voces afónicas, 90.000 sonrisas.

Y poco a poco dejamos de ser uno.

Estos 135 minutos han pasado como un suspiro. Los pies doloridos, mi imaginación todavía en el estadio. Miro mi móvil para ver la hora, compruebo que tengo un mensaje. Es Karmeta. A las 22:02.

Me ofrecía un trueque pero… hoy no hay trato, guapa.

Gracias por tus deseos…

 

…It was a beautiful night!!!

 

 

Setlist 1er concierto U2 360º Tour

Fotos en u2.com y u2barcelona.com

 

Miss & Mister Robotto (2ª parte)

Junio 4th, 2009

 

 

¿Cuánto es capaz de transmitirnos una fotografía, ese brevísimo instante que fugazmente arrebatamos al infinito?

No lo sé, pero a veces tengo serias dudas acerca de si todos contamos con la capacidad para ver lo que se esconde detrás de una simple imagen (quizás algunos estén irremediablemente dormidos para siempre) y captar esa realidad de personas que viven inmersos en otra cultura, a miles de kilómetros de nosotros, pero que, pese a contar con diferencias de todo tipo respecto a nosotros, resulta que se comportan y ven la vida como tú y como yo.

La realidad que nos ocultan a sabiendas los medios de comunicación no resulta tan atractiva, o tan morbosa, o no vende tan bien como todas esas luces de neón y demás fuegos de artificio que quieren que creamos que es todo Japón.

Porque Japón es sinónimo de sushi y señoritas de tez nívea ataviadas con lujosos kimonos; brillantes rascacielos con ascensores que te elevan silenciosamente hasta su última planta en menos tiempo de lo que tardas en dar un suspiro. También es un oficinista que se queda dormido en el vagón del metro y se despierta precisa e inexplicablemente cuando le llega el turno de apearse del vagón. Es una colegiala que se sube la falda por encima de las rodillas cuando sale de su última clase. Mujeres que se ríen tapándose la boca con la mano. O adolescentes que encuentran la diversión en los videojuegos o en ir disfrazados por la calle de un personaje de su manga favorito.

Japón no es sólo estas cosas, estas situaciones, estas personas que tantas veces hemos visto en los programas de televisión o que te explican en las guías de turismo. Pero, ¿acaso interesa conocer esos otros pequeños momentos, gestos cotidianos de la vida de personas anónimas como nosotros, que se ríen, que odian, que trabajan, que sueñan, que aman, que sufren… que sobreviven al día a día como lo hacemos tú y yo?

Porque Japón también es un hombre de mediana edad que le cede su asiento en el tren a tu amigo de aspecto occidental y luego permanece de pie, junto a él, entablando una simpática conversación con su escaso inglés y un japonés tan básico como una patata en el otro lado (lenguaje de signos incluído en ambos casos), hasta que se baja en su correspondiente parada hora y media más tarde, con los pies doloridos, pero con la sensación de haberle dejado una buena impresión de su país… Es una persona con la que casualmente te cruzas en un pasillo y que sin conocerte de nada, te regala una sonrisa y un puñado de preciosas figuritas de origami que no te caben entre las manos… Una dependienta que deja su puesto de trabajo para acompañarte hasta la cabina de teléfono más próxima, que está a más de cinco minutos de distancia… O un taxista que se salta todos los límites de velocidad porque ha ocurrido un accidente en la vía, has sufrido una larga retención en la carretera, y va a intentar por todos los medios que no pierdas ese avión, tratando de llevarte puntualmente, sano y salvo, hasta el aeropuerto…

Y Japón también es una persona a la que le pides el favor de hacerte una foto, recibes a cambio una respuesta maleducada y además, te quedas sin saber por qué… O esa otra que conduce en su coche un día de lluvia, aprovechando para acelerar cuando pasa por un charco enorme con un montón de personas transitando por la acera (como puedes imaginar, las deja a todas empapadas de arriba a abajo, con un frío horrible y mal rollo en todo el cuerpo)… O aquellas otras que se apartan o te dan la espalda en el vagón del metro porque tienes pinta de extranjero, aunque de vez en cuando te miran de reojo cuando piensan que tú no les ves y se aprietan el bolso más fuerte contra el regazo, pensando que así se encuentran más a salvo…

Todas estas experiencias que he relatado son verídicas, las he vivido en primera persona en este hermoso país. Un país fascinante lleno de contrastes enormes, habitado de buenas personas y de otras que no lo son tanto, pero del que me gustaría que se pudiera desterrar para siempre esos clichés y los prejuicios que la gente que nunca lo ha visitado tiene sobre él. Me gustaría incluir dentro de este grupo a todas aquellas personas que una vez fueron turistas en estas tierras, pero que no fueron capaces de arañar ni un milímetro su superficie y volvieron de allá desencantadas de lo que vieron. Porque para conocer de verdad un país, hay que mezclarse entre sus gentes, caminar pausadamente por sus calles, por sus caminos… y aprender a escuchar sus silencios.

