Room 126E

Febrero 14th, 2009

 

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

 

Julio Cortázar, Rayuela

 

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Foto en pullips.com

 

Bizcocholateando

Febrero 13th, 2009

En Japón, es costumbre que las mujeres regalen chocolate (en forma de bombones, tabletas, etc…) a los hombres con motivo de la festividad del día 14 de febrero, San Valentín.

Resulta un hecho un tanto chocante porque, tratándose de un país en el que la proporción de personas que profesan la religión cristiana constituye una minoría entre sus habitantes, esta tradición es tremendamente popular y lleva festejándose desde el año 1936 (si no me he equivocado en mis indagaciones). La celebración del día de este santo en Japón es, por tanto, relativamente reciente en su historia y, cómo no, ligada a los intereses comerciales de una empresa chocolatera.

Lo que comenzó como una campaña de marketing de la compañía japonesa Morozoff para aumentar las ventas de sus productos, acabó convirtiéndose en una moda un tanto absurda, una excusa para la compra compulsiva de mi amado cocholate. Lo reconozco sin reparos, soy chocoadicta y no me arrepiento por ello.

En este día, el chocolate se suele regalar a la pareja, los amigos, la familia, los compañeros del trabajo o de estudios, y los escaparates de los establecimientos se llenan durante estas fechas de multitud de variedades de bombones y otras delicias chocolatosas.

Una pequeña puntualización: si estos dulces están elaborados artesanalmente, por uno mismo en casa, entonces encierran un mensaje con mayor carga sentimental y, en consecuencia, suelen regalarse a las personas más queridas o a aquellas con las que nos unen vínculos emocionales especiales. Para el resto de personas, el presente consistirá en un regalo de cortesía, por regla general, paquetitos de bombones manufacturados comprados en uno de los miles de stands preparados al efecto en los comercios para tan romántico y prefabricado día.

La particularidad del asunto en Japón, es que los hombres que recibieron su chocolate en San Valentín a su vez devolverán un regalo en contrapartida, pero justo un mes después. El 14 de marzo, conocido allí con el nombre de “White Day“, se llama así porque ellos correspondían regalándoles chocolate blanco a ellas (de ahí lo de white), entre otras cosas.

Pero desde hace varios años, el Día Blanco ha ido degenerando y se ha convertido en el día del pagodelchantajedesanvalentín, puesto que se trata de una devolución cargadita con unos intereses en proporción mucho más elevados que los correspondientes a una señora hipoteca.

Aunque, por supuesto, sobra decir que esto no es algo que haga TODO el mundo a rajatabla en Japón (vamos, lo mismito que ocurre aquí en España con este dichoso día y los regalos de sancortinglés; hay gente que regala y otros que pasan del asunto, pues opinan que el día de los enamorados es tan sólo otra forma que se han inventado para sacarnos los cuartos).

Y con lo del White Day, idem de idem, están los que no regalan nada de nada, los que ofrecen un sencillo detallito y los pobrecitos resignados que acaban gastándose auténticos dinerales. Hay alguna aprovechada y listilla suelta que por una caja de bombones de 500 yenes quiere (prácticamente exige) que se le regale a cambio un bolsito de Xhanel de triquicientos mil :P Pero la gran mayoría de las japonesas no actúan de esta manera, que quede claro.

Pues aprovechando que mañana es San Valentín y que el Manzanares pasa por Madrid, he hecho un riquísimo bizcocho de chocolate para llevar al trabajo e invitar hoy a mis compañeros (tanto a los chicos como a las chicas). Sobre todo, porque mañana es sábado y no me toca trabajar ¡yupi! :)

Durante el almuerzo, algunos solemos reunirnos en una salita habilitada en mi empresa a tal efecto y  de vez en cuando llevamos algo especial de casa para compartir con el resto (galletas, tortilla de patata, pastelitos varios…). Mientras nos lo comemos, charlamos de todo un poco, intentamos arreglar el mundo y cosas por el estilo. Aunque, pensándolo más detenidamente, creo que la conversación acaba degenerando (como lo hizo en su día el espíritu del día blanco) hacia un mismo temita, el de siempre, el que algunos en mi empresa dicen medio en broma que se trata del ÚNICO realmente interesante para el ser humano, jajaja.

También creo que aprovecharé esta ocasión y llevaré una de las tabletas de chocolate con regaliz que aún me quedan y que me traje de Helsinki el año pasado. A mí me encantan, pero reconozco que no a todo el mundo le gusta el sabor amargo del regaliz.

Por cierto, el bizcocho lo tengo ya terminado (no como en mi pésima foto del encabezado, pero es que la neurona no daba para más). Le faltaba el recubrimiento exterior de chocolate y tres capas de relleno en su interior, dos de dulce de leche y otra más de cacao… El resultado, una pequeña obra de chocoarte ;) Espero que les guste a mis compañeros, en directo tiene una pinta estupenda y parece que está delicioso (confirmado: lo está) :D

Bueno, tampoco importa demasiado, porque aunque supiera a rayos, seguro que se lo iban a zampar todo enterito. Son una gente estupenda. Y mientras, estaremos intentando arreglar este mundo y el de pasado mañana también y acabaremos, cómo no, hablando del dichoso monotema…

En definitiva, como siempre…

Moonlit tale: V. Untitled song…

Febrero 9th, 2009

 

Caminé sonámbula tras un espejismo,
intentando capturar un corazón helado con cucharillas de arena.

Me escondí tras la sombra del maremoto,
empeñada en hacer malabarismos con los descosidos de este alma.

Nunca aspiré a ser experta en juegos de manos,
una insoportable soledad se instaló cual herrumbre tras mis párpados salinos.

Y durante un millón de kilómetros caminé a la deriva con los pies desnudos,
mientras mis venas se marchitaban bajo la luz de siete lunas distantes.

Qué delgada es la línea que separa el infierno de la tierra si las heridas,
a cada paso, se alimentan con los filos acerados de un espíritu desgarrado.

Un amanecer me alcanzó inesperado liberándome del oscuro sueño,
su melodía disipó los fantasmas, los enterró bajo los océanos secos de Mercurio.

Las tiritas que cubrían el desconsuelo se desintegraron en mis ojos,
y derribé con mis manos el muro de sus vencidas promesas de hojalata.

Hoy puedo gritarle al viento que soy una superviviente,
al fin he recuperado las perdidas llaves de la derruida fortaleza.

Y qué delgada aparece la invisible línea entre la tierra y el paraíso,
ahora que mi sonrisa es eterna y se refleja cálida en el jaspe de tu mirada.

 

(Penumbral Lunar Eclipse)

 

Fotografía de flickr

 

Entradas relacionadas:

Moonlit tale: I. Crush

Moonlit tale: II. Sea in flames

Moonlit tale: III. Running through magnetic fields

Moonlit tale: IV. Chaotica

 

Sinsentido e insensibilidad

Febrero 8th, 2009

 

Maeko y un compañero de su trabajo tuvieron un accidente con el coche. Ocurrió el mes pasado, pero no lo había contado hasta ahora porque ella me dijo que no lo hiciera. Mis papás me enseñaron que cuando una persona te cuenta algo muy pero que muy importante, como un secreto o algo así, y te pide que no se lo digas a nadie, hay que respetar esos deseos si no quieres que esa persona se ponga muy muy triste.

Ahora maeko está más alegre y me ha dado su permiso para contarlo. A veces he oído cómo decía que el tiempo todo lo cura, pero no sé a qué podía referirse con esto. Es un misterio para mí, porque no entiendo muy bien qué tiene que ver que llueva o salga el sol con ir al médico. Tampoco comprendo muy bien cuando ella me cuenta que a veces el tiempo parece que vuela en un avión y otras veces va andando con muletas. El año pasado me enseñaron en el colegio que todos los días tienen veinticuatro horas, una hora sesenta minutos y cada minuto, sesenta segundos, así que me siento un poco confusa con todo ello. Creo que mañana le preguntaré a mi profesora si existen los minutos que tengan menos o más de sesenta segundos, sí.

El compañero de maeko es un chico muy prudente al volante. Eso es lo que maeko me ha explicado y siempre suelo confíar en lo que ella me dice. Es de los que siempre respeta las señales en la ciudad y se para en los pasos de cebra para dejar pasar a los peatones. Nada más conocer esto, me ha caído muy simpático. Lo digo porque a veces me da miedo cruzar por ellos. Aunque el semáforo esté en verde para que pasemos nosotros (ese color de luz se parece a los ojos de mi amiga Anita y son super bonitos), hay muchos coches que se los saltan sin querer queriendo y tienes que poner mil ojos y pasar muy rápido por si acaso te pueden atropellar. Yo pienso que se llaman “de cebra” y no de otra manera, porque tienes que pasar corre que te corre muy rápido como ellas si no quieres que te muerdan los “leones-coche” en las piernas.

 

 

El día del accidente, el compañero de maeko se paró para dejar cruzar a unos peatones porque es muy majo. Además, siempre mira por los espejos para comprobar que no viene ningún otro coche demasiado rápido por detrás suyo. Eso es lo que me lo contó maeko. También, que aquel día miró y, como no venía nadie más, pues frenó frente al paso de cebra.

Cuando sea mayor y conduzca un coche, yo también haré esas mismas cosas.

Maeko me contó que ella estaba distraída mirando por el cristal, porque estaba escuchando una canción de la radio. Que de repente sonó un boomm tremendo y que salió disparada hacia delante. Uff, menos mal que llevaba el cinturón de seguridad puesto, si no, se habría hecho muchísimo más daño. El golpe fue tan fuerte, que hasta se le saltaron las gafas de la cara. Tuvo suerte, porque se le cayeron encima de las rodillas y no se le rompieron… menos mal.

Casi estuvieron a punto de pillar a la pareja que cruzaba pero, como de milagro, todavía no habían pasado por delante. Maeko me dijo que el señor peatón y la señora peatona se les quedaron mirando un rato con cara de enfado y luego se marcharon de allí pitando (jolines, cuando alguien habla de esto siempre me imagino a las personas como si fueran árbitros de fútbol, no puedo evitarlo). No fueron a preguntar cómo se encontraban ellos, o la niña pequeñita que viajaba en el coche de atrás, ni llamaron a una ambulancia, ni a la policía.

Actuaron como si fueran unas cebras perseguidas por los leones y se marcharon de allí corriendo corriendo.

A maeko y a su compañero les hicieron unas cuantas radiografías. Me estuvo contando que son como unas fotografías en blanco y negro de nosotros mismos, pero de los huesos que tenemos dentro. Creo que de pequeña me hicieron unas fotos de esas. Un día se me rompió una cosa que me gustaba mucho y como no se podía arreglar, pues me puse a correr hacia atrás para ver si podía volver otra vez al pasado y desestropearlo. Pero lo único que conseguí fue caerme porque no tengo ojos en el cogote y me rompí el brazo izquierdo.

 

 

Recuerdo que me quedé tumbada boca arriba en el suelo y la gente me estaba mirando como si fuera una extraterrestre. Yo me puse a llorar porque se me había caído un pendiente que me había regalado mi mamá, pero un señor muy simpático lo encontró y me lo devolvió.