 

 

Por ese motivo he querido que vieras todas estas imágenes de gente más o menos corriente que también habita en Japón, que no son tan kawaii como los que nos enseñan en otros blogs dedicados a Japón, o en la televisión. Porque detrás de cada fotografía, oculto, hay todo un mundo. Una pequeña historia que sin ser extraordinaria -quién sabe-, está entretejida por cientos de experiencias más o menos interesantes, pero valiosas por el mero hecho de pertenecer a la vida de alguien.

Si reflexionáramos tan sólo un instante, no nos resultaría demasiado complicado imaginar pedacitos de esas otras existencias, las emociones, los anhelos de cada una de estas personas atrapadas por unos segundos entre nuestras manos, gracias al parpadeo de una cámara. Bastaría con zambullirse en uno mismo y a continuación, ponerse un momento en su lugar para comprender y descifrar el enigma. Descubriremos con sorpresa que la tarea no resulta ser tan difícil como pensábamos en un principio. Porque, a fin de cuentas, todos somos muy similares. Somos seres humanos y la sangre que corre por nuestras venas es del mismo color en todas las partes de este planeta.

Así que ahora es tu turno de imaginar, observar las fotografías y ponerte en la piel de esas personas cazadas al azar por el objetivo de una humilde cámara.

Entonces, la historia (la suya… ¿acaso la tuya?), resultará más cercana, comenzando a cobrar ahora todo el sentido.

¿Te atreves a imaginar(te)?

 

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La même histoire

(”La misma historia” )

¿Cuál es
ese lazo entre nosotros,
esa cosa indefinible?
¿Dónde van estos destinos que se unen
para hacernos inseparables?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…

¿Qué es pues
lo que nos separa?
¿Quién por casualidad nos reúne?
¿Por qué tantas idas, tantas salidas
en esta ronda infinita?

Avanzamos
a compás del tiempo
a merced del viento… así…

Vivimos día a día
nuestros deseos, nuestros amores.
Nos vamos sin saber
que estamos siempre
en la misma historia…
La misma historia…

 

Para nora

Fotos tomadas en diversas localizaciones de Japón (2006/2008):
Takayama, Kyoto, Kobe, Odawara, Kamakura, Tokyo,
Kotohira, Takamatsu, Hiroshima, Miyayima, Osaka…

 

Algo más en Miss & Mister Robotto (1ª parte)

 

El viejo álbum repleto de fotografías que nunca existieron

Mayo 3rd, 2009

 

  

 

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A veces echo de menos el sabor de la tarta con fresas y nata -tu preferido- que servían en aquella cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen y techo con formas hexagonales, cerca de la Puerta del Sol.

La primera vez que lo viste en aquel escaparate, no pudiste evitar pararte a contemplarlo. Y a mí se me hacía la boca agua ante semejante obra de arte culinaria. Los precios del establecimiento eran demasiado elevados para un bolsillo medio, pero aquel pastel enorme parecía estar hablándote desde el expositor, así que miraste el dinero que llevabas en el billetero, me tiraste de la mano y entraste con paso decidido en el local.

Le pediste al camarero que te sirviera una ración de aquella sabrosa tarta y que, si no le importaba, añadiera dos cubiertos en lugar de uno. Un vaso de agua -que era gratuito- completaba la consumición, pues el presupuesto del día no daba entonces para mucho más…

Regresar a la misma cafetería y admirar desde la calle aquella maravilla, se convirtió en nuestro pequeño ritual a lo largo de varios años de mi niñez cada vez que volvíamos por la misma zona de Madrid. Además de una delicia para los sentidos. De vez en cuando, entrábamos y nos pedíamos una única ración de tarta junto con un par de tenedores. Y un vaso de agua también. Faltaría más.

Hace unos cuantos días me reencontré con un pequeño grupo de fotografías extraviadas que se habían colado por descuido entre los libros y los dvd de una de las estanterías. Ojear de vez en cuando viejos álbumes repletos de viejas fotos ha sido algo que, en cierta medida, siempre me ha gustado, pero que a la vez me llena de una extraña melancolía por todo aquello que un día fue, por todas aquellas personas que hoy ya no están o que se encuentran demasiado lejos de aquí. Y de mí.

Esas fotografías recuperadas del olvido me hicieron pensar en las que acabaron perdiéndose irremediablemente no se sabe bien por qué motivo, o peor aún, en todas aquéllas que nunca jamás llegaron a hacerse y que merecieron haber existido. Para poder volverlas a ver, al menos, una, cien… mil veces más.

Un día como éste. O como otro cualquiera.

Porque me hubiera gustado verme, ver cómo era yo, en algunas situaciones de un pasado que atesoro con especial cariño. Porque a ti te recuerdo perfectamente tal y como eras. Tu impresión en mi memoria permanece imborrable.

Como cuando decidía cubrirme el rostro con uno de los cojines del sofá, el que tenía más a mano, tratando así de no ver las escenas más sangrientas de la película de turno, mientras me decías que me avisarías cuando hubieran acabado.