Las radiografías son un poco rollo porque son tan grandes tan grandes, que no se pueden poner en un álbum de fotos. Pero cuando te rompes un hueso, te ponen una escayola y luego tus amigos te escriben dedicatorias y te hacen unos dibujitos muy chulos.

He oído decir a mis papás muy bajito que maeko estaba como un zombi estos días, aunque pensé que para eso había que estar muerto. A veces me pasa que no entiendo muy bien lo que significan las palabras de los mayores, porque dicen cosas demasiado complicadas para mí.

A maeko el doctor le ha recetado unas medicinas muy fuertes que le dejan K.O. (he tenido que preguntar cómo se escribía esto porque no lo sabía) y si se despierta antes de que se le pase el efecto de las pastillas, puede tener amnesia temporal, que no sé lo que es, pero suena fatal.

Me ha dicho que estas semanas no se ha conectado mucho a internet porque le dolía un montón la espalda y le costaba estar sentada. Que ha tenido la cabeza “en otro sitio” y que por eso tampoco ha escrito mensajes. Hmmm, lo del “otro sitio” me ha intrigado muchísimo, así que después he estado un buen rato dando unas vueltas a su alrededor para encontrar alguna cremallera en su cuello o en la cabeza, pero no he podido verle ninguna. No sé cómo ha podido separar la cabeza de su cuerpo. Debe ser algún tipo de magia que no conozco todavía. Qué rabia, se lo preguntaría a ella, pero ahora está un poco cansada. 

 

 

Creo que lo que hicieron las dos personas que se marcharon fue muy pero que muy feo. En el mundo hay personas buenas y malas, ójala que a las malas les salieran todas las fotografías deformes en blanco y negro, como las radiografías cuando se te rompe un hueso.

Maeko me ha explicado que el mundo no es tan fácil de explicar ni de arreglar como yo pienso. Que es cierto que esos peatones actuaron de forma pésima, pero que no hay que desearle el mal a nadie. Que quien actúa así no tiene por qué ser una malísima persona para el resto de las cosas. Y que no me preocupe más por este asunto.

No he podido evitar pensar sobre todo lo que me ha dicho maeko. Me he tirado un rato bastante largo juntando en mi cabeza los datos sobre lo que ha ocurrido y he llegado a dos soluciones posibles: o bien, a la señora peatona se le había caído un pendiente y tenían los dos mucha prisa por marcharse porque lo estaban buscando, o puede que estuvieran tomando las mismas pastillas de amnesia que maeko y por eso andaban como unos zombis. También hay otra opción, que esos dos sean unos bichos malos requetemalos, pero… qué culpa tendrán de todo esto los pobrecitos bichos, ¿verdad?.

No sé, no sé… creo que lo mejor será que mañana le pregunte también esto a mi profesora, a ver qué opina sobre ello. Mi mamá dice de mi profe que es una santa, tampoco sé qué demonios querrá decir con estas palabras.

Pensaba que para ser santo, también había que estar muerto…

 

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Ilustraciones, llenas de sentido y sensibilidad, en depeapa

 

 

Delirio espiroidal

Enero 26th, 2009

 

 

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El silencio, asfixia, se derrama por mis manos, resbala pesadamente entre mis dedos. Perdida la noción del espaciotiempo, mis restos flotan errantes, naúfragos arrastrados hacia un infame desierto de abstractos sinsentidos.

Desciendo, sin prisas persigo las huellas que todavía no son, pequeños sorbos por la espiral de escalones. La trémula luz que bañaba débilmente mis pasos acaba de extinguirse por completo. Me encuentro ahora acorralada, rodeada por la negrura más absoluta. Y los segundos de tenue azabache yacen desdibujados en esta espesa niebla poblada de instantes infinitos.

Me siento tan completamente desorientada, tan confusa. Atrapada en este lienzo teñido de noche indefinida, indefinible. Con la mirada ahogada por la densa y negra atmósfera que me rodea. Y el hiriente golpeteo entrecortado de mis latidos que se clavan en la más tenebrosa y profunda de las incertidumbres.

Percibo el eco casi inaudible de unos sonidos moribundos, apenas si recuerdo que una vez fueron míos. El leve rumor comienza a habitar esta extraña quietud, mostrándome el camino que debo seguir para cruzar las oscuras y antiguas aguas que ocultan apagados reflejos de una memoria extenuada.

Mis ojos buscan desesperadamente acostumbrarse a esta repentina ceguera que me envenena, que me mantiene prisionera. Mis pies tantean con sumo cuidado el abismo que se retuerce amenazante ante mí, tratando de adivinar cuándo aparecerá el siguiente peldaño.

Tengo miedo de caer y lastimarme. El terror en mi boca sabe a verdad, se convierte en algo auténtico y desgarrador cuando, repentinamente, una oleada de temblores castiga sin compasión todo mi cuerpo.

Me aferro como puedo al pasamanos de la escalera de caracol mientras continúo avanzando. Pero un vacío exento de luz y cordura me impide distinguir los peligros que se ocultan allí delante, entre las tinieblas.

El descenso se vuelve más angosto, más sinuoso, a medida que voy llegando más y más lejos en este viaje que tanto me inquieta.

Por más que lo intento no consigo evitar tropezarme una y otra vez conmigo misma. Acabo rodando sin nada que me frene, mis manos agitándose en el aire componen inútiles plegarias a unos dioses indiferentes, mientras me torno marioneta de hilos desangelados. Los peldaños, unos fríos acantilados que prueban el filo de sus crueles aristas sobre mi espalda. Un revoltijo de brazos y piernas convertidos en avalancha desmedida que se estrella escaleras abajo… mi rostro castigado… y mi cuerpo (mi alma) severamente maltratado durante esta caída hacia el ocaso.