Yo siempre picaba como una tonta -asustada como estaba- y a tu indicación, me quitaba el cojín de la cara antes de que las escenas horribles hubieran terminado (aunque reconozco que tampoco eran tan tremendas, al fin y al cabo). Y entonces allí estabas tú, delante de mí, con las imágenes terroríficas de fondo, intentando componer una cara monstruosa con la que pegarme un susto tremendo. Pero al final, en lugar de llorar de miedo, lo hacía de risa, porque tu interpretación era un auténtico esperpento…

Supongo que ese es uno de los motivos por el que las películas de terror no me infunden tanto miedo, sino más bien todo lo contrario. En mitad de la escena más sobrecogedora, a veces no he podido evitar echarme a reír en la negritud de la sala del cine, así que es posible que algunas personas hayan llegado a pensar que estaba un poco chalada… aunque eso es algo que nunca me ha importado demasiado. 

Creo que darle el justo valor a las situaciones y a las personas, además de (son)reír son dos de las mejores cosas que me enseñaste a hacer en esta vida. También, te debo el impregnarme de esa cabezonería tuya (dicen que de tal palo, tal astilla), de ese espítitu de lucha y de tu enorme capacidad de sufrimiento, que me han servido durante todos estos años para intentar superar (con mayor o menor fortuna) los momentos más duros y difíciles de mi existencia. E intentar ver, siempre, el lado positivo en cada situación, aunque a menudo sea tan difícil encontrarlo y me sienta derrotada.

Hoy la vieja cafetería donde degustábamos la mejor tarta con fresas y nata de Madrid, ya no existe. En su lugar, desde hace años, las ruidosas máquinas de unos salones recreativos ocupan el espacio de aquellas mesas de estilo setentero en las que nos sentamos un puñado de veces.

Cuando paso por delante, no puedo evitar mirar de refilón dentro del local, por ver si consigo verte a ti, a las dos, entre fresas, tenedores y vasos de agua de grifo.

Porque aunque la cafetería con nombre de disco de Bruce Springsteen ya no exista, nadie podrá borrar jamás de mí esas imágenes, fotografías que nunca llegaron a plasmarse en un papel.

Aquellas hermosas huellas de nuestro pasado. 

 

 

 Fotografías sacadas de google

 

Laberintos de papel

Abril 23rd, 2009

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La lengua japonesa es un paradójico campo de batalla en el que pugnan sin descanso dos filosofías diferentes de comunicación: por un lado, una sola palabra, unos breves sonidos efímeramente insuflados de vida, pueden contener una carga semántica, psicológica, simbólica, etc., imposible de captar en cualquier traducción a una lengua occidental. Es tal el grado de síntesis al que llega el japonés, que, en algunas ocasiones, unas pocas sílabas pueden condensar una cantidad ingente de información, agujeros negros-palabra que atrapan en su inmensa gravedad el contexto, los niveles sociales, económicos, intelectuales, etc., de quien habla y de quien escucha, estados de ánimo, humildad, orgullo…

Por otra parte, para expresar cosas de lo más sencillas para quien vive en occidente (un saludo o un adiós, una petición al dependiente, una conversación casual con un jefe o con un empleado) se emplean allí las formas más alambicadas y sinuosas, se deforman las frases hasta hacer irreconocibles sus etimologías. Las interminables fórmulas de cortesía se convierten, entonces, en algo intraducible, un despilfarro comunicativo sólo explicable si se conoce la esencia de su cultura. Y si no, pensemos cómo cuando uno se presenta por primera vez, no se conforma con decir a media voz un tímido Encantado sino, más bien, un ‘Yoroshiku onegai shimasu (ruego humildemente su favorable consideración).

Pues bien, la literatura japonesa es un reflejo de esta (des)armonía de lenguajes opuestos.

A través de ineludibles pilares góticos y de endebles códigos davincianos, alzándose entre vientos y sombras, escurriéndose entre magos adolescentes y médicos medievales, empujando suavemente a herejes o alquimistas por igual, la literatura japonesa ha explosionado con un boom silencioso en el mundo editorial en lengua española de los últimos años.

Cuando alguien escoge a mediados de los años noventa al azar una novela de un tal Haruki Murakami (nombre tal vez complicado de memorizar, como lo es el extenso título del Pájaro-que-da-cuerda) y se descubre disfrutando de su narrativa, se pregunta cómo es que nunca había caído una novela japonesa en sus manos antes. ¿Será que no existen traducciones en castellano? Al empezar a indagar comprende sin problema que está en un error: el mundo literario japonés es –o más bien, era- un volcán dormido, enorme sin duda, pero oculto tras las nubes para los ojos del público general, que siempre tiende a consumir el best-seller del momento (y consumir no significa leer, a menudo tan sólo comprar). Los éxitos venden garantía de satisfacción (muchas veces esta máxima se revela como una gran mentira, la literatura mediocre y el marketing luminoso han ido demasiadas veces de la mano) y los lectores buscamos en ellos el deleite que un millón de personas antes han disfrutado. Es una cuestión de desgana ante el esfuerzo de probar suerte, de sumergirse en editoriales que se atreven a apostar por caminos poco recorridos.

Antes de Murakami, Yoshimoto, Kirino, Ogawa, Katayama, etc., ya había otros, Oe, Kawabata, Mishima, Natsume, Ibuse, Abe, Tanizaki, Basho.., Y antes que ellos, Genjis y Heikes varios habían inundado el mundo del negro sobre blanco con un modo de narrar diferente al que estamos acostumbrados. Olvidémonos en muchas ocasiones del comienzo-nudo-desenlace, vamos a rendirnos a la deliciosa locura de la desestructuración de los esquemas de la novela según su esquema clásico. Aparte, también se encuentran el manga, el anime, el metalenguaje fílmico –en el que la imagen sucumbe ante el paroxismo literario de su guión en apariencia inexistente. Pero nos estamos desviando del tema…

El problema de admitir a estos autores en nuestras estanterías, con su idiosincrasia formal y conceptual, radica en nuestro grado de conformismo a la hora de abrir un libro traducido del japonés. Cuando leemos cualquiera de estas obras trasladada al castellano nos queda esa inapelable impresión de que nos estamos perdiendo algo, de que el traductor ha introducido el sesgo de su propia sensibilidad literaria, puesto que se siente más libre de ataduras respecto al original que al traducir cualquier lengua occidental.

Cualquier libro necesita de esa íntima complicidad entre el narrador –que no el autor- y el lector, pues no es sino en el momento en el que comenzamos a leer cuando el libro termina de completarse. Escribir es la primera parte de una vida -la de una historia- que no madura hasta que es contemplada por ojos ajenos y, con suerte, llega a alcanzar una muerte dulce en alguna imaginación anónima. Por ello, la traducción (puente y muro en una sola realidad) nos niega la certeza de esa comunión de voluntades con el narrador. Incluso, aunque el traductor sea lo más bienintencionado y pulcro en su traslación de cada frase, la mejor de las fotocopias posibles seguirá siendo siempre una fotocopia, y, por fuerza, una criatura imperfecta que se aleja, difuminándose, del original del que ha nacido.

Si se compara una misma obra japonesa traducida al castellano y, por ejemplo, al inglés, las diferencias se vuelven obvias. Entonces, uno se pregunta ¿cuál es la verdadera forma del texto original? ¿Es tan lírico como en la traducción X o realmente tiene un estilo tan frío como en la Y?

Vamos con una muestra escogida al azar entre las páginas de una historia traducida al castellano y al inglés desde un mismo original japonés, que he conseguido rescatar de entre las páginas de dos versiones que se colaron sin hacer ruido en mi salón:

Fragmento en castellano:

Pasado el mediodía, unas nubes oscuras empiezan a extenderse sobre mi cabeza. El cielo adquiere una tonalidad misteriosa. Sin tregua, empieza a caer una lluvia violenta: el tejado y los cristales de la ventana de la cabaña gimen doloridos. Al instante me desprendo de la ropa, salgo desnudo afuera. Me lavo el pelo con jabón, me lavo el cuerpo

Fragmento en inglés:

In the afternoon dark clouds suddenly colour the sky a mysterious shade an it starts raining hard, pounding the roof and windows of the cabin. I strip naked and run outside, washing my face with soap a scrubbing myself all over

(Aquí llega el contrasentido de esta humilde disgresión, puesto que me atrevo a traducir la traducción:

Por la tarde, nubes oscuras colorean, de repente, el cielo con una tonalidad misteriosa y comienza a llover fuerte, martilleando sobre tejado y las ventanas de la cabaña. Me desnudo y salgo corriendo, lavándome la cara con jabón y frotándome por todas partes)

Sí, la idea, el contenido, permanecen, pero la estructura es diferente. Son dos narraciones distintas. Y la cuestión no es cuál es peor ni cuál es mejor, sino cuál es la que más consigue invocar la sensación que tiene un lector japonés cuando lee el original del que ambas traducciones parten.

Sin embargo, asimilada la realidad de lo que se pierde y se distorsiona en la traducción lo que permanece inmutable es la narración en sí. La atracción que en muchos provocan estas novelas se debe a su carácter universal, puesto que son historias reconocibles sin necesidad de acudir a notas al pie de página, a pesar de que los artificios del artesano de la escritura sean tan diferentes en cada rincón del mundo. La empatía es la catalizadora de nuestras emociones al leer un buen libro, y la literatura japonesa pulsa sus teclas con maestría.

Tomemos, por ejemplo, tres personajes diferentes entre sí pero que tienen tanto en común: el Julian Sorel de Stendhal, el Raskolnikov de Dostoievski o el Mizoguchi de Mishima. Se trata de tres personajes de un entramado psicológico inabarcable, con los que el lector se debate en todo momento entre un dual desagrado y fascinación por sus motivaciones, por sus acciones (e inacciones, a veces tanto o más importantes). En los tres casos nos rendimos a la absorbente atracción que provocan los intrincados mecanismos de su pensamiento. Son personajes a los que sus obsesiones, su vacío interior y su ineptitud para comunicar sus verdaderos sentimientos los terminan convirtiendo en instrumentos nihilistas del caos. Consiguen modelar la realidad que los rodea a la medida de sus complejos y retorcidos códigos éticos. Todos ellos invocan nuestros más recónditos miedos, pues son el reflejo de nuestras oscuridades. La única diferencia es que triunfan donde, por fortuna, nosotros –seres tejidos de destrucción y entalpía, que sólo sabemos mantener nuestro orden interior trayendo el desorden a lo que nos rodea- no queremos o no nos atrevemos a llegar.