Toda una eternidad atrapada en una chispa insignificante de tiempo mientras continúo rodando, lo invisible más real que nunca mientras su áspero aliento no cesa de herirme. Mi maltrecho cuerpo choca al fin con lo que parece ser el fondo de aquel profundo pozo y me quedo allí tendida, petrificada, inservible como un juguete abandonado sin remordimiento alguno en el cubo de la basura por un niño que ha perdido la inocencia.

Sobre mi piel, manos invisibles han tejido un manto de dolor por el que penetra un frío atroz que me cala hasta los huesos. Creo que mis pies están desnudos sobre el duro y gélido pavimento, aunque no puedo asegurarlo. Es extraño, no recuerdo mis manos entonando el consabido mantra de desatar los zapatos y apartarlos a un lado. Quién sabe dónde estarán ahora, más en este instante, cuando tanto los hecho en falta. Puede que la caída los extraviara, atrapados sin remisión en la hélice interminable, o quizás yacen polvorientos y olvidados en cualquier otro lugar de mi pasado. Incluso puede que mi extraño viaje hubiera comenzado sin llevarlos puestos. ¿Será cierto lo que sospecho? Intento estrujar gotas de lucidez de mi cerebro cansado. Puede que mi mente esté comenzando a delirar. O tal vez esté aprendiendo de una forma imposible cómo engañar a la oscuridad y dirigirse al camino de la curación.

Un dolor incesante lleva ya un rato jugando al escondite en mi cabeza, me siento mareada. Respiro tan profundamente como puedo y una bocanada de aire viciado inunda con desagrado mis pulmones. Mi corazón comienza a latir al son de una melodía descontrolada, y, a muy duras penas, consigo vencer el irrefrenable impulso de vomitar.

Pero ahora no puedo detenerme, ya no. Impensable volver hacia atrás. Mi decisión estaba tomada desde el preciso instante en que decidí emprender este íntimo descenso a mis infiernos. Creo que estoy consiguiendo lo que me había propuesto al dejarme arrastrar a este lugar, seducidos mis aletargados sentidos por los cánticos silenciosos de una noche que nunca parece acabar. Porque, sin importar dónde me encuentro ahora, mucho es lo que ha caído bajo el influjo del sacrificio para poder llegar hasta este lugar, hasta este momento. La única opción posible para poder avanzar era despojarme de todos mis absurdos miedos, inseguridades que brotaban de mi alma. Saltar a ciegas y permitir que el vacío me devorara. Aunque para ello haya tenido que sucumbir a la necesidad de hundirme en las oscuras profundidades de mi mente, dejándome arrastrar por un mar de pesadilla. Muriendo, en definitiva, para volver a nacer de nuevo.

El fondo de este lugar sin luz ha resultado ser una tierra más solitaria y sombría de lo que jamás hubiese imaginado. Porque aquí, aparte del vértigo helador del acantilado, del azote callado de las olas, del rumor de arena y sal, una cosa más se encontraba acechando, agazapada entre mis destartalados recuerdos, como una vieja alimaña tras los enmohecidos galeones hundidos con los tesoros de mi memoria. Algo inquietantemente familiar. Esperando pacientemente mi llegada. Dispuesto a que me enredara más y más en la sutil emboscada. Y deliberadamente me he abandonado al canto de las sirenas, dejándome atrapar por la tersura de la telaraña, sintiendo otra vez más el beso amargo de su mentira en mi piel.

Después de atravesar a tientas esta negrura tapizada de inmóviles brumas, tras esta agobiante e interminable travesía, puedo al fin deleitarme ondeando triunfante una bandera de esperanza entre los desfiladeros de mi sombra. Porque yo, que me sentía tan frágil, tan indefensa, he desentrañado el enigma que creía tan inalcanzable. Y aunque las sangrantes heridas sean fiel reflejo de lo vulnerable que continúa siendo aún esta humilde alma, mi espíritu ha vencido al esqueleto, desterrando sus cenizas de una vez por todas al más oscuro rincón del Olvido.

A partir de este instante he descansado como hace tiempo no recordaba. Me he soñado cubierta de aterciopelado ébano, de sueño y oro, inmersa bajo la tibieza de unas aguas dibujadas con trazos caóticos y apasionados.

Y aunque recuerdo haberme hundido irremediablemente hasta los confines más remotos de mi mente, franqueando esa delicada y frágil frontera que separa la demencia de lo que creemos que es cordura, finalmente, yo, he conseguido sobrevivir.

 

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Fotografías sacadas de google, ilustración de Stephenls.

 

Miss & Mister Robotto (1ª parte)

Enero 6th, 2009

 

 

 

Vivimos en un bloque de viviendas -uno de tantos-, situado en la periferia de una pequeña ciudad. Hace escasos minutos que mi marido ha salido por la puerta para coger el tren. Tardará algo más de una hora en llegar a su lugar de trabajo.

Me he levantado media hora tarde, la segunda vez este mes. Ayer me quedé a ver un programa en la televisión hasta que se hizo demasiado tarde. Confieso que ni siquiera me interesaba, pero necesitaba sentir que había hecho algo más que no fuera trabajar.

Tenemos un hijo de once años. Sus profesores nos han dicho que tiene un talento natural para la música. Cada mañana le preparo con cariño un pequeño pero contundente almuerzo que luego devorará a media mañana. Está creciendo y necesita alimentarse bien para rendir en sus estudios. Dentro de un rato pasará a buscarle un amiguito suyo que vive en el vecindario y se irán juntos hacia el colegio.