Sorel nos revela sus más íntimos anhelos en francés. Raskolnikov desnuda su alma en ruso. Mizoguchi tartamudea acomplejado en japonés. Los tres hablan diferentes lenguas, pero un único idioma. El de su dolorosa soledad.

Diferentes contextos, tanto temporales como culturales. Diferentes los autores y sus países de origen. Pero comparable su análisis y su capacidad por desgranar la (universal) complejidad del ser humano.

Quien sabe. Quizás, un día, el lenguaje deje de ser ese arma diferenciadora que algunos pretenden que sea y sirva realmente -tal y como a menudo ocurre con la literatura- para que comprendamos, nos comuniquemos y escapemos de nuestras caducas soledades culturales.

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Feliz día del libro

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Caleidoscópico amanecer

Abril 14th, 2009

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-Soy capaz de cantar cualquier canción que me pidan… Díme cuál es tu favorita, la que tú prefieras, que yo la cantaré entonces para ti - me dijiste un buen día.

Me quedé sin palabras, atónita, sin saber qué responder ante tan insólito ofrecimiento.

Interpretaste mi silencio como una invitación a traspasar el umbral de la puerta y así comenzaste a narrarme, poco a poco, la extraña historia del muchacho que se dibujaba una sonrisa en la cara y dedicaba su vida a cantar canciones ajenas a quien se lo pidiera.

La gente solía pedirle al chico con relativa frecuencia que se aprendiera un montón de melodías (dificilísimas todas ellas, of course) y entonces él trataba de aprendérselas de memoria, imitando a la perfección las voces de todos y cada uno de los intérpretes. Todo por ver una pequeña chispa de felicidad en aquellos ojos desgastados. Quizás por sentir que podía convertirse en un ser especial para alguien, al menos tan sólo por un instante.

No sé si recuerdas que en ese punto comenzaste a darme la serenata, tarareándome las estrofas de algunas de las tonadas en voz alta y dejándome los tímpanos un tanto doloridos -todo hay que decirlo- por el volumen exagerado que salía de tu garganta.

En tono orgulloso comentabas que todos se quedaban epatados con la  prodigiosa voz de ese chico. Y que lo de imitar a cualquier intérprete era para él como un juego de niños.

Mientras, seguías intercalando una y otra estrofa entre los fragmentos de nuestra conversación y yo me preguntaba en secreto por el motivo de toda aquella singular representación. Si sólo lo hacías para impresionarme o tal vez estabas aburrido y no sabías de qué demonios hablar conmigo, porque apenas nos conocíamos.

Me pregunté igualmente cuál sería la razón que movía al muchacho a realizar aquel acto de forma tan desinteresada. Por qué cantaba sólo las canciones que le pedían los demás y no las suyas propias.  Por qué se escondía de su propia voz, ocultándola, disfrazándola siempre debajo de esas otras que trataba de imitar. Y por qué me ofrecía a mí que eligiera una entre un millón y en cambio, no se atrevía a cantar aquello que más le gustaba. Supongo que una cosa es hacer un trabajo por encargo, donde no es necesario poner toda la pasión ni el sentimiento y otra muy diferente, desnudar tu alma y tu corazón ante una cuasi-desconocida.

Una nueva oleada de cánticos consiguió que todos estos pensamientos se desvanecieran de mi mente y todas las preguntas que me formulaba se quedaran sin respuesta.

- No sé, no sé… dudé.

Que alguien se ofreciera como cantante por horas era algo sumamente extraño que no ocurría precisamente todos los días… pero también bastante arriesgado. Una canción puede revelar mucho de uno mismo, incluso cuando se intenta por todos los medios conseguir el efecto contrario.

Siquiera pensar en esa posibilidad hacía -no sé la razón- que me entrara la risa, así que intenté contenerla como pude mirando disimuladamente hacia el lado opuesto al que en ese momento te hallabas, pero no te diste ni cuenta de mis esfuerzos, enzarzado como estabas en mostrarme la capacidad de entonación de tus cuerdas vocales.

- De acuerdo - te dije de repente, quiero que me cantes ESTA canción…

…La más difícil para el tono de tu voz  que mi castigada mente acertó a pensar en una décima de segundo (aunque eso tú no lo supieras entonces porque me guardé esa información para mí solita en aquel instante).

- No la conozco.

- No te preocupes, mañana mismo te paso un cd para que te la puedas aprender.

Y así fue. Te pasé la canción y reconociste que era bastante complicada. Añadiste que quizás te iba a llevar más tiempo del que suponías el poder aprendértela y ofrecerme una actuación de esas que quedan grabadas en los anales de la historia.

Tengo que decir que me desilusioné un poco, aunque te confieso que en el fondo también saboreé el dulce aroma de la victoria.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Y yo te imaginaba ensayando bajo la ducha, canturreando mientras te lavabas los dientes, tarareando las estrofas en el coche y mientras pasabas las horas muertas en la oficina.

Pero transcurría el tiempo y por más que yo esperaba y esperaba, aquella actuación prometida no llegaba nunca.

Un día apareciste con un libro.

- Toma, te lo regalo - me dijiste.

- Te lo agradezco, pero… ¿y mi canción?

- La canción es demasiado difícil para mi, lo he intentado con uñas y dientes, de veras que sí, pero ya no tengo la misma voz que tenía hace unos años. La he perdido. Y no quiero hacer el ridículo ni decepcionarte.

Me quedé un poco chafada al escuchar aquello… hasta me había comprado un vestido nuevo para una ocasión tan especial… En serio.

- Así que a cambio te regalo este libro, con todo mi cariño, espero que sepas comprenderlo.

Por supuesto que lo comprendí… cuando comencé a leer ese -complicadísimo- libro del me quedé enganchada/atascada poco más allá de la página 81.

- Qué puñetero- pensé, me la ha metido doblada el chico éste…

Y varias veces he intentado durante este largo tiempo retomar su lectura. E imagino que de igual manera, tú habrás intentado entonar nuevamente mi canción. ¿Sin éxito? Sólo yo lo sé. O acaso tan sólo tú conoces la respuesta.

Ha transcurrido ni sé cuánto desde aquello. Y tal y como sucede en el libro, tú, ella, yo y él, han acabado entremezclándose en este extraño juego en el que yo era tú y tú acababas siempre siendo yo.

Y como no podía ser de otra forma, todo ha terminado de la única manera posible para ambos.

Los dos… nos hemos echado a reír.

 

Una canción:

 

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… Y un libro

 

Invierno in memoriam

Marzo 20th, 2009

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Rumor de lluvia-
tintineos del agua
tras los cristales

 

Níveo paisaje:
bajo un árbol, un cuervo,
hambriento y solo

 

Helor del viento,
sonrisas congeladas
sobre el asfalto

 

Fotografías de flickr

 

So far, so close…

Marzo 9th, 2009

 

Antaño compuse melodías en la soledad de mi habitación y sus acordes eran crueles espejos que jugaban a reflejar los ecos anónimos de mi vida indiferente.

Antaño contemplé cómo los barcos se alejaban irremediablemente de la costa y deambulé a la deriva por el abandonado puerto, en busca de una brújula que fuera capaz de guiarme en este camino de rumbos inciertos. Observaba cómo los árboles caducos iban perdiendo una a una, inexorablemente, todas sus hojas, que caían como lluvia marchita sobre mis zapatos. Y tras el fundido a negro de los créditos finales de una vieja película muda, me dí cuenta de que el protagonista siempre era otro, ese que nunca alcanzaría a ser yo.

Pero eso ocurrió en otro tiempo, cuando las miradas de los demás jugaban al escondite con mis anhelos, intentando esquivar a manotazos el secreto lenguaje de un rostro cansado de buscar y no encontrarte.

Y súbitamente, la casualidad hizo que me hallara presente en el instante y en el lugar precisos. En aquel inolvidable momento en que de la nada más absoluta surgió un desconcertante oasis en mitad de todo este desierto, plagado de caótico ruido y de confusión.

Acaso sea ahora cuando dos humildes latidos aprendan a componer los retazos de una misma vida, paso por paso, a cuatro manos y con un solo corazón…

 

 

 
…Falling slowly sing your melody
I’ll sing along
 

 

Tokyo Rose

Marzo 8th, 2009

 

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Iva Ikoku Toguri, nació el 4 de Julio de 1916 en Los Ángeles. Su historia de injusticia fue una más de las vergüenzas de los Estados Unidos a lo largo del siglo XX.

La historia de una vida destruida por gobiernos miserables.

Hija de unos inmigrantes japoneses, Iva era una persona integrada en la sociedad norteamericana. Fue girl scout y tocaba el piano. Decidió estudiar en la Universidad de California y se graduó en Ciencias en 1941.

Ese mismo año, sus padres recibieron la noticia de que un familiar en Japón -la tía Shizu- enfermó muy gravemente. Debido a que su madre padecía de diabetes, le tocó a ella representar a la familia en un viaje obligatorio a Japón cuando, según la tradición, algún familiar está cerca de la muerte.

Se embarcó rápidamente en un vapor con destino al país nipón (el viaje duraba entonces unos veinte días), pero sin el tiempo suficiente de solicitar y recibir un pasaporte convencional. Salió de los Estados Unidos tan sólo con un certificado de identificación donde se indicaba que era estudiante.

Tras tres meses de estancia en Japón y antes de que caducara su permiso para permanecer en el país, se dispone a regresar a Los Ángeles. Pero para las autoridades de inmigración japonesas, no existen suficientes indicios de su nacionalidad estadounidense (recordemos que no llevaba pasaporte, sólo un certificado) y no puede abandonar Japón. Iva queda entonces a la espera de resolverlo con la diplomacia de su propio país, pero en menos de un mes, se produce el ataque a Pearl Harbor. Estalla la guerra y ella -una ciudadana estadounidense- se encuentra atrapada en suelo nipón.