He salido corriendo de casa. Aún así, he perdido el primer tren y el siguiente no llegará hasta dentro de otros treinta minutos. Voy a llegar tarde al trabajo. He decidido meterme en el metro. En horas punta, el transporte es una auténtica locura. Con las prisas, he entrado atropelladamente en el vagón y he pisado sin querer a una mujer. Le he pedido mil disculpas. No he podido evitarlo. Me han empujado. Creo que he debido de hacerle un daño tremendo.

Tengo un trabajo a media jornada en un hotel. Me dedico a limpiar las habitaciones de la planta que tengo asignada. En ocasiones, mis tareas son bastante desagradecidas. Mi marido preferiría que me quedara en casa ocupándome de las labores del hogar y de nuestro hijo, pero necesitamos el dinero para pagar las facturas y las clases de piano del niño. Si no, apenas llegaríamos a fin de mes. Hoy me han pisado en el metro, cuando me dirigía al trabajo. Un chico ha tropezado conmigo en el vagón y ha hundido el tacón de su zapato en mi pie derecho. Luego se ha disculpado, pero me ha hecho bastante daño. He aceptado amablemente sus disculpas, pero he decidido no decirle nada sobre mi pie dolorido. Parecía ya bastante apurado y, no se por qué, me ha dado algo de pena.

He llegado a la oficina veinte minutos después de mi hora de fichar. Mi supervisor me ha estado regañando durante cinco minutos, y yo he estado otros cinco pidiendo disculpas. Sudando a mares por el apuro, me he sentado en mi puesto. Todo el mundo parecía estar afanado en sus quehaceres diarios. Ha sido un día horrible. No he comido para recuperar el tiempo perdido por la mañana, pero el mal ya estaba hecho. Mi jefe no ha dejado de mirarme con reproche durante todo el resto del día.

Siempre utilizo guantes, pero aún así, tengo las manos algo irritadas por los productos de limpieza. Son más fuertes que los que utilizo habitualmente en mi casa. El médico me ha dicho que alguna de esas sustancias me provoca alergia. Y la cremas que me receta no me solucionan el problema. Es posible que tenga que dejar el trabajo. Aunque de momento, se trata de una opción del todo impensable para mí. Los gastos, las facturas, el niño… Cada vez es más difícil encontrar algo en estos tiempos tan difíciles que corren. Y la cosa se complica con personas sin formación específica, como yo.

El reloj que hay en la pared marca que ha llegado la hora de salir, pero casi todo el mundo suele quedarse más tiempo en su puesto haciendo horas extra. Todo esto me parece un poco inútil, llevamos horas trabajando y ya estamos que no podemos más. Pero el que se marcha antes acaba señalado ante los jefes. Así que me quedo un rato más. Moviendo rutinariamente el montón de papeles de una pila hasta otra situada justo a su lado…

Cuando llego a casa después de trabajar, ordeno la habitación de mi hijo y limpio un poco el resto de la casa. A mi marido y a mí nos gustaría poder viajar al extranjero, conocer otras culturas, pero no tenemos suficiente dinero, ni dominamos bien ningún otro idioma. No pierdo la esperanza. Todos los meses intento ahorrar un poquito y dar un día una sorpresa a mi marido.

Parece que ha comenzado a nevar. Mi supervisor ha salido de su despacho y se ha despedido de nosotros. El pelota de turno le ha comentado en voz alta ‘¿por qué no vamos a tomar algo por ahí?’. Le ha parecido una buena idea. Teniendo en cuenta mi falta de puntualidad de hoy, no me ha quedado otra opción que sumarme al plan y he salido tras ellos como un corderito.

Una amiga mía se defiende bien con el inglés y ha descubierto en internet que se cuentan muchas historias erróneas sobre los japoneses. A veces me han entrado ganas de llorar cuando he escuchado algunas de esas cosas que afirman sobre nosotros. Si supiera cómo hacerlo, me gustaría contarles mi versión, que pudieran escuchar mi voz. Mi amiga me ha dicho que me calme, porque incluso si encontrara la forma de comunicarme con ellos, probablemente, ni me tendrían en cuenta…

He bebido demasiado -cosa que me sienta fatal-, pero no quería hacer un feo a uno de los medio-jefes que pagaba las rondas. Esto se ha prolongado más de la cuenta, hasta las diez y media de la noche. Cuando todo el mundo estaba tan borracho como para percatarse, he aprovechado la ocasión para escabullirme. Tengo que caminar despacio. La nieve en la acera y el alcohol en mis venas son una mala combinación cuando se llevan puestos unos zapatos con las suelas resbaladizas.

Sigue nevando copiosamente y recuerdo no haberle puesto las botas al crío esta mañana. Y mi hijo todavía no ha llegado a casa. Estoy un poco preocupada. Bajo hasta la calle con el pijama sin darme cuenta. Y me quedo más tranquila al ver que él y su amigo están tirándose bolas de nieve al otro lado de la calle.

Cuando por fin he llegado a casa, he recordado que la noche anterior había dejado el fregadero repleto de envases de comida precocinada. Me he sentado en el suelo del salón y he encendido la tele. Ponen algo que no me interesa en absoluto. Estaba a punto de echarme a llorar, pero entonces me he quedado dormido. Bueno, mañana será otro día. Y estoy totalmente convencido de que será mil veces mejor que éste.

El paisaje está cubierto por una gruesa capa nevada. El sol se asoma débilmente entre las nubes. Nos hemos puesto ropa de abrigo y hemos bajado los tres al parque que hay a unas manzanas de nuestro bloque de viviendas. Los chicos se lo han pasado en grande, han hecho hasta un muñeco de nieve y todo. Mientras me dedicaba a sacar unas fotografías del niño y de los árboles congelados, mi marido intentaba con un palo hacer ‘no se qué’ en el agua helada del estanque.