Intenta huir pero los burócratas americanos paralizan su petición y es olvidada en la última evacuación. Por otro lado, ante las autoridades japonesas se declara americana y pide ser internada en un campo de concentración junto a otros de sus conciudadanos detenidos, pero las autoridades deniegan su petición por ser mujer y también por su ascendencia japonesa.

Los vecinos de su familia ejercen una enorme presión a causa de sus costumbres extranjeras, su manera de pensar y de comportarse. Iva es denunciada y un día, la Kempeitai (policía secreta japonesa)  realiza un registro en su casa y al regresar, se encuentra con las maletas en la calle.

Ni siquiera puede optar a la comida racionada ya que es considerada una extranjera. Deambula por las calles y es víctima de una depresión, siendo más tarde internada en un hospital con un pronóstico de sufrir una grave desnutrición.

Iva no hablaba bien el japonés y empieza a trabajar para poder pagarse las clases. Fue mecanógrafa, dio clases de piano, trabajó de traductora en una agencia, donde transcribió noticias de los medios extranjeros y allí se entera de que sus padres habían sido trasladados a un campo de concentración. También, de la muerte de su madre, que no había soportado el traslado.

Finalmente, consigue otro trabajo de mecanógrafa/traductora en Radio Tokyo (NHK), en un programa producido por el Mayor Charles Cousens –antiguo locutor, prisionero de guerra y torturado hasta ser forzado a colaborar- titulado The Zero Hour, donde se obligaba a un grupo de prisioneros norteamericanos a conducir una emisora de radio destinada a los marines.

The Zero Hour tuvo un total de 340 emisiones en las se alternaba propaganda anti-americana y música popular de ese país. La intención de esos programas era desmoralizar a los marines hablándoles de sus casas, sus novias, sus familias y sus costumbres. Radio Tokyo se convirtió para los soldados estadounidenses en la radio enemiga cuyas locutoras despertaban en ellos sentimientos que iban desde el odio hasta la nostalgia.

En ese programa trabajaron unas 20 locutoras (los japoneses supusieron que las voces femeninas eran mejores para sus propósitos), casi todas nacidas en los Estados Unidos, pero de ascendencia japonesa, que recibieron el sobrenombre primero de “Ann” por annoucer y después Orphan Ann. “Tokyo Rose” fue el sobrenombre con que los soldados norteamericanos rebautizaron a las 20 “Orphan Ann” que escuchaban cada noche desde sus barcos o submarinos.

Terminada la guerra, se produjo la ocupación norteamericana. Y con las tropas, llegaron los periodistas, muchos interesados en  ponerle cara a la voz de aquella Tokyo Rose que aparecía en cartas y relatos de los supervivientes. Alguien les dio el nombre de Iva. La localizaron y le ofrecieron dinero -unos 10 mil dólares- por la entrevista. Los periodistas le pusieron como condición que firmara una declaración diciendo que era “Tokyo Rose”. Por entonces, ella ya se había casado con Felipe d’Aquino -portugués con ancestros japoneses- y como el matrimonio no tenía recursos, aceptó la propuesta. Además, como todos sabían, “Tokyo Rose” no existía.

Un terrible error que le costaría demasiado caro.

Después de la entrevista, los periodistas se encargaron de entregar todo el material reunido a la policía militar. Iva fue inmediatamente detenida y encarcelada.

Las otras locutoras “Tokyo Rose” habían renunciado a la nacionalidad estadounidense, pero Iva no, y por ese motivo el fiscal encontró la forma de acusarla por traición a la patria. Se hizo una investigación a fondo y ni el ejército, ni el FBI, ni el Departamento de Justicia de EEUU, encontraron algo sólido para la acusación. El caso fue archivado y la pareja pensó que todo había acabado. Iva pidió el pasaporte para regresar con su familia y a su país.

Pero una caza de brujas por parte de la prensa norteamericana la tomó como objetivo;  diversas organizaciones conservadoras norteamericanas lanzaron campañas de protesta, mientras la prensa furibunda y racista se frotaba las manos con la ganancias que siempre reporta un chivo expiatorio.

Iva fue arrestada nuevamente en Japón y deportada a San Francisco, sin permitirle a su esposo que la acompañara. De hecho nunca le permitieron el ingreso en los Estados Unidos. En contra de su voluntad, la pareja se divorció en 1980 y d’Aquino murió en 1996.

Un tribunal federal la acusó de traición. Pero la prensa sensacionalista y el revanchismo no conseguían ninguna prueba. Sus propios compañeros en Radio Tokyo, prisioneros de guerra norteamericanos, declararon que no era una traidora. El mismo fiscal acabó reconociendo que había sido presionado para presentar el caso, y el jurado no era capaz de encontrar tampoco ningún motivo para una condena.

A los tres meses, este caso se había convertido en el juicio más caro de la historia de los EEUU (entre 9 y 10 millones de dólares). El juez apremió a dar un veredicto sin más dilaciones. El veredicto la declaró inocente en 7 de los cargos y culpable en uno. Era culpable por hablar “delante de un micrófono sobre acciones relacionadas con el hundimiento de barcos estadounidenses”. La pena mínima era 5 años y 5 mil dólares de multa. La pena máxima para casos de traición era la pena de muerte.