Me he levantado con un terrible dolor de cabeza esta mañana. He decidido bajar a la calle para ver si me despejaba un poco (y esta vez, con calzado a prueba de resbalones). También, porque necesito comprar algo de comida del konbini de la esquina. Me quedo parado en mitad de la carretera. No se divisa ningún coche en la lejanía, así que no hay riesgo de atropello. El sol brilla en todo lo alto. Cierro los párpados y dejo que sus rayos benéficos calienten serenamente mi pálido rostro. Cuando por fin me decido a abrir los ojos, descubro que una mujer un tanto risueña, con un gorro de lana entre sus manos, está observándome, divertida. Me da los buenos días y sigue su camino, entre sonrisas. No hay duda. Este día no podía haber comenzado mejor.

Hace mucho frío y hemos decidido regresar a la casa. Cuando estábamos cerca de nuestro edificio, me he dado cuenta de que mi hijo no llevaba puesto su gorro de lana. Se lo ha ‘regalado’ al muñeco de nieve, me ha dicho, para que no se constipara durante la noche. Después de convencerle de que no iba a necesitarlo, he vuelto otra vez al parque a recuperar el gorrito. Y ahí estaba. La verdad es que el muñeco estaba muy gracioso con él. Me he acercado también hasta el estanque. Por simple curiosidad. Pensé que mi marido estaba intentando romper el hielo. Pero no. Y me he alejado del parque con una sonrisa. Dejando atrás el estanque. Con nuestros nombres grabados en la gruesa capa helada de su superficie.

Escenas de la vida cotidiana que pueden estar ocurriendo ahora mismo en Japón, o en cualquier otro lugar de este mundo. O si no son éstas, otras muy similares. Situaciones que no tienen por qué ser glamourosas o sublimes para hacernos felices.

Porque por muy duras o rutinarias que sean las circunstancias, los seres humanos intentamos sobreponernos a ellas y salir siempre adelante.

Porque lo realmente valioso de nuestras existencias son todos esos pequeños momentos que muchas veces no vemos por caminar tan apresuradamente.

 

 

Porque ante todo, por muy diferentes que sean nuestras culturas, nuestro nivel de educación, nuestra raza, sexo o edad, algo tenemos en común todos nosotros. Nuestro espíritu de supervivencia. Nuestras ansias por disfrutar de las cosas bellas que nos regala la vida. Nuestra capacidad de sentir. De llorar. De amar.

En Japón. O en cualquier otro lugar de este mundo.

 

Bye bye 2008

Diciembre 31st, 2008

  

Seamos felices. Disfrutemos como niños de los últimos segundos de este año.

Aunque las sombras que pueblan nuestros rincones sean hoy más grandes, más anchas, bajo los brillos de esta noche anciana iluminada por los miles de resplandores de la ciudad.

Porque fulgor y oscuridad cabalgan siempre de la mano. Como el día junto a la noche. Y el orden no cobra sentido sin ser antes caos. Ni las sonrisas tienen el mismo valor si nunca antes se ha derramado alguna lágrima.

Tú decides en qué lugar prefieres estar.

En la quietud, entre penumbras. O en el desorden, junto a la luz.

Por unas horas, pintemos una sonrisa en nuestros labios y enfrentemos la vida, que suficientes momentos amargos nos tocará vivir durante el siguiente año.

El futuro ya está aquí. Casi puedo tocarlo con las manos.

Y ante todo hoy, esta noche, seamos como niños…

…Felices.

 

 

Nos vemos el año que viene. Te estaré esperando con una sonrisa en los labios.

 

 

Te voy a enseñar a bailar

Diciembre 30th, 2008

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Termina este 2008. Un año que unos tirarán directamente al contenedor de la basura. Que otros amarán durante toda una vida. Y que tendrá un cierto aroma descafeinado para el resto de la humanidad.

No temáis. No hablaré aquí ni ahora del reloj de la Puerta del Sol en Madrid, ni de los vestidos de lentejuelas, ni trataré de resumir de manera original las noticias más importantes de estos últimos doce meses.

Pero temblad, temblad, pobres criaturas. Porque en la entrada de hoy dedicaré unas pocas líneas :P a la que considero, en mi humilde opinión, la mejor exposición, muestra, evento cultural… que he tenido el placer de degustar en este 2008.

Es tiempo de hacer balance. Porque el año va tocando ya a su fin.

Fotografía urbana, mobiliario industrial, bonsais, pop art, tesoros de Egipto, juguetes de lata, filatelia, performance, joyería, maquetas, urbanismo, caricatura, vídeo-instalaciones, entomología, bicicletas, pintura figurativa, lámparas de cristal… todo esto, entre otras muchas cosas más, han contemplado mis ojos durante este año.

Hace escasísimas horas de la visita a mi última exposición del 2008. Poco convencional, ecléctica, transgresora, provocativa… son palabras creo que insuficientes para describir la filosofía de esta última muestra que acabo de visionar.

Y poco convencional. Ecléctica. Y transgresora. Provocativa. Y mucho más, son los adjetivos que definen la que cautivó este año, sin reservas, mi corazón.

Si tuviera que definirla con una sola palabra, la que sin duda elegiría sería

PASIÓN

Porque Blanca Li es ante todo eso. Y mucho más. Un estallido de creatividad, que mostró en Te voy a enseñar a bailar / I’ll Show You How To Dance, gran parte de su pasión por la danza, por la vida y por crear (son)risas.

Una exposición que se pudo contemplar (y disfrutar) desde enero hasta mayo de 2008 en el MUSAC de León.