Finalmente, Iva fue condenada a cumplir una pena de 10 años y a pagar 10 mil dólares, además de ser despojada de la nacionalidad estadounidense.

Cumplió seis años de los diez y en 1956, fue liberada y deportada a Japón, donde se reunió con su esposo. El Departamento de Justicia reclamó el pago de los 10 mil dólares de multa y se lo cobró despojando a su padre de las tierras que le pertenecían cuando murió en 1972.

Ron Yates, un periodista del Chicago Tribune, interrogó a varios de los acusadores de Iva.  Estos le confesaron haber sufrido presiones por parte de los fiscales para mentir. Ya como decano de la Universidad de Illinois, retomó el caso “Tokyo Rose” como un ejemplo de injusticia.

Por fin, en 1977, al presidente Gerald Ford finalmente se le cayó la cara de vergüenza después de leer su historia en un periódico, perdonó de manera incondicional a Iva  y decidió darle una pensión por falso encarcelamiento, pidiéndole excusas en nombre de la Nación, y manifestando que estaba convencido de que fue falsamente acusada y condenada.

Iva pudo regresar a los EEUU y vivió los últimos años en un lugar de Chicago hasta 2006, año en que murió.

Descanse en paz.

 

 

Mi particular homenaje a una mujer que sufrió enormes injusticias y humillaciones en su vida por causa de su trabajo (que se vio abocada a realizar por la confluencia de una serie de desgraciados acontecimientos imposibles de controlar y que golpearon su vida para siempre).

Ójala llegue un tiempo en el que no haya que conmemorar nunca más en todo el mundo días como éste de hoy, que ya finaliza, porque se haya convertido en un hecho de lo más cotidiano. Lástima, porque creo que no lo verán mis ojos.

Sin embargo, tengo que añadir que me considero una gran afortunada de poder vivir en esta época de grandes avances sociales para la mujer. En este país. Aquí y ahora. Muchas mujeres de mi tiempo que viven en otros lugares del planeta no pueden decir lo mismo.

 

Fotografías: wikipedia y archivos fotográficos de la II Guerra Mundial

 

Rompecabezas

Febrero 28th, 2009

 

Nocturno desvelado,
leves crujidos pincelan un indicio.
Confuso, un croquis sobre cristales de agua.

Resuenan acertijos, agridulces
los decorados se desmoronan,
enredando vacíos
en el filo de una palabra.

Tras el laberinto invisible
-de anhelos y silencios,
de alambicados arabescos y susurros en tecnicolor-
los desnudos bocetos de un subjuntivo.

Y bajo alfombras plateadas,
agazapado,
el campo de tréboles.

 

 

 

La persistencia de la memoria

Febrero 25th, 2009

 

 

La madrugada del lunes me llevé una agradable sorpresa: dos producciones niponas resultaron vencedoras contra todo pronóstico en sendas categorías en la ceremonia de los Oscar de este año.

Apuntada queda en mi agenda “Okuribito” de Yojiro Takita, que a fecha de hoy, se encuentra pendiente de encontrar algún canal de distribución para su estreno en salas españolas, aunque seguro que la concesión del Oscar en el apartado de mejor película extranjera, facilitará bastante las cosas en este aspecto (cruzo los dedos para que así sea).

Únicamente conozco de esta cinta una breve y sugerente sinopsis -la historia de un músico que pierde su trabajo y decide volver a su ciudad natal, donde comienza a trabajar en una funeraria-. Tan sólo espero que su posterior desarrollo en la trama no resulte previsible y consiga alejarse de esos lugares comunes, tan habituales y trillados, que pueden observarse en el cine actualmente.

Aquí os dejo con “La maison en petits cubes” de Kunio Kato, ganadora del Oscar al mejor corto de animación de este año.

He leído varias opiniones acerca del significado de este cortometraje. Personalmente, mis sensaciones después del visionado se dirigen hacia el sentido más metafórico de la historia, que he intentado resumir de la manera más breve posible en el título de esta entrada.

Espero que lo disfrutéis.

 

La maison en petits cubes:

(Si no puedes verlo en el blog, pulsa aquí)

 

Se agradece que de tanto en cuanto se premien trabajos como éste que destacan, entre otras cosas, por su profunda sencillez.

Los premios y demás galardones a menudo no resultan ser unos termómetros fiables y contrastan con la calidad de determinados trabajos. No es el caso que nos ocupa, pero quizás éste u otro tipo de reconocimientos sean necesarios para animar al público más generalista a conocer y valorar esas otras producciones que suelen llevar colgada la etiqueta de “independiente” o “de culto” , o que tienen -desgraciadamente- poca o nula difusión a nivel comercial.

“La maison en petits cubes”, un pequeño guiño para todas aquellas personas que pensaban que en Japón sólo existía la animación basada en los típicos estereotipos del estilo manga.

Y aquí, otro ejemplo más para salir de la confusión.