 

 

Considero que parte del público que acude a las salas de exposiciones, tiene un enorme problema con el arte contemporáneo. A unos gusta, pero otros lo detestan profundamente. Está claro que ocurre con toda expresión artística en este mundo.

No me voy a convertir ahora en abanderada de esta causa, ya que, obviamente, algunas de sus manifestaciones las considero erróneas (y otras, auténticas payasadas con mayúsculas -y que me perdonen sus autores, pero ya está dicho-). Pero pienso que muchas personas sienten un prejuicio inicial bastante acusado cuando se acercan a una obra que huele a contemporáneo.

Quizás, sea porque rompe con los arquetipos de lo que se considera tradicional en cuestión de expresión artística. A menudo suele tratarse de obras difíciles de digerir. O de comprender (me autoincluyo en ambos casos). Otras veces, estas obras parecen venir envueltas con un halo de pseudointelectualismo destinado sólo a una élite capaz de desentrañar sus ocultos mecanismos. Y eso puede espantar incluso al más pintado (a quién no) ;)

Lo ideal respecto del arte (con independencia de su época) sería que nos expusiéramos a su influencia con una mente despejada y desnuda ante su contemplación. Sin tabúes ni remilgos de ningún tipo. Y a posteriori, esa misma mente se encargaría de procesar la corriente de emociones y decidir si aquello resulta de su agrado o lo acabará odiando hasta la muerte.

Pero si nuestra posición inicial es la de la negación por la negación, resulta tarea casi imposible que una obra de este tipo pueda llegar a tocar nunca los corazones.

Aclaro que soy amante de las artes figurativas al estilo clásico, aunque es de justicia añadir también aquí que existen infinidad de obras vulgares y de ínfima calidad. Totalmente kitsch. Y mucho y malo. Y que multitud de personas descalifican obras catalogadas de “raras” o “modernas”, en detrimento de obras más clasicistas totalmente apersonales. C’est la vie, mon ami! ;)

En fin, el rollo de esta entrada acaba aquí. Bueno todavía queda un poquito más.

Porque no quiero acabar este post, sin hacer otra mención a la exposición que antes os he comentado.

Estuve visitando la ciudad de León unos pocos días durante el mes de mayo y la verdad es que no tenía la intención de visitar ninguna exposición en especial. Así que entré en el MUSAC a ciegas y más concretamente en aquella la sala, sin saber muy bien lo que iba a encontrarme durante el recorrido de toda la muestra. Creo que fue precisamente ese el principal motivo por el que disfruté tantísimo.

Me dejé seducir la vista, el oído… los sentidos, por esta genial creadora-cineasta-coreógrafa-directoradepista-bailarina… que es Blanca Li

Creo que al final fueron unas dos (¿o quizás tres?) horas de absoluto divertimento. De sorpresa continua. Cortometrajes, danza clásica, objetos, ironía, flamenco, surrealismo, hip-hop, parodias, publicidad. Diferentes y numerosas las herramientas utilizadas por esta artista mediante las que despliega toda su creatividad. Disfruté muy mucho participando, observando, empapándome de todo, porque todo era una auténtica delicia para el espítitu.

Porque eso también. Me harté a reír una barbaridad. Y conseguir que una -o dos, o más- de tus creaciones arranquen de una manera tan natural las sonrisas del público que examina tus obras, es pura magia y de categoría superior.

Para finalizar, os dejo con unas palabras sacadas del catálogo del MUSAC sobre la exposición y su creadora:

“…una muestra en la que el movimiento y el baile quieren afirmar y construir la libertad de los cuerpos y del espectador. Blanca Li transforma nuestras rutinas y actos diarios, nuestros códigos sociales y de conducta, nuestra relación con los objetos cotidianos y con nuestros cuerpos, para proponer una atmósfera de comunicación y desinhibición…”

 

 

“…nos descubre la cercanía del cuerpo con lo cotidiano y con sus rituales y lo transforma en danza, una danza que se manifiesta como experiencia corporal lúdica. Nos descubre el mimetismo del gesto con relación a referentes perfectamente establecidos y asentados en nuestro entorno cotidiano y lo altera, modificando así nuestra percepción del cuerpo, de nuestros propios gestos y movimientos…”

“En definitiva, nos enseña a bailar, nos enseña a improvisar.”

 Sonando: Around the world  (Daft Punk - coreografía del vídeo: Blanca Li)

 

Vídeo-instalación Fitness at Home :

(Una familia obsesionada por la salud y el físico convertida mediante la ironía en juego autoparódico para provocar en nosotros la capacidad de reírnos de nosotros mismos)

 

 

Y no podía acabar esta entrada sin destacar esta mención al esfuerzo personal que me ha enviado mi querida Karmeta (no por mí, sino por ella, que es la que se lo merece de verdad).

Tengo que nombrar a alguien merecedor de este galardón. He decidido que este premio se lo dedico por entero a mis lectores. Porque quién mejor que vosotros que habéis llegado hasta aquí y leído pacientemente todas y cada una de estas líneas. Así que todo mi profundo agradecimiento es para con vosotros :)

 

¡Qué lo disfrutéis!

Moonlit tale: IV. Chaotica

Diciembre 27th, 2008

No conseguía conciliar el sueño por las noches.

Todo comenzó con un insomnio autoinducido que, de manera involuntaria, fue escapándose de sus manos y acabó convirtiéndose en una insana costumbre que ya no acertaba a controlar.

De noche, permanecía en vela. Descansaba apenas tres o cuatro horas, cuando vencida por el cansancio, se abandonaba ya sin fuerzas al olvido. Por las mañanas, preparaba bolsitas de infusión para bajar la hinchazón de los ojos y se ponía la máscara que tan hábilmente había aprendido a manejar, antes de salir a la calle. Y nadie se daba cuenta de nada. Porque nadie sabía cómo mirar ese profundo y oscuro pozo en el que se había convertido su mirada.

Apagaba la luz de la habitación y se acostaba en la cama con la vista clavada en el techo. Tremendamente exhausta, pero no lo suficiente aún como para cerrar sus fatigados ojos. Y así esperaba siempre, paciente, hasta que los habitantes de la casa hubieran caído ya rendidos en brazos de Morfeo.

Ni siquiera sabía cuánto tiempo permanecía en este estado, tumbada sobre la cama, con la mirada observando el vacío de la habitación, mientras su mente divagaba entre penumbras y amargos pensamientos. Por encima de su cabeza, observaba cómo flotaban lenta, cruelmente, sus recuerdos. Imágenes y más imágenes que surgían de las profundidades de su memoria, entremezcladas, salpicando de sentimientos las oscuras paredes.

Y de repente, en la quietud de la noche, comenzaba a sollozar.

Era tanto el tiempo que transcurría hasta que tenía la certeza de que nadie -absolutamente nadie- podía escucharla, que un río de lágrimas se apretujaba tras sus ojos. Y una tormenta de violencia inusitada estallaba entonces en aquella habitación. Hundía rápidamente su cara en la blanda almohada en un intento por acallar el sonido salado de sus sentimientos. Pero los ríos fueron convirtiéndose en lagos, y los lagos en un mar. Y ya no había almohada en este mundo capaz de frenar aquella marea.

A menudo tenía extraños pensamientos y creía, asustada, que hacía tiempo que había dejado de pertenecer a la raza humana. Porque el común de los mortales sería incapaz de llorar tanto como ella lo había hecho durante semanas. Durante meses incluso.

Un día decidió que no volvería a llorar nunca más. Se lo prometió a sí misma. Y desterró la almohada de su habitación.

Pero se trataba de un reto bastante difícil de llevar a cabo. Porque los ríos de lágrimas no paraban de fluir continuamente hacia ella. Y la vieja almohada capaz de frenar aquella inundación ya no existiría nunca más.

Poco a poco, se fue convirtiendo en profesional en tragarse los sentimientos. La primeras lágrimas que se quedó dentro morían en su garganta. Pero se clavaban como enormes cuchillos afilados, rasgando su alma y acrecentando las heridas en su corazón. Sentía una punzada inmensa cada vez que el menor lamento pretendía asomar por su boca. Pero se la apretaba como podía con ambas manos y así evitaba que saliera al exterior. Y noche tras noche, soportaba un infierno de dolor y angustia en vida.

Ya no se oirían más quejidos ni sollozos en la quietud maldita. Nunca. Aunque lo que no consiguió jamás fue dejar de llorar. Porque entonces, hubiera tenido que dejar de pertenecer a la raza humana. O acaso, desaparecer para siempre.

Sin embargo, aprendió a controlar aquella lluvia en un absoluto y doloroso silencio. Mientras las lágrimas seguían resbalando calientes, amargas, por su rostro. Mientras su cuerpo tembloroso y triste intentaba,  a duras penas, curarse.

Fue así como su torturada alma, descompuesta, abatida, iba marchitándose lentamente. Completamente sola, abandonada a su suerte.

Y ya no soñaba con hallar un pequeño milagro que mitigara aquellas heridas. Las provocadas por unos recuerdos de aquel pedazo de vida que un lejano día pudo acariciar entre sus manos.

(Moon Phase: New Moon 0% of full)

Fotografía de flickr

Entradas relacionadas:

Moonlit tale: I. Crush

Moonlit tale: II. Sea in flames

Moonlit tale: III. Running through magnetic fields

Cuento de Navidad

Diciembre 24th, 2008

 

Navidad. Tiempo de sonrisas. Luces y brillos por las calles. Regalos, ilusión, derroche…

Navidad. Tiempo de soledades. Añoranza por quienes no veremos. Amargura, dolor, tristezas…

Aquí os dejo con unas imágenes de la secuencia final de Smoke de Wayne Wang, con guión de Paul Auster. Entre lo mejorcito de este famoso escritor, con el que mantengo una especial relación de amor-odio desde hace ya varios años.

Una certera reflexión sobre lo que realmente significa (o debería significar) la Navidad. Su esencia. Algo que no deberíamos perder nunca. Y practicar no sólo ese día, porque no hace falta que lleguen días como los de hoy. O acaso todos deberían ser como la imaginada Navidad que refleja esta película (ingenua que es una). Porque de lo que os estoy hablando es de empatía, de demostrar humanidad. Y no digo nada más.

Mi consejo es, que si no habéis visto aún la película y os váis a disponer a dar el play en los vídeos, veáis el primero en su integridad, antes de pasar al segundo. Por favor. Me lo agradeceréis :)

Smoke. Para mí, una excelente película, que me sorprendió muy gratamente aquel otoño de 1995 en el que tuve la gran suerte de no encontrar entradas para otro film y al final, acabé sentada en otra sala sin poder apartar mi mirada de la pantalla durante el tiempo que duró toda la proyección.

No puedo evitar sentir ese algo ahí dentro cada vez que vuelvo a visionar estas imágenes. Profundamente conmovedoras. Aunque tan sólo es una opinión. La mía. Y para gustos, los colores.

Un gran hallazgo. Peliculón con mayúsculas. La magia del cine en estado puro.

Espero que lo disfrutéis.

Secuencia final de Smoke:

 

 

Segunda parte (suena de fondo “Innocent when you dream” del siempre genial Tom Waits): 

 

 

Va por todos vosotros, los pocos (pero valientes), que me leéis :)

Feliz Navidad